Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

4 de setiembre del 2026

Internet nació como una infraestructura destinada a comunicar computadoras y terminó convirtiéndose en uno de los grandes espacios de la vida contemporánea. En pocas décadas pasó de universidades y centros de investigación a los hogares, empresas y teléfonos móviles, hasta intervenir en nuestra manera de trabajar, estudiar, comprar, informarnos y relacionarnos. En 2025, cerca de 6.000 millones de personas utilizaban Internet, alrededor del 74 % de la población mundial, mientras 2.200 millones permanecían desconectadas. La dimensión alcanzada demuestra que la red ya no puede entenderse solamente como una herramienta tecnológica: constituye una infraestructura social sobre la cual descansa una parte creciente de la actividad humana. (Unión Internacional de Telecomunicaciones, 2025).

Pero no solo aumentó el número de personas conectadas; también cambió profundamente la forma de vivir dentro de Internet. La red abierta de páginas independientes, foros y comunidades que caracterizó sus primeras décadas convive ahora con grandes plataformas, servicios en la nube, algoritmos y sistemas capaces de procesar cantidades inmensas de información. La inteligencia artificial generativa incorpora una transformación adicional: millones de usuarios ya no ingresan únicamente para encontrar contenidos, sino para solicitar a una máquina que los produzca. La discusión contemporánea se desplaza entonces hacia una cuestión más profunda: quién posee los datos, la infraestructura y la capacidad tecnológica que comienza a organizar nuestra relación con el conocimiento. (Banco Mundial, 2025).

De la red científica a la sociedad conectada

Los orígenes de Internet estuvieron vinculados con una cultura científica basada en compartir conocimientos y encontrar soluciones comunes. ARPANET y la posterior adopción del protocolo TCP/IP permitieron conectar redes diferentes sin establecer un único centro encargado de controlar todo el sistema. Más tarde, la World Wide Web facilitó la consulta de documentos mediante enlaces y acercó aquella infraestructura a personas que no necesitaban conocer su funcionamiento técnico. Internet no apareció, por tanto, como un producto terminado ni como la creación exclusiva de una empresa, sino como el resultado de investigaciones, acuerdos y comunidades que aprendieron a construir tecnologías capaces de comunicarse entre sí. (Castells, 2001).

Junto con esa tradición apareció la cultura hacker, entendida originalmente desde la curiosidad, la experimentación y la libertad tecnológica. Programadores distribuidos por diferentes lugares compartieron código, corrigieron problemas y desarrollaron proyectos colectivos. El software libre convirtió aquellas prácticas en una discusión sobre el control de los programas y los derechos de quienes los utilizaban. Parte importante de la infraestructura digital contemporánea conserva todavía esa herencia colaborativa, aunque resulte invisible para el usuario que diariamente utiliza aplicaciones, servidores y servicios construidos sobre tecnologías abiertas. (Castells, 2001).

La expansión comercial alteró progresivamente aquel escenario. Buscadores, redes sociales, tiendas digitales, plataformas audiovisuales y servicios de computación en la nube comenzaron a reunir millones de usuarios dentro de espacios administrados por grandes compañías. La arquitectura básica de Internet continuó siendo distribuida, pero una parte creciente de la experiencia cotidiana quedó en manos de grandes intermediarios. Surgió así una contradicción que sigue acompañando a la red: una tecnología construida alrededor de principios abiertos puede sostener estructuras económicas altamente concentradas. (Banco Mundial, 2025).

Plataformas, datos y nuevas formas de poder

Las redes sociales modificaron el lugar que ocupaba el usuario. Las personas dejaron de ser principalmente visitantes de páginas y comenzaron a producir fotografías, vídeos, opiniones, conversaciones y registros de su vida cotidiana. Aquella capacidad amplió las posibilidades de expresión, pero generó también enormes cantidades de información sobre preferencias y comportamientos. El usuario pasó a consumir servicios mientras producía datos que podían ser analizados para conocer intereses, personalizar contenidos y orientar decisiones comerciales. Los datos se convirtieron de esta manera en uno de los recursos centrales de la economía digital. (Banco Mundial, 2025).

El teléfono inteligente profundizó esta transformación al convertir Internet en una presencia permanente. Comunicación, fotografía, banca, entretenimiento, compras, ubicación y trabajo pudieron reunirse dentro de un mismo dispositivo. Cada actividad generaba nuevas señales capaces de ser procesadas y relacionadas entre sí. La brecha digital dejó entonces de significar solamente tener o no conexión. También comenzó a depender de la calidad del acceso, los dispositivos disponibles y los conocimientos necesarios para aprovechar las posibilidades de una sociedad crecientemente digitalizada. (Unión Internacional de Telecomunicaciones, 2025).

