Artículo de información

José Carlos Botto Cayo

8 de julio del 2026

Alejandro Souza nació en 1970, en una casa de San Isidro que miraba de frente al Olivar. La calle era tranquila, con árboles viejos, veredas limpias, autos que no pasaban corriendo y vecinos que todavía se saludaban desde la puerta. No era una familia rica, pero tampoco faltaba lo necesario. Había libros en la sala, discos en un mueble bajo, cuadros apoyados contra la pared y una mesa donde siempre aparecían papeles, lápices, pinceles, vasos con agua turbia y alguna taza de café olvidada.

Su padre, Alberto Souza, pintaba y escribía. No hablaba mucho de su trabajo. Pintaba de noche, cuando la casa bajaba el ruido y todos parecían haberse retirado del mundo. A veces Alejandro se levantaba para tomar agua y lo encontraba sentado frente a un lienzo, con la camisa manchada y los ojos fijos en una figura que todavía no terminaba de aparecer.

—¿Qué estás pintando? —preguntaba el niño.

—Todavía no sé —respondía Alberto.

Esa respuesta a Alejandro le parecía extraña. ¿Cómo alguien podía pintar algo sin saber qué era? Pero no insistía. Se quedaba un rato mirando y luego volvía a su cuarto.

Su madre, Mariela Alejandra Sánchez, cantaba rock en una banda del barrio. Ensayaban en garajes, casas de amigos y salas prestadas. A veces llegaba tarde, con el cabello suelto, cansada, oliendo a cigarro, parlantes y perfume. No cantaba canciones suaves. Cantaba con una voz fuerte, algo ronca, como si cada tema fuera una discusión que no estaba dispuesta a perder.

En la casa no había silencio completo. Si Alberto no estaba moviendo pinceles, Mariela estaba probando una melodía. Si Mariela no cantaba, Ana María ponía la radio. Si nadie decía nada, se oían los autos de la avenida, los pájaros del Olivar y, de cuando en cuando, algún grito lejano de muchachos jugando en la calle.

Ana María, la hermana mayor de Alejandro, había nacido bajo el signo de Piscis. Eso decía su madre cada vez que la veía preocupada por algo. Era sensible, pero no débil. Tenía una manera seria de mirar a la gente, como si supiera cuándo alguien mentía o cuándo alguien venía con mala intención. A Alejandro lo cuidaba con una mezcla de cariño y fastidio.

—No te metas en problemas —le decía casi todos los días.

—No me meto.

—Sí te metes.

—Pero no empiezo yo.

—Eso no importa. Igual terminas ahí.

Alejandro era Aries. Mariela decía que por eso no se quedaba quieto, que por eso contestaba rápido, que por eso corría antes de pensar. Él no sabía si los signos servían para explicar algo, pero era cierto que le costaba mirar una injusticia y quedarse callado. Si a un compañero le quitaban la lonchera, se acercaba. Si un niño mayor empujaba a uno más chico, preguntaba por qué. A veces eso terminaba mal. A veces no.

Estudiaba en un colegio mixto de la zona. No era el primero de la clase ni el último. Cumplía cuando quería. Dibujaba en los márgenes de los cuadernos, inventaba nombres para sus profesores y escuchaba conversaciones ajenas con una atención que incomodaba a su hermana.

—Deja de mirar —le decía Ana María.

—No estoy mirando.

—Estás mirando demasiado.

—Solo escucho.

—Peor.

Alejandro se reía, pero hacía caso por un rato.

El colegio quedaba cerca, lo suficiente para caminar. En las mañanas, Mariela los despedía apurada, a veces con una tostada en la mano, a veces buscando una llave que siempre aparecía donde ella misma la había dejado. Alberto salía menos temprano. Cuando trabajaba en algún cuadro, podía olvidarse de afeitarse, de almorzar y hasta de responder el teléfono.

La vida era así. No perfecta. Normal.

Una tarde, al salir del colegio, Alejandro vio a tres muchachos parados en una esquina. No llevaban uniforme. Tendrían diecisiete o dieciocho años, quizá más. Uno tenía el cabello largo y una chompa gastada. Otro fumaba con la mano escondida, como si todavía temiera que lo viera un profesor. El tercero sostenía unos papeles doblados.

No parecían vendedores.

Alejandro bajó la velocidad.

—Camina —dijo Ana María.

—¿Quiénes son?

—No sé.

—Están repartiendo algo.

—Y a ti no te importa.

Pero a Alejandro sí le importó. Uno de los muchachos se acercó a un grupo de alumnos mayores y les habló en voz baja. No sonreía. No hacía bromas. No ofrecía rifas ni estampitas ni invitaciones a una fiesta. Hablaba con una seriedad que no correspondía a esa esquina, a esa hora, con escolares saliendo y madres esperando en la vereda.

Ana María lo jaló del brazo.

—Vámonos.

—Espera.

—No, Alejandro.

Él alcanzó a ver una pared al costado de la bodega. Tenía restos de pintura roja. Alguien había borrado una frase, pero no del todo. Quedaban letras sueltas, una palabra partida, una línea gruesa que parecía una herida mal tapada.

