Artículo de información
José Carlos Botto Cayo
10 de junio del 2026
En 1962, Miraflores todavía conservaba el ritmo pausado de una ciudad que creía conocer su destino. Las tardes descendían lentamente sobre la avenida Larco mientras los automóviles avanzaban sin prisa entre jardines cuidados, casas amplias y edificios que comenzaban a anunciar una modernidad todavía discreta. El océano aparecía al final de las calles como una presencia constante, y los vecinos caminaban sin imaginar que el país estaba entrando en una década que transformaría para siempre la vida peruana. En aquellos años, los cafés eran más que simples lugares de encuentro. Eran pequeñas repúblicas donde se discutía de política, literatura, arquitectura y fútbol con la misma pasión. Entre todos ellos, el Haití ocupaba un lugar especial. Desde sus mesas podía observarse el movimiento de la ciudad y escuchar conversaciones que parecían anticipar el futuro.
Ricardo Salazar Bianchi ocupaba una de esas mesas desde hacía tantos años que algunos mozos ya conocían su pedido antes de que se sentara. Abogado, miraflorino y uno de los primeros simpatizantes de Acción Popular, observaba la vida política del país con una mezcla de entusiasmo y preocupación. Había acompañado desde sus inicios el proyecto impulsado por Fernando Belaúnde Terry y estaba convencido de que el Perú necesitaba modernizarse sin perder su esencia democrática. A sus cincuenta y siete años seguía creyendo que el país podía construirse mediante instituciones, educación y obras públicas. Sin embargo, aquella tarde no estaba pensando en política. Miraba a su hijo Ernesto, sentado frente a él, y se preguntaba cuándo había dejado de ser un muchacho para convertirse en un hombre.
Ernesto acababa de terminar Arquitectura. Tenía diecinueve años, el cabello oscuro cuidadosamente peinado y una costumbre heredada de su padre: observar la ciudad como si intentara descifrarla. Le fascinaban los edificios, las plazas, los parques y las formas en que las personas habitaban los espacios. Mientras Ricardo soñaba con transformar el país desde la política, Ernesto creía que las ciudades podían cambiar la vida de quienes las recorrían. Pasaba horas caminando por Miraflores, estudiando fachadas y tomando apuntes en pequeños cuadernos donde dibujaba proyectos imposibles.
—Algún día van a derribar todas estas casas —dijo una tarde señalando las residencias que rodeaban Larco.
Ricardo sonrió.
—Y alguien tendrá que decidir qué construir en su lugar.
Aquella respuesta acompañó a Ernesto durante mucho tiempo.
La conoció a principios de 1963, pocos meses antes de las elecciones presidenciales. No ocurrió en una fiesta elegante ni en una reunión familiar. La vio por primera vez durante una exposición de pintura organizada en una pequeña galería cercana al parque Salazar. Ernesto había asistido para acompañar a un amigo arquitecto. Elena de la Torre estaba allí porque una de las expositoras era prima suya. Él observaba un cuadro que representaba una Lima imaginaria cuando escuchó una voz detrás de él.
—No se parece en nada a la ciudad real.
Al volverse encontró a una joven de ojos claros y expresión serena.
—Quizá por eso lo pintaron —respondió.
Ella sonrió.
La conversación duró apenas unos minutos.
Sin embargo, ninguno de los dos olvidó aquel encuentro.
Elena pertenecía a una familia tradicional de San Isidro. Había crecido cerca del Olivar, entre jardines silenciosos y reuniones donde la política rara vez se discutía en voz alta. Tocaba piano, leía novelas francesas y poseía una curiosidad natural por todo aquello que ocurría fuera de los límites de su entorno habitual. A diferencia de muchas jóvenes de su círculo social, disfrutaba observando personas y escuchando historias. Aquella característica fue precisamente lo que más llamó la atención de Ernesto.
Volvieron a encontrarse semanas después.
Luego una tercera vez.
