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José Carlos Botto Cayo
4 de noviembre del 2026
La llave apareció entre los restos de la puerta.
Ricardo Palma la recogió con cuidado. Tenía un diente torcido y la cinta que Cristina había atado al aro se había vuelto un hilo negro. La limpió con el pulgar. Durante años, aquella llave había abierto la casa de la calle Centro, en Miraflores. Ahora, frente a él, quedaban paredes chamuscadas, vigas caídas y habitaciones abiertas al cielo.
Cristina aguardaba en el umbral. No había querido entrar. Miraba hacia el fondo, donde habían estado el escritorio y los anaqueles.
—¿Es la de la sala? —preguntó.
—Sí.
—Guárdala. Aquí no hay nada más que buscar.
Palma cerró los dedos sobre la llave.
—Déjame revisar el escritorio.
—Ya lo hiciste.
—Quiero ver debajo de la viga.
—Ricardo, la casa está destruida.
Él no contestó. Avanzó entre los restos, apartando con el pie un trozo de madera. La viga que cubría el escritorio seguía en su sitio. Una pata de la mesa asomaba por un extremo.
—No la muevas —dijo Cristina—. Puede caer.
—Mis papeles estaban ahí.
—Y si queda algo, no podrás sacarlo solo.
Cristina se acercó y tomó el otro extremo de la viga. La levantaron apenas unos centímetros. La madera crujió. Palma metió una mano debajo y alcanzó a tocar unas hojas pegadas al suelo. Quiso separarlas. Se deshicieron al contacto.
Cristina le sujetó la muñeca.
—Déjalo.
Palma retiró la mano. Sobre la ceniza distinguió una línea de tinta, incompleta, sin una palabra que pudiera reconocer. No sabía si pertenecía a una carta, a una nota o a una de las páginas de su novela. Se quedó mirando el lugar hasta que Cristina volvió a llamarlo.
—Vámonos.
En esa casa había reunido cerca de cuatro mil libros, además de apuntes, documentos y manuscritos. Entre ellos estaba Los Marañones, la novela que llevaba años escribiendo sobre Lope de Aguirre. También se habían perdido sus memorias del gobierno de José Balta. Palma recordaba escenas, nombres y algunos diálogos, pero no podía saber cuánto de la obra sobrevivía en su memoria y cuánto se había ido con los papeles. Las páginas corregidas, las frases descartadas y los capítulos inconclusos ya no estaban.
Al salir, guardó la llave en el bolsillo. Cristina miró las paredes ennegrecidas.
—No podemos quedarnos aquí.
—Lo sé.
—Tenemos que pensar dónde vamos a vivir.
—Lo sé, Cristina.
No dijo que regresaría ni que reconstruiría la casa. Cruzaron el umbral y siguieron por la calle. Palma llevaba las manos vacías.
En Lima encontró pronto otra amenaza. Era subdirector de la Biblioteca Nacional y comenzaron a circular noticias de que sus libros serían trasladados a Chile. La pérdida de Miraflores era suya y de su familia; lo que ocurría en la Biblioteca afectaba a un país entero. Palma conocía el peso de los libros, los había leído, catalogado y recomendado. Sabía que muchos contenían documentos que no se encontraban en otra parte.
Fue a buscar a Manuel de Odriozola. El director revisaba unos papeles en una sala donde todavía quedaban anaqueles llenos.
—Han pedido las llaves —dijo Odriozola.
—¿Se las entregó?
—No. Les dije que no puedo abrir la Biblioteca para que se la lleven.
—¿Y qué respondieron?
—Que volverán.
Palma dejó el sombrero sobre una silla.
—Hay que protestar por escrito.
Odriozola apartó los papeles.
—Ya sabes que una carta puede no servir de nada.
—También puede servir para que mañana no digan que nadie se opuso.
Odriozola guardó silencio. Después le acercó una hoja.
Durante los días siguientes, Palma buscó apoyo. Habló con el alcalde Rufino Torrico y acudió a representantes diplomáticos. Recibió respuestas cautelosas, gestiones prometidas y palabras que no comprometían a nadie. El tiempo avanzaba. Las cajas aguardaban. Los libros seguían expuestos.
El 10 de marzo Palma redactó una protesta dirigida al ministro estadounidense Isaac Christiancy. Odriozola la firmó. Palma revisó el texto antes de entregarlo, ajustó una expresión y volvió a leerlo en voz alta.
—¿Cambiarías algo? —preguntó Odriozola.
