Artículo de opinión
José Carlos Botto Cayo
29 de abril del 2026
En las noches más quietas de Huaca Pucllana, cuando el tránsito de Miraflores se disuelve en un murmullo lejano y el aire trae una brisa salada desde el Pacífico, ocurre algo que no figura en los registros oficiales. No es un fenómeno visible a cualquiera ni una leyenda repetida con descuido. Es una presencia. Una figura antigua, ajena al origen del lugar, que sin embargo ha terminado por pertenecerle más que muchos de sus habitantes actuales. No es de piedra, aunque su forma lo sugiera a la distancia. Se mueve, respira, observa. Y, en ocasiones muy contadas, habla.
La gárgola no recuerda con precisión el momento de su creación. Su memoria comienza fragmentada, como si el tiempo la hubiera desgastado antes de empezar. Sabe que no nació en estas tierras. Recuerda sombras altas, estructuras verticales, el eco de voces en lenguas que ya no reconoce del todo. Fue concebida para vigilar, pero no para comprender. Su existencia inicial estaba ligada a una función ornamental y simbólica, suspendida entre lo religioso y lo arquitectónico. Nada en su origen anticipaba que acabaría en una costa lejana, bajo un cielo completamente distinto.
Llegó a América sin intención. No fue elegida, ni enviada con propósito. Formaba parte de un cargamento indistinto durante los años iniciales de la conquista. Mientras hombres discutían rutas, riquezas y territorios, ella permanecía relegada a la oscuridad de una bodega. El viaje fue largo, pero no en la forma en que los humanos entienden la duración. Para ella, el tiempo era apenas una sucesión de estados: quietud, balanceo, silencio. Hasta que un día, el movimiento cesó.
Fue en ese momento, al tocar tierra, cuando algo cambió.
No fue un despertar súbito, sino una transición lenta, como si el entorno hubiera activado en ella una conciencia latente. El aire era distinto. Más seco, más antiguo. La luz tenía otra intensidad. Y, sobre todo, había algo en la tierra misma, una profundidad que no se encontraba en los lugares de donde provenía. No había torres ni estructuras que reclamaran su presencia. Nadie la necesitaba. Y, sin embargo, por primera vez, sintió que podía elegir.
Se desplazó sin ser vista, guiada por una intuición que no sabía explicar. Así llegó hasta la huaca. No sabía qué era, pero reconoció en ella una forma de permanencia que le resultaba familiar. No en su apariencia, sino en su función invisible: guardar algo que no se dice, sostener algo que no se ve. Se quedó.
Durante los primeros años, la gárgola aprendió a observar. No como antes, desde una altura distante, sino desde la cercanía. Descubrió que los humanos no eran como las estructuras que había conocido: cambiaban constantemente, dudaban, se contradecían. Algunos se acercaban a la huaca con respeto, otros con indiferencia. Pero todos, de alguna manera, estaban atravesados por el tiempo.
Fue entonces cuando conoció a los últimos hombres del antiguo orden.
Llegaban en silencio, casi siempre al atardecer. No venían en grupos grandes, ni realizaban ceremonias visibles. Se detenían, miraban, a veces tocaban los muros. Había en ellos una forma de tristeza contenida que la gárgola no había visto antes. No era miedo. Era algo más profundo: la sensación de haber perdido un mundo entero sin que ese mundo hubiera desaparecido del todo.
Uno de ellos, un joven de mirada firme, comenzó a visitar la huaca con frecuencia. Se sentaba cerca de donde la gárgola permanecía oculta y hablaba. No lo hacía esperando respuesta. Hablaba como quien necesita ordenar sus propios pensamientos en voz alta. La lengua que usaba era distinta a cualquier otra que la criatura hubiera escuchado, pero con el tiempo comenzó a comprenderla, no en su gramática, sino en su intención.
El joven hablaba de cambios, de hombres nuevos que imponían reglas incomprensibles, de templos destruidos, de nombres que ya no podían pronunciarse en público. Hablaba también de resistencia, pero no como una acción visible, sino como una forma de persistencia interna. La gárgola escuchaba sin intervenir, pero algo en ella empezaba a transformarse. Por primera vez, no solo observaba el tiempo: lo sentía.
Cuando el joven dejó de venir, la ausencia fue evidente. No hubo despedida. Solo dejó de aparecer. La gárgola comprendió entonces que su función no era solo presenciar, sino recordar por aquellos que ya no podían hacerlo.
Los años siguientes trajeron ruido.
