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José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
12 de junio del 2026
Cuando se menciona el Imperio Bizantino suele pensarse en las imponentes cúpulas de Constantinopla, en los mosaicos dorados de sus iglesias o en los largos siglos durante los cuales actuó como puente entre Europa y Asia. Sin embargo, detrás de aquella civilización que sobrevivió más de un milenio existe una historia mucho más antigua, una narración que mezcla realidad histórica, tradición griega y elementos legendarios. El origen de Bizancio no comenzó con emperadores ni con grandes ejércitos, sino con una pequeña colonia fundada a orillas del estrecho del Bósforo, en un lugar donde convergían rutas comerciales, culturas y ambiciones políticas. Aquella ciudad, inicialmente modesta, terminaría convirtiéndose en la capital de un imperio que preservó buena parte del legado de Roma y transmitió conocimientos esenciales al mundo medieval y moderno. Comprender sus orígenes implica recorrer un camino que une la mitología fundacional con los procesos históricos que transformaron una colonia griega en una de las ciudades más influyentes de la historia universal. (Norwich, 1997).
La importancia de esta historia radica en que el Imperio Bizantino no surgió de manera repentina. Fue el resultado de siglos de evolución política, económica y cultural. Sus habitantes jamás se llamaron a sí mismos “bizantinos”; se consideraban romanos y herederos legítimos del Imperio Romano. No obstante, la historiografía moderna empleó el término Bizancio para diferenciar aquella etapa oriental de la antigua Roma. Antes de que Constantinopla se convirtiera en la capital de emperadores, patriarcas y comerciantes, existió una leyenda que explicaba por qué la ciudad había sido fundada precisamente en aquel lugar privilegiado. Esa narración, transmitida por autores antiguos, continuó formando parte de la memoria histórica de la ciudad incluso cuando sus murallas protegían a millones de habitantes y su influencia se extendía por tres continentes. (Herrin, 2007).
La profecía del Oráculo y la fundación de Bizancio
La tradición más difundida sobre el origen de Bizancio sitúa los acontecimientos en el siglo VII antes de Cristo. En aquella época, numerosas ciudades griegas impulsaban expediciones colonizadoras hacia nuevas regiones del Mediterráneo y del mar Negro. Entre ellas se encontraba Megara, una ciudad que buscaba ampliar sus redes comerciales y establecer asentamientos capaces de garantizar recursos y rutas de intercambio. Según la leyenda, los dirigentes de la expedición decidieron consultar al célebre Oráculo de Delfos, considerado una de las máximas autoridades religiosas del mundo griego. La respuesta que recibieron fue tan misteriosa como memorable: debían fundar su ciudad frente a la tierra de los ciegos. Aquellas palabras parecían incomprensibles, pero terminarían guiando el destino de generaciones enteras. (Mango, 1980).
El encargado de liderar la expedición fue Bizas, personaje semilegendario cuyo nombre quedaría asociado para siempre al nacimiento de la ciudad. Tras navegar por las aguas del Egeo y avanzar hacia el estrecho que comunica el Mediterráneo con el mar Negro, Bizas llegó a una región donde ya existía una colonia griega llamada Calcedonia, establecida en la costa asiática. Desde allí pudo observar la ribera opuesta y comprendió, según la tradición, el significado de la profecía. Quienes habían fundado Calcedonia eran los “ciegos” mencionados por el oráculo, pues no habían elegido el emplazamiento incomparable que se extendía frente a ellos en la costa europea. (Norwich, 1997).
La ubicación ofrecía ventajas extraordinarias. Desde aquel punto era posible controlar el tránsito marítimo entre dos mares, vigilar importantes rutas comerciales y aprovechar defensas naturales difíciles de superar. Ninguna otra ciudad de la región reunía tantas condiciones favorables en un espacio relativamente reducido. Por ello, Bizas decidió establecer allí la nueva colonia, que recibió el nombre de Bizancio en su honor. (Treadgold, 1997).
