Artículo de información

José Carlos Botto Cayo

19 de agosto del 2026 

Miraflores, Lima, 1988. Martín tenía diecinueve años y no pensaba en aquellos días como una época especial. No tenía cómo hacerlo. Para él, aquello era simplemente la vida: levantarse temprano, escuchar la radio mientras su madre preparaba el desayuno, salir a estudiar, caminar por Benavides o Larco, encontrarse con sus amigos en el parque Kennedy, volver antes de que la noche se pusiera complicada y, algunas veces, dormir con una vela y una radio a pilas cerca porque la luz podía irse en cualquier momento. Muchos años después todo aquello tendría nombres más claros. Terrorismo. Crisis. Inflación. Miedo. Pero entonces no. Entonces eran cosas que estaban ahí, mezcladas con las conversaciones de todos los días, como si el país se hubiese acostumbrado a vivir con una herida abierta y cada familia tratara de seguir adelante sin mirarla demasiado.

En su casa, la mañana comenzaba casi siempre de la misma manera. La radio estaba encendida en el comedor y su padre escuchaba las noticias mientras tomaba café. Su madre iba y venía desde la cocina, preguntando de vez en cuando qué había pasado. Los locutores hablaban de atentados, torres de alta tensión derribadas, huelgas, muertos en alguna carretera, problemas políticos y precios que volvían a subir. Después pasaban al tránsito, al fútbol o a cualquier otra cosa, y la familia seguía desayunando. Martín había crecido escuchando esa mezcla. Lo que alguna vez habría parecido extraordinario ya formaba parte del ruido de fondo.

La primera explosión que recordaba con claridad había ocurrido cuando todavía estaba en el colegio. Aquella vez su madre apagó las luces y su padre se acercó a la ventana tratando de saber de dónde había venido el sonido. Los vecinos salieron a los balcones, alguien llamó por teléfono y durante varios minutos nadie habló de otra cosa. Con los años, la reacción había cambiado. Si una explosión sonaba lejos, todos guardaban silencio unos segundos.

—¿Escuchaste?

—Sí.

—Parece una bomba.

Y luego la conversación continuaba.

Su madre decía que eso no podía ser normal.

Su padre respondía que normal o no, había que seguir viviendo.

También estaba el dinero, que parecía durar cada vez menos. La madre de Martín regresaba del mercado con las bolsas más pequeñas y el mismo comentario.

—Todo ha vuelto a subir.

Al principio lo decía con indignación. Después empezó a decirlo con cansancio. El pan cambiaba de precio, también el azúcar, la leche, el aceite y casi cualquier cosa que entrara a la casa. Su padre cobraba y trataba de pagar rápido lo que pudiera porque guardar dinero era verlo perder valor. Martín no entendía demasiado de economía, pero sí sabía cuándo no era buen momento para pedir plata para salir.

—Pero es sábado —decía.

—Y el lunes también vamos a comer —respondía su padre.

Con el tiempo dejó de insistir.

Por eso él y sus amigos habían aprendido a reunirse gastando poco. Caminar costaba nada. Sentarse en una banca tampoco. Podían encontrarse en Kennedy y pasar la tarde dando vueltas por Larco, entrando a alguna tienda, mirando vitrinas o conversando sin rumbo. Si alguno llegaba tarde no había manera de avisar. Los teléfonos estaban en las casas y una vez que uno salía, los demás tenían que confiar en que aparecería.

Miraflores era distinto. Todavía había muchas casas antiguas entre los edificios, jardines delanteros, calles más silenciosas y esquinas donde casi siempre se encontraba a alguien conocido. Había bodegas, quioscos de periódicos, taxis, micros llenos y pequeños negocios que sobrevivían como podían. Las personas caminaban más y la ciudad parecía más cercana, aunque también más incierta.

El grupo estaba formado por Patricia, Claudia, Verónica, Daniel, Gonzalo y el Flaco Salazar, cuyo nombre verdadero era Ernesto, aunque nadie parecía recordarlo. Se conocían del colegio o por amigos comunes y, después de terminar la secundaria, habían empezado a verse con más frecuencia. Era una manera de mantenerse juntos mientras la vida comenzaba a separarlos. Algunos ya estaban en la universidad, otros preparaban exámenes, uno buscaba trabajo y todos hablaban de su futuro sin saber muy bien si el país les iba a permitir cumplir algo de lo que imaginaban.

Patricia estudiaba Comunicaciones. Tenía la costumbre de comprar periódicos y leerlos completos. A los demás eso les parecía raro.

Una tarde se detuvo frente a un quiosco en Larco y compró uno.

—Otra vez con las noticias —dijo Gonzalo.

—Quiero saber qué está pasando.

—Todos sabemos qué está pasando.

Patricia dobló el periódico y lo miró.

—No. Sabemos que pasan cosas. No es lo mismo.

Martín no dijo nada.

