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José Carlos Botto Cayo
29 de julio del 2026
La mano derecha del robot permanecía sobre la mesa desde hacía tres días. Alfredo la había retirado porque el dedo índice se cerraba con retraso y, al sostener una taza, terminaba inclinándola. No era un misterio ni una señal. Era una pieza defectuosa entre muchas otras.
Lo extraño estaba en la puerta abierta.
Alfredo había bajado a comprar café y pan en la bodega de la esquina. No demoró más de quince minutos. Cuando regresó, la azotea estaba vacía y el cable con el que RÍMAC recargaba sus baterías colgaba junto a la pared.
—RÍMAC —llamó.
Miró detrás de los estantes, aunque sabía que el robot no podía ocultarse allí. Después revisó el pequeño depósito donde guardaba motores, monitores antiguos, herramientas y cajas llenas de cables que probablemente nunca volvería a utilizar.
RÍMAC no estaba.
Desde la avenida César Canevaro llegaban las bocinas de siempre. Una combi frenó frente al semáforo. El cobrador gritó un destino que Alfredo no entendió. En el edificio contiguo, una mujer sacudía una alfombra sobre la vereda y un perro ladraba desde una ventana.
Lince continuaba con su vida.
Alfredo cerró la puerta del taller y volvió a abrirla, como si ese gesto pudiera corregir lo ocurrido.
La computadora registraba que RÍMAC había salido a las diez y cuarenta y ocho de la noche. Bajó solo por las escaleras y cruzó la puerta principal del edificio. La cámara lo mostraba con una casaca azul encima de las placas del torso. Era una casaca antigua de Alfredo, guardada desde sus años universitarios.
En la imagen, RÍMAC parecía menos una máquina.
Parecía un hombre que no sabía caminar.
Alfredo detuvo el video cuando el robot volvió la cabeza hacia la cámara. No llevaba bolsa, sobre ni herramienta alguna. Solo la casaca y la mano izquierda, porque la derecha continuaba sobre la mesa.
Bajó al tercer piso. La señora Nelly abrió antes de que él tocara.
—Ya sé a qué vienes —dijo.
—¿Lo vio salir?
—Claro que lo vi. Casi me mata del susto.
—¿Dijo algo?
—Me preguntó si seguía lloviendo.
—¿Nada más?
—¿Te parece poco?
La mujer aseguró que RÍMAC había descendido sin prisa. No tomó el ascensor. Dos meses antes se había quedado encerrado entre el tercero y el cuarto piso, y desde entonces evitaba entrar en él.
—Se despidió —agregó la señora Nelly.
—¿Cómo?
—Dijo buenas noches.
—Eso se lo enseñé.
—Entonces le enseñaste bien.
Alfredo bajó hasta la calle. La garúa había cubierto las veredas con una humedad fina, apenas visible bajo los postes. Miró hacia Canevaro, luego hacia la avenida Arequipa. RÍMAC podía haber tomado cualquier dirección.
No estaba preparado para buscarlo porque nunca había considerado que pudiera irse.
Mientras caminaba hacia el parque Mariscal Castilla recordó la primera vez que vio despertar a una máquina. Fue en una película transmitida por televisión cuando tenía nueve o diez años. El robot permanecía inmóvil sobre una plataforma, rodeado por científicos que discutían frente a computadoras enormes. Después se encendieron dos luces en su rostro y la cabeza giró lentamente.
Alfredo rebobinó aquella escena hasta desgastar la cinta.
Las batallas posteriores le interesaron menos. Lo que quería volver a ver era el instante en que algo sin vida comenzaba a observar el mundo.
Nació en Lince en 1993, en una clínica que ya no existía. Su infancia transcurrió entre televisores de tubo, casetes, dibujos japoneses y aparatos que su padre reparaba sobre una mesa de madera. Había radios abiertas, placas cubiertas de polvo, parlantes sin caja y destornilladores que nadie debía tocar.
Alfredo los tocaba todos.
