Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

24 de agosto del 2026

Winston Leonard Spencer Churchill pertenece a ese reducido grupo de personajes históricos cuya imagen terminó superando a la propia persona. Para millones de británicos continúa siendo el dirigente que sostuvo la voluntad de resistencia cuando gran parte de Europa parecía caer bajo el dominio nazi. Para otros, representa también las contradicciones de un mundo imperial que empezaba a desaparecer. Su figura no puede entenderse únicamente desde los discursos de guerra, el cigarro, el sombrero o el conocido gesto de la victoria. Detrás de aquella imagen había un político ambicioso, un escritor extraordinariamente prolífico, un estratega capaz de acertar y equivocarse con la misma convicción y, sobre todo, un hombre que creyó durante gran parte de su vida en una idea de Gran Bretaña que el propio siglo XX terminaría transformando (Roberts, 2018).

Nació el 30 de noviembre de 1874 dentro de una familia aristocrática y creció en una sociedad que contemplaba al Imperio británico como una expresión natural de poder. Antes de consolidarse en la política fue militar y corresponsal de guerra. Pasó por India, Sudán y Sudáfrica, experiencias que alimentaron su gusto por la acción, su conocimiento de los conflictos y una seguridad personal que rara vez lo abandonó. Su camino hacia el poder, sin embargo, estuvo lleno de derrotas, cambios de partido, aislamiento y decisiones que parecieron terminar más de una vez con su carrera. Churchill aprendió temprano que la política también consistía en sobrevivir a los propios errores (Gilbert, 1991).

El hombre que conoció el fracaso antes de convertirse en símbolo

Durante la Primera Guerra Mundial quedó asociado a uno de los episodios más dolorosos de su trayectoria: la campaña de los Dardanelos y Gallípoli. Como primer lord del Almirantazgo respaldó una operación destinada a debilitar al Imperio otomano y abrir una ruta estratégica para los aliados. La ofensiva terminó con enormes pérdidas humanas y sin cumplir sus principales objetivos. Churchill abandonó el gobierno y su prestigio quedó profundamente afectado. No fue un episodio menor. Mostró una característica que volvería a acompañarlo durante décadas: su disposición a asumir riesgos importantes cuando creía que una decisión audaz podía cambiar los acontecimientos (Jenkins, 2001).

En los años treinta se encontraba lejos de los principales centros de decisión. Sus advertencias sobre el rearme alemán y el peligro representado por Adolf Hitler parecían exageradas para muchos de sus contemporáneos, cansados todavía por el recuerdo de la Primera Guerra Mundial. El avance del nazismo terminó cambiando aquella percepción. Cuando Alemania invadió Polonia en septiembre de 1939, regresó al Almirantazgo. El 10 de mayo de 1940 asumió como primer ministro mientras las fuerzas alemanas avanzaban sobre Bélgica, los Países Bajos y Francia. No llegó al poder en medio de celebraciones. Llegó cuando una derrota británica podía imaginarse como una posibilidad real (Roberts, 2018).

En aquellas semanas apareció el Churchill que permanecería en la memoria colectiva. Comprendía que una guerra no se sostenía únicamente con aviones, soldados y barcos. También debía mantenerse la voluntad de una sociedad sometida al miedo. Sus discursos no tuvieron todos la misma repercusión inmediata, pero construyeron una narrativa de resistencia que terminó asociándose con aquellos meses. No prometió una victoria fácil. Habló de sacrificio, sufrimiento y resistencia cuando todavía no existían razones suficientes para garantizar el triunfo. Esa capacidad para convertir la palabra política en una forma de liderazgo constituye una de las dimensiones más importantes de su figura (Toye, 2013).

Pero Gran Bretaña no derrotó sola al Tercer Reich. La alianza con Estados Unidos y posteriormente con la Unión Soviética modificó el equilibrio militar. La relación entre Churchill y Franklin D. Roosevelt fue cercana y, al mismo tiempo, estuvo atravesada por diferencias importantes. El británico intentaba preservar la posición internacional y colonial de su país; Roosevelt pensaba en un orden mundial donde los antiguos imperios europeos tendrían menos espacio. Churchill necesitaba la capacidad industrial y militar estadounidense mientras defendía una estructura imperial que la guerra estaba debilitando. Ambos comprendieron, sin embargo, que sus diferencias podían esperar frente a un enemigo común (Brendon, 2023).

