Artículo de información

José Carlos Botto Cayo

22 de abril del 2026

En 1984, Lima todavía tenía tardes que parecían eternas. En San Isidro, cuando el sol empezaba a bajar y el polvo se levantaba apenas con el paso de los carros, los muchachos salían a la calle con una puntualidad que no dependía del reloj, sino de una costumbre más antigua y más precisa: la de encontrarse. Ninguno necesitaba llamar a nadie, porque no había llamadas que alcanzaran para organizar la amistad con el apuro de otros tiempos. Bastaba con asomarse a la ventana, ver una pelota cruzando la pista o escuchar el silbido de alguno en la esquina para saber que ya era hora de bajar. Entonces aparecían uno por uno, con las rodillas raspadas, las medias caídas, las zapatillas castigadas y una felicidad que parecía no deberle nada al porvenir.

El barrio tenía árboles añosos, veredas anchas y casas que todavía conservaban jardines delanteros con rejas bajas, como si en otro tiempo no hubiera sido necesario temer demasiado. Allí vivían Tomás, los hermanos Álvaro y Luis, la flaca Inés, que corría mejor que todos, y también Ernesto, que era el más silencioso del grupo y el primero en levantar la cabeza cuando algún sonido extraño quebraba la tarde. Jugaban fulbito con arcos improvisados de ladrillos, canicas en las zonas de tierra, matagente con una pelota vieja que dejaba las manos ardiendo, y a veces inventaban guerras con palos convertidos en fusiles imaginarios, sin entender todavía que la palabra guerra empezaba a dejar de ser un juego en el Perú.

Las madres los llamaban desde las puertas cuando oscurecía, pronunciando los nombres completos con esa autoridad doméstica que ningún niño desobedecía del todo. Los padres llegaban más tarde, cansados, con el saco colgado del hombro, oliendo a oficina, a cigarro o a preocupación. En las radios se hablaba cada vez más de apagones, de atentados, de coches sospechosos, de senderistas en provincias, de muertos en lugares que a los niños les sonaban lejanos, como si el país verdadero estuviera siempre más allá de Lima. Pero el rumor empezó a acercarse. Primero fue una noticia interrumpiendo una canción, luego una conversación en voz baja en la sobremesa, más tarde el mandato de no alejarse demasiado de la cuadra.

Para los muchachos, el Perú seguía midiendo lo que cabía entre una esquina y otra. Su patria inmediata era ese territorio pequeño donde se conocían todos los perros, todas las tiendas y todas las grietas del pavimento. Ahí estaba la bodega de don Eusebio, que vendía helados de crema y sobres de figuritas; la casa de los Valdivia, desde donde siempre salía olor a sopa; el parquecito donde se sentaban las nanas con los niños menores; la avenida por la que pasaban, cada tanto, autos más veloces de lo normal, como si escaparan de algo que nadie alcanzaba a ver. El mundo adulto empezaba a moverse con una ansiedad extraña, pero ellos todavía persistían en la costumbre de jugar juntos, como si la infancia pudiera contener lo que se venía encima.

La primera explosión que recordaron con claridad ocurrió un jueves. El ruido no fue exactamente un estruendo, sino una sacudida seca, como si la ciudad hubiera recibido un golpe en el pecho. Los vidrios de algunas ventanas temblaron, un perro empezó a ladrar sin pausa y hubo un silencio tan brusco que todos dejaron de moverse. La pelota siguió rodando sola unos metros más hasta tocar la pista. Nadie gritó. Se miraron entre ellos, casi decepcionados de que el miedo no tuviera forma visible. Ernesto fue el primero en hablar.

—Por Javier Prado —dijo, sin saber por qué lo sabía.

Y todos, como si obedecieran una orden de la curiosidad, corrieron hacia la esquina.

No fueron muy lejos. Antes de doblar, ya venían dos madres a grandes pasos, llamándolos con una dureza que no admitía demora. Regresaron protestando, pero con la cabeza vuelta hacia el lugar del sonido, tratando de arrancarle a la distancia alguna explicación. Esa noche, en las casas del barrio, se habló más bajo que de costumbre. Tomás oyó a su padre decir que eso ya no era solo “por allá”, que ahora estaba entrando a Lima con otra decisión. Su madre respondió que por eso mismo había que pensar mejor en mandar a la tía Ofelia las cartas para España, por si acaso. Tomás, que escuchaba desde el pasadizo, sintió por primera vez que las palabras podían mover a las personas mucho antes de que ellas se levantaran de la silla.

