Artículo de información
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
7 de noviembre del 2025
La neurociencia contemporánea ha revelado una verdad incómoda: el cerebro humano, moldeado durante milenios para la concentración y la experiencia sensorial directa, se encuentra hoy inmerso en un entorno de estimulación constante. Las pantallas —de teléfonos, computadoras y tabletas— han reconfigurado el paisaje mental de las sociedades modernas. Lo que antes era un espacio de atención lineal se ha transformado en una red fragmentada de impulsos visuales, auditivos y emocionales. Cada interacción con una interfaz digital activa los circuitos de recompensa, generando placer, pero también dependencia. La ciencia del cerebro ha pasado de estudiar la percepción a estudiar la interrupción: cómo la tecnología captura la atención y la transforma en un recurso económico (Zhao, Lyngs, & Shadbolt, 2018).
El uso cotidiano de pantallas no se limita al entretenimiento o la comunicación; abarca el trabajo, la educación y la vida social. La frontera entre ocio y obligación se ha difuminado, creando un estado de conexión permanente. Los neurocientíficos describen este fenómeno como una “estimulación omnipresente del sistema dopaminérgico”, en el que la mente no descansa ni siquiera en los intervalos. Las notificaciones, los sonidos y los estímulos visuales desencadenan microdescargas de dopamina que, acumuladas, reconfiguran los hábitos de atención. El cerebro, adaptativo por naturaleza, aprende a buscar recompensas inmediatas, sustituyendo la reflexión sostenida por respuestas automáticas. Así, la tecnología no solo amplifica las capacidades cognitivas, sino que también las redefine en función de la velocidad y la distracción (Scire, 2024).
El cerebro ante la economía de la atención
El sistema de recompensa cerebral —centrado en estructuras como el núcleo accumbens y la corteza prefrontal— fue diseñado para motivar comportamientos esenciales como alimentarse, explorar o socializar. Sin embargo, las pantallas han aprendido a explotar ese mecanismo ancestral mediante estímulos variables. Las redes sociales, los juegos y las plataformas de noticias aplican principios de condicionamiento operante: recompensas impredecibles que mantienen al usuario expectante. Esta lógica, originalmente desarrollada en la psicología del aprendizaje, se ha trasladado al diseño digital para asegurar la permanencia frente a la pantalla. La consecuencia neurofisiológica es una sobrecarga de dopamina que genera ciclos de ansiedad, euforia y fatiga mental. La atención, antes dirigida por la voluntad, queda ahora gobernada por la inmediatez del estímulo (Zhao, Lyngs, & Shadbolt, 2018).
En los estudios con neuroimagen se observa un patrón inquietante: la exposición continua a pantallas reduce la conectividad entre la corteza prefrontal —responsable del control ejecutivo— y el hipocampo, centro de la memoria. Esto se traduce en una menor capacidad para sostener el pensamiento abstracto, organizar información y tomar decisiones complejas. Los investigadores han registrado en adolescentes una disminución en la activación de regiones asociadas con la empatía y la autorregulación. Estos efectos, aunque reversibles, muestran que el cerebro digitalizado funciona bajo un régimen de interrupciones, donde cada estímulo nuevo debilita la capacidad de priorizar lo esencial. La mente hiperconectada es veloz, pero dispersa; brillante en respuestas cortas, pero frágil en procesos prolongados (Qoria, 2025).
El impacto no se limita al ocio o la educación: también afecta la productividad laboral. En entornos corporativos y académicos, la multitarea digital ha sido promovida como signo de eficiencia, cuando en realidad fragmenta la atención y disminuye la calidad cognitiva. La neurociencia ha demostrado que el cerebro no realiza múltiples tareas simultáneamente, sino que alterna rápidamente entre ellas, generando microperiodos de fatiga y pérdida de rendimiento. Cada interrupción digital —un correo, un mensaje, una alerta— activa el mismo circuito de recompensa que un estímulo placentero, pero exige al cerebro un esfuerzo adicional para volver al punto de concentración original. Esta oscilación constante produce un desgaste similar al del estrés crónico, afectando la creatividad y la memoria de trabajo (Parsons, y otros, 2025).
La cultura laboral digital refuerza este modelo al equiparar presencia en línea con productividad. El cerebro, sin tiempo para la pausa o la introspección, opera en modo de respuesta reactiva. La dopamina, liberada por la sensación de cumplimiento inmediato, sustituye a la satisfacción más lenta y profunda del logro real. Así, el entorno digital moldea una ética de la velocidad que no siempre coincide con la calidad. En palabras de los especialistas, se ha producido una “dopaminización de la rutina”: una dependencia emocional de la actividad constante, sin espacio para el silencio cognitivo. En este contexto, la neurociencia propone reeducar la atención como una habilidad vital, equiparable al autocontrol o la empatía (Scire, 2024).
