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José Carlos Botto Cayo
15 de junio del 2026
La oscuridad llegaba sin pedir permiso.
Las luces se apagaban y Lima quedaba convertida en una ciudad llena de sombras. Algunas personas buscaban velas; otras miraban por las ventanas, tratando de encontrar una respuesta en medio de la noche.
En una casa de Miraflores vivía Sebastián, un muchacho que desde niño quería ser caballero templario.
Todo había empezado con una imagen encontrada en una vieja enciclopedia. En ella aparecían unos hombres vestidos con mantos blancos y una cruz roja sobre el pecho. Cabalgaban por un camino perdido, quizás buscando una ciudad, una batalla o simplemente su destino.
Sebastián quedó atrapado en esa imagen.
No sabía quiénes eran, pero quería caminar con ellos.
Durante los apagones encendía una vela y comenzaba a leer todo lo que encontraba sobre los templarios: libros, revistas, recortes de periódicos y algunas fotocopias que guardaba dentro de una carpeta azul.
La luz de la vela caminaba por las paredes de su cuarto, creando formas extrañas.
A veces parecía una espada.
Otras veces, el rostro de un guerrero que lo observaba desde algún lugar de la historia.
—Vas a terminar quemando la casa —le decía su madre.
—Estoy estudiando.
—Los muchachos de tu edad estudian matemáticas.
—Yo también.
—Pero las matemáticas no llevan espadas.
Sebastián sonreía.
Su madre no entendía aquella necesidad de buscar templarios en todos lados. Tampoco comprendía por qué llenaba sus cuadernos con cruces, castillos y nombres de ciudades que se encontraban al otro lado del mundo.
Pero él necesitaba saber.
Quería conocer la vida de aquellos hombres. Saber si realmente habían encontrado tesoros, si protegían secretos o si todo era una historia inventada muchos siglos después.
También quería saber si sentían miedo.
Porque en aquellos años todos sentían miedo.
Miedo a los apagones.
Miedo a las explosiones.
Miedo a salir y no regresar.
Había noches en las que Sebastián dejaba de leer y escuchaba la respiración de la ciudad. A lo lejos ladraban los perros. Algún automóvil cruzaba rápidamente la avenida y después todo volvía a quedar en silencio.
En esos momentos imaginaba a los templarios avanzando por un desierto oscuro, sin saber qué encontrarían detrás de la siguiente montaña.
Quizás ellos también habían sentido miedo.
Una tarde, Sebastián entró en una librería de viejo cercana al parque Kennedy. El lugar era pequeño y olía a papel húmedo. Los libros se acumulaban unos encima de otros, como si también buscaran un espacio para respirar.
Detrás del mostrador estaba un hombre de cabello blanco.
—¿Tiene libros sobre los templarios? —preguntó Sebastián.
—Todos preguntan por sus tesoros —respondió el anciano.
—Yo no he preguntado por tesoros.
El hombre levantó la mirada.
—Entonces, ¿qué buscas?
—Quiero saber por qué desaparecieron.
—Todo desaparece alguna vez.
—No todo.
El librero guardó silencio.
Después caminó hasta un estante y sacó un libro de tapas negras. No tenía título ni nombre de autor. En la primera página aparecían dos caballeros montados sobre un mismo caballo.
Sebastián reconoció el símbolo.
—Es el sello de la orden.
—Eso dicen.
—¿No lo es?
—Las cosas pueden tener varios significados. Depende de quién las mire y de lo que quiera encontrar.
Sebastián comenzó a revisar las páginas. Había textos en castellano, frases en latín y dibujos realizados con una tinta casi borrada. Entre dos páginas encontró una pequeña flor seca.
La tocó con cuidado.
—¿A quién perteneció este libro?
—A alguien que hizo demasiadas preguntas.
—¿Lo conoció?
—Conocí sus preguntas.
Sebastián sintió que aquel hombre jugaba con las palabras.
—¿Cuánto cuesta?
—No está a la venta.
—Entonces, ¿por qué me lo enseñó?
El anciano sonrió.
—Porque los libros también escogen a sus lectores.
Aquella frase le pareció extraña. Sebastián volvió a mirar el libro y sintió que detrás de esas páginas existía una puerta.
—Quiero ser templario —dijo.
El librero dejó de sonreír.
—¿Para qué?
—Para defender a las personas.
—¿De quién?
Sebastián no supo responder.
Durante años había soñado con ser caballero, pero nunca había pensado contra quién tendría que luchar.
El anciano escribió una dirección en la última página.
—Ve esta noche.
—¿Qué encontraré?
—Lo que estés preparado para encontrar.
Sebastián guardó el libro bajo su casaca y regresó a casa.
La dirección pertenecía a una calle de Miraflores que conocía bien. Allí había una casa antigua, con balcones de madera y ventanas cerradas. Había pasado muchas veces frente a ella, pero nunca le había prestado atención.
Ahora la casa tenía otro significado.