Desde entonces, el grupo adquirió una costumbre nueva. Cada vez que escuchaban una explosión, un apagón extraño o el rumor de sirenas en la noche, al día siguiente se reunían para reconstruir lo sucedido. Era una investigación infantil, hecha de conjeturas, mapas dibujados con los dedos sobre las veredas y declaraciones solemnes arrancadas a porteros, choferes y vendedores. “Dicen que fue por el ministerio”. “No, mi primo vio humo por el centro”. “Mi papá dice que pusieron una bomba en una torre”. El país llegaba a ellos en pedazos de conversación, deformado por el miedo y por la imaginación. Y sin embargo, en ese afán por averiguar de dónde había venido el sonido, había algo más profundo que la simple curiosidad: una necesidad desesperada de ubicar el peligro para que no pareciera estar en todas partes.

San Isidro seguía aparentando normalidad. Las señoras caminaban con bolsas del mercado. Los jardineros municipales podaban con paciencia las áreas verdes. Los colegios abrían, los bancos funcionaban, las misas se celebraban. Pero debajo de esa superficie bien peinada se estaba instalando otra cosa. Los padres revisaban más de una vez las cerraduras. Las empleadas domésticas recibían instrucciones de no abrir a desconocidos. Algunos vecinos empezaron a guardar velas en cantidades absurdas. Cuando había apagón, el barrio entero se convertía en una respiración contenida. Las sombras de los árboles parecían más grandes, y el sonido de cualquier motor detenía la conversación. Entonces los muchachos, que hasta hacía poco se habrían alegrado por una noche sin tareas ni televisión, aprendían a callar.

Inés fue la primera en decir lo que todos intuían.

—Ya no nos dejan ir hasta el parque grande —murmuró una tarde, mientras pateaba piedras contra el sardinel.

Nadie respondió enseguida. El parque grande era casi una frontera épica. Llegar hasta allá significaba una conquista menor, un rango superior dentro del barrio. Se iba en grupo, entre bromas, como si el mundo estuviera hecho para ser recorrido a pie. Pero ahora los límites se habían achicado. “De aquí no pasan.” “Regresan antes de las seis.” “No se junten donde no los vea.” Las órdenes de los adultos iban encogiendo la geografía de la infancia.

Aun así, siguieron viéndose. Con terquedad, con disciplina, casi con gratitud. Se reunían en la misma esquina, en el mismo tramo de vereda, con la obstinación de quienes todavía creen que repetir una costumbre basta para conservar una época. Álvaro traía la pelota. Luis, que era menor y quería probar siempre que podía seguirles el ritmo, llevaba las chapas de gaseosa para las carreras. Ernesto cargaba una linterna pequeña que su padre había comprado “para emergencias” y que él enseñaba como si fuera un objeto de aventuras. A veces jugaban a oscuras durante los apagones, inventando reglas nuevas en medio de las sombras. Y por unos minutos, el temor se transformaba en una excitación casi festiva, hasta que desde alguna casa surgía el llamado de vuelta.

Fue en agosto cuando se marchó la primera familia. Los padres de Inés habían decidido irse a Caracas, donde vivía un tío que prometía trabajo y un departamento pequeño, pero seguro. La noticia recorrió el grupo con una incredulidad dolorosa. No entendían cómo alguien podía irse de la noche a la mañana del lugar donde estaban los árboles conocidos, la bodega conocida, la esquina conocida. Inés lo dijo con una naturalidad que a ratos parecía valentía y a ratos puro desconcierto.

—Dice mi mamá que allá vamos a estar tranquilos.

—¿Y vuelven? —preguntó Tomás.

Ella se encogió de hombros.

—Mi papá dice que sí. Mi mamá no dice nada.

Jugaron en silencio aquella tarde. Ni siquiera discutieron por un penal dudoso. Cuando se despidieron, nadie encontró palabras que sirvieran para una despedida verdadera, porque todos querían creer que la vida seguiría igual, como cuando alguien faltaba solo por una semana. Inés se fue un martes. Desde la ventana del auto hizo un gesto corto con la mano. Después dobló en la esquina y desapareció del barrio con una limpieza casi ofensiva. Durante varios días, cada vez que escuchaban pasos acercarse, alguno giraba con la absurda esperanza de que hubiera regresado.

