Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

10 de agosto del 2026

Cuando se piensa en el Cusco antiguo, la imagen de los incas aparece casi de inmediato. La fuerza histórica del Tahuantinsuyo ha sido tan grande que muchas veces ocupa casi por completo la memoria sobre el pasado regional. Sin embargo, el valle del Cusco tenía una historia social, económica y cultural mucho más antigua. Miles de años antes de la expansión inca, ya existían comunidades sedentarias que cultivaban, criaban animales, producían cerámica y organizaban espacios estables de vivienda. Marcavalle es una de las evidencias más importantes de esa profundidad histórica y demuestra que el desarrollo del Cusco no comenzó con sus palacios imperiales, sino con sociedades que habían transformado el valle muchos siglos antes. (Barreda Murillo, 1995).

La importancia de Marcavalle no depende solamente de su antigüedad. Las investigaciones realizadas desde la década de 1960 han permitido reconstruir aspectos cada vez más concretos de aquella sociedad: su cerámica, sus actividades productivas, la distribución de sus espacios, su arquitectura y sus prácticas funerarias. Lo que durante mucho tiempo fue conocido principalmente por fragmentos de vasijas hoy puede entenderse como un asentamiento estable, con continuidad de ocupación y con una población capaz de organizar su vida en relación con el territorio. Marcavalle no es solo una fase arqueológica: es el rastro material de una sociedad que vivió en el valle cusqueño hace alrededor de tres mil años. (Echevarría López & Monrroy Quiñones, 2019).

Una comunidad estable en el valle del Cusco

Luis Barreda Murillo fue una figura central en el estudio temprano de Marcavalle. Las excavaciones iniciadas en la década de 1960 recuperaron grandes cantidades de cerámica, además de objetos líticos, restos animales y otras evidencias asociadas con actividades cotidianas. El volumen y la variedad de estos materiales mostraron que no se trataba de una ocupación ocasional. Marcavalle correspondía a una comunidad estable, vinculada con la agricultura, el pastoreo y el aprovechamiento planificado de distintos recursos del valle y sus alrededores. (Barreda Murillo, 1995).

Karen Mohr Chávez profundizó esta comprensión al estudiar de manera sistemática la cerámica recuperada en el sitio. Sus excavaciones entre 1966 y 1968 y su posterior tesis doctoral permitieron establecer una secuencia interna de fases y demostrar que Marcavalle ocupaba una posición temprana dentro de la tradición alfarera cusqueña. Su aporte fue decisivo porque mostró que la comunidad no había permanecido inmóvil. A lo largo del tiempo existieron cambios en las formas, los estilos y las prácticas de producción, señales de una sociedad que fue transformándose mientras mantenía una presencia prolongada en el valle. (Mohr Chávez, 1977).

Brian S. Bauer incorporó estos datos dentro de una reconstrucción más amplia de la historia regional. Marcavalle aparece en sus estudios como una de las tradiciones fundamentales para comprender el desarrollo cultural del Cusco antes de Chanapata y, mucho después, de los incas. La cerámica permitió ordenar esa secuencia, pero también reveló una historia de aprendizaje y transformación. Bajo esta mirada, Marcavalle deja de ser simplemente “lo anterior a los incas” y adquiere su propio lugar dentro de la historia del valle. (Bauer, 2002).

La economía de Marcavalle estuvo basada en una relación intensa con el territorio. Agricultura y pastoreo formaban parte de una estrategia de subsistencia que exigía conocer distintos ambientes y organizar el acceso a recursos de zonas cercanas y lejanas. Esta forma de vida implicaba permanencia, planificación y cooperación social. Una aldea capaz de mantenerse durante generaciones necesitaba producir alimentos, fabricar instrumentos y coordinar actividades. Esas condiciones muestran una sociedad con capacidades económicas y tecnológicas consolidadas. (Barreda Murillo, 1995).

Vivir, producir y construir

Las investigaciones más recientes permitieron observar Marcavalle más allá de sus objetos aislados. El registro cuidadoso de pisos, muros, áreas de actividad y ocupaciones sucesivas mostró un asentamiento organizado, donde diferentes sectores cumplían funciones concretas. Esta información cambió la lectura del sitio porque permitió reconstruir espacios de vida y trabajo, identificar transformaciones internas y reconocer que la aldea fue modificada y reutilizada a lo largo del tiempo. La arquitectura confirmó algo que la cerámica ya sugería: Marcavalle fue una comunidad permanente, capaz de construir y ordenar su propio espacio. (Echevarría López & Monrroy Quiñones, 2019).

