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José Carlos Botto Cayo

12 de agosto del 2026

En 1992, Andrés Llerena tenía veintitrés años y conocía de memoria el camino entre Miraflores y San Isidro. Algunas mañanas lo hacía en micro; otras, cuando tenía tiempo o pocos soles en el bolsillo, prefería caminar. Vivía con su madre en un departamento antiguo de la calle Porta, en un edificio donde el ascensor se detenía con un golpe seco y la puerta de fierro debía cerrarse dos veces para que funcionara. Trabajaba en una imprenta cerca de Petit Thouars y estudiaba por las noches, aunque desde hacía meses pensaba más en los poemas que escondía dentro de una carpeta azul que en los cursos de la universidad.

Su madre se llamaba Lucía. Tenía cincuenta y cuatro años y trabajaba como secretaria en un estudio de abogados del centro de Lima. Se levantaba antes de las seis, ponía agua a hervir y preparaba el desayuno sin encender la radio. Andrés la encontraba casi siempre de espaldas, inclinada sobre la cocina, con una bata azul que usaba desde hacía años.

Aquella madrugada se había ido la luz.

No era raro.

Lucía buscó una vela en el cajón donde guardaba pilas, fósforos, recibos viejos y botones sueltos. La colocó sobre un plato y ambos se quedaron en la cocina esperando que regresara la electricidad.

—Cuando eras chico te escondías debajo de mi cama —dijo ella.

—Eso no es verdad.

—Claro que es verdad.

—No me acuerdo.

—Porque te conviene.

Andrés sonrió.

La vela iluminaba apenas la mesa.

Hablaron durante un rato. De cosas sin importancia. Del precio del pan, de una vecina que había vuelto a dejar abierta la puerta del edificio, de una carta que había llegado para alguien que ya no vivía allí.

A las cinco y media Andrés salió.

Miraflores estaba casi vacío. Un hombre acomodaba periódicos sobre un quiosco y una camioneta descargaba cajas frente a una panadería. El aire estaba húmedo. En algunas veredas todavía quedaban pequeñas manchas oscuras de la garúa.

Tomó la avenida Arequipa.

Los primeros micros pasaban medio vacíos. Algunos llevaban las luces interiores encendidas. Andrés caminaba con la carpeta azul bajo el brazo. Dentro había tres poemas, dos recibos, fotocopias de un curso y una fotografía de su padre que no recordaba haber guardado allí.

Cuando entró a San Isidro se desvió por una calle tranquila.

La casa estaba detrás de una reja verde.

Era una de esas casas que parecían haber quedado detenidas mientras todo alrededor cambiaba. Tenía paredes color crema, ventanas amplias y un jardín que ocupaba buena parte del terreno. Había rosales, hortensias, geranios y dos árboles que extendían sus ramas sobre el muro.

Una mujer estaba arrodillada junto a una maceta caída.

—Muchacho.

Andrés se detuvo.

—¿Sí?

—Ayúdame con esto.

La puerta lateral estaba abierta.

Entró.

La mujer tendría unos setenta años. Llevaba una chompa gris y unas tijeras de podar colgadas de la cintura.

Entre los dos levantaron la maceta.

—Anoche se cayó —dijo ella—. Y yo ya no estoy para hacerme la joven.

Andrés acomodó la planta.

—Ahí está.

—Torcida.

Volvió a moverla.

—Ahora.

—Un poco.

La mujer sonrió.

—Ahora sí.

Se llamaba Teresa.

No le dijo su apellido.

Había vivido allí desde finales de los años cincuenta. Su marido había muerto varios años atrás y sus dos hijos estaban fuera del Perú.

—Uno en Canadá y la otra en España.

—¿Los visita?

—Ellos me visitan a mí. Cuando pueden.

Teresa observó la carpeta que Andrés llevaba debajo del brazo.

—¿Universidad?

—Sí.

—¿Qué estudias?

Andrés dudó.

—Administración.

—No parece que te guste mucho.

—¿Cómo sabe?

—Porque lo dijiste como si estuvieras pidiendo disculpas.

Andrés se rio.

No supo muy bien cómo terminaron hablando de poesía.

Quizá fue porque Teresa vio una hoja doblada asomando por la carpeta. O porque Andrés llevaba meses esperando que alguien le preguntara por aquello.

—Escribo un poco —dijo.

—Eso es distinto a escribir.

—¿En qué?

—En que cuando uno dice “un poco”, todavía tiene vergüenza.

No volvieron a hablar del tema esa mañana.

Andrés pasó nuevamente por la casa dos días después.

Teresa estaba regando.

Levantó una mano al verlo.

La semana siguiente entró a tomar café.

Después se hizo costumbre.

No ocurría nada extraordinario. Algunas mañanas conversaban diez minutos. Otras, Andrés seguía de largo porque llegaba tarde. Los sábados se sentaban junto a una mesa de fierro que tenía manchas de óxido en las patas.

Teresa hablaba de sus plantas como si fueran personas.

Había un rosal que daba flores pequeñas y desordenadas.

—Ese hace lo que quiere.

Una buganvilla crecía sobre uno de los muros.

—Esa quiere comerse la casa.

Y había una rosa blanca que Teresa vigilaba con especial atención.

—Demora mucho —decía—. Pero cuando sale, sale bien.

Una mañana le preguntó por su madre.

—¿Cómo es?

Andrés no supo responder.

—Trabaja bastante.

—Eso hacen las madres.

—Lee antes de dormir.

—Mejor.

—Cuando está preocupada, ordena cajones.

Teresa sonrió.

—Eso ya dice algo.

Esa noche, mientras cenaban, Andrés observó a Lucía.