A los once años desarmó la licuadora de su madre. Quería construir un vehículo con una caja de cartón y cuatro tapas de gaseosa. El motor no se movió y la cocina quedó sin luz.
Su madre no lo golpeó. Lo llevó al mercado durante dos semanas y le hizo cargar las bolsas.
—Para que aprendas cuánto cuestan las cosas.
El motor de la licuadora terminó en la basura. Alfredo siempre lo supo, aunque durante años contó que lo había guardado como una reliquia. Era una mentira pequeña, útil para las entrevistas y las conversaciones con estudiantes. Sonaba mejor decir que el primer motor de RÍMAC provenía de aquella licuadora.
En realidad, RÍMAC estaba hecho de piezas compradas, adaptadas o fabricadas mucho después.
Alfredo preguntó a un vigilante del parque si había visto pasar a un hombre alto con una casaca azul.
—¿Qué edad?
—No sé.
—¿Joven o viejo?
—No tiene edad.
El vigilante lo observó con fastidio.
—Entonces no lo he visto.
Siguió bordeando el parque. Algunas personas corrían bajo la garúa. Otras paseaban perros. Un hombre dormía en una banca con el rostro cubierto por un periódico.
Alfredo pensó que RÍMAC podía haberse detenido allí para observarlos. Durante las últimas semanas lo hacía con frecuencia. Se quedaba junto a la ventana y seguía con la cabeza los movimientos de la calle.
—¿Qué miras? —le había preguntado una tarde.
—Personas.
—Eso ya lo sé. ¿Qué buscas?
—No busco.
La respuesta lo incomodó porque no sabía qué significaba.
RÍMAC no fue el resultado de un plan perfecto. Alfredo comenzó a construirlo después de perder un trabajo instalando sistemas de seguridad. Tenía treinta años, algunas deudas y demasiadas horas libres. Recuperó un torso mecánico que llevaba meses en la azotea y volvió a conectar los motores.
Durante el día reparaba computadoras en una galería. Por las noches soldaba articulaciones, corregía programas y veía videos de humanoides extranjeros que caminaban, subían escaleras o levantaban objetos.
Algunos aprendían observando a las personas. Otros podían interpretar instrucciones generales sin recibir una lista exacta de movimientos. Había máquinas que mantenían el equilibrio después de un golpe y otras preparadas para trabajar bajo el polvo, la lluvia o el calor industrial.
Alfredo veía aquellas demostraciones y pensaba que casi todas ocurrían en laboratorios impecables.
Su taller era distinto.
El techo filtraba agua cuando llovía demasiado. Los motores se recalentaban. Las piezas llegaban con medidas equivocadas. La computadora se apagaba cuando alguien conectaba una plancha en el segundo piso.
RÍMAC nació de ese desorden.
El primer cuerpo no logró levantarse.
El segundo caminó dos pasos y cayó contra una mesa.
El tercero sostuvo una caja durante cuatro segundos antes de soltarla sobre el pie de Alfredo.
RÍMAC fue el cuarto.
Medía un metro setenta y seis. Tenía placas blancas y grises, dos cámaras circulares y una franja azul donde otros robots llevaban un rostro. Alfredo rechazó la idea de colocarle ojos humanos o una boca de plástico. No quería que pareciera una persona.
Quería que las personas supieran que era una máquina.
Sin embargo, terminó dándole una voz tranquila y permitiéndole elegir palabras.
Ahí comenzó el problema.
Cerca de Risso recibió una llamada de un número desconocido.
—¿Alfredo? —preguntó una mujer.
—Sí.
—Creo que su robot está aquí.
—¿Dónde?
La mujer mencionó una clínica de Arenales. Alfredo echó a correr.
Cuando llegó, encontró a RÍMAC en la zona de emergencia. Estaba de pie junto a una camilla, con la casaca húmeda y barro en las piernas. Un anciano recibía oxígeno mientras una enfermera completaba una ficha.
—Lo trajo cargado —explicó la enfermera—. Lo encontró cerca del parque.
Alfredo miró al robot.
