Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

15 de mayo del 2026

“Casa tomada”, de Julio Cortázar, es uno de esos cuentos cuya aparente sencillez termina revelando una arquitectura literaria de enorme precisión. La historia de dos hermanos que habitan una vieja casa familiar y que, poco a poco, son desplazados por una presencia nunca identificada, concentra buena parte de las claves del universo cortazariano: la irrupción de lo extraño en la vida cotidiana, la ambigüedad como forma de conocimiento y el miedo como una fuerza silenciosa que no necesita rostro para imponerse. El relato no avanza mediante explicaciones, sino mediante una presión progresiva sobre el espacio doméstico, hasta convertir la vivienda en un territorio simbólico donde se mezclan memoria, decadencia y pérdida. (Cortázar, 1951).

La grandeza del cuento reside en que Cortázar nunca revela quién o qué toma la casa. Esa omisión no empobrece la narración, sino que la fortalece. El lector queda obligado a interpretar el sentido de la ocupación: puede verla como amenaza política, como retorno de lo reprimido, como ruina de una clase social encerrada en sus privilegios o como manifestación pura de lo fantástico. La casa no es solo un escenario; es una estructura mental, familiar e histórica. Por eso el relato permanece abierto y vigente: cada época descubre en esa ocupación una forma distinta de angustia. (Alazraki, 1994).

La casa como espacio de memoria y encierro

Desde el inicio, la casa aparece asociada a la herencia y a la repetición. Irene y su hermano viven rodeados por los restos de una historia familiar que parece haberlos detenido en el tiempo. No trabajan, no forman nuevas familias, no buscan transformar su existencia. Su vida transcurre entre rutinas domésticas, lecturas, tejidos y cuidados mínimos de una propiedad demasiado grande para ellos. Esa desproporción entre el tamaño de la casa y la pequeñez de sus vidas produce una sensación de vacío. La vivienda conserva el prestigio de otro tiempo, pero sus habitantes ya no poseen una energía vital capaz de sostenerlo. (Cortázar, 1951).

El encierro de los personajes no es solamente físico. También es moral y emocional.

La relación entre Irene y su hermano está marcada por una calma inquietante. No hay conflicto abierto entre ellos, pero tampoco parece existir un verdadero proyecto de futuro. Ambos aceptan la clausura como si fuera una forma natural de vida. Esa aceptación resulta decisiva para comprender el relato, porque cuando la casa comienza a ser tomada, los personajes no se rebelan. Se limitan a retroceder. La amenaza avanza porque encuentra una voluntad debilitada, acostumbrada a ceder. (Barrenechea, 1972).

La casa, entonces, funciona como una metáfora de la conciencia. Las habitaciones perdidas pueden leerse como zonas reprimidas, recuerdos clausurados o fuerzas interiores que regresan sin pedir permiso. Cortázar construye una lógica cercana al sueño: los hechos son imposibles, pero los personajes los aceptan con una serenidad casi absurda. Esa naturalización de lo inexplicable es una de las marcas más poderosas del fantástico moderno. (Alazraki, 1994).

El miedo sin rostro

El miedo en “Casa tomada” no nace de una aparición visible, sino de un sonido. Esa elección narrativa es fundamental. Cortázar no describe monstruos, sombras ni figuras amenazantes; apenas deja escuchar una presencia imprecisa al otro lado de la casa. Lo inquietante surge de la falta de información. El lector no sabe qué ocurre y, justamente por eso, imagina más de lo que el texto dice. La amenaza se vuelve más poderosa porque permanece fuera de campo, sostenida por el silencio y por la reacción resignada de los protagonistas. (Barrenechea, 1972).

El relato demuestra que el terror literario puede construirse con mínimos recursos. No necesita escenas violentas ni explicaciones sobrenaturales. Basta una alteración leve en la normalidad para que todo el orden doméstico se vuelva frágil. Cortázar domina esa técnica con una sobriedad extraordinaria: el tono del narrador sigue siendo sereno aun cuando la situación se vuelve absurda. Esa calma aumenta la perturbación, porque los personajes narran la pérdida de su mundo como si se tratara de un inconveniente doméstico. (Oviedo, 2001).

El retroceso de Irene y su hermano tiene una dimensión casi política. Cada habitación abandonada representa una renuncia. Primero pierden una parte de la casa; luego reorganizan su vida en el espacio restante; finalmente lo pierden todo. La ocupación no se presenta como una batalla, sino como una retirada silenciosa. Esa pasividad ha permitido leer el cuento como alegoría de una clase social incapaz de comprender los cambios históricos que la desplazan. Sin embargo, reducir el relato a una sola interpretación sería empobrecerlo, porque su fuerza proviene precisamente de la ambigüedad. (Goloboff, 1998).

