Artículo de información

José Carlos Botto Cayo

30 de setiembre del 2026

A Arturo se le salió la cadena de la bicicleta frente a la casa de Raúl. Se bajó, se limpió los dedos en el pantalón y miró a sus amigos, que ya estaban reunidos en la vereda.

—Así no vamos a llegar nunca —dijo Patricia.

Raúl soltó una risa. Charo, sentada en el sardinel, hizo rodar una bolita azul entre los dedos. Eran cuatro, aunque a veces se juntaban ocho o diez. En el barrio bastaba salir de casa para encontrar a alguien. Las madres miraban desde las ventanas; si la calle se quedaba quieta, llamaban por el nombre.

Arturo había nacido en 1968. Su padre era militar y no siempre estaba en casa. Cuando volvía, dejaba el uniforme cuidadosamente doblado sobre una silla y preguntaba por las notas del colegio. Raúl, un año menor, era hijo de un abogado. En su casa había un teléfono negro instalado en el pasillo. Las llamadas eran breves; cada una parecía tener un precio que todos conocían.

—Mi papá dice que la gente llama para decir una cosa y termina hablando diez minutos —contó Raúl una tarde.

—Tu papá cobra por hora —le contestó Charo.

La risa de los demás llegó hasta la ventana de la señora Elvira, la madre de Arturo.

—No se vayan lejos —dijo ella.

Nadie respondió. No hacía falta. El barrio era el límite y también el lugar donde todo empezaba.

Montaban bicicleta alrededor de la Huaca Juliana. Entonces estaba abierta. No tenía el orden ni las rejas de años posteriores. Frente a ella quedaba la huaquita, más pequeña, que los chicos miraban de paso. Algunas tardes entraban con las bicicletas y daban vueltas sobre la tierra. Otras, simplemente, se quedaban hablando hasta que el sol bajaba y las madres comenzaban a llamarlos.

En la vereda jugaban a las bolitas. Charo tenía buena puntería y guardaba las ganadas en una bolsita de tela. También jugaban a la botella borracha, aunque después alguno fingiera que no le había tocado el beso. Las fiestas del barrio eran otra cosa: discos que sonaban en una sala, muchachos que aprendían a bailar mirando a los mayores y madres que, desde la puerta, comprobaban quién había llegado y con quién se iba.

En casa de Raúl, su hermano mayor cuidaba los discos de 45 y los long plays. Arturo prefería quedarse cerca del televisor cuando daban Disco Club. Gerardo Manuel aparecía en la pantalla con sus comentarios y su música; ellos aprendían los nombres de los grupos antes de tener edad para ir solos a una fiesta.

El domingo de las elecciones, en mayo de 1980, los padres salieron temprano. Las madres se arreglaron con cuidado y los chicos los acompañaron hasta el local donde les correspondía votar. Arturo vio a su padre conversar con dos vecinos. Raúl caminaba junto al suyo, que llevaba un periódico doblado bajo el brazo.

—Después de tantos años, por fin vamos a elegir de nuevo —dijo alguien.

El padre de Arturo no comentó nada. Miró la fila y acomodó el cuello de su camisa. El abogado, en cambio, habló de la responsabilidad de los civiles y de lo difícil que sería volver a poner las cosas en su sitio.

Los muchachos no entendían del todo. Sabían que los adultos estaban contentos, pero también serios. La palabra democracia aparecía en las conversaciones de la mesa, en la radio y en los periódicos que los padres dejaban sobre el aparador.

Al día siguiente, una noticia llegó desde Ayacucho: habían quemado material electoral en Chuschi. La madre de Raúl leyó en voz alta el titular. El padre cerró el periódico con cuidado.

—¿Eso quiere decir que no hubo elecciones? —preguntó Patricia, que había ido a buscar a Raúl.

—Quiere decir que alguien quiso impedirlas —contestó él.

Fue la primera vez que los chicos escucharon hablar de Sendero Luminoso. El nombre se quedó en el aire, entre los vasos y los platos. Después, la conversación cambió. Había que terminar las tareas y ayudar a levantar la mesa.

En junio, la radio habló de un incendio en la municipalidad de San Martín de Porres. Los padres comentaron el hecho por la noche. Arturo estaba en el comedor, fingiendo leer. Su padre había regresado tarde.

—Esto va a crecer —dijo él.

—No sabemos todavía qué va a pasar —respondió la madre.

El padre no insistió. Se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesa. Arturo miró sus manos, quietas junto al plato. No preguntó nada. A la mañana siguiente, salió con la bicicleta y encontró a Raúl esperándolo en la esquina.

A fines de diciembre aparecieron las noticias de los perros colgados en el centro de Lima. Los muchachos vieron las fotografías en un diario. Charo apartó la vista.

—¿Quién hace algo así? —preguntó.

Nadie supo contestar. Esa tarde jugaron menos. La bolsita de bolitas quedó sobre el borde de la vereda y, cuando oscureció, cada uno volvió a su casa sin demora.

El barrio siguió con sus rutinas. Las madres llamaban desde las puertas. Los chicos salían en bicicleta. En la Huaca Juliana, la tierra guardaba las marcas de las ruedas. Pero los adultos escuchaban más la radio. El padre de Arturo comenzó a dejar una linterna cerca del aparador. Su madre decía que era por si se cortaba la luz.

Una tarde de noviembre de 1981, Patricia quiso ir al centro de Miraflores. Había escuchado que podía encontrar un disco que buscaba desde hacía semanas. Raúl fue con ella. Arturo y Charo los acompañaron. Antes de salir, las madres preguntaron a qué hora volverían.

—No se separen —dijo la madre de Raúl.

—Y regresen antes de que oscurezca —añadió la de Charo.

Caminaron juntos. Patricia hablaba del disco; Raúl le decía que seguramente no lo encontraría. Arturo iba atento al tránsito y Charo llevaba las manos metidas en los bolsillos.

Al llegar a una calle del centro, escucharon gritos. Al principio pensaron que se trataba de una pelea. Después vieron a un grupo numeroso avanzar hacia los bancos. Hubo carreras, golpes contra las puertas y una llamarada que creció detrás de un vidrio. Alguien gritó una consigna. Los cuatro se quedaron quietos apenas un segundo.

—Vámonos —dijo Arturo.

No preguntó si los demás estaban de acuerdo. Los tomó del brazo y los llevó hacia una calle lateral. Corrieron hasta que dejaron de oír los gritos. Patricia apretaba contra el pecho las monedas que había llevado para el disco. Charo respiraba con dificultad. Raúl miró hacia atrás, pero no dijo nada.

La oscuridad llegó poco después. Se apagaron las luces de las casas y los comercios. También los semáforos. En la calle, la gente buscó las puertas abiertas y preguntó qué había sucedido. Desde alguna vivienda llegó el sonido de una radio a pilas.

Los muchachos caminaron de regreso en silencio. Al llegar al barrio, vieron a las madres esperándolos en la puerta. El padre de Arturo había salido a buscarlos con una linterna. La luz le temblaba en la mano.

—¿Están bien? —preguntó la señora Elvira.

Arturo asintió. No encontró una respuesta más completa.

Las madres los hicieron entrar. En la vereda quedó la bicicleta de Arturo, apoyada contra la pared. Una de sus ruedas todavía giraba despacio en la oscuridad.