Artículo de información
José Carlos Botto Cayo
5 de agosto del 2026
Aquella mañana Lima apenas podía verse.
La neblina había bajado desde muy temprano sobre el Callao y cubría las grúas, los depósitos, los techos oscuros y las embarcaciones pequeñas que se movían cerca del muelle. Desde la orilla llegaba el olor del pescado, de la madera mojada y del combustible. Las gaviotas volaban bajo, mientras algunos pescadores acomodaban redes y cajas sin apuro.
Al final del muelle esperaba una vieja embarcación llamada Esperanza.
Había sido pintada de azul muchos años atrás. Ahora el color sobrevivía solo en algunas partes. Las barandas estaban oxidadas y una ventana de la cabina permanecía cubierta con un plástico transparente. El capitán Ramírez aseguraba que todavía podía navegar durante mucho tiempo. Nadie sabía si lo decía por experiencia o porque no estaba dispuesto a despedirse de ella.
Los pasajeros fueron llegando desde distintos lugares de Lima.
Algunos venían de Barrios Altos, Breña y La Victoria. Otros habían salido temprano desde Surquillo, Chorrillos, San Juan de Lurigancho o Villa El Salvador. Varios vivían en una casa de reposo cerca de la avenida Colonial. Los demás pasaban allí las mañanas y regresaban por la tarde con sus familias.
Los pescadores ya los conocían.
—Ahí vienen los locos —dijo uno.
No se rió.
Eran veinte.
Rosa subió con una bolsa de tela sobre el hombro. Durante muchos años había cosido uniformes escolares, vestidos para matrimonios y ternos que algunos clientes nunca regresaban a recoger. Dentro de la bolsa llevaba una camisa blanca doblada con cuidado.
Don Julián avanzó detrás de ella. Había sido profesor de Historia en San Marcos. Recordaba fechas, discursos y nombres de presidentes, pero algunas mañanas preguntaba por Mercedes, su esposa, muerta hacía doce años. Siempre cargaba un cuaderno negro, donde anotaba recuerdos que después volvía a corregir.
Mariela llevaba varios sobres de colores sujetos por una cinta. Trabajaba en una panadería de Villa El Salvador. Desde niña escribía cartas a su madre desaparecida, aunque nunca las enviaba. No conocía ninguna dirección y tampoco sabía si aquella mujer seguía con vida.
Víctor subió con una cámara fotográfica sin rollo. Había retratado mercados, procesiones, huelgas y partidos de fútbol. Conservaba cajas llenas de negativos en una habitación de La Victoria. Algunas veces olvidaba el rostro de sus hijos, pero podía recordar la luz de una tarde sobre la avenida Abancay o el gesto de una mujer vendiendo naranjas en La Parada.
El último en llegar fue Gabriel.
Tenía cuarenta y dos años, una barba mal cortada y los ojos cansados. Durante algún tiempo había dormido en calles del centro de Lima, cerca de iglesias, mercados y edificios abandonados. Antes había trabajado en una imprenta de la avenida Argentina. Sabía mezclar tintas, ordenar planchas y reconocer el olor del papel recién cortado.
Llevaba una caja de madera contra el pecho.
—¿Qué guardas ahí? —preguntó el capitán.
—Un cuaderno.
Ramírez observó la caja, pero no volvió a preguntar.
La Esperanza salió del muelle poco después de las ocho.
Durante los primeros minutos nadie habló. El viejo reloj de la estación marítima fue lo último que Gabriel alcanzó a distinguir. Después desaparecieron los almacenes, las grúas, los techos y las luces amarillas del puerto. Lima quedó detrás de una pared de neblina.
Rosa colocó la camisa sobre sus piernas.
Mariela sostuvo los sobres contra el pecho.
Víctor levantó la cámara varias veces.
—No tiene rollo —le dijeron.
—Ya sé.
Siguió mirando por el visor.
Don Julián abrió su cuaderno.
—Hoy es 14 de agosto de 1987.
Mariela sonrió.
—Estamos en otro año, profesor.
Él levantó la cabeza.
—Eso dicen.
Gabriel permanecía cerca de la proa.
Había encontrado el cuaderno dentro de una caja guardada en la casa de reposo. En la primera página aparecía su nombre. Más adelante había fechas, dibujos de barcos, frases sueltas y un poema incompleto.
No recordaba haberlo escrito.
Tampoco recordaba a Elena.
El nombre aparecía varias veces entre las páginas, junto a otro: Lucía.
Rosa se acercó.
—¿Es ese el cuaderno?
Gabriel asintió.
—¿Lo escribiste tú?
—No sé.
Ella miró la tapa gastada.
—Tiene tu nombre.
Gabriel cerró la caja.
La embarcación avanzó hacia las islas.
El capitán había dicho que sería un paseo corto. El mar estaba tranquilo, pero la neblina comenzó a cerrarse. Primero desapareció el horizonte. Después el cielo y el agua se confundieron en una misma extensión gris.
Ramírez consultó la brújula.
Golpeó el vidrio con dos dedos.
Víctor lo observó desde la cubierta.
—¿Se malogró?