Ella hablaba de un abogado nuevo del estudio que perdía documentos.

—Treinta años tengo trabajando y viene ese muchacho a decirme cómo archivar.

Andrés sonrió.

—¿Qué?

—Nada.

—Te estás riendo.

—No.

Lucía levantó la mano para servirse agua.

Andrés vio una cicatriz junto al pulgar.

—¿Eso cuándo te lo hiciste?

Lucía miró la mano.

—Hace años.

—Nunca la había visto.

—Rompí una botella cuando tú eras bebé.

—¿Te cortaste mucho?

—Lo suficiente.

—No me contaste.

Lucía siguió comiendo.

—No había nada que contar.

Andrés bajó la mirada hacia el plato.

Aquella noche sacó la carpeta azul.

Intentó escribir.

No pudo.

A finales de septiembre comenzaron a demoler la casa vecina a la de Teresa.

El ruido empezaba temprano.

Primero retiraron las ventanas. Después apareció una máquina que fue rompiendo los muros desde dentro. Durante varios días el polvo llegó hasta el jardín.

Andrés encontró a Teresa limpiando las hojas de los rosales con una manguera.

—Van a hacer un edificio —dijo ella.

—¿Cuántos pisos?

—Los que entren.

Andrés miró la casa.

—¿También quieren comprar esta?

Teresa cerró la llave del agua.

—Desde hace años.

—¿Y usted?

—Todavía sigo acá.

No dijo más.

Una semana después, Andrés pasó y no la encontró.

Volvió al día siguiente.

Nada.

El sábado tocó el timbre.

Una mujer joven abrió la puerta.

—¿La señora Teresa?

—Está internada.

Andrés sintió un vacío rápido en el estómago.

—¿Qué pasó?

—Se cayó. Nada grave.

Le dieron el nombre de la clínica.

Fue esa misma tarde.

Teresa estaba sentada en la cama con un brazo inmovilizado.

—Tanto cuidar plantas para terminar tropezándome con una alfombra —dijo.

Había revistas, frutas y un enorme arreglo floral sobre una mesa.

—Le traje algo.

Andrés dejó la carpeta azul sobre sus piernas.

Teresa lo miró.

—Al fin.

—No diga eso antes de leer.

Escogió un poema corto.

Trataba sobre una madrugada sin luz.

Teresa leyó sin apuro.

Cuando terminó, dejó la hoja encima de la frazada.

—¿Y? —preguntó Andrés.

—Le sobran cosas.

—¿Qué cosas?

—Las que explican.

—¿Explican qué?

Teresa señaló el papel.

—Eso.

Andrés frunció el ceño.

—No entiendo.

—Mejor.

Le devolvió la hoja.

Dos semanas después, Teresa regresó a su casa.

Durante algunos días no salió al jardín.

Andrés la veía desde la calle, detrás de una ventana.

Una mañana de noviembre encontró nuevamente abierta la puerta lateral.

Entró.

Teresa estaba de pie junto a los rosales.

Caminaba despacio.

—Ven.

Se detuvo frente a la rosa blanca.

—Córtala.

Andrés tomó las tijeras.

—¿Esta?

—Esa.

Cortó demasiado arriba.

Teresa hizo una mueca.

—Así no.

—Ya está cortada.

—Entonces aprende para la próxima.

Le quitó la flor de la mano, la revisó y se la devolvió.

—Llévasela a tu madre.

—¿Por qué?

Teresa se encogió de hombros.

—Porque está bonita.

Andrés decidió caminar hasta Miraflores.

No quiso subir a un micro con la rosa en la mano.

Empezó a garuar a mitad del camino.

Cuando llegó a Porta, la flor tenía pequeñas gotas en los pétalos.

Lucía estaba cosiendo un botón junto a la ventana.

—Toma.

Ella miró la rosa.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—¿Jalaste un curso?

—No.

—¿Necesitas plata?

Andrés se rio.

—Tampoco.

Lucía tomó la flor.

—Entonces me preocupo.

Buscó un vaso alto, lo llenó de agua y dejó la rosa sobre la mesa.

Esa noche volvió a irse la luz.

Lucía encendió una vela.

Andrés se sentó frente a ella.

—¿Tú qué querías estudiar?

—¿Yo?

—Sí.

Lucía pensó.

—Bellas Artes.

Andrés levantó la cabeza.

—Nunca me dijiste.

—Nunca preguntaste.

Hubo un silencio.

—Tu abuelo no quiso.

—¿Y tú?

Lucía miró la llama.

—Yo tampoco insistí mucho.

Después le contó que de joven había trabajado algunos meses en un cine de Miraflores. Que una vez se escapó a Ancón con dos amigas. Que había cantado en un coro y que odiaba madrugar.

Andrés se rio.

—Eso sí que no te creo.

—Había una época en que yo dormía hasta el mediodía.

—Imposible.

Lucía sonrió.

Andrés fue hasta su cuarto cuando regresó la electricidad.

Sacó el poema que Teresa había leído en la clínica.

Quitó una línea.

Después otra.

Borró una explicación entera.

Al final quedaron pocas cosas: una habitación oscura, una mujer despierta, una ventana, la primera claridad de la mañana.

Dejó el lápiz sobre la mesa.

Cuando salió a la cocina, Lucía se había quedado dormida con la cabeza apoyada sobre un brazo.

La rosa blanca seguía dentro del vaso.

Durante la noche había terminado de abrirse.

Andrés no encendió ninguna luz.

Se quedó junto a la ventana.

Afuera pasaba el primer micro por Larco.

Poco a poco, una claridad gris comenzó a entrar en el departamento.

Tocó primero la rosa.

Después las manos de su madre.

Andrés permaneció allí.

No escribió nada más.