Artículo de información
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
17 de setiembre de 2026
Durante siglos hemos mirado al Sol como una presencia firme. Sin embargo, bajo su superficie luminosa permanece escrita una historia violenta. Allí podrían conservarse las señales de un mundo que nació junto a los demás planetas y terminó desapareciendo dentro de la propia estrella (Yıldız, 2026; Royal Astronomical Society, 2026).
Una investigación del astrónomo Mutlu Yıldız, de la Universidad del Egeo, en Turquía, plantea que el Sol joven pudo engullir una supertierra con una masa de entre cinco y diez veces la de nuestro planeta. Publicado el 10 de septiembre de 2026 en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, el estudio no descubre aquel cuerpo ni demuestra la colisión. Ofrece un modelo capaz de explicar varias anomalías solares y una huella que podría buscarse de manera independiente (Yıldız, 2026).
Una pieza ausente en la familia planetaria
El nombre “supertierra” puede engañar. No describe necesariamente un planeta habitable ni semejante al nuestro. Es una categoría para mundos más masivos que la Tierra y menos masivos que los gigantes helados Urano y Neptuno. Pueden ser rocosos, gaseosos o combinar ambas composiciones. La NASA recuerda que no existe ninguno en nuestro sistema solar, aunque son comunes alrededor de otras estrellas (NASA, s. f.).
Esa ausencia intriga a los astrónomos. ¿Por qué nuestro vecindario cósmico posee pequeños planetas rocosos y grandes planetas exteriores, pero carece de los cuerpos intermedios frecuentes en otros sistemas? La respuesta podría encontrarse en aquello que desapareció durante la formación del sistema solar, hace alrededor de 4.600 millones de años (NASA, s. f.; Martin y Livio, 2016).
En 2016, Rebecca G. Martin y Mario Livio propusieron que una o más supertierras pudieron formarse dentro de la órbita de Mercurio, o migrar hacia allí desde una zona distante. Mientras el disco de gas y polvo rodeaba al Sol recién nacido, esos cuerpos habrían avanzado en espiral hasta caer en la estrella. Su crecimiento también habría contribuido a vaciar aquella región interior (Martin y Livio, 2016).
Cómo buscar un mundo que ya no existe
Mutlu Yıldız retomó aquella posibilidad desde otra pregunta: ¿conservaría el Sol alguna señal del impacto? Para responderla no basta con observar la superficie. La heliosismología estudia las oscilaciones solares y permite inferir cómo cambian la densidad, la temperatura y la velocidad del sonido en las capas interiores. Es una manera de escuchar lo que la luz no deja ver (Yıldız, 2026; Royal Astronomical Society, 2026).
Los modelos solares describen con enorme precisión la evolución de nuestra estrella, pero no resuelven todos sus detalles. Persisten diferencias entre los cálculos y las observaciones sobre la velocidad del sonido debajo de la zona de convección, la profundidad de esa región y la cantidad de helio. Además, la superficie solar contiene mucho menos litio del esperado a partir de la composición inicial del sistema solar (Yıldız, 2026; Royal Astronomical Society, 2026).
El investigador utilizó el programa de evolución estelar MESA para simular distintas historias. Incorporó material rico en elementos pesados, como el que aportaría un planeta, seguido por materia relativamente pobre en metales procedente del disco. También examinó la opacidad, la ecuación de estado y los procesos de mezcla. El modelo con mejor acuerdo conjunto con los datos heliosísmicos incluyó mezcla turbulenta y la caída de un cuerpo de unas 5,6 masas terrestres. Otros resultados favorables ampliaron el intervalo hasta diez masas terrestres (Royal Astronomical Society, 2026).
Las posibles huellas de la caída
Un planeta no posee la misma composición química que el gas de su estrella. Si aquel mundo estaba diferenciado, con materiales pesados concentrados en su interior y poco litio disponible, habría cambiado la distribución de elementos dentro del joven Sol. Según los cálculos, una supertierra podría atravesar las capas exteriores perdiendo poca masa y depositar sus materiales a mayor profundidad (Yıldız, 2026; Royal Astronomical Society, 2026).
El estudio denomina informalmente “Dev Dilek” al planeta del modelo. No es el nombre oficial de un astro observado ni una nueva pieza añadida a los catálogos. Es la identidad concedida al protagonista posible de una reconstrucción matemática. La diferencia parece pequeña en un titular, pero es fundamental para informar con rigor (Yıldız, 2026).
La ingestión de planetas por sus estrellas no pertenece únicamente a la imaginación. En 2020 se detectó ZTF SLRN-2020, considerado el primer caso observado de una estrella tragando un planeta. El telescopio James Webb permitió revisar el episodio: la estrella no habría crecido hasta alcanzar al mundo; su órbita se contrajo hasta precipitarlo hacia ella. Esto aporta evidencia de que el mecanismo ocurre, pero no prueba que haya sucedido en nuestro Sol (NASA, 2025).
Una hipótesis que todavía debe rendir examen
El modelo resulta sugerente porque no explica una sola rareza. Relaciona la estructura interna del Sol, la profundidad de su zona convectiva y la escasez de litio con un mismo episodio temprano. Esa coincidencia fortalece la hipótesis, aunque depende de supuestos sobre la composición del planeta, el momento de la caída y la mezcla posterior de los materiales (Yıldız, 2026; Royal Astronomical Society, 2026).
Existen otras explicaciones para las diferencias entre los modelos solares y las observaciones. La opacidad del plasma, el comportamiento de la materia bajo presiones extremas o la mezcla turbulenta también modifican los resultados. Una simulación que encaja con ciertos datos no equivale a una fotografía del pasado. La ciencia exige que una hipótesis pueda ser contrastada y abandonada si los hechos no la sostienen (Yıldız, 2026).
El próximo paso será localizar un exceso de elementos pesados debajo de la zona convectiva y comprobar que no admite una explicación más sencilla. Nuevas mediciones heliosísmicas y modelos independientes deberán confirmar o debilitar esa posibilidad. Hasta entonces, lo correcto es decir que el Sol pudo engullir una supertierra, no que lo hizo con certeza (Yıldız, 2026; Royal Astronomical Society, 2026).
Quizá los ocho planetas actuales sean los sobrevivientes de una etapa remota y agitada. El valor del estudio no está en presentar como hecho la caída de un mundo perdido, sino en convertir una antigua sospecha en una pregunta verificable. El Sol, silencioso en el centro de nuestros días, todavía puede conservar la memoria de aquello que desapareció en su fuego (Yıldız, 2026; Martin y Livio, 2016).
Bibliografía
Yıldız, Mutlu. (2026). Planetary engulfment as a solution to solar-model discrepancies and its implications for planetary systems. Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, 551(4), stag1527.
Royal Astronomical Society. (2026). “Fingerprints” inside the Sun could reveal if it once swallowed a planet.
Martin, Rebecca G., y Livio, Mario. (2016). On the Formation of Super-Earths with Implications for the Solar System. The Astrophysical Journal, 822(2), 90.
NASA Science. (s. f.). What Is a Super-Earth?.
NASA Webb Mission Team. (2025). NASA Webb’s Autopsy of Planet Swallowed by Star Yields Surprise.