—No marca bien.
El capitán cambió el rumbo.
Pasaron varios minutos.
Una boya roja apareció a poca distancia.
Ramírez la miró con atención.
—Ya estuvimos aquí.
Don Julián cerró su cuaderno.
Nadie dijo nada.
La niebla se hizo más espesa.
No se escuchaban motores ni aves. Una mujer preguntó si sus hijos sabían dónde estaba. Otro pasajero comenzó a rezar en voz baja. Víctor caminó de un lado a otro sin soltar la cámara.
Gabriel se acercó a la cabina.
—¿Estamos perdidos?
Ramírez miró la brújula.
—Por ahora.
Apagó el motor.
Entonces dejaron de escucharse las voces. Solo quedó el agua golpeando la madera y el crujido de las tablas bajo los pies.
Gabriel abrió la caja y sacó el cuaderno.
Mariela se acercó.
—Léelo.
—Está incompleto.
Don Julián levantó la cabeza.
—Léelo igual.
Gabriel pasó varias páginas. La voz le salió baja.
—La nave de los locos crece en el mar, jalada por sirenas que la llevan al azar.
Continuó leyendo.
Las palabras hablaban de caminos, pensamientos, esperanzas y veinte personas a la deriva. En algunas partes la letra era firme. En otras parecía temblar.
Cuando terminó, nadie dijo nada.
Rosa abrió la bolsa y sacó la camisa blanca.
—Mi hijo quería conocer el mar.
Gabriel la miró.
—¿Cómo se llamaba?
—Andrés.
Él repitió el nombre.
Rosa pasó la mano sobre la tela.
—Le faltaban los botones.
—Todavía puedes ponerlos.
Ella bajó la mirada.
—Él ya no crecerá.
Gabriel no respondió.
Rosa sacó una pequeña caja de costura. Había llevado hilo blanco, una aguja y cuatro botones. Se quedó mirando la camisa durante unos segundos. Después enhebró la aguja.
Nadie dijo nada.
Comenzó a coser.
La embarcación se movía con suavidad. Cada vez que la madera crujía, Rosa detenía la mano. Luego continuaba. El hilo entraba y salía de la tela mientras los demás miraban hacia la niebla.
Mariela levantó uno de sus sobres.
Su madre había salido una mañana con una cartera marrón y nunca regresó. Desde entonces, ella escribía sobre cosas pequeñas: una calle que había cambiado, una tienda cerrada, una receta aprendida, una lluvia fuera de temporada.
—¿Le dices que la extrañas? —preguntó Gabriel.
Mariela guardó el sobre.
—Eso ya lo sabe.
Víctor levantó la cámara.
Había fotografiado aquella costa muchas veces, aunque ya no recordaba ninguna imagen con claridad.
—Cuando miro por aquí —dijo— siento que algo vuelve.
Don Julián se sentó junto a la cabina.
—A veces no vuelve la cara —murmuró—. Solo lo que sentimos cuando la vimos.
Rosa terminó de coser el primer botón.
Lo sostuvo entre los dedos para comprobar que estuviera firme.
Después empezó con el segundo.
El viento cambió.
La embarcación comenzó a moverse con mayor fuerza. El capitán pidió que todos se sentaran. Algunos obedecieron. Otros permanecieron de pie, sujetos de las barandas.
Gabriel volvió al cuaderno.
Entre las páginas encontró una fotografía pequeña.
Aparecía un hombre joven junto a una mujer y una niña. Estaban frente al mar, cerca de una baranda. El hombre era él.
En el reverso había tres nombres:
Gabriel, Elena y Lucía.
La fecha era de diecisiete años atrás.
Rosa lo encontró mirando la imagen.
—¿Ellas son?
Gabriel pasó un dedo por el rostro de la niña.
—Creo que sí.
—Te está tomando de la mano.
Él cerró los ojos.
Por un instante creyó escuchar una risa, una voz que le pedía cuidado y el sonido de un vendedor pasando cerca. Después todo volvió a apagarse.
—No puedo verla —dijo.
Rosa miró la fotografía.
—Está ahí.
—No así.
Ella dejó la camisa sobre sus piernas.
—Yo tampoco puedo ver a Andrés.
Gabriel levantó la mirada.
Rosa sostuvo uno de los botones entre los dedos.
—Pero todavía puedo terminar esto.
Volvió a coser.
Gabriel guardó la fotografía dentro del cuaderno.
La tarde comenzó a caer.
La neblina dejó de ser blanca y se volvió gris. El frío aumentó. Algunos pasajeros se acercaron unos a otros. El hombre que rezaba dejó de hacerlo y permaneció mirando el agua.
Pasó más de una hora.
El capitán intentó varias veces orientar la embarcación. La brújula seguía temblando. La boya roja ya no aparecía. No había ninguna luz.
Víctor se sentó junto a Gabriel.
—Cuando regresé de Ayacucho —dijo— tardé meses en revelar las fotos.
Gabriel lo miró.
Víctor no explicó por qué había viajado ni qué había fotografiado.
—Pensé que si no las veía, nada había pasado.
