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José Carlos Botto Cayo

28 de octubre del 2026

Tomás encontró la llave del taller dentro de una caja de zapatos, debajo de unos recibos y de la armónica que su padre le había regalado cuando cumplió quince años. La cinta azul que había amarrado a la cabeza de la llave estaba descolorida. La había puesto para distinguirla de las demás, muchos años antes de conocer a Isabel.

La buscaba desde la mañana. Al día siguiente debía entregar el local y todavía quedaban dentro algunas herramientas, una silla sin reparar y la mesa que habían construido juntos. El propietario le había anunciado que los nuevos inquilinos comenzarían a trabajar el lunes. Tomás guardó la llave y, después de mirar unos segundos la armónica, se la llevó también.

En el camino pasó por la tienda de la señora Mercedes. Ella acomodaba botellas en la refrigeradora y levantó la cabeza al verlo.

—¿Ya estará mi silla?

Tomás se detuvo junto a la puerta.

—Mañana se la llevo.

—Eso me dijiste la semana pasada.

—Esta vez sí.

La mujer cerró la refrigeradora y se limpió las manos en el mandil. Desde que le había entregado la silla tenía que sacar una de la cocina para sentarse en la vereda. Tomás conocía la historia; la había escuchado dos veces en los últimos días.

—No me vayas a cerrar el taller con mi silla adentro —dijo Mercedes.

Él prometió entregársela temprano y siguió caminando. Al llegar, levantó la puerta de metal. La bisagra se quejó con un ruido largo que llevaba años anunciando su entrada.

Dentro olía a madera y pegamento. En la pared se distinguían las marcas de las herramientas que ya había guardado. Sobre la mesa estaba la silla de Mercedes, con una pata suelta y el asiento cubierto de polvo. Tomás la había dejado para el final porque repararla no le tomaría mucho tiempo. Sin embargo, cada mañana entraba, la miraba y empezaba por otra cosa.

Buscó una prensa en el cajón y puso el frasco de pegamento boca abajo. Quedaba poco. Mientras esperaba que bajara hacia la tapa, sonó su teléfono.

Era Isabel.

—¿Estás en el taller? —preguntó.

—Acabo de llegar.

—Pasé por tu casa. Tu hermana me dijo que todavía tenías cosas que sacar.

—Sí. No he terminado.

—Puedo ayudarte.

Tomás miró la mesa. Era demasiado grande para moverla solo y aún no se decidía a pedirle ayuda a ningún vecino.

—Ven, si puedes —dijo.

Hacía tres meses que Isabel se había ido. Durante las primeras semanas él siguió preparando dos tazas de café por la mañana. Después guardó una y comenzó a desayunar de pie, junto al lavadero. Hablaban por teléfono de vez en cuando: unas veces por las cuentas de la casa, otras para preguntarse cómo estaban. Ninguno sabía cuánto duraría aquella distancia.

Isabel llegó con una bolsa de pan y dos botellas de agua. Llevaba una casaca clara y el cabello recogido. Se quedó en la puerta, mirando las cajas abiertas y los espacios vacíos de la pared.

—Pensé que habrías avanzado más.

—He sacado varias cosas.

Ella se acercó a la mesa.

—Mercedes me preguntó por su silla.

—Ya la estoy arreglando.

Isabel tomó la pata suelta y examinó la unión. Había pasado suficientes tardes en el taller para saber dónde guardaba Tomás las prensas y cuánto tiempo debía esperar antes de mover una pieza recién pegada. Sostuvo la silla mientras él aplicaba el pegamento; luego la ajustaron y la dejaron sobre el banco.

—Mañana temprano estará lista —dijo Tomás.

—Más te vale. Mercedes ya debe estar preparando el reclamo.

Él sonrió. Isabel abrió la bolsa y repartió el pan. Se sentaron en los extremos de la mesa, frente a frente, como tantas otras veces.

La habían construido seis años atrás. Tomás preparó las tablas y ella eligió el tamaño. Quería que pudieran sentarse sus hermanos, los amigos de ambos y algún vecino que apareciera sin avisar. En la primera reunión comieron tallarines y usaron dos bancos del taller porque faltaban sillas. El sobrino menor de Isabel llevó unas pinturas y dejó una mancha verde en una esquina.

La mancha seguía allí.

—Nunca la lijaste —dijo Isabel, pasando el dedo por encima.

—No me dejaste.

—Mateo tenía cinco años. Quería pintar una casa.

—Terminó pintando la mesa.

—También hizo la casa. Todavía tengo el dibujo.

Tomás levantó la mirada. No sabía que Isabel lo había guardado. Cuando ella se fue, dejó muchas cosas en la casa y se llevó otras que él solo descubrió al buscarlas. Una tarde había abierto el cajón donde guardaban fotografías y encontró el espacio vacío que había dejado un sobre. No preguntó qué contenía.

—Podemos llevarnos la mesa —dijo ella.

—No pasa por la escalera.

