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José Carlos Botto Cayo
9 de setiembre del 2026
La mañana había comenzado con esa garúa de Miraflores que no termina de convertirse en lluvia, pero consigue quedarse sobre los árboles, las bancas y los parabrisas.
Daniel salió de su departamento poco después de las ocho.
Llevaba un cuaderno bajo el brazo.
También un lapicero que casi nunca utilizaba.
Hacía varios meses que caminaba así, llevando páginas vacías de un lugar a otro, como si bastara cargarlas para seguir siendo escritor.
Bajó por Pardo.
Miró algunos edificios que no recordaba haber visto antes. En realidad, seguramente los había visto. Lo que ya no recordaba eran las casas que estuvieron allí.
Miraflores se había llenado de ventanas.
Antes estaba lleno de puertas.
Pensó en escribir aquello.
No lo hizo.
Continuó caminando hasta una cafetería pequeña, cerca de la avenida Arequipa.
—Un americano sin azúcar.
El muchacho detrás del mostrador lo reconoció.
—¿Nada para comer?
—Nada.
—Siempre dice lo mismo.
—Algún día voy a sorprenderte.
—Eso también lo dice siempre.
Daniel sonrió y se sentó junto a la ventana.
Abrió el cuaderno.
La primera página tenía una fecha escrita hacía tres semanas.
Nada más.
Sacó el lapicero.
Lo dejó encima de la mesa.
—Seguimos peleados.
—¿Con quién?
Daniel levantó la cabeza.
Una mujer estaba junto a su mesa. Tendría aproximadamente su edad. Llevaba un abrigo oscuro y sostenía un libro contra el pecho.
—Con nadie.
Ella señaló el cuaderno.
—Parecía que hablaba con él.
—A veces conversamos.
—¿Y qué dice?
—Últimamente nada.
—Entonces debe estar molesto.
Daniel cerró el cuaderno.
La mujer sonrió.
—Elena.
—Daniel.
Ella miró alrededor. No había mesas libres.
—¿Puedo?
—Claro.
Pidió un café.
Por unos minutos hablaron de la garúa, del tráfico y de una librería que había desaparecido años atrás.
—Ahí compraba libros mi hermana —dijo Elena.
—Yo también.
—Entonces seguramente nos cruzamos alguna vez.
—En Miraflores todos terminamos cruzándonos alguna vez.
Elena miró por la ventana.
—Aunque después no nos reconozcamos.
Daniel observó nuevamente su cuaderno.
—Las ciudades tampoco se reconocen.
—¿Cómo?
—Cambian tanto que un día uno camina por la misma calle y ya no sabe dónde estuvo su propia vida.
Elena permaneció callada.
—Eso debería escribirlo.
—Por eso no lo voy a escribir.
Ella rio.
—¿Es escritor?
Daniel demoró en responder.
—A veces.
—Qué respuesta extraña.
—Escribir no significa ser escritor todos los días.
—¿Y qué significa?
Miró la hoja vacía.
—Encontrar algo que estaba escondido.
Elena tomó su café.
—Quizá está buscando en el lugar equivocado.
Daniel levantó la vista.
—Puede ser.
Ella sacó un papel del libro y escribió una dirección.
—Mañana. Cuatro de la tarde.
Daniel leyó.
San Isidro.
—¿Qué hay allí?
—Una casa.
—Eso imaginé.
—La van a demoler.
Daniel dobló el papel.
—¿Y por qué tendría que interesarme?
Elena lo miró durante unos segundos.
—Porque usted estuvo allí.
Luego se levantó.
—Espere.
—Mañana.
—¿Nos conocemos?
Elena se acomodó el abrigo.
—No exactamente.
Salió.
Daniel la vio cruzar la avenida.
Abrió el cuaderno.
Escribió:
“Hay lugares que nos recuerdan antes de que nosotros podamos recordarlos”.
Esta vez no tachó la frase.
Al día siguiente decidió caminar.
Tomó la avenida Arequipa hacia San Isidro.
En algunos tramos los árboles parecían proteger todavía una ciudad antigua. En otros, las nuevas construcciones habían levantado paredes de vidrio donde antes existieron jardines.
Caminó despacio.
Recordó cuando aquella avenida tenía otro ritmo, otros cafés, otro ruido.
Llegó a El Olivar antes de las cuatro.
Se detuvo unos minutos.
Los árboles viejos tenían una ventaja sobre las personas: podían permanecer en el mismo lugar mientras todo alrededor desaparecía.
Siguió hasta la dirección.
La casa estaba detrás de una reja negra.
Tenía dos pisos, paredes claras y un jardín pequeño donde todavía sobrevivían algunas plantas.