—No. Dice lo que tiene que decir.
—¿Crees que lo van a publicar?
—No lo sé.
—¿Y si no lo hacen?
—La protesta ya está escrita. Que no la publiquen será otra parte de la historia.
Días después, las cajas comenzaron a salir. Palma vio pasar una junto a la puerta de la sala. No llevaba etiqueta que revelara los volúmenes que encerraba.
—¿Reconoces alguno? —le preguntó Odriozola.
—No.
—¿Y eso te alivia?
Palma siguió la caja con la mirada.
—No.
No podía detener el traslado ni abrir cada cajón. Los libros fueron retirados de la institución. Algunos terminarían en Chile; otros, según se supo, serían vendidos como papel. Palma volvió a su despacho y escribió a Nicolás de Piérola. En la carta del 5 de abril dio cuenta de las gestiones realizadas y de lo ocurrido en la Biblioteca. Anotó nombres, respuestas y fechas. No quiso dejar un solo espacio para las versiones cómodas.
Cuando terminó, le dolían los dedos. Cristina lo esperaba en la habitación contigua.
—¿Es otra protesta?
—Una carta a Piérola. Le cuento lo que hice.
—¿Y eso ayudará?
—No sé.
—Últimamente no sabes muchas cosas.
Palma miró las páginas.
—No. Pero esta sí sé que debía escribirla.
Cristina se acercó y leyó la primera hoja.
—Está clara.
—Tenía que estarlo.
—¿Vas a escribir algo para ti?
Él ordenó los papeles, los alineó con el borde de la mesa.
—No puedo.
—¿Lo has intentado?
—Cada vez que empiezo, termino buscando la novela.
—¿Y la encuentras?
—Encuentro lo que recuerdo. Después no sé si es lo que escribí o lo que estoy inventando ahora.
Cristina no respondió de inmediato. Tomó una hoja que él había dejado aparte y la dobló en dos.
—No tienes que decidirlo hoy.
—La trabajé durante años.
—Lo sé.
—No era una historia cualquiera.
—No he dicho que lo fuera.
Palma miró por la ventana. En la calle alguien descargaba unos cajones. El golpe de la madera contra el suelo le recordó las cajas que salían de la Biblioteca.
—Si escribo lo que recuerdo, quizá cambie la novela.
—Ya cambió. Se perdió el manuscrito.
Él se volvió hacia ella.
—Eso es lo que no quiero aceptar.
—No tienes que aceptarlo de una vez.
Cristina dejó la hoja doblada sobre la mesa y salió. Palma se quedó con la carta a Piérola delante. La había escrito de principio a fin. No podía decir que le faltaran palabras, pero ninguna lo llevaba de vuelta a la literatura.
Esa noche sacó la llave de Miraflores y la dejó junto al tintero. Escribió en una hoja nueva el título de la novela: Los Marañones. Debajo puso el nombre de un personaje. Añadió una frase, la leyó y tachó dos palabras. Probó otra vez. Al llegar a la tercera línea, no supo qué debía ocurrir después.
Arrugó el papel.
Cristina apareció en la puerta.
—¿La vas a botar?
—No sirve.
—¿Qué cosa?
—Esto.
—No me parece que hayas escrito lo suficiente para saberlo.
Palma tomó la hoja arrugada y trató de alisarla.
—No sé cómo seguirla.
—Entonces déjala.
—Si la dejo, se termina.
—Si sigues escribiendo a la fuerza, tampoco va a ser la misma novela.
Él guardó silencio. Cristina recogió el papel y lo dejó en el cajón, sin romperlo.
—No quiero perderla otra vez —dijo él.
—No la estás perdiendo ahora. Ya no está en tus manos.
—Eso no ayuda.
—No. Pero es cierto.
Ella se sentó a su lado. No le pidió que escribiera ni le habló de esperanza. Se quedó allí mientras Palma cerraba el cajón.
Durante un tiempo dejó de intentar continuar la novela. Escribió cartas, respondió consultas y atendió los asuntos que seguían llegando a su mesa. A veces abría la carpeta donde Cristina había guardado los borradores y volvía a cerrarla. No quería olvidar la obra, pero tampoco podía sentarse a fingir que conservaba el manuscrito.
La guerra terminó. La Biblioteca seguía vacía.
En noviembre de 1883 nombraron a Palma director de la institución. Aceptó el cargo. Cuando volvió a recorrer las salas, encontró anaqueles sin libros y muros que guardaban las señales del abandono. No pidió que le mostraran una colección que ya no existía. Preguntó qué podía hacerse con los estantes, cuánto papel había y cuándo llegarían las primeras donaciones.
