Artículo de información
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
28 de setiembre del 2026
Leonardo Torres Quevedo pertenece a ese grupo de inventores cuya obra parece dialogar mejor con el futuro que con su propio tiempo. Ingeniero, matemático e investigador, trabajó sobre problemas que hoy resultan familiares: máquinas capaces de realizar cálculos, sistemas de control a distancia, mecanismos automáticos y dispositivos que podían responder de manera distinta según la información recibida. En una época anterior a los computadores electrónicos y mucho antes de que términos como automatización o inteligencia artificial ingresaran al lenguaje cotidiano, sus investigaciones exploraban ya una pregunta decisiva: hasta dónde podía una máquina ejecutar tareas que tradicionalmente exigían intervención humana. (Ceres Ruiz & Pons Rovira, 2007).
Esa búsqueda permite comprender la aparente diversidad de su producción. Los transbordadores, los dirigibles, el telekino, las máquinas algebraicas y El Ajedrecista no fueron solamente inventos aislados surgidos de una imaginación inquieta. Todos formaron parte de una manera de entender la ingeniería: observar un problema, descomponerlo en operaciones y encontrar un sistema capaz de ejecutarlas con la menor intervención posible. Por eso, estudiar a Torres Quevedo no significa únicamente recorrer la historia de algunos inventos sorprendentes. Significa acercarse a uno de los momentos en que comenzó a tomar forma una idea que marcaría al siglo XX: la posibilidad de construir máquinas capaces de recibir instrucciones, procesarlas y actuar conforme a reglas previamente establecidas. (Randell, 1982).
De las máquinas algebraicas al cálculo automático
Las primeras investigaciones de Torres Quevedo estuvieron vinculadas con las llamadas máquinas algebraicas. Durante las últimas décadas del siglo XIX trabajó en mecanismos capaces de representar físicamente determinadas relaciones matemáticas y obtener soluciones mediante procedimientos mecánicos. En 1893 presentó ante la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales una memoria dedicada a estos dispositivos. El principio resultaba audaz: convertir una operación abstracta en movimientos y relaciones materiales que pudieran ser ejecutados por una máquina. Aquellos trabajos pertenecían a la tradición del cálculo analógico, pero Torres Quevedo consiguió desarrollar soluciones propias para abordar problemas de considerable complejidad. Más adelante llevó sus investigaciones a Francia, donde encontraron un ambiente científico receptivo. Lo que comenzó como una preocupación matemática terminaría abriendo el camino hacia una reflexión mucho más amplia sobre la automatización del cálculo. (Ceres Ruiz & Pons Rovira, 2007).
La electricidad cambió el horizonte. Torres Quevedo empezó a considerar que una máquina de cálculo no tenía por qué depender únicamente de ruedas, engranajes y transmisiones mecánicas. Los componentes electromecánicos podían recibir órdenes y enlazar operaciones diferentes. Con ello aparecía una idea decisiva: la máquina podía seguir una secuencia organizada de acciones y desarrollar un procedimiento sin que una persona tuviera que controlar manualmente cada movimiento. (Randell, 1982).
Una demostración especialmente interesante de ese proceso apareció en el aritmómetro electromecánico presentado en París en 1920. El dispositivo incorporaba una máquina de escribir mediante la cual podían introducirse datos y obtener después los resultados impresos. No tendría sentido describir aquel aparato como una computadora moderna, porque pertenecía a otro momento tecnológico. Su verdadera importancia se encontraba en la organización del proceso. Torres Quevedo había diferenciado la entrada de información, la ejecución de las operaciones y la presentación del resultado. El usuario ya no tenía que intervenir manualmente en cada etapa interna. La operación podía ser confiada a un sistema electromecánico que recibía información y producía una respuesta. Esa lógica, todavía rudimentaria frente a la informática que llegaría décadas más tarde, mostraba hasta dónde había evolucionado su concepción de las máquinas de calcular. (Randell, 1982).
Transbordadores, dirigibles y el dominio de la distancia
Torres Quevedo nunca quedó encerrado en el laboratorio matemático. Desde finales del siglo XIX trabajó también en transbordadores suspendidos mediante cables y buscó sistemas capaces de distribuir las cargas con mayor seguridad. Después de varios ensayos, sus diseños comenzaron a convertirse en realizaciones concretas. Uno de ellos fue instalado en el monte Ulía, en San Sebastián. Sin embargo, la obra que terminaría alcanzando mayor notoriedad se encontraba muy lejos de España: el Spanish Aerocar del Niágara, inaugurado en Canadá en 1916. La instalación mostró algo que aparecería repetidamente en su carrera. Torres Quevedo no se conformaba con elaborar teorías o construir pequeños modelos experimentales; trataba de convertir sus ideas en mecanismos capaces de funcionar en condiciones reales. En ese tránsito entre cálculo, experimento y aplicación práctica se encontraba una parte esencial de su talento como ingeniero. (Ceres Ruiz & Pons Rovira, 2007).
La aeronáutica presentó otros desafíos. A comienzos del siglo XX ideó un sistema de dirigible cuya estructura interior buscaba aumentar la estabilidad mediante elementos flexibles y la presión del gas contenido en la envolvente. La compañía francesa Astra adoptó sus propuestas y fabricó las aeronaves conocidas como Astra-Torres, algunas de las cuales serían utilizadas durante la Primera Guerra Mundial. Nuevamente aparecía su capacidad para estudiar una tecnología ya existente, detectar sus limitaciones y buscar una solución diferente desde la ingeniería. (González de Posada & González Redondo, 2013).
