Artículo de información
José Carlos Botto Cayo
16 de setiembre del 2026
El amplificador soltó un chasquido y dejó de funcionar a las seis y diecisiete de la tarde. Marcelo retiró la mano de las cuerdas. Goyo mantuvo las baquetas en el aire y Teresa apagó el bajo, aunque ya no salía ningún sonido. Desde la puerta del garaje, Iván los miró con una paciencia que estaba a punto de acabarse.
—Otra vez —dijo.
—No ha sido mi guitarra.
—Siempre dices lo mismo.
Marcelo se agachó junto al amplificador. Olía a cable quemado. Afuera, por la calle Chiclayo, pasó un autobús haciendo vibrar las ventanas de la casa. Era agosto de 1987 y Miraflores parecía dividido entre las vitrinas encendidas de la avenida Larco y las calles donde la noche llegaba antes de tiempo.
Goyo golpeó suavemente el borde del redoblante.
—Tenemos tres días para grabar el casete y ni siquiera tenemos nombre.
—Primero necesitamos sonido —respondió Teresa.
Marcelo sacó un destornillador del bolsillo. Trabajaba por las mañanas en un pequeño taller de aparatos eléctricos, cerca de la calle Schell. Había aprendido a reconocer una resistencia quemada por el olor y un mal contacto por la forma en que la corriente vacilaba. Con las personas no tenía la misma habilidad.
Se habían conocido dos meses atrás por un aviso escrito con plumón negro y pegado en la vitrina de una tienda de discos: “Se buscan bajista, baterista y cantante para formar banda de rock. Canciones propias. Ensayos en Miraflores”. Goyo fue el primero en llamar. Tenía una batería incompleta y el garaje de sus padres. Teresa apareció después, cargando un bajo rojo que había pertenecido a su hermano mayor. Iván llegó último, con una casaca de cuero, una voz poderosa y la seguridad de quien ya se imaginaba frente a un público.
Desde entonces ensayaban tres veces por semana, entre un automóvil cubierto con una lona y los muebles que el padre de Goyo reparaba durante el día. Habían logrado terminar dos canciones. Una hablaba de caminar por una ciudad que cambiaba de rostro cada mañana. La otra, todavía sin título, comenzaba con un acorde limpio y terminaba en un ruido que ninguno conseguía ordenar.
El casete debía llegar el lunes a manos de un hombre que organizaba una presentación juvenil en un local de la avenida Benavides. Había prometido escuchar a todas las bandas. También había advertido que prefería canciones conocidas.
—Podemos grabar una de Soda Stereo —dijo Iván—. Entramos con eso y después tocamos las nuestras.
—El aviso decía canciones propias —respondió Marcelo, sin levantar la vista.
—El aviso lo escribiste tú. No el dueño del escenario.
Teresa se sentó sobre una caja de madera.
—Primero arreglemos el amplificador. Luego discutimos cómo vamos a traicionarnos.
Goyo soltó una risa breve. Iván no.
Marcelo retiró el fusible. Estaba negro. Buscó otro en la caja de herramientas, pero solo encontró tornillos, cinta aislante y dos enchufes viejos.
—Voy al taller —dijo—. Puede quedar uno.
—A esta hora estará cerrado.
—Tengo llave.
Salió con la guitarra colgada a la espalda. Caminó hacia Larco mientras las luces de los negocios comenzaban a encenderse. En las veredas, los vendedores acomodaban revistas y casetes grabados. Un muchacho llevaba una radio sobre el hombro. Dos escolares discutían frente a una cabina telefónica. Marcelo avanzó deprisa, pensando en la voz de Iván y en aquella frase: el dueño del escenario.
Su padre le había dicho algo parecido la semana anterior.
—La música está bien para el domingo —había señalado, mientras ordenaba las cuentas del taller—. El lunes hay que ganarse la vida.
Marcelo no respondió. Respetaba a su padre. Sabía cuántas horas trabajaba para sostener la casa y cuánto costaba cada cuerda que él rompía. Pero también sabía que algunas cosas, si se dejaban siempre para el domingo, acababan por no ocurrir nunca.
Encontró el fusible en un cajón. Regresó cuando el cielo ya estaba oscuro. Al entrar en la calle Chiclayo, todas las luces se apagaron al mismo tiempo. Se oyó primero un murmullo detrás de las ventanas; luego, el ruido de varias puertas abriéndose. Alguien encendió una vela. Más lejos, un automóvil tocó la bocina sin motivo.
En el garaje, Goyo había colocado una linterna sobre el bombo.
