Artículo de información

José Carlos Botto Cayo

3 de junio del 2026

Cuando Cristina se marchó del Perú en el verano de 1989, Javier descubrió que la ciudad podía sentirse vacía incluso cuando estaba llena de gente. Durante varias semanas continuó recorriendo Miraflores después de clases, caminando por las mismas calles que habían compartido durante los últimos años. Entraba a librerías usadas donde el olor a papel envejecido parecía resistir el paso del tiempo, se detenía frente a los kioscos para leer titulares cada vez más inquietantes y terminaba casi siempre sentado en el café donde ella había dejado aquella carta que ahora guardaba entre las páginas de su cuaderno negro. Desde la ventana observaba la avenida Larco y tenía la sensación de que todo avanzaba demasiado rápido. Los micros seguían circulando, las parejas seguían ocupando las bancas del Parque Kennedy y los vendedores ambulantes continuaban ofreciendo caramelos en las esquinas, pero debajo de aquella rutina comenzaba a crecer una incertidumbre que nadie lograba ocultar completamente.

La frase de Cristina regresaba constantemente a su memoria.

«Alguien tiene que recordar esta ciudad antes que desaparezca.»

Al principio pensó que hablaba de edificios, de parques o de viejos cines amenazados por el tiempo.

Con los años comprendería que hablaba de algo mucho más frágil.

La economía se deterioraba a una velocidad que parecía desafiar cualquier lógica. En casa, las conversaciones empezaron a girar alrededor de precios, gastos y cálculos cada vez más difíciles de sostener. Su madre llevaba una libreta donde anotaba minuciosamente cada compra. Comparaba cifras, revisaba recibos y volvía a hacer cuentas por las noches, sentada junto a la mesa del comedor. Algunas veces permanecía largos minutos observando una misma página como si intentara descubrir en qué momento el dinero había comenzado a desaparecer. Javier la veía guardar billetes en sobres distintos, separar gastos indispensables y renunciar silenciosamente a pequeñas cosas que antes formaban parte natural de la vida cotidiana.

Su padre observaba todo aquello con una preocupación que rara vez expresaba.

Profesor de historia durante más de veinte años, había enseñado sobre guerras, revoluciones y crisis económicas. Sin embargo, una noche cerró el periódico, se quitó los lentes y dijo algo que Javier jamás olvidaría.

—Hay épocas que uno estudia en los libros y otras que le toca sobrevivir.

Después volvió a guardar silencio.

Javier anotó la frase en su cuaderno.

Comenzó también a registrar precios.

No porque estuviera interesado en la economía, sino porque intuía que aquellas cifras terminarían contando una historia. Escribía cuánto costaba el café que tomaba cerca de Larco, el valor de los pasajes, los periódicos que compraba cada mañana y los cuadernos que utilizaba en la universidad. Meses después regresaba a esas páginas y encontraba diferencias tan absurdas que parecía estar leyendo documentos de países distintos. El dinero envejecía con una rapidez aterradora. Lo que servía para llenar una bolsa de compras un lunes apenas alcanzaba para unos pocos productos al finalizar la semana.

Una mañana acompañó a su madre al mercado de Surquillo.

Aquella salida quedó grabada en su memoria con una claridad que ninguna fotografía habría podido igualar.

Mientras recorrían los puestos, observó cómo ella comparaba precios con una concentración casi dolorosa. Tomaba un producto, lo observaba, hacía cálculos mentales y volvía a dejarlo en el mostrador. Continuaba avanzando entre vendedores, revisaba nuevas opciones y repetía el mismo proceso. Cerca del mediodía sostuvo una bolsa de arroz durante varios segundos. Javier vio cómo observaba la etiqueta, luego la libreta donde llevaba sus cuentas y finalmente el dinero que tenía en la mano. Después devolvió la bolsa a su lugar y siguió caminando.

Ninguno de los dos dijo nada durante el regreso.

Pero aquella escena explicó la crisis mejor que cientos de artículos.