—Si quitamos las patas, sí.

—Están pegadas.

—También tienen tornillos. Me acuerdo porque perdiste la caja donde los guardabas.

Tomás se inclinó para mirar debajo. Había cubierto los tornillos con pequeñas piezas de madera y ya no recordaba cuántos había puesto. Fue por el destornillador y una espátula. Isabel sostuvo una de las patas mientras él retiraba las cubiertas y aflojaba la primera unión.

El segundo tornillo estaba gastado. Tomás insistió hasta que el destornillador resbaló y le raspó el pulgar.

—Espera —dijo Isabel.

Buscó otra herramienta en el cajón y se la alcanzó. Con esa pudo soltarlo.

—Todavía sabes dónde guardo las cosas.

—Las ordené yo.

—Algunas.

—Casi todas.

Tomás dejó el tornillo sobre la mesa. Iba a contestar, pero terminó riéndose. Isabel también. Después se agacharon para seguir con la siguiente pata.

El padre de Tomás había abierto el taller cuando las casas de la cuadra tenían jardines y la bodega de la esquina vendía pan hasta tarde. Con los años levantaron edificios, la bodega cerró y el alquiler comenzó a subir. Tomás intentó conservar el local como lo había recibido. Aceptó trabajos que antes rechazaba, reparó puertas de madrugada y pasó los domingos visitando clientes. Aun así, las cuentas se fueron acumulando.

Isabel le propuso buscar un lugar más pequeño. También le pidió que hablara con el propietario antes de que la deuda creciera. Él prometió hacerlo, pero dejó pasar los días.

La noche de la última discusión llegó después de medianoche. Isabel lo esperaba despierta y le preguntó por qué no había respondido el teléfono. Tomás contestó que estaba trabajando. Ella quiso hablar del alquiler; él levantó la voz, tomó las llaves y salió de nuevo. Cuando regresó encontró una maleta junto a la puerta.

—Debí escucharte esa noche —dijo.

Isabel dejó la pata sobre el suelo.

—Intenté hablar contigo.

—Lo sé.

—No me dejaste terminar.

Tomás apoyó el destornillador sobre la mesa. Durante esos meses había pensado muchas veces en lo que dijo, pero no en lo que ella había intentado contarle.

—¿Qué querías decirme?

Isabel se sentó en el banco, junto a la silla de Mercedes. Le explicó que había hablado con su hermana y que podían guardar algunas máquinas en su garaje mientras buscaban otro local. También quería pedirle que descansara unos días. Lo veía llegar cansado, comer a cualquier hora y quedarse dormido con la ropa puesta.

—Yo ya había decidido que no podía seguir —dijo Tomás.

—Pero no me lo dijiste.

—No quería que pensaras que había fracasado.

Isabel miró hacia la puerta abierta. Dos escolares pasaron por la vereda; uno llevaba la camisa fuera del pantalón y arrastraba la mochila de una correa.

—Sabía que estabas preocupado. Trataba de acercarme y me respondías que todo estaba bien. A veces me parecía que preferías estar solo.

—No quería estar solo.

—Entonces tenías que decírmelo, Tomás.

Ella buscó el pañuelo en su bolso, pero aún no se lo entregó. Lo sostuvo entre las manos, doblándolo por una esquina.

—En casa de mi hermana me costó dormir las primeras semanas —continuó—. Me despertaba pensando que no había dejado la comida para el día siguiente. Después me acordaba de dónde estaba.

Tomás no dijo nada. Isabel alisó el pañuelo sobre la rodilla.

—Una noche quise llamarte. Marqué tu número y corté antes de que contestaras. Estaba molesta, pero también quería saber si habías llegado bien.

—Pude haberte llamado yo.

—Pudiste. Aunque no me fui para que vinieras a buscarme al día siguiente. Me fui porque ya no sabía cómo vivir contigo sin tener miedo de empezar una conversación.

Tomás miró hacia el banco de trabajo. Recordó las veces que había entrado cansado y había dejado las cuentas sobre la mesa. Isabel las ordenaba para que no se perdieran. Él le decía que las dejara, que después las vería. A veces ella intentaba explicarle algo y él salía con cualquier pretexto.

—No sabía que te sentías así.

—Te lo dije más de una vez. Quizá no con esas palabras.

Isabel finalmente le alcanzó el pañuelo. Tomás tenía una gota de sangre en el pulgar y restos de pegamento entre los dedos. Se envolvió la herida mientras ella se levantaba.

—Te eché de menos —dijo él.

Isabel lo miró. Durante los primeros días en casa de su hermana había dejado la maleta cerrada junto a la cama. Pensaba regresar por más ropa, pero cada vez que acordaban una hora encontraba algo que hacer antes. Una tarde fue hasta la puerta de la casa y vio luz en el taller. Se quedó unos minutos en la vereda, sin entrar. Al día siguiente le pidió a su hermana que la acompañara a recoger sus cosas.

