Artículo de información

José Carlos Botto Cayo

21 de octubre del 2026

En 1925, Alberto Trinidad pasó varios días tratando de leer unos nudos.

El paquete había llegado al museo desde el archivo de un convento. La etiqueta, escrita con tinta vieja, decía: “Objetos recogidos en una huaca de la costa. Año 1884. Procedencia incierta”. Alberto cortó el envoltorio y encontró unos cordeles oscuros, una hoja manuscrita en castellano y una lámina de cobre del tamaño de una tarjeta.

En el metal había una puerta de dos hojas. Junto a ella, un hombre de barba corta vestía una prenda larga y sostenía un cuaderno. Alberto se acercó el dibujo a los lentes. La figura tenía algo extraño en el rostro, como si mirara a quien la observaba.

El manuscrito no era un documento inca. Era una copia hecha por un sacerdote que afirmaba haber escuchado el relato de un anciano. El anciano, decía, lo había aprendido de su abuelo. La historia hablaba de un forastero llegado desde el mar que preguntaba por las palabras de los antiguos y por quienes sabían guardarlas.

Al final de la página, el copista había añadido: “El que condujo a los guardias no fue quien abrió la puerta”.

Alberto anotó la frase en su cuaderno.

No pretendió traducir por sí solo los cordeles. Comparó sus nudos con otros registros, estudió las notas que acompañaban el manuscrito y revisó los informes de la excavación. Los elementos no bastaban para una lectura completa. Pero algunos nombres y señales coincidían con el relato; otros se repetían en versiones recogidas mucho después.

Escribió en su informe: “Interpretación provisional. La tradición debe cotejarse con nuevos testimonios”.

Alberto era cuidadoso con las conclusiones. No era igual de cuidadoso con sus horas de sueño. Vivía entre libros y solía dejar que el café se enfriara junto a la mesa. Su hermana Isabel aparecía algunas tardes para recordarle que había prometido volver temprano.

—Hoy no me demoro —le decía Alberto.

Isabel miraba el montón de papeles y sonreía.

—Eso dijiste ayer.

La historia del forastero lo acompañó en sus viajes. En Ica, un anciano de Ocucaje le contó que, antes de la llegada de los españoles, un hombre barbado había cruzado el valle con una prenda que le llegaba hasta los pies. No pidió agua ni comida. Preguntó por una puerta de piedra.

—¿Y la encontró? —preguntó Alberto.

—Eso decía mi abuelo. Que apareció donde antes solo había un muro.

En Lima, el cuidador de una huaca le habló de un hombre que se sentaba junto a las paredes al caer la tarde. Escuchaba los relatos de los viejos y luego seguía hacia el mar. En Cusco, Alberto encontró en un expediente colonial la mención de un discípulo llamado Amaru, acusado de llevar a los guardias hasta su maestro. El documento decía que, después de la captura, Amaru se negó a revelar dónde se guardaban las enseñanzas del forastero.

En la selva, un maestro de una comunidad ribereña le contó que sus antepasados hablaban de un viajero que había seguido el río desde el mar. Alberto abrió el cuaderno para anotar el lugar.

—Ese nombre no lo escriba —dijo el maestro.

Alberto dejó el lápiz sobre la página.

—Está bien.

El maestro sirvió café. Hablaron de otras cosas.

Al volver a Lima, Alberto puso sus notas junto al manuscrito. Los relatos diferían. En Ica, el hombre atravesaba el valle; en Lima, caminaba junto a las huacas; en la selva, remontaba el río. Pero la barba, la ropa extraña, la puerta y las palabras escondidas aparecían una y otra vez.

No podía afirmar que todas las versiones hablaran del mismo hombre. Tampoco lograba apartar esa posibilidad.

Una tarde, Eusebio, el vigilante del museo, lo encontró en el depósito.

—Han venido a preguntar por la lámina —dijo—. Querían saber si usted la estaba estudiando.

—¿Dijeron quiénes eran?

—No. Dejaron esto.