La plasticidad del hábito y la neuroética del diseño digital
El cerebro humano, por su plasticidad, es capaz de adaptarse a casi cualquier entorno. Esa capacidad, que nos permitió sobrevivir en condiciones hostiles, hoy nos convierte en víctimas de la sobreestimulación. Las pantallas no son intrínsecamente nocivas; lo dañino es la exposición sin regulación ni propósito. Desde la perspectiva neurocientífica, la solución no está en eliminar la tecnología, sino en comprender cómo incide sobre los mecanismos de atención y recompensa. Al reconocer que cada interacción deja una huella cerebral, se puede diseñar un uso consciente y restaurativo. Las pausas digitales, los límites horarios y la lectura profunda son estrategias comprobadas para restablecer la conectividad funcional entre las regiones cerebrales afectadas (Nagata, y otros, 2024).
El uso prolongado de pantallas también impacta en los ritmos biológicos. La luz azul emitida por los dispositivos altera la producción de melatonina, hormona que regula el sueño. Dormir menos y peor debilita la memoria consolidada y la capacidad de aprendizaje, generando un círculo vicioso de cansancio y distracción. En este sentido, los especialistas recomiendan reeducar la relación con la pantalla desde la infancia, estableciendo un horario de desconexión que respete los ciclos circadianos. La neurociencia aplicada a la educación sugiere que el cerebro necesita alternar entre períodos de enfoque y descanso, como condición natural del pensamiento creativo y la salud emocional (Qoria, 2025).
La ética del diseño tecnológico se ha convertido en un campo emergente de investigación. Las empresas que dominan el ecosistema digital conocen el funcionamiento del cerebro humano con un detalle que supera al del propio usuario. Cada color, animación o vibración responde a estudios de neuropsicología que buscan prolongar la permanencia frente a la pantalla. Este conocimiento plantea un dilema moral: ¿es legítimo utilizar la neurociencia para captar la atención sin límites? Los expertos en neuroética sostienen que el diseño debe orientarse al bienestar cognitivo, no a la manipulación del impulso. Replantear esta relación implica devolver al usuario la capacidad de decidir cuándo y cómo interactuar con la tecnología (Zhao, Lyngs, & Shadbolt, 2018).
La neurociencia, en su diálogo con la tecnología, no busca condenar el progreso sino humanizarlo. El objetivo no es retroceder a una era sin pantallas, sino comprender que el cerebro no ha evolucionado al ritmo de los algoritmos. La mente humana requiere profundidad, lentitud y descanso para procesar la complejidad de la experiencia. En una época dominada por la inmediatez, proteger la atención se convierte en un acto de preservación cultural. La revolución digital ha sido, en muchos sentidos, una revolución neurológica; y solo al reconocer sus efectos podremos construir un futuro donde la tecnología no sustituya la conciencia, sino que la amplíe (Zhao, Lyngs, & Shadbolt, 2018).
Referencias
Nagata, J. M., Al-Shoaibi, A. A., Leong, A. W., Zamora, G., Testa, A., Ganson, K. T., & Baker, F. C. (7 de Octubre de 2024). BMC Public Health. Obtenido de Screen time and mental health: a prospective analysis of the Adolescent Brain Cognitive Development (ABCD) Study: https://bmcpublichealth.biomedcentral.com/articles/10.1186/s12889-024-20102-x#Sec1
Parsons, M. V., Skolnik, M., Mwobobia, J., Solomon, E. D., DuBois, J. M., & McIntosh, T. (14 de Setiembre de 2025). Plos one. Obtenido de Ethical implications of neurotechnology in industry-academia partnerships: Insights from patient and research participant interviews: https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0330367
Qoria. (21 de Enero de 2025). Qustodio. Obtenido de The Digital Dilemma: Childhood at a Crossroads – annual data report 2024.: https://static.qustodio.com/public-site/uploads/2025/01/16120043/Digital_Dilemma_2024_Qustodio_Data_Report.pdf?utm_source=chatgpt.com
Scire, S. (4 de Abril de 2024). Nieman lab. Obtenido de A newsletter about our uneasy relationship to phones becomes The Guardian’s fastest-growing email ever : https://www.niemanlab.org/2024/04/a-newsletter-about-our-uneasy-relationship-to-phones-becomes-the-guardians-fastest-growing-email-ever/?utm_source=chatgpt.com
Zhao, S., Lyngs, U., & Shadbolt, N. (2018). Digital dopamine: How technology hijacks the brain’s reward system. Oxford Internet Institute Research Papers, 4(2), 33–49.







