Artículo de información
José Carlos Botto Cayo
27 de mayo del 2026
En 1987, Miraflores todavía conservaba algo de ciudad antigua. Las tardes descendían lentamente sobre la avenida Larco entre cafeterías llenas de humo, librerías silenciosas y cines que encendían sus carteles luminosos antes de la neblina. Los estudiantes caminaban con cuadernos bajo el brazo mientras los micros avanzaban pesadamente hacia el centro de Lima. A simple vista, todo parecía continuar igual. Pero bastaba detenerse unos segundos frente a un kiosco de periódicos para comprender que algo oscuro comenzaba a instalarse en el país. Las primeras páginas hablaban de apagones, atentados, policías muertos y torres eléctricas derribadas en provincias lejanas. La violencia avanzaba poco a poco hacia la capital, como una humedad invisible subiendo por las paredes de una casa vieja.
Javier tenía diecisiete años y observaba la ciudad con una atención casi obsesiva. Le gustaba caminar solo después de clases, entrar a librerías usadas y escuchar conversaciones ajenas en los cafés de Miraflores. Llevaba siempre un cuaderno negro donde escribía frases sueltas sobre Lima, como si intentara guardar algo antes de perderlo. Su madre decía que pasaba demasiado tiempo mirando calles y muy poco viviendo su propia vida, pero él sentía que la ciudad estaba cambiando demasiado rápido y que alguien debía recordarla tal como era antes del miedo.
La conoció una tarde gris cerca del Parque Kennedy. Ella estaba sentada bajo un árbol dibujando sobre un cuaderno azul lleno de manchas de tinta. Javier observó discretamente las páginas: edificios inclinados, personas sin rostro, postes eléctricos convertidos en árboles secos y aves negras atravesando un cielo rojo. No parecían dibujos hechos por una muchacha de colegio, sino visiones extrañas de una ciudad enferma.
—Parece una pesadilla —dijo él casi sin pensar.
Ella levantó la vista lentamente.
—No. Parece Lima.
Aquella respuesta quedó suspendida entre ambos como una advertencia.
Se llamaba Cristina. Desde aquella tarde comenzaron a encontrarse casi todos los días. Caminaban por Larco viendo pasar la ciudad mientras hablaban de libros, música, películas y universidades. Javier soñaba con estudiar periodismo en la Universidad de Lima porque sentía una necesidad creciente de narrar lo que ocurría alrededor. Cristina quería ingresar a pintura en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Decía que el arte servía para atrapar las cosas antes de que desaparecieran.
A veces se refugiaban en pequeños cafés donde el humo de cigarro cubría el techo y la radio transmitía noticias confusas sobre explosiones o estados de emergencia. Afuera, Miraflores seguía aparentando normalidad. Las parejas caminaban por el parque, los niños corrían detrás de globos y los vendedores ambulantes ofrecían caramelos junto a los semáforos. Pero bastaba que anocheciera para que el miedo regresara silenciosamente.
Los apagones comenzaron a formar parte de la rutina de Lima. Primero duraban unos minutos. Después horas enteras. Cuando las luces se iban, el distrito quedaba sumergido en una oscuridad absoluta que parecía borrar edificios y avenidas. Las familias encendían velas mientras las radios a pilas repetían noticias sobre atentados y sabotajes. El hermano menor de Cristina, Daniel, se escondía debajo de la mesa cada vez que escuchaba una explosión lejana. Su madre intentaba tranquilizarlo cerrando ventanas y apagando la radio, aunque el miedo seguía entrando igual por las paredes.
Una noche de octubre, Javier acompañó a Cristina después de caminar por el malecón. Habían hablado durante horas sobre el futuro, sobre las universidades y sobre la sensación de que estaban creciendo demasiado rápido en un país que parecía derrumbarse cada semana. Al llegar cerca de la Huaca Pucllana, las luces desaparecieron de golpe.
Miraflores entero quedó negro.
Durante unos segundos no se escuchó nada.