Pero aquellos trabajos lo llevaron también hacia una pregunta que terminaría siendo mucho más trascendente: ¿podía gobernarse una máquina sin que el operador estuviera físicamente dentro de ella? De esa inquietud nació el telekino, desarrollado a comienzos del siglo XX. El sistema utilizaba ondas electromagnéticas para transmitir órdenes a un receptor que debía reconocerlas y transformarlas en acciones concretas. Torres Quevedo realizó demostraciones públicas controlando una embarcación desde tierra. No era solamente un mecanismo destinado a encender o apagar un aparato a distancia. Podía recibir señales diferentes y ejecutar órdenes distintas según la información transmitida. En una época en que la comunicación inalámbrica todavía estaba iniciando su expansión, aquello mostraba las enormes posibilidades que comenzaban a abrirse para el control remoto. Décadas después, el Institute of Electrical and Electronics Engineers reconocería la importancia histórica del telekino dentro de la evolución de la ingeniería eléctrica. (Pérez Yuste, 2008).
La automática y las máquinas capaces de responder
La dimensión más moderna del pensamiento de Torres Quevedo aparece cuando deja de concentrarse únicamente en máquinas concretas y empieza a reflexionar sobre los principios generales de la automática. En 1914 publicó Ensayos sobre Automática. Su definición. Extensión teórica de sus aplicaciones. Hasta entonces, los autómatas conocidos desde siglos anteriores podían ejecutar movimientos sorprendentes, pero repetían comportamientos previamente fijados. Torres Quevedo planteó una posibilidad distinta. Imaginó mecanismos capaces de recibir información procedente del exterior y modificar su comportamiento de acuerdo con determinadas circunstancias. No estaba atribuyendo pensamiento humano a las máquinas. Su propuesta era mucho más precisa: algunas tareas consideradas intelectuales podían ser descompuestas en reglas y, cuando esas reglas estaban suficientemente definidas, podían ser ejecutadas por mecanismos automáticos. Era una manera nueva de mirar la relación entre el hombre, la orden y la máquina. (Torres Quevedo, 1914).
El Ajedrecista convirtió esa reflexión en algo visible. El autómata electromecánico jugaba un final simplificado de ajedrez utilizando un rey y una torre frente al rey manejado por una persona. Detectaba la posición de las piezas y respondía de acuerdo con las reglas incorporadas en el sistema. Su finalidad no era enfrentarse a grandes jugadores ni reproducir una partida completa, sino demostrar que una máquina podía reconocer una situación cambiante y seleccionar una respuesta dentro de determinadas posibilidades. En 1922 se presentó una segunda versión mejorada del aparato. (González de Posada & González Redondo, 2013).
Cuando Leonardo Torres Quevedo murió en Madrid, el 18 de diciembre de 1936, dejaba una obra tan diversa que durante mucho tiempo sus inventos pudieron contemplarse como historias separadas. Los transbordadores pertenecían a la ingeniería civil; los dirigibles conducían hacia la aeronáutica; el telekino ocupaba un lugar dentro de las telecomunicaciones; las máquinas algebraicas se vinculaban con el cálculo y El Ajedrecista con el mundo de los autómatas. Sin embargo, al observarlas en conjunto surge una continuidad bastante clara. Torres Quevedo pasó buena parte de su vida intentando determinar qué tareas humanas podían convertirse en procedimientos y cuáles de esos procedimientos podían ser ejecutados por una máquina. Matemáticas, mecánica y electricidad fueron herramientas distintas de una misma búsqueda. No creó por sí solo la informática moderna, ni tendría sentido atribuir a una sola persona el nacimiento de disciplinas surgidas de procesos científicos colectivos. Su mérito fue otro: comprender muy temprano que las máquinas del futuro no solamente servirían para multiplicar la fuerza física del hombre. También podrían recibir instrucciones, interpretarlas y actuar de acuerdo con ellas. (González de Posada & González Redondo, 2013).
Bibliografía
Ceres Ruiz, Ramón, & Pons Rovira, José Luis. (2007). Memorias de la Automática. Leonardo Torres Quevedo: el nacimiento de la Automática en España. Revista Iberoamericana de Automática e Informática Industrial, 4(3), 138-141. https://doi.org/10.1016/S1697-7912(07)70235-2
González de Posada, Francisco, & González Redondo, Francisco Antonio. (2013). En torno al «Astra-Torres XIV», el «autómata ajedrecista» y los Ensayos sobre Automática: Leonardo Torres Quevedo, 1913-2013. Llull: Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 36(78), 457-466. https://recyt.fecyt.es/index.php/LLUL/article/view/24092
Pérez Yuste, Antonio. (2008). Early Developments of Wireless Remote Control: The Telekino of Torres-Quevedo. Proceedings of the IEEE, 96(1), 186-190. https://doi.org/10.1109/JPROC.2007.909931
Randell, Brian. (1982). From Analytical Engine to Electronic Digital Computer: The Contributions of Ludgate, Torres, and Bush. Annals of the History of Computing, 4(4), 327-341. https://homepages.cs.ncl.ac.uk/brian.randell/Papers-Articles/398.pdf
Torres Quevedo, Leonardo. (1914). Ensayos sobre Automática. Su definición. Extensión teórica de sus aplicaciones. Revista de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de Madrid, 12, 391-418. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2976250.pdf