Los algoritmos adquirieron, al mismo tiempo, una capacidad considerable para organizar aquello que observamos. Frente a una cantidad de información imposible de revisar individualmente, las plataformas comenzaron a seleccionar publicaciones, vídeos, productos y resultados. La navegación basada en la elección personal no desapareció, pero empezó a convivir con sistemas que anticipan intereses y deciden qué contenidos mostrar primero. El problema contemporáneo no reside únicamente en poder acceder a la información, sino también en comprender los mecanismos mediante los cuales esa información adquiere visibilidad y llega hasta nosotros. (Banco Mundial, 2025).

La inteligencia artificial añade otra dimensión a estas diferencias. Su desarrollo necesita capacidad de cómputo, centros de datos, energía, información y profesionales especializados, recursos que no están distribuidos de manera uniforme. Los países y organizaciones capaces de sostener estas inversiones ocupan una posición distinta de quienes solamente pueden utilizar productos desarrollados en otros lugares. La vieja brecha entre conectados y desconectados comienza así a convivir con otra: la distancia entre quienes poseen capacidad para construir la nueva tecnología y quienes participan únicamente como consumidores. (Banco Mundial, 2025).

Internet ante la expansión de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial generativa representa la expresión más visible de esta nueva etapa. Durante años, buscar información suponía escribir palabras, recibir resultados y recorrer diferentes páginas. Ahora una persona puede formular una pregunta y obtener textos, imágenes, programas o análisis producidos automáticamente. El Informe sobre el Índice de Inteligencia Artificial 2026 de la Universidad de Stanford registra la rapidez con que estas herramientas están incorporándose a organizaciones y actividades cotidianas. Una tecnología que hasta hace pocos años parecía limitada a ámbitos especializados comienza a formar parte de la educación, las profesiones, las empresas y la producción cultural. (Instituto de Inteligencia Artificial Centrada en el Ser Humano de la Universidad de Stanford, 2026).

Esta transformación recupera una antigua discusión sobre el carácter abierto de Internet. Millones de personas pueden acceder a herramientas de inteligencia artificial desde una computadora o un teléfono, pero desarrollar los sistemas más avanzados exige inversiones enormes en chips, centros de datos, energía y entrenamiento. La facilidad de acceso puede ocultar, por ello, una creciente concentración de la capacidad tecnológica. El desafío ya no consiste únicamente en extender Internet, sino en evitar que la nueva economía del conocimiento establezca una separación permanente entre sociedades capaces de crear tecnología y aquellas obligadas a recibirla. (Banco Mundial, 2025).

Los gobiernos han comenzado también a establecer responsabilidades frente a este escenario. La Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea entró en vigor en agosto de 2024 y su aplicación ha avanzado progresivamente mediante distintas etapas. El nuevo marco introduce obligaciones relacionadas con los riesgos, la transparencia y determinados usos de estos sistemas. La evolución demuestra que Internet ya no se construye solamente mediante decisiones de programadores y empresas: instituciones públicas y sociedades enteras comienzan a discutir qué límites deben existir cuando una tecnología interviene sobre derechos, educación, empleo, privacidad y acceso al conocimiento. (Comisión Europea, 2026).

Internet llega a 2026 conservando una parte de la cultura abierta que acompañó su nacimiento, pero dentro de una realidad mucho más compleja. Nunca había circulado tanto conocimiento ni tantas personas habían tenido posibilidades de producir y compartir contenidos; tampoco había existido una concentración semejante de datos y capacidad de cómputo. La inteligencia artificial no reemplaza a Internet: crece sobre ella y modifica la manera de buscar, producir y comprender información. La cuestión que empieza a definir esta nueva cultura digital será cuánto espacio conservarán las personas para comprender y participar en las tecnologías que organizan sus vidas y cuánto poder quedará finalmente en manos de quienes poseen la capacidad para construirlas. (Instituto de Inteligencia Artificial Centrada en el Ser Humano de la Universidad de Stanford, 2026).

Referencias

Banco Mundial. (2025). Digital Progress and Trends Report 2025: Strengthening AI Foundations. Banco Mundial.

Castells, Manuel. (2001). The Internet Galaxy: Reflections on the Internet, Business, and Society. Oxford University Press.

Comisión Europea. (2026). AI Act: Regulatory framework for artificial intelligence. Dirección General de Redes de Comunicación, Contenido y Tecnologías de la Comisión Europea.

Instituto de Inteligencia Artificial Centrada en el Ser Humano de la Universidad de Stanford. (2026). The 2026 AI Index Report. Universidad de Stanford.

Unión Internacional de Telecomunicaciones. (2025). Measuring Digital Development: Facts and Figures 2025. Unión Internacional de Telecomunicaciones.