Cuando ingresó a estudiar periodismo, la universidad reflejaba perfectamente el estado de ánimo del país. Los pasillos estaban llenos de discusiones políticas, debates sobre economía y conversaciones donde el futuro aparecía siempre acompañado por alguna forma de incertidumbre. Algunos estudiantes defendían ideologías con entusiasmo juvenil. Otros hablaban constantemente de emigrar. Había quienes aseguraban que el Perú estaba al borde del colapso y quienes insistían en que todavía existían motivos para la esperanza. Javier prefería escuchar. Descubrió que detrás de cada opinión había una historia personal. Padres desempleados, negocios cerrados, ahorros evaporados, familiares que habían partido al extranjero o experiencias marcadas por la violencia. Poco a poco comprendió que el verdadero país rara vez aparecía en los discursos. Estaba escondido en las vidas de la gente común.

La campaña electoral de 1990 transformó Lima en una inmensa conversación pública.

Los afiches cubrieron muros, postes y avenidas.

Las radios transmitían entrevistas desde la madrugada.

Los periódicos publicaban encuestas contradictorias.

En los micros, los pasajeros discutían como si estuvieran intentando adivinar el desenlace de una tormenta que se acercaba inevitablemente.

La victoria de Alberto Fujimori sorprendió a muchos sectores políticos, pero para la mayoría de los ciudadanos la verdadera preocupación no era quién había ganado, sino qué ocurriría después.

La respuesta llegó pocas semanas más tarde.

La mañana del ajuste económico, Javier salió de casa temprano. Necesitaba observar cómo reaccionaba la ciudad. Recorrió mercados, bodegas y algunas avenidas del centro. Encontró largas colas frente a los negocios, comerciantes modificando precios y personas que permanecían inmóviles frente a los mostradores intentando comprender cuánto había cambiado todo de un día para otro. Escuchó discusiones, reclamos y conversaciones llenas de incertidumbre. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue el cansancio. La población parecía haber agotado su capacidad de sorpresa. Como si hubiera vivido tantas crisis que ya no encontrara energía para escandalizarse ante una nueva.

Aquella noche llenó varias páginas del cuaderno.

No escribió sobre ministros.

No escribió sobre decretos.

Escribió sobre rostros.

Sobre una anciana que contaba monedas frente a una farmacia.

Sobre un vendedor que intentaba explicar aumentos imposibles.

Sobre una madre que regresaba a casa con menos bolsas de las que había planeado comprar.

Con el paso de los meses comenzaron a aparecer señales de estabilidad. No significaba prosperidad ni abundancia. Las dificultades seguían presentes en la mayoría de los hogares. Pero la sensación de caída permanente empezó a disminuir. Las familias recuperaron lentamente la posibilidad de planificar gastos y algunos negocios consiguieron mantenerse abiertos después de años de incertidumbre. El problema era que otro enemigo seguía creciendo.

El terrorismo.

Los apagones continuaban cayendo sobre Lima con una regularidad inquietante. Bastaba un instante para que avenidas enteras desaparecieran bajo la oscuridad. Las familias encendían velas, las radios a pilas volvían a ocupar el centro de las mesas y los rumores comenzaban a circular antes incluso de que aparecieran las noticias oficiales. Algunas noches se escuchaban explosiones lejanas. Otras veces llegaban reportes sobre torres eléctricas derribadas o atentados contra instalaciones públicas.

El miedo se había vuelto una costumbre.

Y precisamente por eso resultaba tan peligroso.

Javier empezó a colaborar con pequeñas publicaciones periodísticas mientras continuaba estudiando. Cubría actividades culturales, entrevistaba vecinos y recorría distritos donde la vida cotidiana seguía desarrollándose a pesar de todo. Descubrió historias que rara vez aparecían en las portadas. Comerciantes que reconstruían negocios después de un atentado. Profesores que continuaban enseñando durante los apagones. Familias desplazadas por la violencia que intentaban empezar de nuevo en Lima. Cuanto más observaba, más convencido estaba de que la verdadera fortaleza del país no se encontraba en los discursos oficiales, sino en la capacidad de millones de personas para seguir adelante.