Un empleado joven le mostró el registro de los libros recibidos.
—Hay varios títulos que no consigo leer —dijo—. La tinta está borrada.
Palma se inclinó sobre la hoja.
—¿Reconoce el libro?
—El tema, sí. El título completo, no.
—Escriba lo que alcanza a leer y señale lo que falta.
—¿No sería mejor dejar la línea en blanco?
—No. Si la dejamos en blanco, alguien puede pensar que se nos olvidó.
El joven anotó la indicación. Luego señaló otra página.
—¿Y los libros que ya no están? ¿Hacemos una lista?
Palma miró el registro. Algunos títulos podían identificarse por catálogos antiguos. De otros no quedaba más que un espacio vacío en el estante.
—Anote los que conocemos —dijo—. No invente los demás.
—La lista va a quedar incompleta.
—Lo está.
El empleado sostuvo la pluma sin escribir.
—¿Y eso basta?
Palma tomó el registro y señaló una línea.
—Escriba que faltan. A veces eso es todo lo que podemos decir.
El joven continuó su tarea. Palma se quedó mirando la lista: nombres de libros que habían sobrevivido en la memoria de un catálogo y espacios donde ya no había título que copiar. No trató de completar las líneas vacías. Cerró el registro y se ocupó de los volúmenes recién llegados.
Con Cristina hablaba poco de la novela. Una tarde, al volver a casa, encontró sobre su escritorio la carpeta donde ella había guardado las hojas tachadas.
—Creí que la habías guardado en otro sitio —dijo.
—La dejé aquí para que decidieras tú.
—¿Decidir qué?
—Si todavía quieres conservarla.
Palma abrió la carpeta. La primera página arrugada seguía dentro. Reconoció el título y el nombre del personaje. No intentó corregirlos.
—Déjala ahí —dijo.
Cristina asintió.
—¿Vas a escribir esta noche?
—No sobre Los Marañones.
—¿Sobre qué, entonces?
—No lo sé todavía.
—Eso ya lo has dicho antes.
—Y todavía es cierto.
Ella acercó una hoja limpia. Palma se sentó, abrió el tintero y mojó la pluma. No escribió enseguida. Repasó con la mirada el borde del papel, como si buscara un lugar por donde entrar.
Recordó una anécdota antigua, una de esas que uno oye y cree haber olvidado hasta que una palabra la despierta. Un escribano había recibido una carta para entregarla. En vez de cumplir el encargo, decidió cambiar unas líneas. Palma no recordaba todos los detalles. Tenía el escritorio, la carta y el gesto satisfecho del hombre que pensaba haber engañado a los demás.
—¿De qué te acuerdas? —preguntó Cristina.
—De un escribano que cambió una carta.
—¿Y qué hizo después?
—No lo sé.
—Entonces tendrás que averiguarlo.
Palma sonrió.
—Eso mismo dicen los lectores.
—Los lectores no están aquí.
—Peor para ellos.
La pluma tocó el papel. Escribió una frase y la leyó en voz baja. Cristina se acercó.
—¿Qué te parece?
—Que todavía no sé quién cuenta la historia.
—¿Y eso es malo?
—Depende de a quién le pregunte.
—Pregúntale al escribano.
Palma bajó la vista. Añadió una segunda línea. El personaje apareció con una voz propia, menos solemne de lo que había imaginado. Lo hizo impaciente, orgulloso de su letra y demasiado seguro de que nadie descubriría su intervención. A la tercera frase, Palma se detuvo para cambiar un verbo.
—¿Qué pasó? —preguntó Cristina.
—No quiere hacer lo que yo había pensado.
—¿Y qué quiere hacer?
Palma leyó el párrafo otra vez.
—Entregar la carta.
—Entonces déjalo.
Él tachó una línea y escribió otra. La historia tomó un rumbo que no estaba en la novela perdida. No la reemplazaba ni pretendía corregir el pasado. Era una página nueva, con una voz y un conflicto propios.
El aire que entraba por la ventana levantó una esquina del papel. Palma sacó del bolsillo la llave torcida y la puso sobre la hoja. Después mojó la pluma y siguió escribiendo. La llave sostuvo el papel en su sitio.
Nota: el empleado joven y los diálogos son ficticios; los hechos históricos se mantienen separados de esas escenas imaginadas.