Y poco a poco comenzaron a verse con frecuencia.
A veces caminaban por el malecón observando el océano. Otras tardes se reunían en el Haití, donde Ernesto hablaba de arquitectura y Elena escuchaba con una paciencia que él confundía con admiración. Con el tiempo descubrió que ella también tenía opiniones firmes sobre la ciudad, aunque las expresaba con mayor discreción.
Mientras el país se preparaba para las elecciones de 1963, ellos construían una historia mucho más sencilla. Los periódicos hablaban diariamente de campañas, alianzas y encuestas. Ricardo seguía cada noticia con atención. Ernesto, en cambio, empezaba a descubrir que el amor podía desplazar incluso a la política.
La victoria de Belaúnde fue celebrada en muchas mesas del Haití. Ricardo permaneció aquella noche junto a varios amigos observando los resultados y comentando lo que consideraban el inicio de una nueva etapa para el Perú. Había entusiasmo. Existía la sensación de que finalmente era posible construir un país moderno sin renunciar a la democracia. Cuando regresó a casa encontró a Ernesto sentado en la sala revisando unos planos.
—Ahora les toca a ustedes —dijo.
—¿A quiénes?
—A los que van a construir el país que nosotros imaginamos.
Ernesto nunca olvidó esas palabras.
Los primeros años del gobierno de Belaúnde estuvieron marcados por un optimismo que hoy parece difícil de explicar. Lima crecía. Nuevas avenidas aparecían. Los proyectos urbanos alimentaban conversaciones en universidades y estudios de arquitectura. Ernesto consiguió trabajo en una firma que participaba en desarrollos residenciales y comenzó a recorrer distintos puntos de la ciudad observando cómo el paisaje cambiaba poco a poco.
Elena acompañó aquel proceso desde cerca.
A finales de 1964 ya era evidente para todos que terminarían casándose.
La boda se realizó en 1965.
Fue una ceremonia elegante pero sencilla. Asistieron familiares de Miraflores, San Isidro y algunos amigos vinculados a la vida cultural y profesional de Lima. Ricardo observó a su hijo durante la ceremonia con una emoción que intentó ocultar sin demasiado éxito. Giovanni Salazar Bianchi, ya muy anciano, permaneció sentado gran parte de la tarde escuchando conversaciones y observando a sus descendientes. Había llegado al Perú siendo joven, cuando todavía se hablaba con frecuencia de las heridas dejadas por la Guerra del Pacífico. Ahora contemplaba una nueva generación convencida de que el futuro sería mejor.
Los primeros años de matrimonio transcurrieron entre proyectos, caminatas y cafés. Ernesto y Elena alquilaron una casa en Miraflores, no muy lejos de Larco. Les gustaba recorrer el distrito durante las tardes de invierno, cuando la neblina comenzaba a cubrir lentamente las calles y el océano desaparecía detrás de una cortina gris. Solían terminar en el Haití, ocupando una mesa cercana a la ventana desde donde observaban pasar la ciudad.
Allí hablaron durante horas sobre hijos, viajes, libros y planes que parecían interminables.
Fue también allí donde comenzaron a percibir que el país estaba cambiando.
El entusiasmo inicial de los primeros años empezó a mezclarse con tensiones políticas cada vez más visibles. Las discusiones se volvieron más intensas. Los periódicos mostraban conflictos sociales que antes parecían lejanos. Algunos amigos defendían transformaciones profundas. Otros advertían sobre los riesgos de abandonar el camino democrático.
Ricardo seguía creyendo en Belaúnde.
Pero incluso él comenzaba a percibir dificultades.
El golpe militar de 1968 llegó con la rapidez de una tormenta inesperada. Ernesto escuchó la noticia temprano por la radio. Durante varias horas recorrió la ciudad observando reacciones. Algunos celebraban. Otros permanecían en silencio. Al llegar al Haití encontró a su padre sentado frente a una taza de café casi intacta.