Elena abrió.
—Pensé que no vendría.
—Yo también.
Entraron.
Había pocas cosas.
Muebles cubiertos con telas, cajas, fotografías apoyadas contra las paredes.
Daniel caminó hacia una esquina.
Se detuvo.
—Aquí había un piano.
Elena no respondió.
—Negro.
—Sí.
—Y una mesa grande.
—También.
Entonces miró hacia el jardín.
Algo empezó a regresar.
Una tarde.
Varias personas.
Música.
Una muchacha riéndose junto a una ventana.
—Claudia.
Elena abrió una caja.
Sacó una fotografía.
Cuatro jóvenes estaban sentados sobre el césped.
Daniel se reconoció inmediatamente.
Tendría veinte años.
Claudia estaba a su lado.
Pero no lo miraba.
Miraba hacia otro muchacho.
Daniel observó la fotografía durante bastante tiempo.
—Pensé que estaba junto a mí.
—Estaba junto a ti.
—No. Digo que pensé que me estaba mirando.
Elena sonrió apenas.
—Los recuerdos suelen corregir las fotografías.
Daniel dejó la imagen.
—¿Dónde está Claudia?
Elena respiró lentamente.
—Murió hace siete meses.
El ruido de un automóvil pasó por la calle.
Daniel caminó hacia la ventana.
No preguntó cómo.
—Yo la quise.
—Sí.
—Mucho.
Elena guardó silencio.
—¿Ella hablaba de mí?
—Algunas veces.
Daniel se volvió.
—¿Algunas?
—Daniel, mi hermana tuvo sesenta años de vida. Tú estuviste en algunos de ellos.
La frase cayó de una manera extraña.
No dolió.
Pero ordenó algo.
Elena abrió otra caja.
Sacó un cuaderno azul.
—Esto quería que te lo entregara.
—¿Es suyo?
—Sí.
Daniel no lo tomó.
—Entonces debería quedarse contigo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque hay páginas que escribió para ti.
Daniel finalmente recibió el cuaderno.
—¿Cuándo te pidió que me buscaras?
Elena bajó la mirada.
—Hace casi dos años.
—Pero murió hace siete meses.
—Lo sé.
—¿Por qué esperaste?
Elena cerró la caja.
—Porque no quería hacerlo.
Daniel la miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque durante mucho tiempo pensé que habías sido una de las personas que más daño le hicieron.
El silencio cambió de lugar.
—¿Yo?
—Se quedó esperando una llamada tuya durante meses.
Daniel buscó algo en la memoria.
Apareció una discusión.
Un teléfono.
Una frase dicha con rabia.
Después nada.
—Ella también pudo llamarme.
—Sí.
—Entonces…
—No estoy diciendo que tú fueras el culpable.
Elena caminó hacia el jardín.
—Estoy diciendo que los dos fueron orgullosos.
Daniel la siguió.
—¿Y por qué cambiaste de opinión?
—Porque encontré una carta.
—¿De Claudia?
—Mía.
Daniel frunció el ceño.
—Nunca se la entregué. Le decía que te olvidara, que no valías la pena.
Elena sonrió con tristeza.
—A veces uno cree que está protegiendo a alguien cuando solamente está decidiendo por él.
Se sentaron en dos sillas viejas.
—¿Ella volvió a enamorarse?
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Daniel sintió una punzada absurda.
Elena lo notó.
—¿Esperabas otra cosa?
—No.
—Sí esperabas.
Daniel sonrió.
—Quizá.
—Se casó. Fue feliz algunos años. También fue infeliz otros. Se separó. Volvió a enamorarse. Escribió. Viajó. Se equivocó muchísimo.
—Eso último sí parece Claudia.
Ambos rieron.
Por primera vez desde que había llegado, Daniel sintió que aquella mujer muerta volvía a ser una persona y dejaba de ser solamente un recuerdo.
Abrió el cuaderno azul.
Había poemas.
Fechas.
Pequeños relatos.
Comentarios escritos al margen.
Encontró su nombre.
Pasó varias páginas.
Volvió a encontrarlo.
Después desapareció durante años.
Nada.
Una línea.
Dos páginas.
Un texto breve.
—No escribió sobre mí todo el tiempo.
Elena lo miró.
—Gracias a Dios.
Daniel rio.
—Supongo que me lo merecía.
—Todos nos creemos protagonistas de recuerdos ajenos.
Continuó leyendo.
En una página Claudia había escrito:
“Daniel decía que algún día sería escritor. Creo que no sabía todavía que para escribir primero tendría que perder algunas cosas”.
Daniel cerró el cuaderno.
—Esta mujer tenía muy mala leche.
—Muchísima.
