Artículo de información

José Carlos Botto Cayo y Abel Marcial Oruna Rodríguez

6 de febrero del 2026

La historia de la tecnología no avanza únicamente por acumulación de potencia, sino por cambios sutiles en la relación entre el ser humano y la máquina. A comienzos del siglo XX, cuando la técnica aún estaba dominada por la presencia física, el esfuerzo manual y la proximidad del operador, surgió un dispositivo que alteró esa lógica sin estridencias ni propaganda. El Telekino, presentado en 1903, introdujo una idea tan simple como disruptiva: una máquina podía recibir órdenes a distancia y ejecutarlas de manera automática, sin contacto directo con quien mandaba. En ese gesto silencioso se abrió una grieta cultural que aún hoy no termina de cerrarse (Torres Quevedo, 1906).

Hablar del Telekino no es hablar de un artefacto aislado ni de una curiosidad técnica, sino de una mutación profunda en la noción de control. Hasta entonces, mandar implicaba estar presente; dirigir suponía cercanía física; gobernar una máquina era casi un acto corporal. El Telekino rompió ese vínculo ancestral y propuso otro: la autoridad del mensaje sobre la mano, del código sobre el músculo, del lenguaje técnico sobre la fuerza visible. Ese desplazamiento, aparentemente menor, marca uno de los nacimientos simbólicos de la modernidad tecnológica (Basalla, 1988).

El origen del Telekino y su contexto histórico

El Telekino fue concebido por Leonardo Torres Quevedo, ingeniero e inventor español cuya obra se movió siempre en la frontera entre la mecánica clásica y las intuiciones del porvenir. En una época dominada por el vapor, los engranajes y la electricidad incipiente, Torres Quevedo desarrolló un sistema capaz de transmitir órdenes codificadas mediante señales hertzianas, las cuales eran interpretadas por un receptor que accionaba mecanismos concretos. No se trataba de un simple encendido o apagado, sino de una secuencia de instrucciones diferenciadas, algo excepcional para su tiempo (García Santesmases, 1982).

El contexto histórico del Telekino es clave para comprender su audacia. A inicios del siglo XX, la comunicación inalámbrica apenas daba sus primeros pasos y la automatización era vista con cautela, cuando no con abierta desconfianza. Las máquinas eran herramientas obedientes solo mientras el operador las vigilaba de cerca. Proponer que un dispositivo actuara siguiendo órdenes invisibles equivalía, para muchos, a renunciar al control directo y aceptar un margen de incertidumbre que la mentalidad técnica de la época no siempre estaba dispuesta a tolerar (Hughes, 1983).

En 1906, la demostración pública del Telekino en el puerto de Bilbao confirmó la viabilidad del concepto. Un bote no tripulado ejecutó maniobras precisas siguiendo instrucciones enviadas desde tierra, sin intervención humana directa a bordo. El espectáculo no fue solo técnico, sino simbólico: por primera vez, una máquina obedecía a alguien que no estaba presente. Aquella escena, hoy casi olvidada, anticipaba un mundo en el que la distancia dejaría de ser un límite operativo (Torres Quevedo, 1906).

Más allá de su éxito funcional, el Telekino no se masificó ni dio lugar inmediato a una industria propia. Su importancia reside menos en su adopción comercial que en su valor conceptual. Fue una demostración temprana de que la técnica podía separarse del cuerpo humano sin perder eficacia, inaugurando una lógica que el siglo XX desarrollaría con intensidad creciente en ámbitos militares, industriales y comunicacionales (Basalla, 1988).

El Telekino como objeto técnico y cultural

Desde el punto de vista material, el Telekino era un conjunto sobrio de receptores, relés y mecanismos electromecánicos, lejos de cualquier estética futurista. Sin embargo, su verdadera radicalidad no estaba en su forma, sino en su función. El dispositivo no ejecutaba fuerza bruta, sino decisiones codificadas, lo que lo convierte en uno de los primeros ejemplos de mediación técnica entre voluntad humana y acción mecánica. En ese sentido, el Telekino no solo amplía capacidades: redefine responsabilidades (Hughes, 1983).

Culturalmente, el Telekino introduce una nueva relación de confianza entre el operador y la máquina. El ser humano ya no controla cada movimiento de manera directa, sino que delega una secuencia de acciones esperando que estas se cumplan fielmente. Esa delegación implica aceptar que el error, si ocurre, no será corregido de inmediato por la mano humana. La técnica empieza así a reclamar una autonomía relativa, limitada pero real, que modifica la ética del uso tecnológico (Mumford, 1967).

El Telekino también plantea una cuestión de lenguaje. Las órdenes transmitidas no eran gestos ni movimientos físicos, sino señales codificadas que debían ser interpretadas correctamente. La máquina se convierte en lectora de instrucciones, en intérprete de un código diseñado por humanos. Esta dimensión simbólica anticipa una transformación mayor: la progresiva traducción del mundo en sistemas de signos manipulables técnicamente (García Santesmases, 1982).

Por ello, más que un simple antecedente del control remoto moderno, el Telekino puede entenderse como un objeto cultural que inaugura la obediencia técnica abstracta. La máquina ya no responde a la presencia del amo, sino a la legitimidad de la señal. Ese cambio, discreto en 1903, se volverá central a lo largo del siglo XX y definirá buena parte de nuestra relación contemporánea con la tecnología (Mumford, 1967).

Analogías con la actualidad: del Telekino a la era digital

Mirado desde el presente, el Telekino dialoga de forma inquietante con tecnologías actuales como los drones, los sistemas automatizados, los algoritmos de control y la inteligencia artificial. En todos estos casos, el principio es el mismo: órdenes emitidas a distancia, interpretadas por sistemas técnicos que actúan sin supervisión constante. Lo que en 1903 parecía una rareza experimental es hoy una condición cotidiana de la vida moderna (Hughes, 1983).

La analogía más evidente reside en la separación entre decisión y ejecución. Hoy, un operador puede activar procesos complejos sin comprender del todo sus mecanismos internos, confiando en capas de software y automatización. Esa confianza, inaugurada de forma temprana por el Telekino, se ha multiplicado hasta convertirse en dependencia. Mandamos más, pero tocamos menos; decidimos más rápido, pero vemos menos (Mumford, 1967).

Sin embargo, la comparación también invita a una reflexión crítica. El Telekino fue concebido como una herramienta precisa, limitada y comprensible para su creador. En contraste, muchas tecnologías actuales operan con una opacidad que dificulta la rendición de cuentas y diluye la responsabilidad humana. La pregunta que ya estaba implícita en 1903 —¿hasta dónde debe obedecer una máquina?— adquiere hoy una urgencia ética mayor (Basalla, 1988).

El Telekino, entonces, no es solo un antecedente histórico, sino un espejo temprano de nuestra condición tecnológica. Nos recuerda que la distancia, el automatismo y la delegación no son invenciones recientes, sino decisiones culturales acumuladas. Comprender ese origen permite mirar el presente con mayor sobriedad y recuperar una pregunta esencial que no pierde vigencia: quién manda realmente cuando la máquina obedece (Torres Quevedo, 1906).

Bibliografía

Basalla, George. (1988). The Evolution of Technology. Cambridge University Press.

García Santesmases, José. (1982). Leonardo Torres Quevedo y la automática. Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

Hughes, Thomas P. (1983). Networks of Power: Electrification in Western Society, 1880–1930. Johns Hopkins University Press.

Mumford, Lewis. (1967). The Myth of the Machine: Technics and Human Development. Harcourt, Brace & World.

Torres Quevedo, Leonardo. (1906). Ensayos sobre automática y telemando. Madrid.