Era una tarjeta sin firma. En el reverso alguien había escrito: “La pieza debe volver a su sitio”.

Alberto la guardó en un cajón y sacó la lámina. En el borde había una hendidura que no había advertido antes. También vio tres marcas pequeñas en el reverso.

Buscó el inventario de la excavación de 1884. Entre las últimas anotaciones encontró una cámara tapiada bajo el muro oriental de la huaca. El dibujo del lugar mostraba una puerta: dos líneas unidas por una curva. Alberto acercó la lámina al papel. La forma coincidía.

A la mañana siguiente fue a la huaca con Eusebio. La cámara estaba detrás de un talud debilitado por la lluvia. Eusebio sujetó la cuerda y la lámpara. Alberto descendió por una abertura estrecha.

El lugar era bajo y húmedo. En la pared del fondo vio el dibujo de la puerta. Limpió la hendidura central y probó la lámina. Encajó.

La retiró. La volvió a colocar con las tres marcas hacia arriba.

Del otro lado del muro sonaron tres golpes.

La llama de la lámpara se inclinó. Alberto oyó a Eusebio llamarlo desde arriba, pero la voz llegó apagada. Una raya de luz apareció en el adobe y fue ensanchándose hasta dejar ver un campo bajo el sol.

Alberto retrocedió. La tierra cedió bajo sus zapatos. Cayó de rodillas.

Cuando levantó la cabeza, la lámpara y la cuerda habían desaparecido. Frente a él corría un canal entre campos cultivados. Más allá se veían casas bajas de piedra y barro, y unos cerros que no reconoció.

Alberto se puso de pie. Conservaba los lentes, el cuaderno y la lámina. Su saco oscuro estaba cubierto de polvo. Una barba corta le sombreaba las mejillas.

Un niño lo miró desde la otra orilla. Después salió corriendo.

La mujer que llegó poco después llevaba una manta sobre los hombros. Se llamaba Sumaq. Alberto no entendió todas sus palabras. Había estudiado antiguas formas de la lengua, pero aquella manera de hablar le resultaba distinta. Aun así, con frases que reconocía, gestos y preguntas repetidas, lograron entenderse.

Sumaq miró la barba, el saco, los lentes y el cuaderno. Luego señaló la lámina.

—El hombre de la historia —dijo.

Alberto creyó entenderla.

—¿Qué historia?

Ella le habló de un forastero que había aparecido junto a una puerta de piedra. Su abuela decía que era barbado y que vestía de un modo que nadie podía describir bien. Había preguntado quiénes guardaban las palabras de los antiguos. Sumaq no lo había visto antes, pero al mirar a Alberto comprendió por qué su abuela repetía aquellos detalles.

Alberto abrió el cuaderno, aunque no supo qué anotar.

Sumaq lo condujo hasta una casa cercana. Allí estaba su hermano, Cusi, con una mano vendada. Junto a él había una vasija cubierta con una tela. Dentro descansaban varios cordeles de colores.

Alberto reconoció los nudos.

Sumaq le explicó que guardaban las enseñanzas del caminante llegado desde el mar. El hombre había permanecido poco tiempo entre ellos. No se presentó como gobernante ni como dios. Habló de la memoria y de la obligación de cuidar lo que otros no podían decir en voz alta. Algunas enseñanzas se transmitían a todos; otras, solo a quienes aceptaban protegerlas.

Cusi era uno de esos discípulos.

—¿Dónde está el maestro? —preguntó Alberto.

Sumaq señaló hacia la costa.

Se había marchado antes del amanecer. Nadie sabía si había llegado al mar.

Cusi, en cambio, se había quedado. Cuando llegaron los guardias, los condujo hasta una casa vacía, lejos del escondite. Los hombres lo vieron y desde entonces lo llamaban traidor. El caminante alcanzó a huir por otro camino.

—¿Pudiste llevarlos hasta los cordeles? —preguntó Alberto.

—Sí —dijo Cusi—. Pero no lo hice.