—Yo también te he extrañado —respondió—. Eso no quiere decir que pueda volver y hacer de cuenta que no pasó nada.

Tomás asintió. Esta vez no trató de pedirle una fecha ni de convencerla. Ella volvió a colocarse junto a la mesa y él recogió el destornillador.

Trabajaron sin prisa. Al cabo de un rato, las cuatro patas estaban apoyadas contra la pared y los tornillos reunidos sobre el tablero.

Levantaron la mesa entre los dos. Al llegar a la puerta tuvieron que girarla, bajar un extremo y volver a levantarlo para pasar por el marco. La dejaron en la vereda y Tomás fue a buscar a Ernesto, el dueño de la ferretería.

Ernesto había conocido al padre de Tomás. Cuando escuchó lo que necesitaban, tomó las llaves de su camioneta y cerró la caja registradora.

—Te ayudo a cargarla. Después tengo que regresar.

Entre los tres subieron el tablero a la parte posterior y lo sujetaron con una cuerda. Ernesto dio un tirón para comprobar el nudo y preguntó si ya habían encontrado otro local.

—Todavía no —respondió Tomás.

—Hay uno libre cerca de la avenida. Antes funcionaba una sastrería. Es pequeño, pero tiene un patio atrás.

Isabel miró a Tomás.

—Yo también lo vi.

Él recordaba la puerta cerrada y los restos de un anuncio en la ventana. Había pasado por allí varias veces, aunque nunca se detuvo a preguntar.

—Podemos ir mañana —dijo ella.

Tomás miró el taller. Un hombre con camisa azul se había detenido frente a la entrada. Le explicó que trabajaba para la empresa que ocuparía el local. Pintarían las paredes durante el fin de semana y el lunes llegarían las primeras motos.

—Todavía me falta sacar unas cajas —respondió Tomás.

—Tiene hasta mañana. No se preocupe.

El hombre se despidió y siguió caminando. Ernesto les dejó las llaves de la camioneta y regresó a la ferretería. Tomás entró por las patas de la mesa; Isabel recogió los tornillos y el destornillador.

En el banco estaba la silla de Mercedes. La prensa sostenía la pata reparada. Tomás se acercó y la movió apenas para comprobar que siguiera firme. Después sacó la armónica del bolsillo y la dejó junto a la silla.

—Hace tiempo que no la veía —dijo Isabel.

—La encontré con la llave.

—¿Todavía puedes tocarla?

Tomás sopló una nota. El sonido salió débil. Probó de nuevo y consiguió una frase corta, algo irregular, que llegó hasta la vereda.

—Tu padre la tocaba mejor —dijo Isabel.

—Eso mismo decía él.

Guardó la armónica y apagó la luz. Antes de bajar la puerta, miró el lugar donde había estado la mesa. Al día siguiente volvería por las cajas y entregaría la silla. Después iría con Isabel a ver el local de la antigua sastrería. No sabía todavía si podría alquilarlo, pero quería entrar y conocerlo.

Durante el camino, Isabel sostuvo las patas de la mesa entre los pies para que no golpearan el tablero. Al pasar frente a la tienda, Mercedes salió a la puerta.

—¡Mañana! —le dijo Tomás desde la ventana.

—Ya veremos.

Isabel la saludó con la mano. Mercedes esperó a que la camioneta doblara la esquina antes de regresar a su tienda.

Dejaron la mesa en el garaje de la casa. Isabel recogió los tornillos y los puso dentro de un vaso. Tomás apoyó el tablero contra la pared y quedó mirando la mancha verde.

—Mateo ya está más alto que tú —dijo ella.

—Eso no es difícil.

Isabel sonrió. Luego miró la hora y tomó su bolso. Habían quedado en encontrarse a las nueve de la mañana. Tomás la acompañó hasta la puerta y ella se detuvo antes de salir.

—Mi hermana me preguntó si ibas a su cumpleaños.

—No sabía que me había invitado.

—Me dijo que te avisara. Es el sábado.

—Dile que voy.

Isabel asintió. Se abrazaron brevemente. Tomás sintió su calor cerca y tardó un instante en soltarla. Después la vio caminar hasta la esquina y esperó a que cruzara la calle.

A la mañana siguiente, ella llegó antes de las nueve. Encontró a Tomás en el garaje, buscando el vaso de los tornillos entre las cajas. Las cuatro patas estaban ordenadas sobre el suelo.

—Lo dejaste aquí —dijo Isabel.

El vaso estaba encima del tablero. Tomás tomó uno de los tornillos y lo examinó.

—Primero vamos por la silla de Mercedes.

—Y después vemos el local.

Él guardó los tornillos en el bolsillo de la casaca, junto a la armónica. Salieron juntos y, al llegar a la esquina, Isabel le recordó que debían comprar más pegamento. Tomás respondió que todavía quedaba suficiente. Ella lo miró de lado. Entonces él tomó la calle que conducía a la ferretería de Ernesto.