Rafael Zavala Battle

Normalmente escribo sobre lo contrario, “no te rindas”, motivación, éxito, etcétera. Pero la vida no es tan linda como parece. No todo lo que brilla es oro.

A veces, fracasamos, nos rendimos, ¿y? Como decía Leopoldo Abadía, en este mundo no hay ganadores. Hay gente que trabaja, que se esfuerza, a la que como a todos unas cosas les salen bien y otras no tan bien. Lo que sí hay, y mucho, somos los que nos enfocamos más en hacer creer a los demás que somos felices que en tratar de serlo. Sino, pregúntenle al Facebook, la herramienta perfecta para aparentar y venderle a nuestros amigos que somos unos “winners”. Aunque, a veces el “winner” no cuenta completa la historia, y olvida decir, por ejemplo, que antes de que le salga ese supernegocio, fracasó en muchos otros, y que sigue perdiendo dinero; que esa foto en la que sale feliz no es más que algo posado porque la procesión va por dentro y la vida es otra.

Los malos tiempos, muchas veces, se traducen en fracasos profesionales, negocios que no rinden lo que pensamos, pleitos con jefes, pares o subordinados, etcétera. Los adultos mantenemos una muy mala relación con el error y por eso estamos como estamos. Una de las interpretaciones más útiles del fracaso, dada por Dan Gilbert, profesor de Harvard, es la idea de que ni siquiera existe. Llamémosle retroalimentación o aprendizaje, pero nunca fracaso.

¿Cuántos profesionales exitosos son consecuencia feliz de errores correctamente leídos e interpretados? ¿Cuántos hay también que necios y orgullosos no interpretaron bien los errores y la mente los traicionó? Betsabé Tierno, psicólogo mundialmente conocido, decía que los límites están construidos por nuestros miedos, dudas y pensamientos derrotistas. “Un pasado que se niega a retirarse y un futuro que se empeña en asustarme”, cóctel perfecto para explotar. Los pensamientos siempre tienen consecuencias y si continuamente pensamos en problemas y tristezas, nuestra actitud será una consecuencia de ello. Por eso, qué importante aprender a pensar lo que pensamos. Quien deja todo lo que lleva dentro en la cancha, quien pierde el partido con el depósito de gasolina vacío, puede perder, pero no fracasar. En fin, para juzgar hay que haber jugado el partido. No sé si por suerte o por desgracia, pero he perdido y me he rendido miles de veces. Pero bueno, no se acabó el mundo. Si en la caída, el desánimo prende y arraiga, allí sí fracasaremos. Si aprendemos del mismo y enmendamos el camino, la cosa cambia.