La frase le quedó dando vueltas porque era verdad. Ellos sabían que había bombas, muertos, apagones, policías asesinados y gente que comenzaba a irse del país. Pero todo llegaba como partes separadas. Una noticia por la radio. Una imagen en televisión. Un comentario del padre de alguien. Un rumor en la universidad. Nadie parecía tener el cuadro completo.

La radio era probablemente lo que más los conectaba con todo. Estaba encendida en las cocinas, en los autos, en los talleres, en las bodegas. Radio Programas podía interrumpir en cualquier momento con una noticia urgente. Bastaban unas palabras para que una casa entera guardara silencio.

Había ocurrido un atentado.

Habían derribado una torre.

Habían encontrado muertos.

Después la programación seguía.

Lo mismo ocurría con la televisión. Por las noches, Martín se sentaba con sus padres frente al aparato grande de la sala. Veían imágenes de edificios dañados, ambulancias, policías, reporteros hablando desde calles oscuras. Luego terminaba el noticiero y empezaba otro programa, como si el país pudiera cambiar de cara en cinco minutos.

A Martín eso le parecía extraño, pero nunca lo comentaba.

Le gustaba Patricia.

Tampoco lo comentaba.

Le gustaba su forma de mirar las cosas, la manera en que se quedaba pensando antes de hablar y esa costumbre de hacer preguntas que incomodaban al resto. Algunas tardes caminaban juntos después de que el grupo se separaba. Bajaban por Larco, cruzaban hacia Armendáriz o terminaban cerca del malecón. Desde allí el mar parecía una enorme superficie gris y silenciosa. El cielo de Lima podía permanecer semanas enteras del mismo color.

Una tarde Patricia se quedó mirando los edificios.

—Desde acá parece que no pasara nada.

Martín miró hacia la ciudad.

—Mejor.

—No sé.

—¿Por qué?

—Porque un día uno puede acostumbrarse a cualquier cosa.

Martín no respondió.

No estaba seguro de entenderla.

Poco tiempo después lo entendió mejor.

Fue una noche en casa de Claudia, cerca de Benavides. Habían juntado dinero entre todos para comprar gaseosas, pan y algunas cosas para comer. Daniel llevó varios casetes. Sonaron Soda Stereo, Los Prisioneros, Arena Hash, Miguel Mateos y algunas canciones que alguien había grabado directamente de la radio. En ciertas cintas se escuchaba todavía la voz del locutor encima de los primeros segundos de la canción. Al Flaco aquello no le molestaba. Decía que era parte de la grabación.

Estaban hablando de una fiesta cuando se fue la luz.

Todo quedó en silencio.

—Otra vez —dijo Claudia.

Su madre apareció con dos velas.

—No se acerquen a las ventanas.

Nadie preguntó por qué.

Eso era lo que más llamaba la atención: todos sabían qué hacer.

Daniel sacó una radio pequeña y empezó a buscar alguna noticia. Todavía no había información. Desde los edificios vecinos comenzaron a escucharse voces. Algunas personas se asomaban a los balcones. Otras preguntaban si el apagón era general.

Entonces llegó una explosión.

No fue cerca.

Pero todos la escucharon.

Unos segundos después se sintió otra más débil.

—Debe ser una torre —dijo Gonzalo.

El Flaco siguió comiendo.

—Está lejos.

Patricia lo miró.

—¿Y eso te tranquiliza?

—Claro.

—Qué raro.

—¿Qué cosa?

—Que ya sepamos medir el miedo por la distancia.

El Flaco se rio.

—Patricia, no empieces.

Pero nadie se rio con él.

Martín miró la mesa iluminada apenas por las velas. Los vasos de plástico, las botellas, los casetes, la comida. Miró a sus amigos y pensó que ninguno parecía sorprendido. Una bomba había sonado en algún lugar de Lima y ellos seguían sentados esperando que regresara la luz.

No era que no tuvieran miedo.

Era otra cosa.

El miedo ya tenía un lugar dentro de la rutina.

Cuando volvió la electricidad, todos aplaudieron.

Daniel regresó el casete al mismo punto donde se había detenido.

La música continuó.

Días después, Martín recordó aquella escena porque empezó a notar lo mismo en otras partes. Si sonaba algo fuerte, la gente levantaba la cabeza y trataba de calcular de dónde venía. Si era lejos, seguían caminando. Si había apagón, buscaban velas. Si la radio anunciaba otro atentado, todos escuchaban unos minutos y después volvían a sus asuntos.

La ciudad había aprendido ciertas costumbres que nadie habría querido aprender.

También comenzó a hablarse más de irse del Perú. En las casas se mencionaban Estados Unidos, España, Canadá o Australia como lugares donde podía existir una vida más tranquila. A veces daba la impresión de que cada familia conocía a alguien que ya se había ido.

Gonzalo era el que más hablaba de eso.

—Mi viejo está viendo unos papeles.

