Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

11 de setiembre del 2026

Hay libros que uno termina y deja en un estante, mientras otros quedan ligados para siempre a una época de la vida. Álgebra de Baldor pertenece a este segundo grupo. Durante décadas acompañó a estudiantes de América Latina en el aprendizaje de ecuaciones, productos notables, factorizaciones y problemas cuya dificultad aumentaba página tras página. Detrás de aquel volumen estaba Aurelio Ángel Baldor de la Vega, nacido en La Habana el 22 de octubre de 1906, educador y abogado de formación que convirtió la enseñanza matemática en el centro de su actividad. Su Álgebra, publicada en 1941, trascendió el espacio escolar cubano hasta convertirse en una referencia reconocible para generaciones de estudiantes del mundo hispanohablante. (Jáuregui Sarmiento, 2024).

La fama del libro terminó siendo mayor que el conocimiento sobre su autor. Muchos alumnos creyeron durante años que el hombre barbado y con turbante de la portada era Baldor. En realidad, se trataba de Al-Juarismi, matemático y astrónomo persa cuya obra está vinculada históricamente con el desarrollo del álgebra. El verdadero Baldor tenía una apariencia completamente distinta. La confusión revela hasta qué extremo la portada adquirió vida propia: millones podían reconocer el libro inmediatamente, aunque supieran muy poco sobre el maestro cubano que lo había escrito. (Arias Martínez, 2024).

El profesor detrás de las ecuaciones

Baldor no escribió desde la distancia de un investigador ajeno al aula. Fundó y dirigió en La Habana el Colegio Academia Baldor, institución que llegó a reunir miles de estudiantes. Allí podía observar directamente dónde aparecían las dificultades, cuánto tiempo requería dominar un procedimiento y de qué manera debía organizarse una secuencia de aprendizaje. Esa experiencia ayuda a entender por qué sus libros mantienen una estructura tan ordenada. Antes de convertirse en un autor conocido en numerosos países, Baldor fue fundamentalmente un profesor que construía materiales pensando en estudiantes concretos. (Mairata, 2012).

Su método se apoyaba en una idea sencilla y exigente: explicar, mostrar y practicar. El estudiante debía comprender una operación y después repetirla en distintas variantes hasta dominarla. La edición contemporánea de Álgebra conserva esa arquitectura y reúne miles de ejercicios distribuidos entre temas que van desde operaciones elementales hasta ecuaciones, radicales, logaritmos, progresiones e interés compuesto. El volumen podía ser intimidante, pero esa abundancia no era decorativa; constituía el corazón de una pedagogía basada en la ejercitación progresiva. Por eso el libro sirvió durante tanto tiempo tanto a profesores que buscaban problemas graduados como a alumnos que necesitaban practicar fuera de clase. (Baldor, 2019).

La Academia Baldor permite comprender también la dimensión humana del maestro. Testimonios de antiguos alumnos y familiares lo describen como un profesor estricto, pero cercano a sus estudiantes, buen orador y profundamente entregado a su trabajo. Su vida cotidiana giraba alrededor de la familia, el colegio y las matemáticas. La imagen contrasta con el personaje casi temible que quedó en la imaginación de quienes padecieron sus ejercicios escolares: detrás del apellido convertido en sinónimo de dificultad había un educador que hizo de la enseñanza su principal proyecto de vida. (Mairata, 2012).

Esa vocación explica por qué Álgebra consiguió superar su condición de simple manual. El libro fue concebido para enseñar y no solamente para reunir fórmulas. Su organización acompañaba al estudiante desde conocimientos relativamente sencillos hacia problemas cada vez más complejos, sin abandonar la idea de que el aprendizaje dependía del trabajo constante. Con los años, la metodología sería discutida por corrientes educativas que conceden mayor importancia a otras formas de razonamiento matemático, pero su influencia resulta difícil de negar. Todavía hoy sigue siendo una obra conocida y utilizada como referencia. (Zúñiga Tapia, 2024).