Durante 1991 y la primera mitad de 1992, la violencia alcanzó niveles que parecían imposibles de sostener. Los noticieros abrían cada día con nuevas explosiones, asesinatos o sabotajes. Los adultos hablaban en voz baja. Algunas familias enviaban a sus hijos al extranjero. Otras fingían normalidad porque no encontraban otra forma de resistir. Javier continuó llenando cuadernos. A veces pensaba en Cristina. Se preguntaba si vería las noticias desde otro país. Si reconocería aquellas calles que una vez dibujó. Si seguiría pintando ciudades atravesadas por sombras.

La respuesta llegó de la manera más dolorosa.

La noche del atentado en la calle Tarata.

Cuando escuchó las primeras noticias salió inmediatamente hacia Miraflores. A medida que avanzaba comenzó a percibir humo, sirenas y una actividad frenética de ambulancias, patrulleros y bomberos. Lo que encontró al llegar superó cualquier imagen que hubiera imaginado. Edificios abiertos por la explosión, vehículos convertidos en chatarra, fachadas destruidas y vecinos cubiertos de polvo caminando entre escombros. Algunos lloraban. Otros buscaban familiares. Muchos permanecían inmóviles observando una devastación que parecía imposible en una calle que apenas unas horas antes formaba parte de la rutina diaria.

Durante varios minutos fue incapaz de escribir.

Simplemente observó.

Entonces recordó los dibujos de Cristina.

Recordó aquellos edificios inclinados, aquellos cielos rotos y aquellas sombras avanzando entre calles vacías.

Por primera vez comprendió que la realidad había alcanzado a sus pinturas.

Los días posteriores transcurrieron bajo una tristeza pesada. Miraflores continuó funcionando, pero algo había cambiado para siempre. La violencia había golpeado directamente el corazón de una ciudad que durante años intentó convencerse de que todavía estaba a salvo. Javier escribió durante noches enteras tratando de ordenar lo que había visto. Sin embargo, algunas experiencias se resisten a convertirse inmediatamente en palabras. Hay heridas que primero necesitan transformarse en memoria.

Dos meses después llegó una noticia que parecía imposible.

La captura de Abimael Guzmán.

Javier se encontraba en una redacción cuando comenzaron a circular los primeros reportes. Alguien encendió un televisor. Los periodistas se reunieron alrededor de la pantalla. Durante varios minutos nadie dijo nada. Las imágenes parecían irreales. Años de miedo, incertidumbre y violencia quedaban resumidos en aquel momento. Cuando finalmente salió a la calle encontró una ciudad distinta. No era celebración lo que percibía. Era alivio. Un alivio profundo, contenido, casi silencioso. Como si millones de personas hubieran estado sosteniendo una misma carga durante demasiado tiempo y finalmente pudieran descansar.

Aquella noche caminó hasta el malecón.

La neblina avanzaba lentamente desde el océano.

Las luces de Lima permanecían encendidas.

Se sentó en una banca y abrió el cuaderno negro. Revisó páginas llenas de precios imposibles, apagones, conversaciones escuchadas en mercados, noticias de atentados, reflexiones universitarias y recuerdos de Cristina. Allí estaba la historia de una ciudad intentando sobrevivir. Allí estaban también los años que habían transformado definitivamente su juventud.

Permaneció largo rato observando aquellas páginas.

Entonces comprendió algo que jamás olvidaría.

Recordar no significaba vivir atrapado en el pasado.

Recordar era impedir que el sufrimiento desapareciera sin dejar huella.

Era conservar las voces de quienes atravesaron la oscuridad.

Era proteger la memoria de una ciudad que, contra todas las probabilidades, había logrado sobrevivir.

Cerró el cuaderno lentamente y contempló las luces extendidas frente al mar. Por primera vez en mucho tiempo no hubo apagón. Y mientras la noche continuaba avanzando sobre la costa, tuvo la sensación de que una época terminaba detrás de él, como una sombra inmensa que finalmente comenzaba a retirarse del horizonte.