Artículo de información
José Carlos Botto Cayo
1 de julio del 2026
El bisabuelo de Javier todavía se llamaba Giovanni Bianchi cuando bajó del barco en el Callao, aunque muchos años después, cuando la familia aprendió a pronunciarlo con la cadencia lenta de Lima, terminarían recordándolo como Giovanni Salazar Bianchi. Las ciudades hacen eso con los hombres que llegan de lejos: les modifican el apellido, les cambian el modo de mirar, les esconden una nostalgia nueva en la ropa y, cuando ya no pueden regresar al lugar de donde vinieron, les entregan una segunda memoria. Giovanni llegó en 1878 con diecinueve años, una camisa gastada por la sal, un baúl de madera, una medalla cosida al forro del chaleco y una libreta negra que su madre le había puesto entre las manos antes de embarcar en Génova.
No olvides los nombres, le había dicho ella.
Esa frase fue lo último que escuchó de su casa.
El puerto no se parecía a nada de lo que había imaginado. No había praderas ni árboles generosos ni calles abiertas por donde la fortuna esperara a los muchachos pobres. Había madera húmeda, carbón, gritos, guano, sacos de harina, frutas demasiado maduras, chinos cargando bultos, marineros ingleses, comerciantes italianos que hablaban con las manos, soldados peruanos adormecidos por el sol y una línea de cerros pelados que le pareció, al principio, una equivocación del paisaje.
Giovanni se quedó quieto con el baúl a sus pies.
Había llegado a América.
Pero América olía a cansancio.
El hombre que debía recibirlo no apareció. Se llamaba Domenico Ratto, era de Chiavari y tenía una pulpería en Lima, una de esas tiendas de esquina donde se vendía de todo: pan, vino, aceite, tabaco, velas, agujas, jabón, sardinas, aguardiente, papel, medicina, botones, tinta y noticias. En su lugar envió a un muchacho mestizo con un cartel mal escrito. En la cartulina decía Bianqui.
Giovanni vio el error y no lo corrigió.
Años después pensaría que ahí comenzó su verdadera llegada: no cuando pisó tierra, sino cuando aceptó responder a un nombre que ya no era exactamente el suyo.
El tren hacia Lima le pareció una máquina arrogante. Atravesaba la sequedad con humo y hierro, como si quisiera enseñar velocidad a una tierra que parecía hecha para la espera. Desde la ventana vio tapias, acequias, huertas, animales flacos, casas bajas, polvo y una luz blanquecina que no venía del cielo sino de la misma costa. El muchacho enviado por Domenico le habló durante el camino: le dijo que en Lima había muchos italianos, que los genoveses trabajaban duro, que el patrón era severo, que la pulpería abría antes del amanecer y cerraba cuando la calle quedaba muda.
También le enseñó una palabra.
Fiado.
Giovanni la repitió en voz baja, como quien prueba una moneda con los dientes.
Esa noche la escribió en su libreta: fiado. Debajo anotó otras palabras nuevas: garúa, soles, deuda, Callao, Lima. No sabía todavía que esa costumbre de anotar iba a quedarse en la sangre de la familia. No sabía que casi un siglo después, en una ciudad oscurecida por otros miedos, un muchacho llamado Javier abriría sus propios cuadernos sin entender que no estaba empezando nada.
La pulpería de Domenico Ratto estaba en una esquina donde todo parecía pasar sin detenerse. Por la mañana llegaban criadas con canastas, hombres con sombrero, carreteros con la garganta seca, niños enviados por sus madres, mujeres de luto, soldados jóvenes, curas discretos y ancianos que pedían aceite como si pidieran perdón. Domenico conocía a todos y desconfiaba de todos. Sabía quién pagaba tarde, quién no pagaba nunca, quién fingía pobreza, quién compraba aguardiente a escondidas y quién hablaba demasiado de política.
—Un pulpero debe recordar más que un cura —le dijo—. Pero debe perdonar menos.
Giovanni aprendió a pesar arroz, cortar papel, medir vino, cerrar sacos, despachar velas y escuchar sin parecer atento. Descubrió que Lima era una ciudad de frases incompletas. Nadie decía todo lo que pensaba. Las noticias pasaban de boca en boca con una prudencia casi religiosa: el sur, el salitre, Chile, los militares, los barcos, los impuestos, la guerra posible. Las palabras se decían bajando la voz, como si el peligro pudiera entrar por la puerta si alguien lo nombraba demasiado fuerte.
Durante semanas, Giovanni vivió entre cuentas.
Por la noche, cuando la tienda quedaba en silencio, sacaba la libreta negra y copiaba los nombres de los deudores. Los escribía con la misma gravedad con que su madre le había pedido escribir los nombres de los muertos. Le parecía que una deuda también era una forma de permanecer unido a alguien, aunque fuera por necesidad, vergüenza o esperanza.
La primera vez que vio Lima de verdad fue un domingo de garúa. Domenico lo mandó a llevar una cuenta a una casa antigua, cerca de una calle silenciosa donde los balcones parecían mirar sin abrir los ojos. Giovanni caminó despacio. La ciudad no lo recibió con esplendor, sino con una reserva antigua: iglesias graves, muros cansados, caballos, campanas, patios entrevistos, mujeres que cruzaban sin prisa y una humedad suspendida que no era lluvia ni cielo.
En esa casa conoció a Clara Salazar.
Ella abrió la puerta porque la sirvienta había salido al mercado. Tenía las manos manchadas de tinta y una serenidad que no parecía aprendida en los salones, sino en alguna tristeza familiar. Recibió la cuenta, miró la letra de Domenico y después miró al muchacho italiano.