La ausencia de Inés dejó un hueco que no pudo cubrir nadie. El grupo siguió reuniéndose, pero ya no era lo mismo. Había entrado en ellos una sospecha nueva: la de que la amistad también podía romperse por decisiones que no tomaban los amigos. Ya no bastaba con querer estar. Dependían de conversaciones ajenas, de miedos adultos, de visas, de trabajos, de embajadas, de nombres de ciudades remotas que empezaban a sonar con el prestigio de los refugios. Tomás oyó poco después que los Molina pensaban en irse a Miami. Luego supo que un primo de Ernesto estaba tramitando papeles para Argentina. El terrorismo, que al comienzo había sido para ellos un sonido lejano, se estaba volviendo una fuerza concreta capaz de vaciar casas y alterar el mapa íntimo del barrio.

Una noche de septiembre hubo una explosión más fuerte que las anteriores. Fue tan cercana que la loza del comedor vibró bajo los codos de Tomás. Se fue la luz en toda la zona y, por unos segundos, la oscuridad se volvió una materia espesa. Su madre dejó caer un vaso. Su hermana menor empezó a llorar. El padre tomó una linterna y, sin salir, corrió apenas la cortina para mirar hacia la calle. A lo lejos se escuchaban sirenas, gritos dispersos, motores acelerados. Tomás sintió el impulso inmediato de hacer lo de siempre: encontrarse con los demás al día siguiente y averiguar de dónde había venido el ruido. Pero en ese instante entendió que la pregunta comenzaba a volverse más seria. Ya no se trataba solo de ubicar un punto en el mapa, sino de aceptar que el peligro estaba lo suficientemente cerca como para tocarles la mesa, los vidrios, el cuerpo.

A la mañana siguiente, la cuadra parecía la misma y no lo era. La gente hablaba en pequeños grupos, con el periódico doblado bajo el brazo. El portero del edificio de la esquina aseguró que había sido contra una oficina pública. Don Eusebio juró que no, que el blanco era una torre de electricidad. Los muchachos se reunieron igual, pero esta vez nadie corrió hacia ninguna parte. Se quedaron bajo un árbol, escuchando versiones contradictorias, hasta que Ernesto, que nunca hablaba mucho, dijo algo que los dejó callados.

—A veces creo que corremos para que no nos alcance.

Tomás no olvidaría nunca esa frase. Tampoco la entendió del todo en ese momento. Solo muchos años después, al recordar aquellas carreras hacia el lugar de la explosión, comprendió que no buscaban el espectáculo del desastre, sino una forma de domesticarlo. Si podían señalar un edificio, una avenida, una esquina, entonces el miedo dejaba de ser infinito. Era una manera infantil, pero honesta, de defenderse.

A fines de ese año se fue la familia de Ernesto. No al extranjero todavía, sino primero a casa de unos abuelos en Arequipa, según dijeron. El padre había recibido amenazas en el trabajo o había visto algo que no debía; las versiones variaban según quién contara la historia. Ernesto no explicó nada. Solo llegó con una bolsita donde llevaba sus canicas más bonitas y se las repartió a los demás como si estuviera cumpliendo un rito antiguo. A Tomás le dio una de vidrio azul con un remolino blanco adentro.

—Para que no te olvides —dijo.

Tomás quiso responder algo noble, algo memorable, pero apenas acertó a meter la canica en el bolsillo y asentir. Otra vez ocurrió lo mismo: un auto cargado, una despedida breve, una esquina que se tragaba a uno de los suyos. Desde entonces, cada partida empezó a parecerse a una pequeña muerte, no porque el otro dejara de existir, sino porque dejaba de pertenecer a la rutina del barrio, que para ellos era la forma más sólida de la realidad.

Pasaron los meses. Luis y Álvaro seguían ahí, aunque más vigilados, más contenidos. A veces salían menos tiempo. A veces ni salían. Los juegos se interrumpían por una visita, por una noticia, por una conversación súbita entre adultos. La calle dejaba de ser el centro del mundo y empezaba a parecer una zona en disputa entre la costumbre y el temor. Tomás, que era observador sin saberlo, empezó a notar detalles que antes le habrían parecido invisibles: el modo en que ciertas madres escondían el pánico detrás de una sonrisa normal, la rapidez con que los padres bajaban el volumen de la radio cuando los niños entraban al comedor, el silencio tenso que seguía a cualquier ruido brusco. El país se había instalado dentro de las casas.

