Artículo de información
José Carlos Botto Cayo
25 de marzo del 2026
El cuarto no era grande, pero tenía la dignidad de los espacios que han sido vividos con constancia. Juan Francisco Neon lo sabía. No hacía falta medirlo en metros ni describirlo con precisión; bastaba con mirarlo un instante para entender que allí se había peleado contra el tiempo, contra el olvido y, sobre todo, contra uno mismo.
La madera del escritorio tenía pequeñas heridas, cicatrices que no provenían del descuido sino del uso. Había marcas de tinta antigua, surcos leves donde alguna vez la presión de la mano fue excesiva, y una esquina ligeramente astillada que él nunca quiso reparar. Decía —para sí mismo— que ciertas imperfecciones eran necesarias, porque le recordaban que todo lo que importa deja huella.
Se sentó sin apuro, como quien ya no necesita demostrar nada. Afuera, la tarde caía con esa lentitud que solo perciben quienes han aprendido a mirar. Un auto pasó sin prisa, alguien cruzó la vereda con la cabeza baja, y en ese mínimo movimiento cotidiano, casi insignificante, Juan Francisco Neon sintió que la vida seguía ocurriendo sin pedir permiso.
Pensó entonces —no por nostalgia, sino por una especie de fidelidad interior— en todo lo que había sido necesario para llegar hasta ese momento. No en los logros visibles, que siempre le parecieron exagerados, sino en las pequeñas decisiones: quedarse cuando otros se iban, insistir cuando el sentido no era claro, escribir cuando nadie leía.
La escritura no había sido para él una vocación evidente. No hubo un instante luminoso ni una revelación definitiva. Más bien fue una incomodidad persistente, una forma de no encajar del todo en las conversaciones, en los trabajos, en los silencios. Había algo que no terminaba de acomodarse, y ese desajuste —con el tiempo— se volvió una forma de búsqueda.
Recordó, sin forzar la memoria, una noche de juventud en la que caminaba sin rumbo claro por calles que hoy le parecerían más pequeñas. Entonces todo tenía otra escala. Las luces eran más intensas, las sombras más profundas, y cada esquina parecía contener una promesa que no terminaba de cumplirse.
No era feliz en el sentido convencional, pero tampoco estaba perdido. Más bien atravesaba esa etapa en que uno intuye que hay algo importante por descubrir, aunque todavía no tenga nombre. Llevaba consigo un cuaderno barato, de esos que se doblan con facilidad, y una necesidad vaga de escribir, como si al hacerlo pudiera ordenar el ruido que lo acompañaba.
Al principio intentó construir historias como las que había leído. Pensaba que escribir consistía en armar estructuras complejas, en sorprender, en demostrar cierta habilidad. Se esforzaba por encontrar finales ingeniosos, por crear personajes que parecieran sólidos, por sostener una idea hasta sus últimas consecuencias.
Pero algo no encajaba.
Las palabras no se sostenían. Había una sensación de artificio, de algo que no terminaba de ser verdadero. Podía terminar un cuento, sí, pero al releerlo sentía que no le pertenecía. Era como si estuviera imitando una voz que no era la suya.
Durante un tiempo eso lo frustró. Pensó incluso en dejar de intentarlo, en aceptar que tal vez escribir no era para él. Pero había algo más fuerte que la frustración: una curiosidad obstinada, casi silenciosa, que lo empujaba a seguir mirando.
Y fue justamente ahí, en ese mirar sin expectativas, donde ocurrió el cambio.
No en un momento grandilocuente, sino en un gesto mínimo.
Estaba sentado en un café donde casi nadie reparaba en él. No escribía. Solo observaba. Un hombre, a unas mesas de distancia, sostenía una taza sin beber. La miraba como si esperara que algo sucediera dentro de ella. No había drama visible, no había acción, no había historia en el sentido tradicional.
Y sin embargo, había algo.
Algo que no podía nombrar, pero que estaba ahí, suspendido.
Esa misma noche escribió sobre ese hombre.
Sin adornos, sin intención de impresionar. Solo describió la escena tal como la había visto, con la mayor honestidad posible. Y por primera vez, al releer, no sintió rechazo.
Había encontrado algo.
No una técnica, no una fórmula, sino una forma de mirar.
Entendió —aunque no lo formulara de inmediato— que sus cuentos no debían construirse desde la invención, sino desde la atención. Que lo importante no era lo extraordinario, sino lo verdadero. Que la literatura, al menos la suya, no iba a surgir de grandes argumentos, sino de pequeñas certezas.
A partir de ahí cambió su manera de escribir.
Dejó de perseguir historias y empezó a registrar momentos. Se volvió más paciente, más selectivo. Aprendió a descartar sin miedo, a dejar espacios en blanco, a confiar en que lo esencial no necesitaba ser explicado del todo.
También aparecieron los poemas.
No como una decisión, sino como una consecuencia. Había cosas que no cabían en el relato, que exigían otra forma, otro ritmo. Descubrió que podía decir más con menos, que una imagen bien sostenida podía contener una emoción completa.
No todo fue claridad, por supuesto. Hubo dudas, textos que no funcionaban, intentos fallidos. Pero ya no lo vivía como un problema. Había entendido que el proceso era parte de la forma, que escribir no era llegar a un resultado, sino habitar una búsqueda.
El recuerdo se disolvió sin brusquedad.
Juan Francisco Neon volvió al presente con la misma naturalidad con que uno cambia de habitación en una casa conocida. El cuaderno seguía abierto sobre el escritorio, la luz había cambiado, y el silencio tenía otra densidad.
Se levantó apenas, caminó hasta la ventana y apoyó la mano en el marco. La calle seguía ahí, con su rutina intacta, con esa sucesión de pequeños hechos que casi nadie registra.
Y sin embargo, todo eso le resultaba suficiente.
No sentía la urgencia de antes, ni la necesidad de demostrar nada. Había una serenidad que no provenía del cansancio, sino de una comprensión lenta, trabajada a lo largo de los años.
Volvió a sentarse.
Tomó la pluma, la acomodó entre los dedos, y durante unos segundos no hizo nada. No porque dudara, sino porque entendía que ese instante previo también formaba parte de la escritura.
Pensó en ese joven que caminaba con un cuaderno doblado en el bolsillo, en esa incomodidad inicial, en esa necesidad de encontrar una forma propia.
Y sin dramatismo, sin solemnidad, reconoció que todo había empezado ahí.
No en el éxito ni en el reconocimiento, sino en la curiosidad.
Esa curiosidad que lo había llevado a observar un gesto mínimo, a detenerse donde otros pasaban de largo, a escribir cuando no había garantías de nada.
Apoyó la punta de la pluma sobre el papel.
Y empezó.
No como quien inicia algo nuevo, sino como quien continúa una conversación antigua, una que no se ha interrumpido nunca del todo. Porque si algo había aprendido, después de todo, era que la escritura no es un punto de llegada, sino una forma de permanecer.
Y en ese acto —simple, silencioso, firme— Juan Francisco Neon entendió que la juventud no se había ido.
Solo había cambiado de ritmo.
Y seguía ahí, intacta, en cada palabra que aún estaba dispuesto a escribir.







