Artículo de información

José Carlos Botto Cayo

23 de setiembre del 2026

Cristina hundió el pulgar en la arcilla y abrió un agujero donde debía quedar el fondo. Javier levantó la vista del teléfono. Sobre la mesa, una aplicación acababa de producir veinte versiones perfectas del recipiente que ella intentaba modelar.

—El tuyo pierde agua —dijo.

—Entonces trae un trapo.

Era septiembre de 2026. Habían llegado a esa confianza después de aprender a conversar sin cobrarse los años separados. Cristina había salido del Perú en 1989; Javier se había quedado entre las redacciones, los apagones y aquella promesa de recordar Miraflores. Durante años encontró noticias de ella en sus cuadros. Ahora compartían una casa alquilada, algunas cuentas y la costumbre de discutir mientras preparaban el almuerzo. Cristina llevaba pintura en las canas. Él necesitaba alejar los papeles para leerlos.

Sus manos conocían el pincel, pero se impacientaban al levantar una pared que terminaba cayéndose. Había comprado aquel barro para descansar de las imágenes que le encargaban por correo: retratos, paisajes imposibles, recuerdos corregidos. Algunos clientes pedían que pintara exactamente lo que una máquina les había mostrado. Otros enviaban fotografías de muertos y solicitaban sonrisas que nunca habían existido.

Javier tampoco podía fingirse ajeno. Usaba inteligencia artificial para transcribir entrevistas y revisar archivos. Gracias a ella había encontrado contradicciones entre cientos de contratos que antes habría tardado meses en leer. Una tarde, sin embargo, descubrió una declaración atribuida a un hombre que jamás la había pronunciado. El editor le pidió dejarla. Resumía muy bien su posición.

—Pero no la dijo.

—Nadie va a reclamarte una frase tan razonable.

La quitó. Al llegar a casa encontró a Cristina raspando una pintura. Había reconocido en un anuncio la imitación de sus muchachas con peces dormidos dentro del pecho. Cenaron tarde, molestos con personas distintas. Después él lavó los platos y ella secó despacio, apoyándole a ratos la frente en el hombro.

Un sistema detectó a tiempo una lesión en el ojo de Cristina. Ella pudo seguir pintando. Ese mismo mes desapareció del diario la mesa de los correctores. Javier ayudó a uno a guardar sus cosas.

En 2032 lo jubilaron mediante un mensaje que agradecía su aporte insustituible. Le ofrecieron seguir publicando si aceptaba que su firma apareciera en textos producidos a partir de sus crónicas. Cristina lo encontró sentado frente al contrato.

—¿Cuánto ofrecen?

Él señaló una cifra.

—Nos serviría —admitió ella.

Javier dejó el documento abierto hasta la noche. Pensó en el alquiler, en las consultas, en la facilidad con que uno terminaba negociando aquello que había defendido. Finalmente cerró la pantalla. A la mañana siguiente salió a buscar historias por su cuenta. Regresó con dolor de rodillas y una entrevista a un hombre que reparaba cocinas.

En 2035 entrevistó a Mariela, una ingeniera peruana que trabajaba en Osaka. Detrás de ella había una planta seca. Hablaba del sistema japonés que acababa de aprender a diseñar sus propios procesadores. Las fábricas podían prescindir de las plataformas estadounidenses. Javier preguntó si aquello abarataría los aparatos.

—Puede cambiar quién nos da permiso para encenderlos.

Washington reclamaba patentes y acceso a los controles; Tokio se negaba a entregar una tecnología que ya administraba buena parte de su industria. Habían sido aliados. Mariela señaló una fotografía donde aparecía con ingenieros estadounidenses durante la inauguración del laboratorio.

—Ayer les cancelaron las credenciales. Uno dejó acá la foto de su hijo.

Durante tres años Javier siguió llamándola. Al principio conversaban de sanciones y fábricas paralizadas. Después ella pidió que dejara de grabar. Habían intervenido las comunicaciones del laboratorio. Su esposo perdió el trabajo cuando cerró una empresa estadounidense; ella recibió una orden que le impedía abandonar Japón.

Cristina empezó a quedarse junto a Javier durante aquellas llamadas. Conocía la cocina de Mariela, el ruido de su hervidor, la voz del hijo que reclamaba ayuda para vestirse. Una tarde la ingeniera mostró un dibujo del niño. Había pintado los aviones verdes.