—¿Qué decía ahí?

—No sé.

—Sí sabes.

Ana María no respondió. Apretó los labios y siguió caminando.

Esa noche, durante la comida, Alejandro habló de los muchachos. Mariela levantó la mirada. Alberto dejó el tenedor quieto sobre el plato, pero no dijo nada al comienzo.

—Estaban dando papeles —dijo Alejandro—. A los de secundaria.

—¿Qué papeles? —preguntó Mariela.

—No sé. Ana María no me dejó ver.

—Hizo bien —dijo Alberto.

Alejandro miró a su padre.

—¿Por qué?

—Porque no todo lo que se reparte en la calle hay que recibirlo.

—Pero puede ser importante.

—Justamente por eso.

La respuesta no aclaró nada. Alejandro esperó que su madre dijera algo más, pero Mariela solo tomó agua y miró hacia la ventana. Afuera, el Olivar estaba oscuro. Los árboles parecían más grandes de noche.

Durante los días siguientes volvió a ver señales. No siempre eran los mismos muchachos. A veces eran dos. A veces cuatro. Aparecían cerca del colegio, en una banca del parque, junto a una pared recién pintada, cerca de una cabina telefónica. Hablaban poco y se movían rápido. No molestaban a nadie. No gritaban. Eso los hacía más raros.

Un sábado por la mañana, Alejandro acompañó a Ana María a comprar pan. Pasaron por una calle lateral y encontraron una nueva pinta en una pared blanca. Esta vez no la habían borrado todavía. Las letras rojas estaban frescas. No era una frase cualquiera. No era una travesura de enamorados ni una broma de muchachos. Tenía palabras duras, de esas que no se usan en una conversación familiar.

Ana María se detuvo apenas un segundo.

—No leas —dijo.

—Ya leí.

—Entonces olvídalo.

—¿Por qué todos quieren que no vea?

—Porque eres chico.

—No soy tan chico.

—Sí lo eres para esto.

La bodega de la esquina abrió más tarde ese día. El dueño salió con un balde y una brocha. Primero miró a los lados. Luego empezó a tapar la frase con cal. No lo hizo con rabia. Lo hizo con miedo.

Alejandro se quedó pensando en eso.

El miedo no siempre hace ruido. A veces solo pinta una pared de blanco.

En el colegio, los mayores empezaron a hablar en grupos cerrados. Cuando Alejandro pasaba cerca, se callaban. Algunos tenían hojas dobladas dentro de los libros. Otros se reunían después de clases con antiguos alumnos que ya no debían estar allí. Un profesor de Historia, un hombre flaco que usaba lentes gruesos, se molestó una mañana y golpeó la mesa.

—Aquí se viene a estudiar, no a repetir consignas que ni siquiera entienden.

La clase quedó en silencio.

Un alumno de los últimos años respondió algo desde el fondo. Alejandro no escuchó bien, pero sí vio la cara del profesor. No era solo enojo. Era preocupación.

Al mediodía, Ana María lo esperaba en la puerta.

—Hoy nos vamos por la otra calle —dijo.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Eso no es una razón.

—Es la única que te voy a dar.

Alejandro caminó a su lado, molesto. A media cuadra vio a uno de los muchachos de la primera tarde. Estaba apoyado contra un poste, hablando con una chica de uniforme. Ella escuchaba con la cabeza baja. Él tenía una mochila de lona colgada al hombro.

Cuando pasaron cerca, Alejandro escuchó unas palabras.

—El país no cambia pidiendo permiso —dijo el muchacho.

La chica no contestó.

—Hay que escoger lado —añadió él.

Ana María apretó la mano de Alejandro.

—No mires.

Pero él ya había mirado.

Esa noche Alberto cerró la puerta con llave antes de las siete. Mariela no fue al ensayo. Dijo que le dolía la garganta, aunque no tosió ni una vez. Ana María hizo sus tareas en la mesa del comedor y Alejandro fingió leer un libro, pero en realidad escuchaba.

Sus padres hablaban en voz baja en la cocina.

—Están apareciendo por todos lados —dijo Mariela.

—No exageres —respondió Alberto.

—No estoy exagerando.

—Son grupos de muchachos. Siempre ha habido.

—No así.

Hubo un silencio.

—No quiero que los chicos se acerquen a nada de eso —dijo ella.

—No se van a acercar.

—Alejandro mira demasiado.

—Es un niño.

—Precisamente.

Alejandro bajó la mirada hacia el libro. No entendía todo, pero entendía lo suficiente. Había algo que los adultos reconocían y no querían nombrar. Algo que no había empezado en su casa, ni en su colegio, ni en San Isidro, pero que empezaba a dejar marcas también allí, entre árboles cuidados, ventanas limpias y familias que cerraban las puertas más temprano.

Pasaron semanas.

