Artículo de información
José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez
20 de julio del 2026
Durante las primeras décadas del siglo XX, Trujillo dejó de asumirse como una ciudad obligada a esperar la aprobación cultural de Lima. En sus aulas universitarias, redacciones periodísticas y reuniones privadas se formó una generación que decidió leer, discutir y escribir desde su propia realidad. La llamada Bohemia de Trujillo, conocida después como Grupo Norte, reunió a poetas, críticos, periodistas, artistas y futuros dirigentes políticos. No redactaron un manifiesto ni obedecieron una estética común. Tampoco lo necesitaban. Los unía algo más difícil de imponer: la voluntad de leer con seriedad, discutir sin concesiones y pensar el Perú desde un territorio tratado durante demasiado tiempo como periferia (Ramos Rau, 2014).
La presencia de César Vallejo terminó por ordenar casi toda la memoria de aquella experiencia. Se recuerda a sus compañeros porque estuvieron cerca de él, porque leyeron sus primeros poemas o porque reconocieron antes que otros una voz destinada a transformar la poesía en castellano. Pero el Grupo Norte no fue una antesala construida para explicar la trayectoria posterior de Vallejo. Antenor Orrego, Alcides Spelucín, José Eulogio Garrido, Óscar Imaña y Francisco Xandóval siguieron caminos propios, escribieron desde sensibilidades diferentes y participaron en una actividad cultural que desbordó la literatura. El valor del grupo se encuentra allí: en haber convertido a Trujillo en un centro de lectura, creación y debate desde el cual podía discutirse el país sin repetir dócilmente los modelos de la capital (Ramos Rau, 2014).
Una comunidad que aprendió a pensar desde su territorio
Hacia mediados de la década de 1910, la Universidad de La Libertad, las publicaciones locales y las actividades del Centro Universitario comenzaron a reunir a jóvenes procedentes de distintas provincias norteñas. La revista Iris, dirigida por José Eulogio Garrido desde 1914, fue uno de aquellos primeros puntos de encuentro. En las casas, en las redacciones y durante las excursiones se leían poemas, se comentaban libros y se examinaban problemas educativos, políticos y sociales. No eran reuniones decorativas ni una simple bohemia juvenil. Para muchos de ellos, ese círculo suplía la ausencia de instituciones culturales sólidas. Allí aprendieron a escuchar una obra antes de juzgarla, a defender una idea y a reconocer que la formación intelectual podía construirse también desde la amistad y la conversación (Ramos Rau, 2014).
Antenor Orrego entendió algo que aún hoy no siempre resulta sencillo: una obra nueva no puede ser leída únicamente con las reglas de la obra anterior. Su papel dentro del grupo no fue el de un jefe ni el de un profesor encargado de dictar una fórmula. Fue, sobre todo, un lector. Ante los primeros poemas de Vallejo, que desconcertaban por sus imágenes y por una sintaxis cada vez menos dócil, Orrego no vio torpeza, sino búsqueda. Esa diferencia fue decisiva. Más tarde escribió el prólogo de Trilce y acompañó también la trayectoria de Alcides Spelucín. Su magisterio consistió en abrir espacio, no en cerrarlo. La crítica, en sus manos, dejó de ser un tribunal y se convirtió en una forma exigente de confianza (Suárez Trejo, 2018).
José Eulogio Garrido llevó otra preocupación al interior del grupo: la memoria de la costa norte. Su mirada se detuvo en Chan Chan, en el desierto, en la arena y en la arquitectura de barro. Frente a una imagen del pasado peruano dominada por la piedra y por la centralidad del mundo incaico, Garrido encontró en las ruinas chimú una materia distinta. En Visiones de Chan Chan, el barro no aparece como un signo de debilidad. Su fragilidad, expuesta al viento y a la erosión, expresa una forma persistente de memoria. Las ruinas no son un decorado ni una reliquia inmóvil; siguen hablando porque obligan a pensar cuánto permanece y cuánto desaparece dentro de una cultura. Garrido hizo del paisaje norteño algo más que una imagen: lo convirtió en argumento (Maradiegue, 2023).
La prensa dio a estas ideas una salida concreta. Con la aparición de El Norte en 1923, la conversación dejó de pertenecer únicamente a reuniones privadas y comenzó a ocupar un lugar en la vida pública. El periódico publicó poemas, ensayos, críticas y posiciones políticas. También formó lectores. Esa función fue esencial en una época en la que la actividad intelectual de las regiones apenas encontraba espacio dentro de los grandes circuitos nacionales. Los integrantes del grupo no querían que Trujillo fuera solo un paisaje útil para la literatura de otros. Querían que produjera sus propias preguntas, sus publicaciones y sus disputas. El descentralismo dejó así de ser una consigna y se convirtió en una práctica cotidiana de escritura, edición e intervención cultural (Ramos Rau, 2014).