Entre las evidencias arquitectónicas destaca una estructura circular de aproximadamente siete metros de diámetro construida con piedra y barro. Su tamaño y características muestran que los habitantes de Marcavalle levantaban recintos definidos y técnicamente planificados. Otros sectores excavados revelaron espacios asociados con actividades de trabajo y almacenamiento. Esta distribución permite entender que vivienda, producción y conservación de recursos formaban parte de una misma organización cotidiana. (Echevarría López & Monrroy Quiñones, 2019).

La cerámica tuvo un papel central en esa vida diaria. Las vasijas fueron utilizadas para almacenar, preparar y consumir productos, pero también expresaban conocimientos técnicos y tradiciones compartidas. Sus formas y decoraciones permiten reconocer decisiones transmitidas entre generaciones. Cada fragmento recuperado conserva parte de una práctica concreta: fue modelado, utilizado y finalmente descartado por personas que dominaban técnicas específicas. La cerámica permite así reconstruir no solo una cronología, sino también una parte de la experiencia cotidiana de Marcavalle. (Mohr Chávez, 1977).

La presencia de obsidiana demuestra además que esta sociedad no vivió aislada. Este material circulaba desde zonas específicas de los Andes y su llegada al Cusco revela conexiones que superaban el entorno inmediato. Marcavalle formaba parte de redes en las que se desplazaban materias primas, conocimientos y posiblemente otros productos hoy menos visibles en el registro arqueológico. La existencia de estos vínculos muestra que sus habitantes estaban integrados en relaciones regionales de mayor alcance. (Bauer, 2002).

Los habitantes detrás de los objetos

Los entierros encontrados en Marcavalle permiten acercarse directamente a quienes formaron aquella sociedad. En 2018 se anunció el hallazgo de dos individuos de aproximadamente tres mil años de antigüedad. Uno correspondía a una persona menor de veinte años, colocada en posición flexionada y asociada con una pequeña lámina circular de oro. El segundo pertenecía también a un individuo joven y apareció acompañado por distintos materiales, entre ellos piezas de obsidiana. La disposición de los cuerpos y los objetos asociados muestran que la muerte estaba acompañada por prácticas definidas y que ciertos bienes adquirían un significado especial dentro de esos contextos. (Ministerio de Cultura del Perú, 2018).

La lámina de oro no autoriza por sí sola a hablar de una élite semejante a la de sociedades posteriores, pero sí demuestra que determinados objetos eran seleccionados para acompañar a ciertos individuos. La obsidiana, por su parte, refuerza la importancia de los vínculos regionales. Ambos entierros muestran que la identidad social también se expresaba mediante el cuerpo, la posición funeraria y los objetos depositados junto a los muertos. La arqueología todavía deberá precisar qué significaban estas diferencias, pero el registro confirma que las prácticas funerarias de Marcavalle poseían una organización propia. (Ministerio de Cultura del Perú, 2018).

Marcavalle permite hoy mirar el pasado cusqueño desde una escala más humana. Ya no hablamos solamente de cerámica, cronologías o estructuras, sino de personas que nacieron, trabajaron, produjeron alimentos, construyeron viviendas, mantuvieron contactos con otros territorios y enterraron a sus muertos siguiendo costumbres compartidas. Persisten preguntas sobre la autoridad, las diferencias sociales, las redes de intercambio y los cambios internos que marcaron el final de esta tradición. Lo que ya no está abierto a duda es que el Cusco albergaba una sociedad organizada aproximadamente dos mil años antes del apogeo inca. Comprenderla permite reconstruir una historia regional mucho más profunda y todavía incompleta. (Bauer, 2002).

Bibliografía

Barreda Murillo, L. (1995). Cuzco: historia y arqueología pre-Inka. Instituto de Arqueología Andina Machupicchu.

Bauer, B. S. (2002). Las antiguas tradiciones alfareras de la región del Cuzco. Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas.

Echevarría López, G.-T., & Monrroy Quiñones, L. M. (2019). Nuevas perspectivas metodológicas en la excavación del sitio arqueológico de Marcavalle, Cusco, Perú. En Actas del IV Congreso Nacional de Arqueología. Ministerio de Cultura del Perú.

Ministerio de Cultura del Perú. (2018, 24 de octubre). Cusco: descubren dos entierros de hace 3 mil años en zona arqueológica de Marcavalle.

Mohr Chávez, K. L. (1977). Marcavalle: The ceramics from an Early Horizon site in the Valley of Cusco, Peru, and implications for South Highland socio-economic interaction [Tesis doctoral, University of Pennsylvania].