Por primera vez lo vio derrotado.
No dijo mucho.
Tampoco era necesario.
Ambos comprendían lo que significaba aquel momento.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de incertidumbre. El nuevo gobierno militar anunciaba reformas profundas y prometía transformar el país. Mientras tanto, la vida continuaba. Ernesto seguía trabajando. Elena seguía acompañándolo. Miraflores seguía despertando cada mañana frente al océano.
En 1969 descubrieron que serían padres.
La noticia transformó por completo la forma en que observaban el futuro.
Los debates políticos dejaron de ser una discusión abstracta. Ahora existía una persona que heredaría las consecuencias de todas aquellas decisiones. Durante meses prepararon la habitación del bebé, eligieron muebles y discutieron posibles nombres.
Ricardo visitaba la casa con frecuencia.
Giovanni, ya muy debilitado por la edad, sonreía cada vez que escuchaba hablar del nacimiento.
A comienzos de 1970 llegó Javier.
Ernesto lo sostuvo en brazos durante largos minutos observando aquel rostro diminuto sin decir una palabra. Había pasado años imaginando edificios y ciudades futuras. Sin embargo, ninguna construcción le pareció tan importante como aquel niño.
La vida adquirió entonces un nuevo ritmo.
Las caminatas se hicieron más cortas.
Las noches más largas.
Las conversaciones más simples.
Pero también más profundas.
Mientras Javier crecía, Lima continuaba transformándose. La música comenzaba a ocupar un lugar central entre los jóvenes. Nuevas influencias llegaban desde el extranjero. El rock ganaba espacio y artistas peruanos empezaban a construir una identidad propia. En muchas reuniones se hablaba de bandas, conciertos y cambios culturales con la misma intensidad con la que antes se hablaba de política.
Ernesto observaba todo aquello con curiosidad.
Le interesaba especialmente la manera en que las nuevas generaciones parecían construir un lenguaje distinto.
En 1971, la llegada de Carlos Santana despertó una enorme expectativa. Durante semanas los periódicos comentaron su visita. Los jóvenes hablaban del concierto como si se tratara de un acontecimiento histórico. En el Haití era imposible evitar el tema. Arquitectos, estudiantes, periodistas y músicos discutían sobre la importancia cultural de aquella visita.
Entonces llegaron las polémicas.
Después los rumores.
Finalmente la noticia de su expulsión.
La decepción recorrió la ciudad con una intensidad inesperada. Para muchos no se trataba solamente de un músico. Representaba una conexión con un mundo más amplio, moderno y abierto. Ernesto escuchó las discusiones durante días. Algunos justificaban la decisión. Otros la consideraban un error absurdo.
Una tarde regresó al Haití.
Pidió café.
Observó la avenida Larco a través de la ventana.
Javier tenía apenas un año y dormía en casa junto a Elena.
Ricardo llegó pocos minutos después.
Se sentó frente a él.
Durante un rato ninguno habló.
La ciudad seguía moviéndose al otro lado del vidrio.
Finalmente Ricardo sonrió.
—El Perú siempre encuentra la manera de sorprendernos.
Ernesto miró la calle, los edificios, los automóviles y las personas que caminaban bajo la neblina.
Pensó en Belaúnde.
Pensó en Velasco.
Pensó en Santana.
Pensó en Elena.
Pensó en el pequeño Javier.
Y comprendió que las ciudades, igual que las personas, nunca permanecen iguales demasiado tiempo.
Afuera comenzaba a caer la tarde sobre Miraflores. Las luces se encendían lentamente sobre Larco mientras el Haití volvía a llenarse de conversaciones, periódicos y humo de cigarrillos. Nadie podía saberlo entonces, pero aquel niño que dormía en una casa cercana crecería observando esas mismas calles durante los años más difíciles del país. Y algún día intentaría recordar, a través de sus cuadernos, todo aquello que las generaciones anteriores habían amado antes de que desapareciera.