Luego vinieron los ladridos.
Después las sirenas.
Más lejos, una explosión seca hizo temblar algunos vidrios.
El viento levantó periódicos viejos por la avenida vacía mientras la huaca emergía frente a ellos como una construcción antigua sobreviviendo al fin de otra civilización. Javier sintió miedo, pero también una claridad extraña. Comprendió que quería contar aquella época. No solamente la violencia o los discursos políticos, sino las pequeñas vidas atrapadas dentro del caos: los estudiantes enamorándose durante los apagones, las madres escuchando radios a pilas, los niños haciendo tareas a la luz de las velas y las conversaciones interrumpidas por explosiones lejanas.
—Voy a ser periodista —dijo finalmente.
Cristina lo observó en silencio antes de responder.
—Entonces no olvides nada.
Con el paso de los meses, Lima se volvió más dura. Las noticias de coches bomba comenzaron a acercarse cada vez más a los barrios tradicionales. Los adultos hablaban en voz baja. Algunos vecinos abandonaban el país. Otros fingían que nada ocurría. Mientras tanto, Javier llenaba cuadernos enteros escribiendo sobre la ciudad y Cristina pintaba obsesivamente escenas cada vez más extrañas: cielos partidos sobre Miraflores, sombras caminando entre edificios vacíos y personas abrazándose en medio de calles destruidas. Sin embargo, en todos sus cuadros aparecía siempre una pequeña luz escondida en alguna esquina, como si todavía creyera que algo podía salvarse.
En el verano de 1989, Javier llegó al café donde solían encontrarse después de clases. Cristina no apareció. Esperó durante más de una hora observando la lluvia fina sobre Larco hasta que el dueño del local le entregó un pequeño sobre que ella había dejado aquella mañana.
Dentro había una carta breve.
“Mi padre consiguió irnos del país. Dice que Lima ya no es segura para Daniel. Nos vamos esta noche.
No sé cuándo volveré.
Tú quédate.
Alguien tiene que recordar esta ciudad antes que desaparezca.”
Junto a la carta había un último dibujo. En él aparecía Javier caminando solo por una avenida Larco completamente oscura durante un apagón. Toda la ciudad parecía vacía, destruida, silenciosa. Excepto por una pequeña luz que él sostenía entre las manos.
Javier jamás volvió a verla.
Los años siguientes fueron los más violentos. Explosiones, funerales, miedo y titulares interminables ocuparon la vida cotidiana de Lima. Pero él cumplió lo que había prometido aquella noche junto a la huaca. Se convirtió en periodista y dedicó años enteros a escribir sobre la ciudad que había sobrevivido al terror. Recorrió calles destruidas, entrevistó familias marcadas por la violencia y aprendió que la memoria también podía convertirse en una forma de resistencia.
Muchos años después, cuando el país ya parecía otro, regresó una tarde lluviosa a Miraflores. La avenida Larco había cambiado. Algunos cafés antiguos habían desaparecido y los viejos cines existían solamente en fotografías amarillentas. Caminó sin rumbo hasta entrar casi por casualidad a una pequeña galería cercana al parque Kennedy.
Entonces la vio.
No a Cristina.
Sino a sus cuadros.
Toda una exposición dedicada a la Lima de finales de los ochenta.
Los apagones.
Las sirenas.
La oscuridad.
Las sombras caminando entre edificios vacíos.
Y al fondo del salón, un cuadro enorme donde dos jóvenes avanzaban abrazados bajo una ciudad completamente negra mientras sostenían una pequeña luz entre las manos.
Debajo del cuadro había una frase escrita discretamente:
“Para quienes sobrevivieron a la oscuridad.”
Javier permaneció inmóvil durante largo rato observando la pintura mientras afuera comenzaba a caer nuevamente la neblina sobre Miraflores.
Entonces comprendió algo que nunca había logrado escribir por completo en ninguno de sus artículos:
las ciudades no desaparecen mientras alguien siga recordándolas.







