Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

23 de febrero del 2026

La figura de Baruch Spinoza ocupa un lugar singular en la historia del pensamiento moderno, no solo por la radicalidad de sus ideas, sino por la coherencia ética con la que las sostuvo hasta el final de su vida. En una Europa marcada por guerras religiosas, dogmas cerrados y persecuciones ideológicas, Spinoza propuso una filosofía que apostaba por la razón como forma de libertad y por el conocimiento como vía para una vida más justa, serena y responsable. Su pensamiento no buscó consolar ni prometer salvaciones futuras, sino ofrecer una comprensión rigurosa del mundo y del lugar del ser humano dentro de él (Nadler, 2018).

Lejos de los sistemas morales basados en el miedo o la obediencia ciega, Spinoza defendió una ética fundada en la necesidad, la comprensión y la autonomía interior. Su obra fue considerada peligrosa, herética e incluso subversiva, no porque incitara a la violencia, sino porque despojaba al poder religioso y político de su principal herramienta de control: la ignorancia. Pensar con libertad, para Spinoza, no era un gesto superficial de rebeldía, sino una exigencia moral profunda (Israel, 2001).

Contexto histórico y formación intelectual

Spinoza nació en Ámsterdam en 1632, en el seno de una comunidad judía sefardí formada por exiliados de la península ibérica. Esta comunidad, marcada por la memoria de la persecución y la expulsión, mantenía una vida religiosa estricta, lo que influyó tempranamente en la formación del joven filósofo. Sin embargo, su contacto con corrientes filosóficas modernas, en especial el racionalismo cartesiano, abrió una brecha entre la tradición recibida y su propia búsqueda intelectual (Nadler, 2018).

El conflicto entre razón y dogma se volvió irreversible cuando Spinoza comenzó a cuestionar la interpretación literal de las Escrituras y la idea de un Dios personal que interviene arbitrariamente en la historia. Estas posturas lo condujeron a la excomunión en 1656, una de las más severas registradas en la historia del judaísmo europeo. La condena no fue solo religiosa, sino también social, empujándolo a una vida de aislamiento y austeridad (Scruton, 2012).

Lejos de retractarse, Spinoza asumió el destierro como una consecuencia inevitable de su compromiso con la verdad. Rechazó cargos académicos y honores que comprometieran su independencia intelectual. Su forma de vida —sencilla, laboriosa y discreta— se convirtió en una extensión práctica de su filosofía, basada en la moderación de los deseos y la libertad interior (Deleuze, 1981).

Este contexto de exclusión y vigilancia explica en parte el tono riguroso y metódico de su obra. Spinoza no escribió para persuadir emocionalmente, sino para demostrar. Su filosofía se presenta como una arquitectura racional destinada a resistir la presión de la superstición y del poder establecido (Israel, 2001).

Dios, naturaleza y necesidad

Uno de los núcleos más controvertidos del pensamiento de Spinoza es su concepción de Dios. Al identificar a Dios con la naturaleza —Deus sive Natura—, el filósofo rompió con la imagen tradicional de un ser trascendente, legislador y moralmente juzgador. Para Spinoza, Dios no actúa por voluntad ni por fines, sino que se expresa necesariamente en todo lo que existe (Spinoza, 1677/2009).

Esta visión elimina la idea de milagro y de excepción divina. Todo lo que ocurre lo hace conforme a leyes necesarias, lo que no implica fatalismo, sino comprensión. El error humano consiste en creer que somos libres porque ignoramos las causas que nos determinan. La verdadera libertad no reside en escapar de la necesidad, sino en comprenderla (Deleuze, 1981).

Al desplazar la moral del terreno del mandato divino al de la comprensión racional, Spinoza propone una ética sin premios ni castigos sobrenaturales. El bien y el mal no son valores absolutos, sino modos de evaluar aquello que favorece o perjudica nuestra potencia de actuar. Esta concepción devuelve al individuo la responsabilidad sobre su vida, sin intermediarios ni amenazas metafísicas (Scruton, 2012).

Esta idea fue considerada profundamente peligrosa para el orden establecido. Sin embargo, lejos de promover el caos moral, Spinoza buscaba una ética más exigente, fundada en el conocimiento de uno mismo y del mundo. Una ética que no se impone desde fuera, sino que se construye desde la razón (Nadler, 2018).

La Ética y el dominio de las pasiones

La obra central de Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, es uno de los textos más singulares de la filosofía occidental. Escrita con el rigor de un tratado matemático, desarrolla una concepción del ser humano como parte de la naturaleza, sometido a pasiones que pueden ser comprendidas y ordenadas mediante el conocimiento (Spinoza, 1677/2009).

Para Spinoza, las pasiones no son vicios que deban reprimirse, sino afectos que deben ser entendidos. El problema no es sentir, sino estar dominado por sentimientos que no comprendemos. La tristeza, el miedo o el odio disminuyen nuestra potencia de existir; la alegría y el entendimiento la aumentan. La ética se convierte así en una pedagogía del afecto (Deleuze, 1981).

Este enfoque se aleja tanto del moralismo represivo como del hedonismo superficial. Spinoza propone una disciplina interior que no niega el deseo, sino que lo orienta hacia formas más estables y racionales de satisfacción. En este sentido, su ética conserva un tono clásico, cercano a las antiguas filosofías de la moderación y la virtud (Scruton, 2012).

El ideal spinozista no es el del sabio aislado, sino el del ciudadano racional, capaz de convivir con otros desde la comprensión y no desde el miedo. La ética individual y la vida social, en su pensamiento, no se oponen, sino que se refuerzan mutuamente (Israel, 2001).

Política, libertad y legado

En el terreno político, Spinoza defendió con claridad la libertad de pensamiento como condición indispensable para la estabilidad social. En su Tratado teológico-político, sostuvo que ningún Estado puede sostenerse a largo plazo si reprime la libre expresión de las ideas. La censura, lejos de proteger el orden, genera resentimiento y violencia latente (Spinoza, 1670/2011).

Su defensa de la tolerancia no se basa en el relativismo, sino en una comprensión realista de la naturaleza humana. Spinoza entendía que las personas no pueden ser obligadas a pensar de una determinada manera sin destruir la confianza social. La política, para él, debía apoyarse en la razón compartida y no en el miedo (Israel, 2001).

El legado de Spinoza ha influido decisivamente en la Ilustración, en el pensamiento democrático moderno y en múltiples corrientes filosóficas contemporáneas. Su obra dialoga, de manera directa o crítica, con pensadores posteriores y sigue siendo una referencia central del pensamiento laico y racionalista (Nadler, 2018).

En un mundo saturado de dogmas nuevos y supersticiones recicladas, Spinoza recuerda una lección esencial: la libertad no se proclama, se construye con conocimiento, disciplina y responsabilidad. Una ética sin miedo sigue siendo, quizá, su herencia más incómoda y más necesaria (Scruton, 2012).

Bibliografía

Deleuze, Gilles. (1981). Spinoza: filosofía práctica. Tusquets.

Israel, Jonathan. (2001). Radical Enlightenment: Philosophy and the Making of Modernity. Oxford University Press.

Nadler, Steven. (2018). Spinoza: A Life. Cambridge University Press.

Scruton, Roger. (2012). Spinoza: A Very Short Introduction. Oxford University Press.

Spinoza, Baruch. (2009). Ética demostrada según el orden geométrico (ed. original 1677). Alianza.