Las pintas aparecían y desaparecían. Los papeles circulaban. Algunos alumnos mayores cambiaron de actitud. Ya no hablaban solo de fútbol, música o exámenes. Decían palabras nuevas con una seguridad que no parecía propia: revolución, traición, pueblo, castigo, guerra. Alejandro no sabía de dónde venía esa seguridad. Le parecía prestada. Como si alguien les hubiera entregado no solo papeles, sino también una forma de mirar a los demás.

Un viernes, al terminar las clases, hubo una discusión cerca de la puerta. Un muchacho de secundaria empujó a otro contra la pared. No fue una pelea común. No había insultos de colegio. Había rabia contenida.

—Tú no entiendes nada —dijo uno.

—Y tú te crees valiente porque repites lo que te dicen —respondió el otro.

El de la mochila de lona apareció entre ellos. No gritó. Solo puso una mano en el hombro del primero y lo apartó.

—No aquí —dijo.

Eso fue todo.

No aquí.

Alejandro se quedó con esa frase. No significaba “no lo hagas”. Significaba “no lo hagas en este lugar”.

Ana María también lo oyó.

Caminaron de regreso sin hablar. Al llegar frente al Olivar, el viento movía las ramas como si los árboles discutieran entre ellos. Un jardinero barría hojas secas. Una señora paseaba un perro. Un hombre leía el periódico en una banca. Todo parecía igual.

Pero no era igual.

Alejandro lo sintió sin poder explicarlo.

Esa tarde, mientras Alberto pintaba en el cuarto del fondo, Alejandro entró sin tocar la puerta. Su padre no se molestó. Estaba frente a un cuadro nuevo. Había pintado una calle vacía, una pared blanca y una sombra alargada que no pertenecía a ninguna persona visible.

—¿Eso dónde es? —preguntó Alejandro.

Alberto tardó en responder.

—Podría ser cualquier lugar.

—Parece acá.

—Puede ser.

—¿Tú sabes quiénes son esos muchachos?

Alberto dejó el pincel sobre la mesa.

—¿Qué muchachos?

—Los que reparten papeles. Los de las pintas.

El padre se quedó mirándolo. Por primera vez, Alejandro notó que Alberto no parecía distraído. Parecía cansado.

—Hay gente que cree que para arreglar el mundo primero hay que romperlo —dijo.

—¿Y tienen razón?

Alberto no respondió de inmediato.

—El mundo está lleno de abusos, Alejandro. Eso es cierto. Pero cuando alguien empieza a creer que puede matar para corregir la vida de los demás, ya no está buscando justicia. Está buscando poder.

Alejandro escuchó sin moverse.

—¿Ellos van a matar?

Alberto bajó la voz.

—No lo sé.

La respuesta fue peor que un sí.

Esa noche, Alejandro no pudo dormir temprano. Miró por la ventana de su cuarto. Desde allí veía una parte del Olivar y la vereda iluminada por un poste. Cerca de la medianoche, oyó pasos. No eran muchos. Dos, quizá tres personas.

Se levantó despacio.

Ana María apareció en la puerta de su cuarto.

—¿También los escuchaste? —susurró.

Alejandro asintió.

Los dos se acercaron a la ventana. En la calle, tres sombras caminaban junto a la pared. Una llevaba una mochila. Otra cargaba algo envuelto en papel periódico. La tercera miraba hacia las casas.

Se detuvieron frente a una pared limpia.

Uno sacó una brocha.

Ana María le tapó la boca a Alejandro antes de que dijera algo.

Los vieron pintar en silencio. Las letras aparecieron una por una, rojas, torcidas, rápidas. No era una frase larga. Era una amenaza breve, puesta allí como una marca. Cuando terminaron, uno de ellos miró hacia la casa de los Souza.

Alejandro sintió que lo había visto.

Ana María lo jaló hacia abajo. Los dos quedaron agachados junto a la ventana, sin respirar.

Pasaron unos segundos.

Luego los pasos se alejaron.

Al día siguiente, la pared amaneció marcada. Los vecinos salieron temprano. Nadie comentó mucho. El dueño de la casa llamó a un albañil para taparla. Mariela miró desde la ventana con los brazos cruzados. Alberto salió a comprar periódico y volvió sin decir palabra.

Alejandro buscó a Ana María.

—Nos vio —dijo él.

—No estoy segura.

—Sí nos vio.

—No digas nada.

—¿Y si vuelve?

Ana María no respondió.

A media mañana, alguien tocó la puerta. No fue un golpe fuerte. Fueron tres golpes secos, pausados, como si quien llamaba supiera que adentro todos habían escuchado.

Mariela miró a Alberto.

Alberto dejó el periódico sobre la mesa.

Ana María tomó a Alejandro del brazo.

Los golpes volvieron a sonar.

Esta vez más claros.

Alejandro miró hacia la ventana, hacia los árboles del Olivar, hacia la pared recién cubierta de cal, hacia la casa que hasta entonces le había parecido segura.

Alberto caminó hacia la puerta.

Nadie habló.

La mano de Alejandro buscó la de su hermana.

Y antes de que la puerta se abriera, la casa entera pareció contener la respiración.