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José Carlos Botto Cayo

7 de octubre del 2026

El 7 de septiembre de 1820, mi padre me pidió que dejara de mirar el horizonte.

—El mar no va a contestarte, Mateo.

Yo estaba sentado junto a las redes, con las rodillas llenas de arena. Desde temprano, unas velas oscuras se dibujaban lejos, donde el cielo parecía tocar el agua. No eran las embarcaciones pequeñas que conocía. Avanzaban juntas, cargadas de mástiles, y su presencia hacía que la bahía pareciera más estrecha.

Mi padre remendaba una red a la sombra de la choza. Pasaba el hilo de un agujero a otro y tiraba de él con cuidado. Sin levantar la vista, me preguntó:

—¿Cuántas cuentas?

—Seis.

—¿Y ahora?

—Ocho.

—Entonces ayúdame.

Me acerqué, pero seguí pendiente del mar.

—¿Son españoles?

Esta vez dejó el trabajo y miró hacia las velas.

—No lo sé.

—¿Y si vienen a pelear?

—Será mejor que no estés en la playa.

Mi padre hablaba poco. Cuando respondía, solía dejar las palabras donde estaban, sin agregarles más. Yo quería preguntarle quién podía saber algo de aquellos barcos. En cambio, me levanté para buscar a mi madre.

Ella había ido por agua con mi hermana Clara y todavía no regresaba. Caminé hacia las casas de San Andrés. A mitad del camino, vi que los vecinos salían a las puertas. Unos señalaban la bahía; otros conversaban en grupos pequeños. Nadie parecía tener una noticia segura, pero todos tenían una opinión.

Mi madre venía con el cántaro apoyado en la cadera. Clara caminaba junto a ella, sujetándose de su falda.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—Ha llegado una escuadra —dijo mi madre.

—¿De quién?

—Eso dicen que nadie sabe.

Mi padre apareció detrás de nosotros con la red bajo el brazo. Caminaba deprisa, aunque quiso disimularlo.

—Esta noche nos quedamos en casa —dijo—. No salgan a la playa.

Mi madre dejó el cántaro junto a la pared. Mi padre aseguró la puerta con una tranca y nos pidió que no encendiéramos fuego. Después revisó las ventanas, aunque no había en ellas nada que cerrar.

Esa noche dormí en una estera, cerca de Clara. Desde el suelo escuché a mis padres conversar.

—El alcalde mandó decir que algunas familias de Pisco se alejen de la villa —murmuró mi madre.

—¿A dónde irán?

—Al interior.

—¿Y nosotros?

—No quiero dejar la casa sola.

—Tampoco quiero que nos encuentre aquí un combate.

Mi madre no contestó. Escuché que movía algo sobre la mesa.

—Si nos vamos, ¿cuándo volvemos? —preguntó al cabo de un rato.

—Cuando sepamos que es seguro.

—¿Y quién va a saberlo?

La conversación terminó sin que ninguno levantara la voz. Mi padre se sentó junto a la puerta. Mi madre se acostó a mi lado, pero permaneció despierta. Yo cerré los ojos y traté de distinguir los sonidos de la noche: el viento, el agua, algún perro que ladraba a lo lejos. Cada ruido parecía traer a los barcos un poco más cerca.

Al amanecer, mi padre salió a revisar las redes. Lo seguí sin que me viera. Cuando llegamos a la orilla, la escuadra seguía allí. Varias lanchas iban y venían entre los barcos y la costa. Los hombres que bajaban llevaban uniformes, armas y cajas. Algunos parecían cansados. Otros miraban la playa con atención.

Mi padre me descubrió detrás de una roca.

—Te dije que te quedaras.

—Quería ver.

—Ya viste. Ahora vuelve.

No me moví. Un bote se acercaba. En la proa iba un oficial alto, de rostro serio. Los hombres remaban con fuerza. Cuando la quilla tocó la arena, el oficial bajó y miró hacia la costa. En la playa, otros soldados comenzaban a formar.

—Ese es Las Heras —dijo un pescador que estaba cerca.

Yo no sabía quién era. Solo vi que los soldados le obedecían y que él señalaba el camino hacia Pisco.

Mi padre me tomó del hombro.

—Vámonos.

—¿Quiénes son?

—Los que han venido con el general San Martín.

—¿Y qué quiere San Martín?

Mi padre miró la playa. Los soldados descargaban cajas y se llamaban unos a otros.

—Dicen que viene a liberar el Perú.

La palabra se me quedó dando vueltas.

—¿De qué?

—De los españoles.

—¿Y después?

Mi padre no contestó. Me condujo de regreso, con la mano firme sobre mi hombro. Yo miré una vez más hacia la orilla, pero no pregunté nada.