Sin embargo, hubo tardes buenas. Es importante decirlo. No todo fue sombra. Hubo partidos memorables en los que Luis atajó como un héroe. Hubo carreras bajo una garúa finísima que los dejó empapados y felices. Hubo discusiones absurdas sobre quién era mejor, si Maradona o Zico, si Alianza o la “U”, si valía o no valía el gol cuando la pelota pegaba en el ladrillo del arco. Hubo helados derretidos demasiado rápido, bromas repetidas hasta el cansancio, planes de viajes imposibles y la certeza, a veces recuperada por unos minutos, de que el mundo seguía siendo habitable. La infancia no desaparece de un golpe; retrocede, resiste, vuelve a salir, se aferra incluso cuando ya han empezado a cercarla.

Pero la separación siguió su curso. A comienzos del año siguiente, los Molina alquilaron la casa y partieron a Estados Unidos. Después, un primo vino a buscar a Luis y Álvaro durante unas vacaciones largas que terminaron volviéndose permanentes. De pronto, Tomás empezó a encontrarse solo en la esquina donde antes se armaban equipos enteros. A veces rebotaba la pelota contra la pared y contaba las veces que podía dominarla sin que cayera. Otras simplemente caminaba despacio por la cuadra, mirando las rejas cerradas, los jardines intactos y las ventanas detrás de las cuales sobrevivían, como podían, otras familias con el mismo miedo.

Los años hicieron su trabajo sin pedir permiso. La ciudad cambió, el país se endureció, luego quiso reconstruirse. Vinieron otras épocas, otras máquinas, otras formas de hablarse. Los niños que habían jugado en la calle aprendieron a vivir entre noticias más violentas, entre universidades, trabajos, matrimonios, exilios definitivos y regresos parciales. Tomás creció, estudió, se fue también por un tiempo y volvió ya hombre a un San Isidro que conservaba algunos árboles, pero no la misma respiración. Las casas de varios amigos habían sido demolidas. En su lugar había edificios sobrios, portones automáticos, cámaras, intercomunicadores y una cortesía más distante. Nadie se asomaba a la vereda con la antigua tranquilidad.

Una tarde, muchos años después, al pasar por la esquina de su infancia, sintió que le regresaba con nitidez el sonido de aquellas explosiones remotas, seguido por la imagen de todos corriendo hacia el lugar del ruido. Los vio otra vez: Inés con el cabello suelto y las piernas rápidas, Ernesto afinando el oído, Álvaro discutiendo, Luis tratando de alcanzarlos, él mismo creyendo que la amistad era una forma suficiente de protección. Entonces comprendió que lo que habían perdido no era solo un barrio ni una época, sino una manera de estar juntos ante lo desconocido. Corrieron hacia el estruendo porque todavía confiaban en que el mundo podía explicarse si uno iba a buscarlo en grupo.

Tomás metió la mano al bolsillo del saco por pura costumbre y sonrió al no encontrar nada, porque la canica azul de Ernesto dormía desde hacía años en una caja de madera, entre cartas viejas, figuritas desteñidas y fotografías donde todos aparecían demasiado serios para su edad. Siguió caminando bajo los árboles. La tarde limeña tenía ese mismo color indeciso entre el oro y la ceniza. Pensó en los que se fueron, en los que no volvieron, en los que sí volvieron pero ya no recuperaron del todo la lengua secreta de la infancia. Pensó también en el país, en su manera cruel de meterse en la vida cotidiana hasta romperla, y en la terquedad con que, incluso así, los muchachos de entonces salían a la calle a jugar. Había en ese gesto una inocencia, sí, pero también una forma elemental de coraje.

Al llegar a la antigua bodega, ahora convertida en una tienda pulcra y silenciosa, se detuvo un momento antes de seguir. Le pareció escuchar una pelota golpeando contra una reja, una risa, un silbido convocando a los demás. No era verdad, por supuesto. O quizá sí, pero de otra manera. Porque hay barrios que no desaparecen del todo mientras alguien conserve la memoria precisa de una tarde, de una esquina y de un grupo de amigos que, en medio de un país asustado, todavía encontraba razones para jugar juntos antes de que cada familia empezara a marcharse.