Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

21 de julio del 2026

La llamada Generación del 50 ocupa un lugar decisivo en la literatura peruana del siglo XX, aunque sus integrantes nunca formaron una escuela organizada ni obedecieron a un programa común. La denominación reúne a escritores que comenzaron a publicar entre los últimos años de la década de 1940 y el periodo siguiente, cuando el país atravesaba cambios demográficos, políticos y culturales de gran alcance. Sus trayectorias, procedencias y convicciones fueron distintas, pero coincidieron en la necesidad de revisar las formas heredadas y representar una realidad que ya no cabía dentro de las imágenes tradicionales del costumbrismo, el criollismo o el indigenismo convencional. Más que un grupo uniforme, constituyeron un espacio de búsquedas donde convivieron el realismo social, la introspección, la experimentación formal y una nueva conciencia sobre las fracturas nacionales (Prado Alvarado & Portugal, 2022).

Sus aportes no se limitaron a la incorporación de nuevos temas. También modificaron la construcción de los personajes, la organización del tiempo narrativo y el uso de las perspectivas. Carlos Eduardo Zavaleta asimiló procedimientos de la novela moderna para explorar la memoria y la experiencia provinciana; Eleodoro Vargas Vicuña trabajó la oralidad y el paisaje andino mediante una prosa de notable intensidad; Luis Loayza cultivó una escritura contenida, cosmopolita y atenta a la ambigüedad moral. En otros autores, la atención se desplazó hacia la pobreza urbana, la burocracia, el deterioro de las clases medias y el desarraigo de quienes llegaban a una capital en expansión. La literatura comenzó así a mirar el país desde espacios y sujetos que habían permanecido en los márgenes de la representación dominante (Prado Alvarado & Portugal, 2022).

Lima y la aparición de nuevos sujetos

El escenario más visible de aquellos cambios fue Lima. La población metropolitana pasó de 661 508 habitantes en 1940 a 1 901 927 en 1961, crecimiento relacionado con la llegada de miles de personas procedentes de distintas regiones. La capital se extendió hacia nuevos territorios, mientras las barriadas, los mercados, las áreas industriales y las unidades vecinales adquirían una presencia cada vez mayor. La antigua imagen señorial comenzó a convivir con otra urbe, levantada por migrantes y trabajadores que buscaban vivienda, empleo, educación y reconocimiento. Detrás de las cifras se encontraba una experiencia humana compleja: familias que abandonaban sus lugares de origen, comunidades que reconstruían sus vínculos y ciudadanos obligados a desenvolverse dentro de un entorno desconocido y desigual (Instituto Nacional de Estadística e Informática [INEI], 1996).

Esa expansión alteró la manera de comprender el espacio urbano. La capital dejó de funcionar como un escenario decorativo y se convirtió en una fuerza capaz de condicionar los deseos, las oportunidades y las derrotas de sus habitantes. Empleados mal remunerados, niños explotados, jóvenes sin perspectivas, recién llegados y familias amenazadas por la pobreza comenzaron a ocupar el centro de los relatos. El progreso ofrecía posibilidades de movilidad, pero también imponía códigos difíciles de descifrar, fronteras sociales y mecanismos cotidianos de exclusión. La distancia entre la imagen oficial de una metrópoli moderna y la experiencia concreta de quienes luchaban por sobrevivir alimentó una narrativa crítica, atenta a las humillaciones ordinarias y a las promesas que la vida urbana rara vez cumplía por completo (Susti, 2022).

Julio Ramón Ribeyro convirtió esa fragilidad social en una narrativa de extraordinaria hondura. En los cuentos de Los gallinazos sin plumas, publicado en 1955, la explotación, la pobreza y el fracaso aparecen vinculados con un medio que expulsa a quienes carecen de poder. Sus personajes no son figuras abstractas creadas para representar una clase, sino seres vulnerables, cargados de aspiraciones modestas, contradicciones y pérdidas íntimas. Enrique Congrains Martin, en Lima, hora cero, de 1954, empleó un registro más cercano al reportaje y al testimonio para mostrar las barriadas, la experiencia migrante y la dureza de una capital que podía presentarse como promesa antes de revelar sus mecanismos de exclusión. Ambos narradores otorgaron presencia literaria a sujetos que apenas figuraban en los relatos oficiales del progreso peruano (Prado Alvarado & Portugal, 2022).

Sebastián Salazar Bondy trasladó la discusión sobre Lima al ensayo cultural. En Lima la horrible, publicado en 1964, cuestionó la llamada “Arcadia Colonial”, una representación idealizada del pasado que presentaba la capital como una comunidad armoniosa, refinada y ajena al conflicto. Esa nostalgia, según su lectura, encubría las castas, el racismo y los privilegios que continuaban organizando la vida cotidiana. Su crítica no fue una descalificación superficial de la ciudad, sino un rechazo de las ficciones que impedían comprender sus transformaciones. La presencia cada vez mayor de migrantes, trabajadores y sectores populares obligaba a abandonar la memoria construida desde las élites y a reconocer una metrópoli heterogénea, donde distintas formas de pertenencia disputaban el sentido de lo limeño (Susti, 2022).