En los días siguientes, Pisco cambió de sonido. Por las calles se oían órdenes, pasos, cascos y ruedas. Las familias guardaban lo que podían cargar. Algunas salían rumbo al interior con sus animales; otras se quedaban cerca de sus casas, listas para marcharse si la situación empeoraba.

Mi padre no quiso abandonar la nuestra. Decía que no podíamos irnos sin saber adónde. Aun así, cada noche cerraba la puerta con la tranca y dormía junto a ella.

Una mañana, un soldado joven llegó hasta nuestra entrada. Tenía una herida en la mano y el rostro cubierto de polvo.

—¿Hay agua, señora?

Mi madre miró a mi padre. Él no dijo nada. El soldado aguardó sin acercarse.

—Sí —respondió ella.

Le alcanzó una jarra. El muchacho bebió despacio, tratando de no derramarla.

—Gracias.

Mi madre señaló el camino del pozo. El soldado inclinó la cabeza y se marchó.

Clara se acercó a la puerta.

—¿Ese hombre es malo?

—No lo conozco —dijo mi madre.

—Tiene una herida.

—Sí.

—¿Le va a doler?

Mi madre le acomodó el cabello detrás de la oreja.

—Vamos a dejar que descanse.

Clara entró. Yo me quedé mirando el camino por donde se había ido el soldado. No se parecía a los hombres que mi padre describía cuando hablaba de la guerra. Parecía un muchacho que había caminado demasiado.

Esa tarde, Clara me siguió hasta la playa. Yo había ido a recoger unas conchas y le había dicho que se quedara en casa. La encontré agachada junto a una roca, con un pedazo de madera entre las manos. Era su muñeca: un trozo de tabla envuelto en un trapo, con dos hilos por cabello.

Una ola llegó hasta sus pies. Clara retrocedió y la muñeca cayó al agua.

—¡Mateo!

Me metí hasta los tobillos. El mar se llevó el trapo y luego lo devolvió junto a una piedra. Lo alcancé antes de que otra ola lo arrastrara.

Mi padre apareció cuando volvíamos.

—¿Qué hacen aquí?

Clara escondió la muñeca detrás de su espalda.

—La traje yo —dije—. Se le cayó.

Mi padre miró la playa. Después tomó a Clara de la mano.

—No vuelvan solos.

No nos reprendió más. Pero al llegar a casa, lo escuché decirle a mi madre que debíamos marcharnos.

—No puedo esperar a que suceda algo —dijo él.

—Ni yo quiero que nos pase algo —respondió ella.

—Entonces…

—Pero no quiero salir sin saber adónde vamos.

Mi padre no contestó. Al rato, escuché sus pasos en el patio.

Al día siguiente me llevó a la orilla. Me enseñó a revisar las cuerdas de la barca. Pasó mis dedos por una amarra y me mostró dónde empezaba a gastarse.

—Si el viento cambia, no sales. Si ves humo, vuelves. Si te llaman desde otra embarcación, miras primero quién es.

—¿Y si no sé quién es?

—No te acercas.

Me enseñó a hacer un nudo que no se soltara con el peso. Yo tiré de la cuerda con todas mis fuerzas.

—¿Está bien?

—Por ahora.

—¿Y después?

—Después vuelves a revisarlo.

No entendí por qué me enseñaba aquellas cosas si pensaba llevarnos al interior. Pero no pregunté. Me gustó que me confiara la cuerda.

El 13 de septiembre, los vecinos dijeron que San Martín había instalado su cuartel en Pisco. Yo no lo vi llegar. Lo veía algunas tardes, a la distancia, acompañado por oficiales. No llevaba ropa brillante. Caminaba despacio y escuchaba a quienes se acercaban. A mí me pareció un hombre que había aprendido a mirar antes de hablar.

Los días fueron pasando entre rumores. Se decía que los realistas habían dejado la villa; que otros soldados se movían por los caminos; que el ejército marcharía hacia el interior. Un vecino afirmaba una cosa y otro la contradecía. Mi madre escuchaba a todos mientras remendaba ropa. Mi padre seguía saliendo al mar cuando el tiempo lo permitía.

A fines de septiembre, mi padre regresó antes de oscurecer. Había encontrado a dos vecinos que volvían de una chacra del interior. Contaron que una parte del ejército se había movido hacia Chincha. Mi madre escuchó mientras servía la cena.

—¿Qué hacemos? —preguntó.

—Esperamos unos días más.

—Eso dijiste la semana pasada.

—Ahora sabemos un poco más.

—¿Qué sabemos?

Mi padre dejó la cuchara.

—Que algunos se han ido. Que otros han vuelto.

Mi madre se sentó frente a él.