Elena sonrió.
La tarde comenzó a oscurecer.
Salieron de la casa.
Caminaron hasta la avenida.
—¿Qué vas a hacer con el cuaderno? —preguntó Elena.
—Leerlo.
—¿Todo?
—Supongo.
—No busques solamente tu nombre.
Daniel la miró.
—Eso sonó a orden.
—Lo es.
Se despidieron.
Daniel decidió volver caminando.
Atravesó San Isidro lentamente.
El Olivar estaba más oscuro. Algunas parejas caminaban entre los árboles y una mujer paseaba un perro pequeño que se negaba a avanzar.
Llegó a la avenida Arequipa.
Continuó hacia Miraflores.
Mientras caminaba recordó una tarde de muchos años atrás.
Claudia y él habían hecho exactamente aquel recorrido porque no tenían dinero para tomar un taxi.
Ella quería comprar un libro.
Él había gastado casi todo en dos cafés.
—Algún día vas a escribir sobre nosotros —había dicho Claudia.
—¿Sobre dos idiotas caminando?
—Sobre esto.
—Esto no le importa a nadie.
—Entonces no escribas para todos.
Daniel se detuvo.
La conversación regresó completa.
Había estado allí todo ese tiempo.
Llegó al parque Kennedy de noche.
Se sentó en una banca.
Abrió el cuaderno azul.
Leyó.
Claudia hablaba de amores, viajes, ausencias, noches largas, personas desaparecidas y días en los que parecía imposible comenzar nuevamente.
Pero siempre terminaba apareciendo algo: una ventana abierta, una mañana distinta, alguna conversación o una puerta que todavía podía cruzarse.
Daniel tomó su propio cuaderno.
Comenzó a escribir.
No escribió sobre Claudia.
Escribió sobre una casa de San Isidro que estaba a punto de desaparecer.
Sobre cuatro jóvenes fotografiados en un jardín.
Sobre un hombre que creyó durante muchos años que una mujer había pasado la vida esperándolo y descubrió, con cierta vergüenza y bastante alivio, que ella había tenido una existencia completa sin él.
Escribió sobre Miraflores.
Sobre las casas reemplazadas por edificios.
Sobre aquellas calles en las que uno puede caminar buscando un lugar que ya no existe.
Una mujer se sentó en el otro extremo de la banca.
—Disculpe. ¿Tiene la hora?
Daniel miró el reloj.
—Las ocho y veinticuatro.
—Gracias.
Continuó escribiendo.
Después miró nuevamente el reloj.
Veinticuatro.
Sonrió.
La mujer lo observó.
—¿Es escritor?
Daniel cerró un momento los ojos.
—Estoy volviendo.
—¿Se puede dejar de ser?
Daniel miró las páginas.
Había escrito seis.
—Parece que no.
La mujer se marchó.
Daniel siguió hasta casi las diez.
Después caminó hacia el malecón.
El mar apenas se distinguía.
Llamó a Elena.
—¿Aló?
—Soy Daniel.
—Ya sé.
—Mañana quiero volver a la casa.
—¿Para qué?
—Quiero despedirme.
Hubo silencio.
—Ven a las once.
Al día siguiente regresó.
La casa estaba más vacía.
Elena había retirado algunas cajas.
Caminaron por las habitaciones.
Daniel encontró la escalera donde alguna vez se había sentado con Claudia.
También una ventana desde donde ella escribía.
—Decía que necesitaba escuchar la calle —contó Elena.
—Yo siempre pensé que para escribir había que estar en silencio.
—Claudia decía que demasiado silencio no tenía nada que contar.
Daniel sonrió.
Sacó una hoja de su cuaderno.
La dejó en el lugar donde antiguamente había estado el piano.
—¿Qué dice?
—Nada importante.
—Déjame leer.
—Después.
—La casa la van a demoler.
Daniel tocó su cuaderno.
—Ya no está solamente aquí.
Elena no insistió.
Salieron.
Cerraron la puerta.
Caminaron juntos hasta la avenida.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó Daniel.
—Seguramente.
—Eso no suena muy convincente.
—Las mejores cosas nunca lo son.
Se abrazaron.
Daniel siguió hacia Miraflores.
No miró hacia atrás.
Esa noche colocó ambos cuadernos sobre la mesa.
Abrió el suyo.
Escribió hasta que la madrugada comenzó a borrar lentamente la oscuridad de los edificios.
Cuando terminó, dejó el lapicero.
Miró las páginas.
Luego se acercó a la ventana.
Abajo, Miraflores empezaba otra vez a llenarse de calles.
Daniel volvió a la mesa.
Todavía quedaban algunas por caminar.