—¿De dónde viene?
—De Liguria.
Clara repitió la palabra con cuidado.
—Lima también está llena de gente que vino de otra parte —dijo—. Solo que algunos llevan tanto tiempo aquí que ya olvidaron cuál fue su puerto.
Giovanni no supo qué responder.
Ella entró a buscar unas monedas y él quedó solo en el recibidor. Vio un piano cubierto por una tela, un retrato oscuro, unos libros en francés y un mapa del Perú colgado en la pared. En el mapa, el sur se extendía como una promesa remota: Tarapacá, Arica, Tacna. Eran nombres que todavía no le dolían.
Cuando Clara volvió, notó la libreta negra que asomaba del bolsillo de su chaqueta.
—¿Escribe?
Giovanni bajó la mirada.
—Anoto.
Ella sonrió apenas.
—A veces es lo mismo.
Esa frase lo acompañó de regreso a la pulpería. La repitió en castellano, luego en italiano, luego en una lengua intermedia que ya empezaba a nacer dentro de él. Por la noche la escribió en la libreta: Clara Salazar dice que anotar y escribir pueden parecerse.
No sabía si era importante.
Por eso la guardó.
Los meses siguientes Lima fue entrando en Giovanni como entra la humedad en una pared: sin violencia, sin permiso, sin que uno sepa exactamente cuándo comenzó el daño o la pertenencia. Aprendió a distinguir el silencio de la tarde, el modo en que los limeños miraban el cielo aunque no esperaran sol, el sonido de los pregones, la tristeza de las casas cerradas, el olor de las velas cuando se apagaban, la manera en que las familias antiguas hablaban del pasado como si fuera una habitación todavía ocupada.
Clara empezó a ir a la pulpería para comprar tinta, papel o velas. A veces hablaba con Domenico. A veces solo saludaba a Giovanni y observaba los estantes, las botellas, los sacos, las cajas, los frascos. Miraba las cosas como si cada objeto tuviera una historia breve y amenazada.
Una tarde le pidió que la acompañara a Chorrillos con una caja para una tía enferma.
Domenico aceptó porque el encargo estaba pagado.
Chorrillos le pareció otro país. Había mar, casas abiertas al viento, jardines, niños, pescadores, mujeres en los balcones y una claridad distinta, menos encerrada que la de Lima. Giovanni caminó junto a Clara sin decir mucho. El Pacífico no era el mar de su infancia. No tenía el azul familiar de Liguria ni el rumor doméstico de las playas italianas. Era más ancho, más serio, más indiferente.
—Las ciudades junto al mar parecen eternas —dijo Clara—. Pero es mentira.
Giovanni la miró.
—¿Por qué?
Ella observó las casas, el malecón, los caminos, la línea oscura del agua.
—Porque todo desaparece primero en silencio. Después vienen el polvo, el humo o las excusas.
Giovanni escribió esa frase esa misma noche.
No puso el nombre de Clara al costado.
Algunas voces empiezan a volverse propias demasiado pronto.
Luego llegaron las noticias de la guerra. Primero fueron rumores en la pulpería. Después, periódicos leídos con ansiedad. Más tarde, nombres de combates, barcos, muertos, derrotas, discursos, colectas, promesas, rabias. Domenico decía que las guerras arruinaban a los pobres y enriquecían a quienes sabían esconder harina. Lo decía sin orgullo, con la sequedad de quien había visto demasiadas veces cómo la necesidad convertía la moral en una mercancía más.
Giovanni no había venido al Perú para ver sufrir a otro país.
Pero ya no podía mirarlo como extranjero.
Ese fue su primer desamparo verdadero: descubrir que la tierra de llegada podía dolerle casi tanto como la tierra perdida.
Las deudas aumentaron. Algunas familias dejaron de pagar. Otras compraban velas como si compraran tiempo. Clara iba menos a la pulpería, y cuando iba hablaba poco. Una tarde le entregó a Giovanni un lápiz de carbón envuelto en papel.
—Para su libreta —dijo.
Él quiso agradecerle, pero ninguna frase le pareció suficiente.
—No deje de anotar —añadió ella—. Los que vienen después siempre preguntan tarde.
Esa noche, Giovanni abrió la libreta y miró la primera página, donde todavía estaban los nombres de los muertos de su familia en Liguria. Después pasó varias hojas y escribió los nombres de los clientes, de las calles, de los barcos, de los barrios, de las mujeres que compraban velas, de los hombres que hablaban de patria con miedo, de los muchachos que se marchaban al sur sin saber si volverían.
Entonces comprendió algo.
Su madre no le había entregado una libreta para recordar Italia.
Se la había entregado para no perderse en ningún lugar del mundo.
Muchos años después, cuando Giovanni ya fuera un anciano de manos lentas y voz baja, la familia diría que él había llegado al Perú antes del humo. Antes de los incendios, antes de las ruinas, antes de que Chorrillos ardiera como una lámpara rota junto al mar. Dirían que había sido pulpero, comerciante, esposo de Clara Salazar, padre de hijos peruanos y guardián de una libreta negra que nadie entendía del todo.
Pero eso vendría después.
Por ahora era solo un muchacho italiano en una ciudad húmeda, sentado en la trastienda de una pulpería, escribiendo bajo la luz temblorosa de una vela.
Afuera, Lima seguía respirando despacio.
Todavía no sabía que iba a ser herida.
Giovanni mojó la punta del lápiz, escuchó el ruido lejano de una carreta y escribió una última línea antes de cerrar la libreta:
Una ciudad empieza a pertenecerle a uno cuando teme perderla.
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