Lo fantástico como ruptura de la costumbre

En la narrativa de Cortázar, lo fantástico no suele aparecer como un universo separado de la realidad, sino como una grieta dentro de ella. “Casa tomada” responde claramente a esa lógica. La vida cotidiana de los hermanos parece estable hasta que algo inexplicable modifica el orden de la casa. No se abre una puerta hacia otro mundo; más bien, el mundo conocido empieza a comportarse de manera extraña. Esa transformación es sutil, pero irreversible. (Alazraki, 1994).

La precisión del lenguaje resulta esencial. Cortázar escribe con una economía verbal que evita el exceso descriptivo. Cada detalle parece simple, pero contribuye a la atmósfera de encierro: los pasillos, las habitaciones, las puertas, los ruidos, la llave arrojada al final. Nada sobra. El cuento avanza con una limpieza formal que refuerza su intensidad. En lugar de explicar el misterio, lo administra. En lugar de resolverlo, lo deja crecer. (Oviedo, 2001).

La escena final concentra la potencia simbólica del relato. Cuando los hermanos abandonan la casa y tiran la llave a la alcantarilla, aceptan que la pérdida es definitiva. No hay intento de regreso ni búsqueda de ayuda. Ese gesto cierra la posibilidad de recuperar el pasado. La casa queda tomada, pero también queda clausurada para siempre como parte de la identidad de los protagonistas. (Cortázar, 1951).

La llave arrojada no solo impide el retorno físico. También expresa una derrota interior.

Vigencia de una lectura abierta

“Casa tomada” sigue siendo un cuento central porque no agota su sentido en una explicación única. Puede leerse desde la historia argentina, desde el psicoanálisis, desde la teoría de lo fantástico o desde una perspectiva existencial. En todas esas lecturas, el núcleo permanece intacto: dos personajes pierden su mundo sin comprender del todo qué fuerza los expulsa. Esa experiencia resulta profundamente moderna, porque habla de la fragilidad de nuestras certezas y de la facilidad con que una vida aparentemente ordenada puede venirse abajo. (Barrenechea, 1972).

La obra también revela la capacidad de Cortázar para convertir lo doméstico en territorio inquietante. La casa, símbolo tradicional de protección, se transforma en espacio amenazante. Lo familiar deja de ser refugio y se vuelve fuente de extrañeza. Esa inversión explica buena parte del impacto del relato, porque el miedo no viene de afuera de manera evidente; parece surgir desde el interior mismo del lugar habitado. (Goloboff, 1998).

Otro elemento decisivo es la sobriedad emocional. Irene y su hermano no reaccionan con desesperación, sino con una docilidad casi incomprensible. Esa conducta produce una pregunta incómoda: ¿por qué no defienden la casa? La respuesta no está escrita de forma directa, pero el cuento sugiere que la derrota comenzó antes de la ocupación. Los personajes ya vivían como sobrevivientes de un mundo agotado. La presencia invasora solo acelera una pérdida que, en cierto modo, ya estaba anunciada. (Oviedo, 2001).

Por eso “Casa tomada” continúa siendo una pieza imprescindible de la literatura hispanoamericana. Su valor no depende de resolver el misterio, sino de sostenerlo con inteligencia narrativa. Cortázar comprendió que lo inexplicable puede ser más revelador que una respuesta cerrada. En esa casa abandonada quedan encerradas muchas de las ansiedades del siglo XX: el miedo al cambio, la decadencia de los linajes, la invasión de lo reprimido, la fragilidad del hogar y la imposibilidad de conservar intacto aquello que el tiempo ha comenzado a ocupar. (Alazraki, 1994).

Bibliografía

Alazraki, J. (1994). Hacia Cortázar: aproximaciones a su obra. Barcelona: Anthropos.

Barrenechea, A. M. (1972). La expresión de la irrealidad en la obra de Julio Cortázar. Buenos Aires: Paidós.

Cortázar, J. (1951). Bestiario. Buenos Aires: Sudamericana.

Goloboff, M. (1998). Julio Cortázar: la biografía. Buenos Aires: Seix Barral.

Oviedo, J. M. (2001). Historia de la literatura hispanoamericana. Madrid: Alianza Editorial.