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José Carlos Botto Cayo
14 de octubre del 2026
Rafael encontró el fragmento cuando volvía del colegio. Tenía ocho años y caminaba por la vereda de la Huaca Pucllana, con la mochila abierta y un cuaderno golpeándole la espalda. Cerca de una zanja, algo oscuro sobresalía de la tierra.
Se agachó. Era un pedazo de cerámica, curvo y áspero. Una línea negra recorría la superficie y desaparecía en el borde roto. Rafael le quitó un poco de polvo con el pulgar. Desde allí veía a los trabajadores, al otro lado de una cuerda.
Guardó el fragmento en el bolsillo.
Su madre lo esperaba en la esquina con dos bolsas del mercado. Mientras caminaban, le preguntó por las clases y por una nota que debía llevar firmada. Rafael contestó lo necesario. La pieza le raspaba la pierna.
En casa la puso junto a los cuadernos. Pensó que podía ser parte de una vasija, aunque también podía tratarse de un trozo de ladrillo. No tenía a quién preguntarle. Su padre llegaría tarde y su madre estaba preparando el almuerzo.
Ella descubrió la pieza al limpiar la mesa.
—¿De dónde salió?
—Estaba en el suelo.
—¿Dónde?
Rafael señaló hacia la huaca.
—Mañana la llevas a los que están trabajando.
—Pero es chiquitita.
—Eso no importa. Si pertenece a ese lugar, no nos la quedamos.
Rafael bajó la mirada. No quería devolverla todavía. La escondió en el cajón de su mesa de noche, detrás de una caja de colores.
Esa noche despertó al oír un roce junto al armario. La ventana estaba cerrada. Un hombre permanecía de pie en la oscuridad, con la ropa cubierta de polvo.
Rafael se apretó contra la pared.
—¿Quién eres?
—Yaku.
—¿Cómo entraste?
—No abrí la puerta.
El hombre miró hacia el cajón. Rafael entendió que sabía lo que había guardado.
—¿Vienes por la pieza?
—Sí.
—La encontré en el suelo.
—Ya sé.
—No la robé.
—No he dicho eso.
Rafael bajó de la cama, abrió el cajón y sacó el fragmento. La luz de la calle apenas alcanzaba a mostrar la línea negra.
—¿Era tuyo?
—No.
—¿De quién era?
—De alguien que vivió aquí.
—¿Un gobernante?
Yaku negó con la cabeza.
—No todos eran gobernantes.
Rafael examinó el pedazo de cerámica. Le habría gustado que Yaku fuera un rey, alguien que conociera todos los secretos de la huaca. El hombre parecía más bien un vecino cansado.
—¿Y tú qué hacías?
—Cuidaba el lugar.
—¿Eras el jefe?
—Tampoco.
Yaku se acercó a la ventana. La huaca se veía apenas, oscura detrás de los techos.
—Mañana dáselo a los que trabajan ahí —dijo—. Y cuéntales dónde lo encontraste.
—¿Para qué?
—Ellos están buscando.
Un camión pasó por la avenida. La ventana vibró. Rafael se volvió un instante hacia el ruido. Cuando miró de nuevo, Yaku ya no estaba.
A la mañana siguiente, su madre lo acompañó hasta la entrada de las excavaciones. Una arqueóloga se acercó al escuchar que Rafael había encontrado algo. Llevaba un cuaderno bajo el brazo y tenía tierra en las mangas.
—¿Dónde apareció? —preguntó.
Rafael señaló la zanja, sin cruzar la cuerda.
—Por ahí. Estaba medio enterrado.
La mujer miró hacia el lugar y anotó unas palabras.
—¿Lo limpiaste?
—Solo con el dedo.
—Está bien. Gracias por traerlo.
Guardó el fragmento en una bolsa pequeña. Rafael quiso preguntarle si era antiguo, pero ella ya estaba mirando el terreno con otra persona.
—¿Qué van a hacer con él? —preguntó.
—Lo registramos y lo estudiamos. Luego veremos qué nos cuenta.
—¿Va a estar en el museo?
—No todas las piezas se exhiben. Algunas sirven para entender dónde y cómo vivía la gente.
Rafael acompañó a su madre de regreso. Esa noche abrió el cajón. La caja de colores seguía allí, pero el espacio detrás estaba vacío. No volvió a ver a Yaku durante varios días.
Las excavaciones continuaron. Rafael pasaba por la huaca al volver del colegio o cuando iba con su madre al mercado. Desde la vereda observaba a los trabajadores retirar la tierra, medir los espacios y apuntar en sus cuadernos. Si alguien encontraba algo, llamaba a otra persona. Nadie se apresuraba a guardarlo.
Una mañana quedó al descubierto un tramo de muro. Rafael se detuvo frente a la cuerda. Los adobes estaban puestos uno junto a otro, verticales.