Una generación formada por voces diferentes
César Vallejo encontró en aquella comunidad un espacio de formación y reconocimiento. Había llegado desde Santiago de Chuco con una experiencia marcada por la familia, la religiosidad, las dificultades económicas y el trabajo docente. Sus primeros poemas todavía dialogaban con el modernismo, pero ya avanzaban hacia una expresión más áspera y personal. El dolor no aparecía como una postura elegante, sino como una fuerza que golpeaba el cuerpo, la fe y la vida cotidiana. El grupo no explica por sí solo la originalidad posterior de su obra. Le ofreció, sin embargo, algo decisivo: lectores dispuestos a acompañar una escritura que todavía no encontraba comprensión general. Antes de que sus libros alcanzaran reconocimiento internacional, hubo en Trujillo quienes entendieron que aquella rareza no era una equivocación pasajera (Suárez Trejo, 2018).
Alcides Spelucín eligió otro camino. En El libro de la nave dorada, publicado en 1926, el mar se convierte en distancia, viaje y transformación interior. Su poesía conserva la musicalidad modernista, pero no permanece encerrada en el culto a la belleza. La nave avanza hacia una conciencia más amplia, como si el paisaje marítimo sirviera para abandonar una sensibilidad agotada y buscar otra relación con el mundo. Spelucín no escribió como Vallejo, y precisamente allí reside su interés. El Grupo Norte no fue una fábrica de imitadores. Permitió que distintas voces convivieran sin perder su carácter. Su modernidad no nació de una fórmula única, sino del diálogo entre obras que tomaban rumbos diferentes (Suárez Trejo, 2018).
Óscar Imaña y Francisco Xandóval pertenecen a la zona menos visible de esa historia. Imaña escribió desde Cajamarca y difundió buena parte de su poesía en diarios y revistas regionales. Su producción permaneció dispersa durante décadas, hasta que la publicación de Las manos invisibles y otros poemas permitió recuperar una obra que había quedado fuera de los principales circuitos editoriales. Xandóval desarrolló una poesía íntima, atravesada por la infancia, la orfandad y la inquietud espiritual. Más adelante se acercó a la poesía oriental y elaboró recreaciones que buscaban llevar otras tradiciones al castellano. Ambos recuerdan que la historia literaria conserva unas voces y deja otras en los márgenes, muchas veces por razones ajenas a la calidad de la escritura (Casa de la Literatura Peruana, 2013; Arrizabalaga, 2011).
Nadie en el Grupo Norte escribió como el otro. Vallejo llevó el lenguaje hacia una transformación radical; Spelucín hizo del mar una travesía interior; Garrido encontró en Chan Chan una memoria construida con barro; Orrego convirtió la crítica en una forma de acompañamiento; Imaña y Xandóval representan una producción que todavía exige nuevas lecturas. Esa diversidad no debilitó al grupo. Fue su mayor fuerza. Trujillo se convirtió en un centro cultural porque allí no se buscó uniformar la creación, sino darle espacio. El legado permanece en esa decisión: pensar el Perú desde la región, escribir sin esperar permiso y demostrar que la vida intelectual del país nunca ha pertenecido a una sola ciudad (Ramos Rau, 2014).
Bibliografía
Arrizabalaga, C. (2011). Como Anteo al pisar en la tierra: Poemas de Francisco Xandóval. Mercurio Peruano. Revista de Humanidades, (524), 241-253.
Casa de la Literatura Peruana. (2013, 19 de septiembre). Poemario inédito de Óscar Imaña, miembro del Grupo Norte. https://www.casadelaliteratura.gob.pe/poemario-inedito-de-oscar-imana-miembro-del-grupo-norte/
Maradiegue, W. (2023). Poética del barro: Ruinas andinas en Visiones de Chan Chan de José Eulogio Garrido. Letras, 94(140), 4-16. https://doi.org/10.30920/letras.94.140.1
Ramos Rau, D. (2014). Movimiento descentralista y Grupo Norte. In Crescendo, 5(2), 275-287. https://doi.org/10.21895/incres.2014.v5n2.11
Suárez Trejo, J. T. (2018). Amauta(s): Antenor Orrego como maestro de vanguardia. Cuadernos de Literatura, 22(43), 120-145. https://doi.org/10.11144/Javeriana.cl22-43.aaom