Poesía, otros caminos y silencios del canon

La historia de la Generación del 50 fue construida durante mucho tiempo alrededor de autores varones, mientras numerosas escritoras permanecieron fuera de las antologías y los estudios generales. Sara María Larrabure constituye uno de los casos más representativos. Su libro La escoba en el escotillón, publicado en 1957, reunió relatos cercanos a lo fantástico, al absurdo y a la inquietud existencial. Su temprana muerte interrumpió una trayectoria que apenas comenzaba a consolidarse, pero el posterior olvido de su obra también reveló las limitaciones de un canon organizado desde redes editoriales y críticas mayoritariamente masculinas. Recuperar su nombre permite comprender que la producción de aquellos años fue más amplia y heterogénea de lo que las historias literarias tradicionales dejaron establecido (Salazar Jiménez, 2022).

En la poesía se difundió durante décadas una separación entre autores “puros” y “sociales”. Los primeros fueron asociados con la exploración interior, el trabajo de la imagen y la autonomía estética; los segundos, con el compromiso político y la denuncia de las injusticias. La oposición resultó demasiado rígida para explicar obras que atravesaron ambas zonas. Muchos poetas combinaron conciencia histórica, inquietud personal, experimentación verbal y atención a los problemas colectivos. La riqueza de aquella producción no surgió de la obediencia a una sola tendencia, sino de la discusión sobre el lugar de la palabra frente a una sociedad en transformación. El legado de César Vallejo convivió con el surrealismo, la tradición clásica y distintas corrientes internacionales, sin que ninguna influencia anulara la búsqueda de una voz propia (Gazzolo, 2019).

Blanca Varela, Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren desarrollaron proyectos de gran exigencia artística. Varela construyó una expresión contenida, irónica y alejada de la ornamentación innecesaria, capaz de enfrentarse al cuerpo, la memoria y la dificultad de nombrar la experiencia. Eielson relacionó la escritura con las artes visuales, la materialidad de los objetos y una identidad siempre cambiante. Sologuren defendió una creación atenta a la precisión, la contemplación y la continuidad de ciertas formas tradicionales. Aunque sus recorridos fueron diferentes, los tres compartieron una concepción rigurosa del oficio y una apertura hacia horizontes culturales que superaban las fronteras nacionales. Sus obras demostraron que la exploración individual no implicaba necesariamente una evasión de la historia, sino otra manera de interrogarla (Gazzolo, 2019).

Alejandro Romualdo, Wáshington Delgado y Juan Gonzalo Rose incorporaron, con distintos matices, la historia, la injusticia, la vida cotidiana y la responsabilidad pública del escritor. Romualdo unió la preocupación política con un sólido conocimiento de las formas clásicas; Delgado trabajó desde la ironía, la conciencia urbana y una mirada crítica sobre el devenir nacional; Rose enlazó la intimidad, la memoria y una musicalidad cercana a la sensibilidad popular. Carlos Germán Belli creó una de las voces más singulares de la época al reunir vocablos arcaicos, estructuras tradicionales y experiencias modernas relacionadas con la burocracia, el trabajo subordinado y la frustración. Esa mezcla produjo una poesía irónica y dolorosa, donde el refinamiento verbal convivía con las pequeñas humillaciones de la existencia contemporánea (Gazzolo, 2019).

Bibliografía

Gazzolo, A. M. (2019). La década de 1950 y el signo de la diversidad. En G. Pollarolo y L. F. Chueca (Coords.), Poesía peruana: entre la fundación de su modernidad y finales del siglo XX (pp. 203-235). Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Casa de la Literatura Peruana y Ministerio de Educación del Perú.

Instituto Nacional de Estadística e Informática. (1996). Lima Metropolitana: perfil sociodemográfico. INEI.

Prado Alvarado, A., & Portugal, J. A. (2022). El cuento peruano del siglo XX: Del cuento regionalista a La palabra del mudo, de Julio Ramón Ribeyro. En J. Marcone y J. A. Portugal (Coords.), La narrativa peruana contemporánea: Cuento y novela (1920-2000) (pp. 163-206). Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Casa de la Literatura Peruana y Ministerio de Educación del Perú.

Salazar Jiménez, C. (2022). Narradoras peruanas del siglo XX (1918-2000): Una cartografía de género. En J. Marcone y J. A. Portugal (Coords.), La narrativa peruana contemporánea: Cuento y novela (1920-2000) (pp. 233-268). Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Casa de la Literatura Peruana y Ministerio de Educación del Perú.

Susti, A. (2022). La ciudad sin límites: Lima en la narrativa peruana moderna. En J. Marcone y J. A. Portugal (Coords.), La narrativa peruana contemporánea: Cuento y novela (1920-2000) (pp. 91-132). Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Casa de la Literatura Peruana y Ministerio de Educación del Perú.