No se defendió ni pidió que le creyeran. Miró la venda de su mano. Alberto pensó en el expediente del Cusco, escrito muchos años después, y en la frase que había copiado del manuscrito. La historia conservaba la acusación. La respuesta de Cusi podía perderse.

Al caer la tarde, los hombres del administrador llegaron a la casa. Exigieron las enseñanzas del forastero. Cusi ya había preparado un conjunto de cordeles falsos. Sumaq se lo entregó a los guardias.

Uno de ellos miró a Alberto. Se fijó en sus lentes, en el saco y en el cuaderno.

—¿Quién es?

—Un viajero que viene de lejos —dijo Sumaq.

El guardia le pidió que escribiera su nombre. Alberto abrió el cuaderno, pero no escribió. El hombre hojeó las páginas llenas de dibujos y anotaciones. No entendió nada y se lo devolvió.

—No sirve —dijo.

Se marcharon con los cordeles falsos.

Esa noche, Cusi y Sumaq llevaron los verdaderos hasta una cámara de piedra en la loma. Los ocultaron detrás de un bloque y cubrieron la abertura con tierra. Alberto ayudó en silencio.

—¿Quién podrá encontrarlos? —preguntó.

—Alguien que venga a escuchar —respondió Sumaq.

Alberto pensó en la tarjeta del museo. No sabía quién la había dejado, pero decidió que no escribiría la ubicación de la cámara.

La puerta apareció en la pared. Las tres marcas brillaron junto a la hendidura.

—Si regreso a mi tiempo, dirán que Cusi entregó al maestro —dijo Alberto.

—Ya lo dicen algunos —respondió Sumaq.

—Escribiré lo que ocurrió.

Cusi se acercó y le tendió la mano sana.

—Escribe que conduje a los guardias hasta una casa vacía. Es lo único que puedo pedirte.

Alberto estrechó su mano.

Cruzó la puerta.

Eusebio tiró de la cuerda y lo ayudó a salir. La lámpara seguía encendida. La camisa de Alberto estaba húmeda y el reloj del vigilante indicaba que solo habían pasado unos minutos.

—¿Qué encontró, doctor?

Alberto miró la lámina. Tenía tierra oscura en la hendidura.

—Al hombre del relato.

Eusebio no preguntó más. Lo ayudó a salir de la huaca mientras la garúa empezaba a cubrir los cerros.

En el museo, Alberto terminó el informe. Escribió que los testimonios recogidos en Ica, Lima, la selva y Cusco compartían ciertos elementos, aunque no podía probar que se refirieran a un mismo suceso. Explicó que la lectura de los cordeles era parcial y que el manuscrito colonial debía tratarse como el registro de una tradición oral, no como una traducción definitiva.

No mencionó la cámara ni el viaje.

En una hoja aparte escribió: “Cusi condujo a los guardias hasta una casa vacía. No reveló el escondite”. Dobló la hoja y la guardó en su cuaderno.

Isabel lo esperaba a la salida del museo con un abrigo. Alberto se lo puso. Caminaron juntos bajo la garúa.

—¿Qué encontraste? —preguntó ella.

Alberto le contó de la huaca, de la puerta y de Cusi. Al llegar a casa, continuó mientras ella servía café. No intentó convencerla. Isabel tampoco lo interrumpió.

—¿Vas a publicarlo? —preguntó al final.

—Una parte.

—¿Y lo demás?

Alberto miró el cuaderno cerrado sobre la mesa.

—Lo voy a guardar.

Isabel asintió. El café seguía humeando entre los dos.

La lámina volvió al museo. El inventario la describió como una pieza de cobre de origen incierto y sin valor artístico conocido. Alberto no corrigió la ficha.

En sus notas conservó el nombre de Cusi. Años después, cuando ya no pudo regresar a la huaca, encontró la hoja y leyó la promesa que le había hecho.

Desde la cocina, Isabel lo llamó para tomar café. Alberto cerró el cuaderno y fue a sentarse con ella.