Es uno de los mayores exponentes vivos del arte peruano. Está en vísperas de celebrar 90 años y aún sigue trabajando. Pintor, escultor, grabador y artesano, además de docente; y, más allá de la plástica, un hombre comprometido con la política de su patria. Protagonista de una vida intensa, plena de retos y logros, digna de ser contada.

Domingo Tamariz

Víctor Delfín Ramírez nació en Lobitos, Piura, el 20 de diciembre de 1927. Sus padres fueron don Ruperto Delfín, obrero de la Petrolera Lobitos, y doña Santos Ramírez Puescas, quienes tuvieron diez hijos. Víctor era el menor.

Estudió hasta el tercer año de primaria en una escuelita de su lugar natal. Desde niño le encantó dibujar, pintar. Por ello su profesor le dijo un día a su padre: “Su hijo dibuja, lee y habla casi todo el tiempo de arte. Debería estudiar pintura apenas termine la secundaria”.

Y así fue. A los 19 años postuló a la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima. Aprobó el examen y al terminar el primer semestre sus buenas notas le valieron una beca que apenas cubría sus necesidades vitales, razón por la cual se vio obligado a trabajar como obrero de construcción.

Al concluir el tercer año, no obstante haber sacado las más altas calificaciones, le quitaron la beca. Tuvo entonces que preocuparse por encontrar trabajo para sostener a su compañera, Aydé, y su hijo David, de 4 meses de nacido.

Entre los becados del año siguiente, Delfín era el favorito de su curso, pero finalmente el premio se lo dieron a otro estudiante. Ante esa injusticia, abandonó la escuela y decidió irse a vivir a Tingo María, con la seguridad de que “la selva con su personalidad generosa lo iba a enriquecer”.

Conocí a Víctor Delfín justamente en Tingo María, en 1950, cuando él frisaba apenas los 23 años. Qué iba entonces a imaginar que con el correr de los años sería el autor de la monumental escultura El beso y tantas otras obras famosas que iluminaron el panorama de la cultura peruana en la segunda mitad del siglo XX. Vivía entonces en las afueras de la ciudad, junto a su compañera y su hijo, pintando la selva con una pasión desmedida. Cómo olvidarlo.

Después de su experiencia en la selva, recapacitó y volvió a su alma mater. Egresó de Bellas Artes en 1959, y a comienzos de los años sesenta dirigió las escuelas regionales de Bellas Artes de Puno y Ayacucho. Posteriormente, fue profesor en los institutos culturales de Providencia y Las Condes, en Chile.

A mediados de esa década, empezó a ganar fama con sus impresionantes figuras escultóricas: aves, fieras, monstruos que llenaron los ojos de los públicos más diversos del continente.

Su capacidad multifacética lo llevó a trabajar en especialidades tan disímiles como el tallado de madera, el grabado en metal, la pintura, los murales, la orfebrería; es decir, “un inagotable trabajo que buscó desesperadamente tocar todo aquello que existe para comunicar”.

Su mundo es su casa-taller de Barranco, que se erige en la otrora Bajada de los Baños del distrito. Allí llegó Víctor en 1965 para instalarse en la vieja casona donde vivió el poeta surrealista César Moro. Y ahí nomás empezó a rediseñarla hasta convertirla en lo que es hoy: una mansión de singular atractivo, admirada por propios y extraños. Ah, y Patrimonio Cultural de la Nación.

En ella plasmó sus más conocidas creaciones: El bestiario, Aves de América y tantas otras obras que le dieron fama.

“El arte es una pedagogía. Yo no tengo más que tercero de primaria –dice el artista–. No necesité ir a estudiar secundaria, y a veces hasta me felicito de ello. Eso sí, leo bastante”.

Entre sus trabajos más celebrados destacan la decoración mural sobre la historia del Ejército, que se luce en el frontis de la Escuela Militar de Chorrillos; la imponente escultura El beso, ubicada en el Parque del Amor de Miraflores, y la escultura Túpac Amaru para la Capilla del Hombre de la Fundación Guayasamín en Quito, Ecuador.

Ha realizado exposiciones en América del Sur, el Caribe, Norteamérica y España, dejando en cada ciudad el sello imperecedero de nuestras tierras. Y en ese transitar ha sido distinguido con el Premio Nacional de Pintura Ignacio Merino (1957), la Medalla de la Orden Nacional al Mérito en grado oficial de Ecuador (2000), la condecoración Bernardo O’Higgins de Chile (2002) y la Orden del Sol del Perú en el grado de Comendador (2001), entre otros reconocimientos. Y así, venciendo retos, ha llegado a los 90 años, con ganas de vivir y de seguir creando. Felicidades, maestro.