—Parecen libros parados —dijo.
Su padre, que lo acompañaba, miró el muro.
—Los llaman adobitos.
Rafael siguió observando. El muro parecía frágil desde lejos, pero los trabajadores caminaban junto a él sin tocarlo. Una persona barría la tierra con una brocha; otra cargaba arena en una carretilla. El trabajo era lento. Aun así, cada vez que Rafael pasaba, encontraba una parte nueva.
En el barrio todos sabían que estaban recuperando la huaca. Las familias se conocían de años. Se saludaban desde las puertas y conversaban mientras recogían el periódico o volvían de hacer compras. La madre de Rafael conocía a la familia de Alberto, que vivía a unas cuadras.
Alberto era mayor que Rafael. Andaba con sus propios amigos y se movía por el barrio en bicicleta. Rafael lo reconocía, pero no se juntaban.
Un sábado de 1982, Alberto pasó en una bicicleta azul por el camino cercano a la huaca. Rafael estaba junto a su madre. El muchacho levantó la mano.
—¡Buenas!
—¡Buenas! —respondió Rafael.
Alberto siguió pedaleando. Detrás venía su madre, que se detuvo para saludar a la de Rafael. Hablaron un momento de las compras y de una vecina enferma. Rafael permaneció a su lado, sin intervenir. Después cada familia siguió su camino.
Yaku apareció esa noche mientras Rafael hacía la tarea. El niño tenía el borrador lleno de marcas y una cuenta mal resuelta.
—Hoy vi al hijo de los vecinos —dijo.
—¿Alberto?
—Sí. Pasó en bicicleta.
—Lo vi.
Rafael volvió a mirar el cuaderno.
—¿Tú conoces a todos los que viven por aquí?
—No.
—Pero sabes quién es Alberto.
—Lo he visto pasar.
—Mi mamá conoce a su mamá.
—Las he visto conversar.
Rafael corrigió una cifra. El lápiz se le quebró en la punta.
—¿Tú te quedas siempre en la huaca?
Yaku se sentó junto a la pared.
—No.
—¿Adónde vas?
—A otros lugares.
—¿También eres guardián allá?
—No soy guardián de todo.
Rafael quiso preguntarle más, pero su padre entró al cuarto a buscar unos papeles. Yaku permaneció callado hasta que el hombre salió.
—Mi mamá dice que no debo meterme en las excavaciones —dijo Rafael.
—Hazle caso.
—¿Y si encuentro otra pieza?
—La dejas donde está y llamas a alguien.
—¿Aunque sea bonita?
—Más razón para dejarla.
Rafael miró la cuenta. La resolvió sin ayuda. Cuando levantó la cabeza, Yaku ya no estaba.
En 1984, Rafael tenía once años. Su padre lo llevó al Museo de Sitio. Recorrieron las salas sin apuro. Había fotografías de las excavaciones, objetos de cerámica y mapas del lugar. Un guía explicó que la huaca había sido construida por la cultura Lima. Rafael miró los muros de adobitos en una fotografía y reconoció la forma de los ladrillos.
Buscó una pieza curva, con una línea negra. No la encontró.
Al salir, preguntó por el fragmento que había entregado.
—¿Te acuerdas cómo era? —dijo su padre.
—Tenía una raya negra.
—Puede estar guardado. No todo lo que encuentran se pone en una vitrina.
Rafael no insistió. Desde el exterior miró la huaca. Había visitantes entrando, una familia que esperaba junto a la puerta y trabajadores que acomodaban unas herramientas. El lugar ya no parecía el montículo abandonado que él veía desde la azotea.
Esa noche no vio a Yaku. Durante un tiempo siguió esperando encontrarlo, pero dejó de hacerlo. La escuela, los amigos y las obligaciones fueron ocupando sus días.
Pasaron los años. Rafael creció y dejó de caminar por esa vereda. Volvía de vez en cuando. Encontraba una tienda nueva donde antes había una casa, más autos en la avenida y otros edificios alrededor de la huaca.
Una tarde se detuvo junto a la entrada. Una guía conducía a un grupo de escolares por el circuito. Rafael no alcanzaba a oír todo lo que decía, pero vio que señalaba los muros.
—Los adobes se colocaban de esta manera —explicó ella—. Uno al lado del otro.
Un niño levantó la mano.
—¿Y quién los puso?
—La gente de la cultura Lima. Después, otras culturas también usaron este lugar.
El grupo avanzó. El niño se quedó un momento mirando el muro antes de correr para alcanzar a sus compañeros.
Rafael siguió caminando. Al llegar a la esquina, se detuvo. Desde la entrada vio a un trabajador recoger una herramienta que alguien había dejado junto al sendero y guardarla en una caseta.
Por un instante, recordó a Yaku junto a la ventana, con el polvo en la ropa.
Luego cruzó la calle.