Quizás detrás de sus paredes se reunían los últimos miembros de la orden. Tal vez guardaban documentos, espadas o mapas de lugares que no aparecían en los libros.
Esperó la llegada de la noche.
A las ocho se produjo otro apagón.
La casa quedó atrapada en la oscuridad. Su madre encendió una vela en la sala, mientras Sebastián colocaba el libro negro dentro de una mochila.
—¿Adónde vas?
—Tengo que encontrarme con alguien.
—No vas a salir.
—Es cerca.
—La oscuridad también está cerca.
Sebastián se quedó mirándola.
Quiso explicarle lo del librero, el libro y la casa antigua. Quiso decirle que quizás estaba a punto de conocer a los últimos templarios y que aquella podía ser la noche que había esperado desde niño.
En ese momento se escuchó una explosión.
Las ventanas temblaron y la llama de la vela estuvo a punto de apagarse. Su madre cerró los ojos. Por un instante dejó de ser la mujer que siempre tenía una respuesta. Era solamente un ser humano asustado.
Sebastián dejó la mochila en el suelo.
—No voy a salir —le dijo.
Se sentó junto a ella.
Permanecieron en silencio, escuchando las sirenas que se perdían entre las calles. La vela continuó encendida, dibujando sombras que subían y bajaban por las paredes.
Su madre le tomó la mano.
No hablaron de templarios.
Tampoco era necesario.
Al día siguiente, Sebastián regresó a la librería. El anciano se encontraba sentado detrás del mostrador, como si no se hubiera movido durante toda la noche.
—No fui a la casa.
—¿Por qué?
—Mi madre tenía miedo.
—¿Y tú?
—También.
El hombre asintió.
—Entonces hiciste bien en quedarte.
—¿Qué había en esa casa?
—Nada.
—¿Nada?
—Está abandonada desde hace muchos años.
Sebastián sintió que había sido engañado.
—¿Todo era una prueba?
—Quizás.
—¿Usted es templario?
El anciano se quitó los anteojos y comenzó a limpiarlos.
—Soy un hombre que vende libros.
—No me ha respondido.
—Hay preguntas que pierden su valor cuando son respondidas.
Sebastián colocó el libro negro sobre el mostrador.
—Puede quedárselo.
—El libro es tuyo.
—Usted dijo que no estaba a la venta.
—Y no lo estaba.
—No entiendo.
—Algún día lo harás.
Sebastián volvió a mirar a los dos caballeros montados sobre un mismo caballo. Pensó en la noche anterior, en la explosión y en la mano de su madre buscando la suya en medio de la oscuridad.
Guardó el libro.
Pasaron los años.
Sebastián continuó leyendo sobre los templarios. Conoció sus victorias, sus errores, sus riquezas y el día en que fueron perseguidos. Descubrió que no todos habían sido héroes y que tampoco todos fueron culpables.
Eran hombres.
Eso los hacía más cercanos.
También más difíciles de entender.
Los apagones terminaron, pero algunas oscuridades permanecieron dentro de las personas.
Cuando regresó tiempo después a la librería, encontró la puerta cerrada. Preguntó en los negocios cercanos por el anciano, pero nadie lo recordaba.
—Aquí nunca hubo una librería —le dijo una mujer.
Sebastián pensó que estaba equivocada.
Antes de marcharse, observó una pequeña marca sobre la puerta. Era una cruz rodeada por un círculo. La tocó con los dedos, tratando de saber si siempre había estado allí.
No encontró ninguna respuesta.
Muchos años después, durante una falla eléctrica, Sebastián encendió una vela y volvió a abrir el libro negro.
Su hijo entró en la habitación.
—¿Qué estás leyendo?
—Una historia antigua.
—¿De guerreros?
—De hombres que buscaban algo.
—¿Lo encontraron?
Sebastián miró la llama.
En ella estaban su infancia, los apagones, el rostro de su madre y la librería que quizás nunca había existido.
—Algunos encontraron un tesoro —respondió.
—¿Oro?
—No todos los tesoros son de oro.
El niño se sentó a su lado y comenzó a mirar los dibujos. Al llegar a la página donde había estado la flor seca, encontró una frase escrita con tinta roja.
—¿Esto lo escribiste tú?
Sebastián tomó el libro.
No recordaba haber visto aquellas palabras.
Acercó la página a la vela y comenzó a leer:
«La orden no ha desaparecido. Solo ha aprendido a vivir en la oscuridad».
Afuera, Miraflores permanecía en silencio.
Sebastián miró hacia la ventana. Durante unos segundos creyó distinguir la figura de un hombre al otro lado de la calle. Llevaba una prenda clara y permanecía inmóvil bajo la noche.
La electricidad regresó de pronto.
El niño corrió a encender las luces.
Cuando Sebastián volvió a mirar hacia la calle, el hombre había desaparecido.
Cerró el libro y colocó una mano sobre la cubierta.
Por un momento volvió a ser el niño que quería ser templario.
Aunque quizás nunca había dejado de serlo.