El exilio y la permanencia de un libro

La historia personal de Baldor cambió profundamente después de la Revolución cubana. En 1960 abandonó Cuba con su familia y pasó primero por México antes de establecerse en Estados Unidos. Dejaba atrás el colegio alrededor del cual había organizado buena parte de su existencia profesional. Más tarde volvió a ejercer la docencia en Nueva Jersey, pero nunca reconstruyó una institución semejante a la Academia Baldor. Mientras él comenzaba una vida diferente lejos de La Habana, sus libros continuaban expandiéndose por escuelas y hogares latinoamericanos, desarrollando una trayectoria editorial que ya no dependía de la presencia de su creador. (Zúñiga Tapia, 2024).

La paradoja es notable. El profesor que había perdido su principal espacio educativo comenzaba a ser conocido precisamente en lugares donde nunca había enseñado personalmente. México, Colombia, Perú y otros países incorporaron su apellido al lenguaje cotidiano de la escuela. Ya no era necesario decir el título completo: bastaba hablar del “Baldor” para que alumnos y maestros supieran de qué libro se trataba. Pocos manuales consiguen alcanzar esa forma de reconocimiento, en la que el nombre del autor termina convirtiéndose prácticamente en el nombre de la materia estudiada. (Jáuregui Sarmiento, 2024).

La portada contribuyó decisivamente a esa memoria. Al-Juarismi permaneció durante décadas asociado visualmente con la obra, hasta el extremo de ser confundido con su autor. Esa imagen acompañó a varias generaciones y convirtió el libro en un objeto identificable incluso antes de abrirlo. Sin embargo, su permanencia no puede explicarse solo por una cubierta memorable. Álgebra de Baldor contenía 5.790 ejercicios en su presentación tradicional y ofrecía una ruta extensa de estudio que podía adaptarse tanto al trabajo escolar como al aprendizaje independiente. Allí estuvo buena parte de su capacidad para sobrevivir a cambios de programas y métodos pedagógicos. (Arias Martínez, 2024).

Aurelio Baldor murió en Miami en abril de 1978. Para entonces, su obra llevaba décadas circulando y había alcanzado una dimensión que superaba ampliamente la biografía de su autor. Nuevas ediciones han mantenido el libro disponible e incluso han incorporado recursos contemporáneos, pero la esencia sigue siendo reconocible: avanzar mediante explicación, práctica y esfuerzo. Tal vez por eso su apellido conserva una presencia poco común dentro de la cultura escolar latinoamericana. Para muchos representa dificultad; para otros, disciplina o nostalgia. En todos los casos remite a un maestro cubano cuya aula terminó extendiéndose mucho más lejos de lo que las paredes de su colegio podían permitir. (Baldor, 2019).

Bibliografía

Arias Martínez, Sofía. (2024). ¿Quién fue Aurelio Baldor y cómo su Álgebra de Baldor es referente en las matemáticas? El Tiempo. https://www.eltiempo.com/cultura/gente/quien-fue-aurelio-baldor-y-como-su-algebra-de-baldor-es-referente-en-las-matematicas-3324420

Baldor, Aurelio. (2019). Álgebra (4.ª ed.). Grupo Editorial Patria. https://catalogo.sena.edu.co/bib/108957

Jáuregui Sarmiento, David. (2024). Descubriendo a Aurelio Baldor: El profe de Álgebra. Señal Colombia. https://www.senalcolombia.tv/cultura/quien-invento-algebra-de-baldor-aurelio-biografia

Mairata, Sandro. (2012). Tras los pasos de Baldor. SoHo. https://www.soho.co/algebra-baldor-la-historia-del-libro-el-algebra-de-baldor/25824/

Zúñiga Tapia, Francisco. (2024). La triste historia de Aurelio Baldor, el célebre autor del histórico libro de Álgebra. BioBioChile. https://www.biobiochile.cl/noticias/sociedad/historia/2024/08/03/la-triste-historia-de-aurelio-baldor-el-celebre-autor-del-mejor-libro-de-algebra.shtml