—Dice que así no se ven desde el pasto.

La guerra empezó cuando una flota estadounidense intentó imponer el bloqueo de los puertos japoneses. Hubo un buque hundido, represalias sobre las fábricas y ciudades alcanzadas durante la noche. Cada gobierno mostró pruebas de haber respondido al primer ataque. Javier recibió dos videos del mismo barco: en uno disparaba; en el otro ardía antes de abrir fuego.

Llamó a Mariela. La encontró en el piso de un baño, abrazada a su hijo.

—¿Cuál de los dos videos es verdadero?

Ella miró hacia el techo.

—Javier, escucha.

Él oyó golpes, una sirena y algo que cayó cerca del micrófono. Cristina le apretó el brazo. Mariela pidió que esperaran; tenía que buscar los zapatos del niño. La pantalla quedó mostrando un lavatorio. Durante varios minutos no regresó nadie. Javier dejó de tomar notas.

Otras potencias entraron en la guerra. Después vinieron las explosiones nucleares, primero sobre objetivos militares y luego sobre ciudades. Las últimas transmisiones mostraban incendios separados por océanos. También se destruyeron centrales, cables y satélites; cada bando intentaba arrancarle al otro los ojos con que dirigía la guerra. Los países que no combatían perdieron combustible, repuestos y alimentos. Lima permaneció encendida a pedazos hasta una madrugada en que el refrigerador dejó de zumbar.

Javier despertó antes que Cristina. Esperó el golpe lejano de una explosión. Su cuerpo todavía conservaba aquella costumbre de muchacho, cuando la oscuridad obligaba a contar a los amigos y a buscar velas. Esta vez no oyó nada. Caminó hasta la cocina y giró el caño. Cayó un hilo de agua, después aire.

—Cristina.

Ella apareció descalza.

—Llena lo que puedas —dijo él.

Usaron ollas, botellas y una tina. El barro seco de aquel recipiente malogrado seguía en una repisa. Cristina lo apartó para alcanzar una jarra. Afuera alguien golpeaba las puertas preguntando por un ascensor detenido.

Al quinto día Javier hizo cola frente a un camión cisterna en la avenida Arequipa. Llevaba dos baldes y la credencial del diario, sin saber para qué. Cuando le tocó avanzar, el chorro se había detenido. Una mujer golpeó el tanque. El conductor abrió la boca de descarga y dejó que todos vieran. Javier sintió vergüenza de los baldes vacíos. Al regresar encontró a Cristina repartiendo su última olla entre una vecina y dos niños.

—Podrías haberme esperado.

Ella miró los baldes. Él los dejó junto a la puerta.

Las semanas siguientes trajeron entierros, saqueos y familias que salían de Lima a pie. El técnico de la esquina logró encender un generador; lo apagó cuando agotó el combustible. Después desarmó una bomba de agua y pasó meses buscando una pieza. Tenía el manual abierto sobre el banco. Javier lo vio adelgazar entre las mismas herramientas. Los aparatos permanecieron allí hasta que alguien comenzó a llevarse sus carcasas para tapar ventanas.

Javier y Cristina permanecieron porque caminar hacia otra ciudad les resultaba imposible. Tenían cerca de setenta años y las piernas de él empeoraban. Se instalaron con otras familias en los salones bajos de un colegio. Compartían una olla, vigilaban las entradas y discutían por asuntos que antes habrían parecido pequeños. Una mujer acusó a otra de esconder harina. Un muchacho quiso mandar porque tenía un arma. Lo sacaron entre varios, pero aquella noche nadie durmió.

El agua llegaba en carretas desde un canal, después de horas de camino. Hervían lo que alcanzaban y guardaban cada resto. Las botellas se rajaban; las ollas hacían falta para cocinar. Cristina pensó en su barro. Un albañil sabía dónde encontrar tierra apropiada; una anciana recordaba cómo se preparaba. Se llamaba Rufina y tenía los dedos torcidos. Miró los primeros intentos de Cristina sin el respeto que los visitantes de las galerías concedían a sus obras.

—Está muy grueso acá. Se va a abrir.

Se abrió.

Cristina lloró con una rabia que avergonzó a Javier. Él había ido a consolarla hablándole de empezar otra vez, de aprender juntos, de todas aquellas frases que todavía le salían por oficio.

—Tengo hambre —lo interrumpió—. Y esto no sirve.