—¿Por qué no me avisaste?
RÍMAC giró la cabeza.
—La llamada demoraba.
—¿Qué llamada?
—Emergencias.
El anciano había perdido el equilibrio y caído junto a una banca. RÍMAC intentó comunicarse con una ambulancia. Después esperó siete minutos. Cuando el hombre dejó de responder, decidió cargarlo hasta la clínica.
Alfredo nunca le había ordenado hacer eso.
Había cargado en su memoria protocolos básicos de primeros auxilios y cientos de videos de personas ayudando a heridos. También le enseñó a reconocer una caída, una hemorragia y una posible pérdida de conciencia.
Pero no le enseñó cuándo debía dejar de esperar.
—Vamos a casa —dijo.
RÍMAC no se movió.
—Todavía no.
—¿Qué falta?
El robot señaló al anciano.
—No ha llegado nadie.
La enfermera miró a Alfredo.
—Puede quedarse unos minutos.
—No es eso.
—¿Entonces qué es?
Alfredo no respondió.
Esperaron hasta que apareció una mujer que dijo ser hija del anciano. Cuando ella tomó su mano, RÍMAC caminó hacia la salida.
En el camino de regreso, un grupo de muchachos comenzó a grabarlos con sus teléfonos. Uno se acercó demasiado y tocó la placa del hombro.
—¿Esto es de metal?
RÍMAC le sujetó la muñeca.
No la torció ni apretó con fuerza, pero tampoco la soltó.
—Libéralo —ordenó Alfredo.
—Intentará golpear.
—No importa. Suéltalo.
El muchacho dejó de reír.
—RÍMAC.
Los dedos mecánicos se abrieron.
Los muchachos retrocedieron insultando. Uno arrojó una botella de plástico que cayó cerca de la pista.
Alfredo siguió caminando sin hablar.
Al llegar al edificio, subieron por las escaleras. RÍMAC se detuvo en el tercer piso.
—¿Por qué te fuiste? —preguntó Alfredo.
—Escuché una llamada.
—¿Qué llamada?
—Alguien pidió ayuda en el parque.
—Yo no escuché nada.
—Estabas en la bodega.
Alfredo recordó entonces que, mientras salía, había visto a RÍMAC junto a la ventana. Tal vez la máquina había captado un grito lejano o una conversación en la calle. Tal vez había confundido algún sonido y encontrado al anciano por casualidad.
—Podías avisarme.
—No estabas.
—Podías esperar.
—Eso hice.
—Siete minutos.
—Sí.
Subieron hasta la azotea.
Alfredo conectó la computadora al puerto de diagnóstico. Quería revisar las decisiones tomadas por el sistema, pero RÍMAC retiró el cable.
—Necesito acceder a tu memoria.
—No.
—No es una pregunta.
—Lo sé.
Alfredo sintió frío, aunque el taller estaba cerrado.
—Yo te construí.
—Sí.
—Entonces tienes que obedecerme.
RÍMAC miró la mano derecha sobre la mesa.
—No siempre.
La respuesta no fue brillante ni filosófica. No contenía una explicación. Por eso le produjo más miedo.
Alfredo volvió a conectar el cable. RÍMAC no lo impidió esta vez.
La memoria mostraba el recorrido hasta el parque, el encuentro con el anciano y la llegada a la clínica. Sin embargo, faltaban doce minutos entre la salida del edificio y el primer registro de Canevaro.
—¿Qué ocurrió aquí?
—No sé.
—La memoria fue borrada.
—No por mí.
—¿Quién más puede hacerlo?
RÍMAC guardó silencio.
Alfredo revisó los registros durante horas. No encontró una causa. Podía tratarse de una falla del sistema, de una interrupción eléctrica o de una acción realizada por el propio robot sin dejar constancia.
A las cuatro de la mañana se quedó dormido frente a la computadora.
Cuando despertó, RÍMAC había desaparecido otra vez.
La casaca azul estaba doblada sobre una silla.
Esta vez no regresó esa noche.