Las sombras de un imperio

La admiración por su resistencia frente al nazismo no puede borrar las zonas más controvertidas de su trayectoria. Churchill fue durante gran parte de su vida un convencido defensor del Imperio británico y mantuvo posiciones especialmente duras respecto de India. Se opuso a una rápida evolución hacia el autogobierno y expresó opiniones sobre raza, civilización y jerarquías humanas que hoy resultan profundamente problemáticas. Tampoco puede argumentarse simplemente que eran pensamientos propios de su tiempo: dentro de la misma sociedad británica existían dirigentes y movimientos que cuestionaban aquellas ideas. Su oposición al nacionalismo indio fue consciente, persistente y políticamente costosa (Rana, 2023).

La hambruna de Bengala de 1943 continúa siendo uno de los capítulos más discutidos de su legado. Sus causas fueron múltiples y estuvieron relacionadas con la guerra, la pérdida de suministros procedentes de Birmania, dificultades de transporte, decisiones coloniales y prioridades militares. La discusión histórica permanece abierta respecto del grado exacto de responsabilidad atribuible a Churchill. Sin embargo, su actitud hacia India y algunas de sus expresiones muestran con claridad la distancia existente entre la libertad que defendía para Gran Bretaña y las aspiraciones de autonomía de los pueblos sometidos al imperio. Por ello, la memoria de Churchill puede significar resistencia en Londres y despertar lecturas muy diferentes en Calcuta o Nueva Delhi (Rana, 2023).

La victoria sobre Alemania tampoco garantizó su permanencia en el poder. En las elecciones generales de 1945, celebradas poco después del final de la guerra en Europa, los británicos entregaron el gobierno al Partido Laborista. La población buscaba vivienda, empleo, seguridad social y reconstrucción. El hombre que había encarnado la resistencia durante la emergencia no representaba necesariamente el proyecto que la mayoría deseaba para la paz. Churchill regresó como primer ministro en 1951, pero gobernaba entonces un país distinto: Gran Bretaña seguía siendo una potencia relevante, aunque el mundo imperial de su juventud comenzaba a desaparecer definitivamente (Jenkins, 2001).

Existía además otro Churchill, menos visible que el dirigente de guerra. Escribió durante décadas libros de historia, memorias, artículos y discursos, y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1953. Poseía una extraordinaria conciencia del valor de la palabra y de la construcción de la memoria. No solamente participó en acontecimientos históricos; también contribuyó a establecer la manera en que muchos de ellos serían recordados. Esa capacidad para narrar el pasado mientras construía su propia posición dentro de él explica parte de la enorme permanencia de su figura (Gilbert, 1991).

Churchill murió el 24 de enero de 1965. Más de seis décadas después, continúa generando admiración, investigaciones y controversias. Su determinación en 1940 tuvo una importancia extraordinaria para la resistencia británica frente al nazismo, pero el mismo hombre permaneció unido a concepciones imperiales y prejuicios que mostraban los límites de su visión del mundo. Esa contradicción no disminuye la importancia de estudiarlo; la vuelve más necesaria. Comprender a Churchill significa observar al dirigente que supo reconocer uno de los mayores peligros de su tiempo y, al mismo tiempo, al hombre que no consiguió comprender plenamente que el imperio al que había dedicado buena parte de su vida también estaba llegando a su final (Roberts, 2018).

Bibliografía

Brendon, Piers. (2023). Churchill, the Roosevelts and empire. En Allen Packwood (Ed.), The Cambridge companion to Winston Churchill (pp. 189–207). Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/9781108879255.012

Gilbert, Martin. (1991). Churchill: A life. Heinemann.

Jenkins, Roy. (2001). Churchill. Macmillan.

Rana, Kishan S. (2023). Churchill, India and race. En Allen Packwood (Ed.), The Cambridge companion to Winston Churchill (pp. 208–223). Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/9781108879255.013

Roberts, Andrew. (2018). Churchill: Walking with destiny. Allen Lane.

Toye, Richard. (2013). The roar of the lion: The untold story of Churchill’s World War II speeches. Oxford University Press.