Él recogió los pedazos. Al día siguiente la acompañó a buscar más tierra.

Rufina les enseñó a reconocerla y a quitarle las piedras. Entre varios levantaron un horno sencillo. Perdieron cargas enteras antes de obtener vasijas capaces de resistir el fuego. Cristina comenzó a dibujar sobre una pared los pasos que iban descubriendo. Había niños que no sabían leer, adultos con mala vista y personas que llegaban de otros barrios. Una línea podía mostrarles dónde adelgazaba demasiado el barro. Ella conservaba la paciencia para explicar aquello que sus manos aún hacían con dificultad.

Javier reunió noticias en la puerta del colegio. Interrogaba a los viajeros: de dónde venían, qué habían visto, quién podía confirmarlo. Se decía que en el norte funcionaba una radio. Se decía que Japón había desaparecido bajo el mar. Se decía que los estadounidenses bebían agua negra. Él separaba los rumores de los testimonios, aunque algunos vecinos se enfadaban porque preferían una certeza terrible a una pregunta abierta.

Un adolescente llamado Tomás propuso abrir las computadoras del colegio. Estaba seguro de que adentro seguirían las respuestas. Javier lo acompañó a desmontar una. Encontraron polvo, cables y una cucaracha muerta. El muchacho preguntó dónde estaban los libros que había consultado en aquella pantalla. Javier intentó explicarle la distancia entre el aparato y los archivos. Se detuvo al notar que hablaba de lugares que tampoco él sabría encontrar. Dejaron las piezas ordenadas para quien pudiera aprovecharlas. Esa tarde buscaron en un depósito los viejos manuales que habían retirado.

Encontraron varios húmedos. Extendieron las páginas aprovechables bajo el sol y las sujetaron con piedras. Cristina se acercó llevando una vasija. Le dolían los hombros, pero se quedó ayudando hasta que cayó la tarde. Tomás quiso agradecerles. Ella señaló las hojas que faltaban separar.

—Termina esas antes de que oscurezca.

El muchacho se arrodilló junto a Javier y continuaron trabajando.

Una tarde llegó un antiguo marino del Callao. Había participado en una travesía a vela y traía relatos de puertos extranjeros donde también se araban jardines, se reparaban herramientas y se enterraba gente sin medicinas. No había encontrado un país vencedor. Entregó a Javier una carta para una familia de Surquillo. El sobre estaba cubierto de manchas; alguien lo había mantenido seco durante buena parte del océano.

Javier tardó tres días en encontrar a los destinatarios. Cuando regresó, Cristina le curó las ampollas sin hablar. Él se había negado a llevar compañía.

—La próxima vez vas con alguien.

—Era cerca.

Ella apretó un poco el paño. Javier hizo una mueca y aceptó.

Los años siguientes tuvieron cosechas pobres, enfermedades y algunos nacimientos. Los niños aprendieron a distinguir semillas y a contar con piedritas antes de conocer las cifras. En el patio se enseñaba a leer, a levantar muros, a remendar ropa. Nadie sabía hacerlo todo. Un error podía costar la comida de una semana. Cristina guardó sus últimos tubos de pintura hasta que una niña le preguntó para qué servían. Los abrió con ella. El azul estaba endurecido; el amarillo todavía manchaba.

Pintaron un pez en el costado de una vasija. Después la niña quiso dibujar otro dentro del pecho de una mujer. Cristina se quedó mirándola.

—Ese lo haces tú —dijo, y le entregó el pincel.

Javier había aprendido a amasar, aunque sus vasijas salían torcidas. Tomás se burlaba de ellas con una confianza que había tardado años en adquirir. Una mañana le anunció que quería enseñar a otros muchachos. Javier buscó a Cristina entre las mesas y la encontró sujetando las manos de una niña alrededor del barro. Esperó a que terminara. Todavía le gustaba mirarla trabajar.

Rufina llamó desde el horno. Acababan de sacar una tanda y necesitaban manos.

Cristina llevó a Javier hasta el patio. Le puso entre las rodillas una vasija tibia. Él recorrió su borde con los dedos, sorprendido por las irregularidades. Una niña vertió agua y todos esperaron. En el fondo se movía el reflejo de una rama. Javier miró el suelo seco, levantó la cabeza y sonrió a Cristina.

—Esta vez no hace falta el trapo.

Ella se agachó para beber antes de que él pudiera ver cómo le temblaba la boca.