Los nuevos habitantes no se acercaban a la huaca con el mismo silencio. Sus voces eran más altas, sus gestos más abruptos. Traían consigo objetos desconocidos, estructuras distintas, una manera de ocupar el espacio que no dejaba lugar a lo invisible. Algunos veían la huaca como un obstáculo, otros como una curiosidad. Ninguno parecía entenderla del todo.
La gárgola los observó también. Aprendió sus lenguas, sus gestos, sus formas de poder. Entendió que no todos eran iguales, que algunos dudaban, que otros imponían. Vio conflictos, alianzas, traiciones. Pero, sobre todo, vio cómo el tiempo comenzaba a acelerarse.
La huaca permanecía, pero su entorno cambiaba con rapidez creciente.
Décadas después, el paisaje ya no era el mismo. Donde antes había espacios abiertos, comenzaron a surgir caminos más definidos. Luego, construcciones. Luego, una ciudad. La gárgola no percibía estos cambios como progreso o pérdida. Para ella, eran capas. Cada época se superponía a la anterior sin borrarla del todo.
Fue en ese contexto que ocurrió algo inesperado.
Un grupo de jóvenes llegó una noche, no por tradición ni por obligación, sino por curiosidad. Habían escuchado historias, rumores, fragmentos de algo que no sabían si era real. Traían consigo una forma distinta de mirar: más rápida, más fragmentada, pero también abierta a lo extraño.
Se sentaron en círculo, hablando entre ellos, riendo, cuestionando. La gárgola los observó durante largo tiempo. Había visto generaciones enteras pasar, pero en ellos percibía algo distinto. No una conexión directa con el pasado, como en el joven de siglos atrás, sino una distancia que podía volverse pregunta.
Y decidió intervenir.
No fue un acto inmediato. Durante varias noches, se limitó a acercarse un poco más, a dejar que su presencia se hiciera apenas perceptible. Los jóvenes comenzaron a notar algo: una sensación, una incomodidad leve, como si no estuvieran solos. No huían. Al contrario, regresaban.
Hasta que una noche, uno de ellos habló en voz alta:
—Si hay algo aquí, que se muestre.
La gárgola entendió que ese era el momento.
No descendió de forma abrupta ni buscó imponerse. Simplemente dejó de ocultarse. Su forma no era completamente definida: tenía rasgos que recordaban a las figuras europeas de donde provenía, pero también había cambiado. El tiempo, el entorno, las historias absorbidas, la habían transformado en algo híbrido, difícil de clasificar.
Los jóvenes guardaron silencio.
—He estado aquí antes que ustedes —dijo la gárgola, no con una voz que rompiera el aire, sino con una presencia que se instalaba en la mente—. Y seguiré cuando se vayan.
Nadie respondió de inmediato.
—He visto este lugar cuando no era esto que ven ahora. He escuchado lenguas que ustedes no entienden. He presenciado comienzos que ya no recuerdan.
Uno de los jóvenes, más escéptico, dio un paso adelante.
—¿Qué eres?
La gárgola no respondió de inmediato.
—Soy lo que queda cuando todo cambia —dijo finalmente—. Soy memoria que no pertenece a un solo tiempo.
A partir de esa noche, las visitas cambiaron de sentido.
Los jóvenes ya no venían solo a observar, sino a escuchar. La gárgola no enseñaba con fechas ni con discursos estructurados. Contaba fragmentos. Escenas. Momentos. Hablaba de hombres que cruzaron el mar sin entender lo que buscaban. De otros que perdieron su mundo sin dejar de habitarlo. De cómo una ciudad puede crecer sin darse cuenta de lo que cubre.
No siempre hablaba igual. A veces sus relatos eran claros. Otras veces, apenas sugerencias. No buscaba imponer una versión, sino despertar una forma de atención.
—No todo lo que importa está escrito —les decía—. Y no todo lo que está escrito se recuerda.
Con el tiempo, algunos de esos jóvenes dejaron de ir. Otros continuaron. Algunos cambiaron su manera de ver la ciudad. Comenzaron a notar detalles que antes ignoraban: la forma en que ciertos lugares conservan una energía distinta, la manera en que el pasado se filtra en lo cotidiano.
La gárgola no esperaba nada de ellos. Su función no era convencer, sino mostrar.
Y así continúa.
Cada noche, cuando el ruido disminuye y la huaca recupera algo de su silencio original, la gárgola recorre sus espacios. No como guardiana de piedra, sino como testigo activo de un tiempo que no se detiene. A veces se deja ver. A veces no. Pero siempre está.
Observando.
Recordando.
Esperando a que alguien más esté dispuesto a escuchar.