—Llegaste con el fusible después de que se fue la corriente —dijo Iván—. Eso es tener talento.
Marcelo dejó la caja de herramientas en el suelo.
—Ensayemos sin enchufes.
—El bajo no se escucha.
—Yo sí —dijo Teresa—. Ustedes hagan silencio.
Goyo tomó una escobilla de limpiar ropa y la pasó sobre el redoblante. Marcelo se sentó cerca de la puerta, con la guitarra sobre una pierna. Teresa apoyó el oído junto a las cuerdas de su bajo. Iván permaneció de pie, al comienzo fastidiado, hasta que Marcelo tocó los primeros acordes de la canción sin título.
Sin electricidad, la música perdió volumen y ganó espacio. Se escuchaba el roce de los dedos, la respiración de Iván, el golpe pequeño de la escobilla. Desde la calle llegaban pasos y conversaciones. Una mujer llamó a su hijo. Un perro ladró dos veces. Durante unos segundos, nadie tocó, pero la canción continuó dentro del garaje.
Iván entró con la voz más baja de lo habitual. No intentó imponerse. Cantó sobre una avenida vacía, sobre los anuncios que se apagaban y sobre cuatro muchachos que todavía buscaban algo que decir. Teresa encontró una nota grave que sostuvo toda la melodía. Goyo dejó de golpear el redoblante y marcó el ritmo con el pie.
Cuando terminaron, la linterna estaba perdiendo fuerza.
—Eso sí sonó a nosotros —dijo Marcelo.
—No sonó casi nada —contestó Goyo.
Teresa guardó el bajo en su funda.
—Entonces pongámosle Silencios. Es lo único que ensayamos bien.
La risa de Goyo llenó el garaje. Esta vez Iván también se rio.
La corriente regresó cuarenta minutos después. Marcelo cambió el fusible y conectaron la grabadora. En la etiqueta del casete, Teresa escribió con lapicero azul: “SILENCIOS. Ensayo 1”. Debajo anotó los nombres de las dos canciones: “Avenida vacía” y “Nadie mira arriba”.
Grabaron hasta pasada la medianoche. La primera toma salió demasiado rápida. En la segunda, Iván olvidó una línea. La tercera quedó interrumpida por la protesta del vecino, quien golpeó la pared con algo que parecía una escoba. En la cuarta, tocaron sin apurarse. Cuando el último acorde se apagó, ninguno dijo nada durante varios segundos. Ese silencio quedó registrado en la cinta.
El lunes entregaron el casete. Dos días después, el organizador los citó en el local. Era un hombre de bigote delgado y camisa abierta hasta el pecho. Puso “Avenida vacía” en un equipo grande, escuchó menos de un minuto y detuvo la cinta.
—No está mal —dijo—. Pero la gente quiere bailar.
—Puede bailar con esto —respondió Goyo.
—La gente también quiere reconocer las canciones. Hagan tres versiones conocidas y les doy veinte minutos el sábado.
Iván aceptó antes de mirar a los demás.
En la vereda, Marcelo lo enfrentó.
—No hemos ensayado para ser la copia de nadie.
—Hemos ensayado para tocar. Sin escenario no existe una banda.
—Sin canciones propias tampoco.
Teresa se interpuso entre ambos.
—Tenemos tres días. Dos versiones y una nuestra.
—Él ha pedido tres —dijo Iván.
—Y nosotros nos llamamos Silencios, no Obedientes.
Goyo miró hacia el local y luego a sus amigos.
—Dos y una. Si nos echan, por lo menos nos echan juntos.
Marcelo no quedó satisfecho, pero aceptó. Ensayaron el jueves y el viernes. Las versiones conocidas les salían correctas, sin tropiezos, y precisamente por eso parecían pertenecer a otros. “Avenida vacía”, en cambio, mejoraba cada vez que algo fallaba. Teresa cambió el comienzo. Goyo quitó dos golpes. Iván dejó de gritar el estribillo. Marcelo descubrió que la canción respiraba mejor cuando él no llenaba todos los espacios con la guitarra.
El sábado, su padre lo detuvo antes de que saliera de casa.
—Hay tres televisores pendientes en el taller.
—Los termino el domingo.
—El domingo era para la música.
Marcelo bajó la mirada. Llevaba la guitarra en una mano y el amplificador en la otra.
—Solo tenemos veinte minutos.
Su padre observó los cables enrollados, la casaca negra y las zapatillas gastadas. Luego tomó el amplificador.
—Con ese enchufe no llegas ni a cinco.
Lo puso sobre la mesa, cambió el conector y reforzó el cable con cinta. Trabajó sin decir nada más. Antes de devolvérselo, tiró dos veces del empalme para comprobar que resistiera.