—¿Para qué? —preguntó Claudia.

—Para irnos.

—¿A dónde?

—No sé. Afuera.

—Eso no es un país.

—Me da igual.

Claudia se quedó mirándolo.

—¿Y qué vas a hacer?

—Lo que sea.

El Flaco intervino.

—Mientras mandes música.

Todos se rieron.

Pero esta vez la risa duró poco.

Porque comprendieron que podía ocurrir.

Gonzalo podía irse.

Luego podía irse otro.

Y después otro.

A fines de ese año, Martín comenzó a llamar a Patricia con más frecuencia. El teléfono fijo de su casa estaba en la sala y hablar con ella requería cierta paciencia.

—Buenas noches, señor. ¿Está Patricia?

—¿Quién la busca?

—Martín.

—¿Martín qué?

—Martín Álvarez.

Después venía la espera.

Cuando ella contestaba, hablaban de cualquier cosa. Una clase, una película, una canción, alguien del grupo. A veces hablaban durante media hora sin decir nada realmente importante.

Una noche Patricia le dijo que quería ser periodista.

—Mi papá dice que es peligroso.

—Tiene razón.

—Todo es peligroso ahora.

Martín se rio.

—Con ese argumento no lo vas a convencer.

—No quiero convencerlo.

—¿Entonces?

—Quiero hacerlo igual.

Martín sonrió aunque ella no pudiera verlo.

Eso era una de las cosas que más le gustaban.

Un sábado por la tarde estaban otra vez en Kennedy cuando sonó una explosión fuerte.

Las palomas levantaron vuelo.

Varias personas se detuvieron.

Una mujer preguntó:

—¿Dónde habrá sido?

Un hombre dijo que por San Isidro.

Otro respondió que había sonado más lejos.

Durante unos minutos todos miraron hacia distintos lados.

Después la gente siguió caminando.

Los vendedores continuaron ofreciendo periódicos y cigarrillos. Los taxis siguieron buscando pasajeros. Una pareja retomó su conversación. Dos niños continuaron jugando.

Martín miró a Patricia.

Ella también estaba observando alrededor.

—¿Ves? —dijo.

Él entendió.

Aquella noche la radio informó que el atentado había ocurrido bastante más lejos de donde todos habían pensado. Era algo frecuente. Antes de que llegara la información verdadera aparecían los rumores. Alguien decía que había sido un coche bomba. Otro aseguraba que habían volado una torre. Otro conocía a una persona que había escuchado algo diferente.

Lima también se había convertido en una ciudad de versiones.

A finales de diciembre se reunieron en casa de Daniel. Gonzalo llegó tarde y contó que los papeles de su familia estaban avanzando.

—Entonces sí te vas —dijo Verónica.

—Parece.

Nadie hizo bromas al comienzo.

—Vas a escribir —dijo Claudia.

—Claro.

—Y mandar casetes —agregó el Flaco.

Ahí sí se rieron.

La radio estaba encendida en la cocina. Cerca de las once interrumpieron la programación con otra noticia. Había ocurrido un atentado. La madre de Daniel subió el volumen y todos escucharon unos minutos.

Después regresaron a la sala.

Alguien puso música.

Martín miró a sus amigos.

Tenían diecinueve y veinte años.

Hablaban de estudiar, trabajar, viajar, enamorarse y tener una vida distinta. Hacían planes para un futuro que ninguno podía imaginar con claridad. Afuera, en cambio, el país parecía entrar cada día en una zona más difícil.

Patricia se acercó.

—¿Qué miras?

—A todos.

—¿Por qué?

Martín dudó.

—Porque algún día vamos a acordarnos de esto.

Ella miró hacia la ventana.

—Seguro.

—Y va a parecer raro.

—No raro.

—¿Entonces?

Patricia pensó unos segundos.

—Va a parecer que fue otra vida.

Martín se quedó callado.

Afuera seguía Miraflores.

Los micros pasaban por las avenidas. Las bodegas comenzaban a cerrar. En algunas casas las familias preparaban velas por si volvía a irse la luz. Los padres hacían cuentas. Las madres esperaban que sus hijos regresaran temprano. Los periódicos preparaban los titulares de la mañana siguiente.

Y ellos estaban ahí.

Escuchando música.

Hablando de cosas pequeñas.

Pensando que todavía tenían tiempo.

Cerca de la medianoche salieron al balcón. Desde otras casas comenzaron a escucharse voces, música y algunos fuegos artificiales. Por un momento, Miraflores pareció una ciudad cualquiera.

Martín buscó la mano de Patricia.

Ella dejó que la tomara.

A lo lejos apareció una luz sobre el cielo oscuro.

Unos segundos después llegó un ruido.

El Flaco miró hacia la calle.

—¿Cohete?

Nadie contestó.

Patricia apretó un poco la mano de Martín.

Dentro de la casa seguía sonando el casete.