—Yo no quiero que decidan por nosotros.

Mi padre miró la puerta, como si esperara ver entrar una noticia.

—No quiero ponerlos en peligro.

—Lo sé.

Fue lo único que dijo mi madre. Después siguió sirviendo la comida. Mi padre comió en silencio.

A la mañana siguiente, encontré a mi madre doblando las pocas prendas que llevaríamos si teníamos que salir. No las metía en una bolsa. Solo las ordenaba sobre la cama.

—¿Nos vamos? —pregunté.

—Todavía no.

—¿Por qué preparas la ropa?

—Para que no nos falte tiempo si decidimos partir.

Miré hacia el patio. Mi padre revisaba la barca.

—¿Y él?

—También está preparado.

Mi madre dobló la última camisa y la puso sobre las otras. No parecía tranquila, pero sus manos ya no temblaban.

El 5 de octubre, los soldados comenzaron a preparar una marcha hacia Ica. Se decía que Arenales conduciría una parte de las tropas. Mi padre escuchó la noticia en la plaza y volvió con el rostro serio.

—Van hacia el interior —dijo.

—¿Y el general San Martín? —pregunté.

—Se queda en Pisco, por ahora.

Al día siguiente llegaron nuevas noticias. Los soldados habían entrado en Ica; algunos vecinos los recibieron con alegría y los realistas se habían retirado. Nadie en nuestra casa conocía los caminos de aquella ciudad. Aun así, las noticias hicieron que mi madre saliera al patio y mirara hacia el norte, como si desde allí pudiera distinguir lo que estaba ocurriendo.

El 7 de octubre, mi padre dijo que al día siguiente llevaría una carga pequeña de pescado seco hacia la bahía. Mi madre frunció el ceño.

—No quiero que Mateo vaya.

—Conoce la costa.

—Es un niño.

Mi padre miró la barca y después me miró a mí.

—No se apartará de mi lado.

Mi madre no respondió. Antes de dormir, dejó una camisa limpia junto a mi estera. No dijo para qué. Yo la doblé y la puse bajo la manta.

El 8 de octubre amaneció claro. Mi padre cargó el pescado y yo llevé una vasija de agua. Caminamos hasta la playa sin apurarnos. Cerca de la orilla, varios hombres trabajaban junto a los botes. Otros esperaban instrucciones. Mi padre dejó la carga y conversó con un vecino.

Yo me quedé sosteniendo la vasija.

Entonces vi al general San Martín. Lo reconocí por su paso tranquilo y por los oficiales que lo acompañaban. A su lado estaban Cochrane y Las Heras. El general llevaba una rama verde. La sostenía con cuidado, como si no quisiera quebrarla.

Me acerqué unos pasos. Mi padre seguía hablando con el vecino y no me vio.

San Martín señaló un lugar junto a la arena. Algunos hombres comenzaron a cavar. La tierra estaba dura y seca. Cochrane y Las Heras trajeron agua de un pozo cercano. El general puso la rama en el hoyo y los otros echaron agua sobre la tierra removida.

Miré aquel árbol pequeño. No entendía por qué un general, con tantos hombres alrededor, se detenía a plantar una rama en la playa. Tal vez quería dejar una señal. Tal vez solo quería que algo vivo permaneciera allí cuando ellos se fueran.

Un oficial dijo algo que no alcancé a oír. San Martín respondió en voz baja. Después volvió el rostro hacia el norte y quedó mirando el camino.

Las aves se levantaron desde la costa. Las conocía desde siempre. A veces cruzaban el cielo en grupos, con el pecho claro y las alas rojas. Aquel día volaban hacia el norte. Las seguí con la mirada hasta que se hicieron pequeñas.

Mi padre había terminado de conversar. Se acercó y miró la vasija entre mis manos.

—¿Se derramó?

—No.

—Entonces volvamos.

Miré el árbol recién plantado. Luego miré a mi padre.

—¿Nos iremos?

Él observó la orilla. Mi madre había preparado la ropa. Él había revisado la barca. La decisión seguía delante de nosotros, pero ya no parecía pertenecer a los vecinos ni a los soldados.

—Lo decidiremos juntos —dijo.

Fue una frase breve. Mi padre tomó la vasija y me dejó caminar a su lado.

San Martín se alejó unos pasos de sus oficiales. El sol empezaba a calentar la arena. Cerca de una palmera, se detuvo. Miró el suelo y luego el arbolillo. Parecía cansado.

Mi padre puso una mano sobre mi hombro.

—Ya debemos volver.

No nos movimos enseguida. El general se recostó a la sombra de la palmera, junto a la rama que acababan de plantar. Cerró los ojos.

Yo creí que solo iba a dormir.