—Mañana a las ocho —dijo.
—A las ocho.
El local estaba lleno cuando llegaron. Había mesas contra las paredes y un escenario bajo, armado con tablones. Los muchachos se apretaban cerca de los parlantes. Algunos llevaban el cabello levantado; otros, polos de bandas y casacas llenas de insignias. El aire olía a cigarrillo, madera húmeda y cables calientes.
Silencios debía tocar en segundo lugar. Sin embargo, la primera banda no apareció. El organizador se acercó con el rostro endurecido.
—Suban ahora. Tres versiones. Nada de experimentos.
Iván miró a Marcelo.
—Empezamos con las dos —dijo—. Después vemos.
Subieron. Goyo acomodó la batería. Teresa conectó el bajo y comprobó la afinación. Marcelo colocó el casete de ensayo junto a su amplificador, aunque no sabía por qué lo había llevado. Tal vez necesitaba recordar que, tres noches atrás, habían sido una banda dentro de un garaje oscuro.
La primera canción hizo que varias personas se acercaran. En la segunda, algunos comenzaron a moverse frente al escenario. Iván cantaba bien y sabía mirar al público. El organizador, desde un costado, levantó el pulgar.
Cuando terminaron, Iván se acercó al micrófono. Tenían tiempo para una canción más.
—Nos llamamos Silencios —dijo—. Y esto es “Avenida vacía”.
El organizador bajó el pulgar.
Marcelo tocó el primer acorde. Teresa entró con aquella nota grave que habían encontrado durante el apagón. Goyo dejó caer las baquetas con firmeza. La canción avanzó por el local, insegura al principio, pero cada compás parecía abrirle un lugar. Nadie bailaba. Todos escuchaban.
En mitad del segundo verso, la electricidad se cortó.
Los parlantes enmudecieron. El local quedó a oscuras. Se levantaron protestas y algunas risas. Alguien pidió que devolvieran el dinero. El organizador comenzó a gritar órdenes que nadie entendía.
Marcelo dejó de tocar. Sintió que los veinte minutos, los dos meses de ensayo y todas las discusiones terminaban allí. Entonces oyó a Goyo marcando el ritmo con las baquetas sobre el borde del escenario.
Teresa siguió con el bajo desenchufado. Apenas podía escucharse, pero Marcelo reconoció las notas. Iván se apartó del micrófono y cantó hacia la oscuridad.
—Más fuerte —dijo alguien entre el público.
Iván repitió el verso. Varias voces se unieron en el estribillo, aunque acababan de aprenderlo. Marcelo tocó la guitarra sin amplificador. Los que estaban adelante guardaron silencio para poder oír. Ese gesto se extendió hacia el fondo. En unos segundos, el local entero parecía inclinado hacia la canción.
La corriente volvió antes del final. Los amplificadores soltaron un zumbido. Marcelo pudo entrar de inmediato, pero esperó. Teresa también. Goyo mantuvo las baquetas suspendidas. Iván sostuvo la última palabra hasta que su voz empezó a quebrarse.
Entonces tocaron juntos el acorde final.
No fue perfecto. El bajo entró una fracción tarde y una cuerda de Marcelo vibró más de la cuenta. Sin embargo, el público respondió con un aplauso que golpeó las paredes. El organizador no volvió a levantar el pulgar. Tampoco los hizo bajar.
Después, en la vereda de Benavides, los cuatro compartieron una gaseosa tibia. Goyo decía que habían conquistado el lugar. Iván aseguraba que la falla de corriente había sido parte del espectáculo. Teresa lo dejó hablar y luego sacó el casete del bolsillo de Marcelo.
—Hay que cambiar la etiqueta —dijo.
Tachó “Ensayo 1” y escribió “Primera presentación”.
—¿Y si no volvemos a tocar? —preguntó Goyo.
—Volveremos —respondió Marcelo.
No lo dijo como una promesa. Lo dijo porque el lunes repararía televisores, Teresa devolvería el bajo antes de la cena, Goyo tendría que guardar la batería para que su padre trabajara y quizá Iván volvería a discutir por las canciones. Nada de eso había desaparecido.
Teresa entregó el casete a Marcelo. Dentro de la caja transparente todavía estaba el fusible quemado del primer ensayo. Él lo había guardado sin pensarlo. Miró el pequeño cilindro oscuro, luego las letras azules con el nombre de la banda.
En alguna parte de Miraflores volvió a cortarse la luz. Esta vez ninguno dejó de escuchar.