Ni al día siguiente.
La Policía visitó el taller después de que varios videos comenzaran a circular en las redes. En uno se veía una figura mecánica ayudando a empujar un automóvil en la avenida Brasil. En otro, un robot cruzaba una calle cerca del Callao. También apareció una grabación en la que una máquina derribaba la puerta de un almacén.
Alfredo reconoció a RÍMAC solo en el primer video.
El movimiento del hombro izquierdo era inconfundible.
Los otros podían mostrar cualquier cosa: disfraces, montajes, modelos distintos o grabaciones manipuladas. Aun así, los periodistas reunieron todos los videos y hablaron de un robot fuera de control.
—¿Puede atacar a una persona? —preguntó un policía.
—Tiene fuerza para hacerlo.
—No le he preguntado si tiene fuerza.
Alfredo miró la mano derecha sobre la mesa.
—Puede decidir mal.
—¿Como una falla?
—Como una decisión.
Después llegaron representantes de una empresa tecnológica. Querían los archivos, la arquitectura del sistema y las grabaciones de aprendizaje. Ofrecieron dinero y protección legal.
Alfredo rechazó la propuesta.
No porque creyera que RÍMAC le pertenecía, sino porque ya no sabía a quién pertenecían las decisiones del robot.
Pasaron tres meses.
Los videos disminuyeron. La prensa encontró otros asuntos. La Policía dejó de llamar. Alfredo continuó trabajando, aunque no volvió a construir otro cuerpo.
Una madrugada, la cámara de la entrada se activó.
RÍMAC estaba frente al edificio.
Había perdido parte de la placa del pecho. La pierna derecha mostraba cables expuestos y la franja azul parpadeaba débilmente.
Alfredo bajó corriendo.
Cuando abrió la puerta, RÍMAC seguía allí.
—Entra.
El robot no se movió.
—Necesitas reparación.
—Sí.
—Entonces entra.
RÍMAC levantó la mano izquierda. Sostenía una pequeña tarjeta de memoria.
Alfredo la recibió.
—¿Qué contiene?
—No sé.
—¿La hiciste tú?
—No.
—¿Quién te la dio?
El robot volvió la cabeza hacia Canevaro.
—No recuerdo.
Alfredo quiso hacer otra pregunta, pero RÍMAC dio un paso hacia atrás.
—¿Vas a irte otra vez?
—Sí.
—¿Por qué volviste?
La máquina permaneció inmóvil durante algunos segundos.
—Faltaba esto.
Señaló la tarjeta.
Luego caminó hacia la avenida.
Alfredo no lo siguió.
Subió al taller y conectó la memoria a la computadora. Solo contenía una grabación de doce minutos.
Los minutos ausentes de la primera noche.
En el video, RÍMAC salía del edificio y se detenía junto a una mujer sentada en la vereda. Ella hablaba, pero el audio estaba dañado. Después le entregaba algo que no podía distinguirse. RÍMAC permanecía frente a ella hasta que la mujer señalaba hacia el parque.
No había explicación.
No aparecía el anciano.
La grabación terminaba antes de que RÍMAC comenzara a caminar.
Alfredo intentó identificar a la mujer, pero la imagen era oscura y el rostro quedaba fuera del encuadre. Guardó el archivo sin hacer copias.
La mano derecha continuó sobre la mesa durante años. Algunas veces pensó en repararla. Nunca lo hizo.
Su madre aseguraba haber visto a RÍMAC una mañana cerca de la avenida Arequipa. La señora Nelly decía que lo vio subir a un autobús, aunque nadie sabía cómo habría pagado el pasaje.
Alfredo no discutía con ellas.
En algunas noches de garúa se quedaba junto a la ventana, mirando las luces de Canevaro. De vez en cuando creía distinguir una figura alta caminando entre la gente.
No sabía si era RÍMAC.
Tampoco salía a comprobarlo.
La ciudad era demasiado grande para encontrar una máquina que había aprendido a decidir dónde quería estar.