Más allá de los elementos legendarios, la historia refleja una realidad evidente para los historiadores: el emplazamiento de Bizancio fue una elección geopolítica excepcional. Su posición estratégica explicaría buena parte de su desarrollo posterior y terminaría influyendo en el destino de Europa, Asia y el Mediterráneo durante más de mil años. (Herrin, 2007).
Una ciudad privilegiada entre dos continentes
Desde sus primeros siglos de existencia, Bizancio se benefició de una situación geográfica difícil de igualar. La ciudad se encontraba en el punto exacto donde convergían las rutas que unían el mar Negro con el Mediterráneo, así como los caminos terrestres que conectaban Europa con Asia. Esta ventaja permitió el crecimiento del comercio y favoreció la llegada constante de mercaderes, navegantes y viajeros procedentes de regiones muy diversas. Poco a poco, la colonia dejó de ser un asentamiento periférico para convertirse en un importante centro económico del mundo antiguo. (Mango, 1980).
Las riquezas que circulaban por el estrecho despertaron el interés de numerosos pueblos. Persas, griegos, macedonios y posteriormente romanos comprendieron que controlar Bizancio significaba dominar uno de los puntos estratégicos más importantes del mundo conocido. A lo largo de los siglos, la ciudad enfrentó asedios, conflictos y cambios de poder, pero logró sobrevivir gracias a la combinación de sus defensas naturales y su relevancia comercial. (Treadgold, 1997).
No era una metrópoli comparable con Alejandría o Antioquía, pero poseía algo que muchas ciudades más grandes no tenían: una ubicación irrepetible. Los gobernantes de cada época reconocieron ese valor y procuraron mantener su influencia sobre ella. La ciudad continuó creciendo mientras los intercambios económicos fortalecían su prosperidad. (Norwich, 1997).
Con el paso del tiempo, aquella pequeña colonia fundada por navegantes griegos se integró plenamente en la estructura del Imperio Romano. Fue entonces cuando comenzó la etapa decisiva de su transformación histórica. (Herrin, 2007).
Roma mira hacia Oriente
Durante los primeros siglos de nuestra era, el Imperio Romano experimentó profundas transformaciones. Las provincias orientales se convirtieron en algunas de las regiones más prósperas y dinámicas del imperio, mientras que diversas amenazas comenzaban a afectar las fronteras occidentales. Los emperadores comprendieron gradualmente que el equilibrio político estaba cambiando y que el futuro dependía cada vez más de los territorios orientales. En ese contexto, Bizancio empezó a adquirir una relevancia estratégica mucho mayor que la que había tenido durante la época republicana romana. (Treadgold, 1997).
La crisis del siglo III agravó esta situación. Las guerras civiles, las invasiones y las dificultades económicas obligaron a replantear la organización del imperio. Roma continuaba siendo un símbolo de enorme importancia, pero su posición geográfica ya no respondía adecuadamente a las necesidades de defensa y administración de un territorio tan extenso. Las amenazas se concentraban en fronteras alejadas de la antigua capital, y las provincias orientales aportaban una parte considerable de la riqueza imperial. (Norwich, 1997).
Entre los dirigentes que comprendieron esta realidad destacó Constantino, uno de los emperadores más influyentes de la historia romana. Su visión transformaría definitivamente el destino de Bizancio y la convertiría en el centro político de una nueva época. (Herrin, 2007).
Constantino y la creación de Constantinopla
Cuando Constantino consolidó su poder, buscó una ciudad capaz de responder a las necesidades estratégicas del imperio. Tras evaluar diversas alternativas, eligió la antigua Bizancio. La decisión no fue casual. El lugar permitía controlar rutas marítimas fundamentales, facilitar la comunicación con las provincias orientales y proteger mejor las fronteras más vulnerables. Además, su ubicación favorecía el comercio y ofrecía condiciones defensivas excepcionales. Pocas ciudades del mundo antiguo reunían tantas ventajas en un mismo espacio. (Mango, 1980).