Bajó la cámara.
—Después las revelé.
—¿Y qué viste?
Víctor tardó en responder.
—Lo que ya sabía.
Don Julián hojeaba su cuaderno.
En una página encontró el nombre de Mercedes escrito varias veces.
—Ayer vino a verme —dijo.
Nadie lo corrigió.
El mar golpeó con fuerza uno de los costados.
Rosa terminó de coser el último botón.
Levantó la camisa y la miró completa. Después la dobló lentamente y volvió a guardarla en la bolsa.
Gabriel observó sus manos.
—¿Qué vas a hacer con ella?
—No sé.
Rosa cerró la bolsa.
—Pero ya está terminada.
En ese momento se escuchó una sirena.
Todos levantaron la cabeza.
El sonido llegó desde lejos.
Después volvió a repetirse.
Ramírez salió de la cabina.
—Viene del puerto.
Encendió el motor.
La Esperanza avanzó hacia el sonido.
Cada cierto tiempo, la sirena volvía a escucharse. No podían ver nada, pero el capitán corregía el rumbo y seguía.
—Son las del poema —dijo Mariela.
Víctor negó con la cabeza.
—Es un barco.
Gabriel guardó el cuaderno dentro de la caja.
—No importa.
Poco después apareció una luz.
Primero fue un punto amarillo. Luego surgieron otros. Las grúas del Callao comenzaron a dibujarse entre la neblina. Más tarde se distinguieron los almacenes, los barcos detenidos y los techos oscuros del puerto.
Rosa sostuvo la bolsa contra el pecho.
Mariela guardó las cartas.
Don Julián abrió el cuaderno y escribió una fecha.
Nadie le preguntó si era correcta.
Cuando la embarcación entró al muelle, varios pescadores se acercaron.
—¡Ahí vuelven los locos! —gritó uno.
Rosa levantó la mano.
Mariela sonrió.
Don Julián saludó como si regresara de un viaje muy largo.
Gabriel permaneció quieto hasta que todos bajaron.
Durante las semanas siguientes comenzó a buscar a Elena y Lucía.
La antigua dirección ya no existía. En el lugar había un edificio nuevo y nadie recordaba a la familia. La imprenta donde había trabajado había cerrado. Un antiguo compañero le dio un número que ya no pertenecía a nadie. Otro creyó recordar que Elena se había mudado hacia Chorrillos.
Gabriel llamó varias veces.
En algunas casas le cerraron la puerta. En otras le dijeron que no conocían ese nombre. Rosa lo acompañó a dos parroquias. Mariela escribió una carta y la dejó en una antigua dirección. Víctor revisó fotografías guardadas en cajas. Don Julián anotó teléfonos que a veces repetía o confundía.
Una tarde, una mujer respondió la carta de Mariela.
Conocía a Elena.
Vivía cerca del malecón de Chorrillos.
Lucía tenía diecisiete años.
Aceptó verlo en una cafetería frente al mar.
Gabriel llegó temprano. Llevaba la caja de madera y el cuaderno. Cuando la muchacha apareció, la reconoció por la forma de sostener la cartera y por un movimiento de sus manos que también estaba en la fotografía.
Lucía se sentó frente a él.
Miró la caja.
Después miró por la ventana.
—Mi mamá me contó que estabas enfermo.
Gabriel asintió.
Ella movió la cucharita dentro de una taza vacía.
—También me dijo que te fuiste.
Gabriel sostuvo las manos bajo la mesa.
—No sabía cómo volver.
Lucía lo miró por primera vez.
—Pasaron muchos años.
—Sí.
Ella volvió la vista hacia la calle.
—Yo pensé que habías muerto.
Gabriel tardó en responder.
—A veces yo también.
Sacó el cuaderno y lo dejó sobre la mesa.
Lucía pasó las páginas con cuidado. Encontró dibujos, fechas, nombres repetidos y frases tachadas. Al llegar al poema, levantó la cabeza.
—¿Lo escribiste tú?
—Creo que sí.
—No tiene final.
Gabriel miró hacia el mar.
—No.
Lucía cerró el cuaderno.
Permaneció unos segundos con las manos apoyadas sobre la tapa.
—No sé qué decirte.
Gabriel bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Ella tomó el cuaderno y se puso de pie.
—Quiero caminar.
Salieron de la cafetería y avanzaron por el malecón.
La tarde estaba cubierta de neblina. Gabriel caminaba despacio, dejando una pequeña distancia entre ambos. Lucía llevaba el cuaderno contra el pecho.
A lo lejos sonó la sirena de un barco.
Ella se detuvo.
—¿Son esas?
Gabriel miró hacia el mar.
No respondió.
Lucía continuó caminando.
Él la siguió.
Más atrás, en una habitación de Barrios Altos, Rosa había colgado la camisa blanca junto a una ventana. Los cuatro botones permanecían firmes sobre la tela.
En Chorrillos, las primeras luces aparecieron sobre la avenida.
Gabriel y Lucía siguieron avanzando sin tocarse.
La sirena volvió a sonar.
Esta vez ninguno se detuvo.