La transformación fue gigantesca. Constantino impulsó la construcción de foros, palacios, templos, edificios administrativos, acueductos y nuevas murallas. La antigua colonia griega comenzó a adquirir la apariencia de una auténtica capital imperial. Miles de habitantes llegaron desde distintas regiones para participar en el crecimiento de la ciudad, mientras las instituciones romanas se trasladaban progresivamente hacia su nuevo centro de operaciones. (Norwich, 1997).
El 11 de mayo del año 330 se celebró la inauguración oficial de Constantinopla. Aunque jurídicamente seguía siendo una ciudad del Imperio Romano, su creación marcó un cambio histórico profundo. Por primera vez, el centro político del imperio se desplazaba de manera permanente hacia Oriente. (Treadgold, 1997).
La nueva capital no reemplazó de inmediato el prestigio simbólico de Roma, pero comenzó a desempeñar funciones que terminarían redefiniendo el equilibrio del mundo mediterráneo. A partir de entonces, Constantinopla sería escenario de decisiones políticas, conflictos religiosos y procesos culturales que moldearían el curso de la historia medieval. (Herrin, 2007).
El nacimiento de una nueva civilización
La caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 suele presentarse como el final de Roma, pero la realidad histórica fue mucho más compleja. Mientras Occidente se fragmentaba bajo la presión de diversos pueblos germánicos, el sector oriental conservó sus instituciones, su sistema administrativo y su estructura imperial. Desde Constantinopla continuaron gobernando emperadores que se consideraban legítimos sucesores de Augusto y de los antiguos césares. (Norwich, 1997).
Con el paso de los siglos, aquella continuidad romana comenzó a mezclarse cada vez más con la herencia cultural griega y con la influencia del cristianismo. El griego reemplazó gradualmente al latín como lengua predominante de la administración y de la vida intelectual. La religión cristiana adquirió un papel central en la organización del Estado y en la identidad colectiva de sus habitantes. Este proceso no ocurrió de forma abrupta, sino mediante una larga evolución histórica que transformó lentamente el carácter del imperio. (Herrin, 2007).
Los historiadores modernos emplearon posteriormente la denominación de Imperio Bizantino para identificar esta etapa diferenciada de la historia romana. Sin embargo, para quienes vivían en Constantinopla, seguían siendo romanos. Esa dualidad constituye una de las características más fascinantes de la civilización bizantina: fue al mismo tiempo heredera de Roma, continuadora de la tradición helénica y protagonista de una cultura original que dejó una profunda huella en la historia universal. (Treadgold, 1997).
La antigua leyenda de Bizas y la tierra de los ciegos adquirió así un significado casi profético. Aquel lugar que un pequeño grupo de colonos eligió por sus extraordinarias ventajas geográficas terminó convirtiéndose en la capital de un imperio que sobrevivió más de mil años después de la desaparición de la Roma occidental. Desde sus murallas se preservaron conocimientos clásicos, se desarrollaron expresiones artísticas únicas y se construyó una identidad que influiría en Europa oriental, el mundo ortodoxo y el Mediterráneo durante generaciones. La historia y la leyenda, lejos de excluirse, terminaron convergiendo para explicar el nacimiento de una de las civilizaciones más perdurables de la humanidad. (Mango, 1980).
Bibliografía
Herrin, J. (2007). Byzantium: The Surprising Life of a Medieval Empire. Princeton University Press.
Mango, C. (1980). Byzantium: The Empire of New Rome. Charles Scribner’s Sons.
Norwich, J. J. (1997). A Short History of Byzantium. Vintage Books.
Treadgold, W. (1997). A History of the Byzantine State and Society. Stanford University Press.
Vasiliev, A. A. (1952). History of the Byzantine Empire. University of Wisconsin Press.







