La Revolución Industrial (1760-1840), como es sabido, jugó un papel decisivo en las transformaciones de las ciudades: en los países más desarrollados, generó una degradación ambiental a la que hubo que buscar soluciones, en parte por el crecimiento demográfico y en parte por la ubicación de las industrias en el interior, y no en las afueras, de los cascos urbanos. Aquellas fábricas atrajeron a las urbes a un elevadísimo número de personas que estas no podían entonces absorber, dando lugar a un hacinamiento intenso con consecuencias sanitarias.

Ejemplo paradigmático es el de Londres: pasó de un millón de habitantes en 1801 a dos en 1851 y a cuatro en 1881; esto es, cuatriplicó su población en menos de un siglo. La localización céntrica de las industrias se explicaba por causas económicas (uso aún insuficiente del ferrocarril, infraestructuras disponibles en las ciudad, proximidad de los consumidores) y los desafíos sociales, políticos e higiénicos de esta situación, también morales, dieron lugar a propuestas utópicas relativas a ciudades nuevas y no a a las existentes y también a legislaciones administrativas que establecían reformas.

Gran Bretaña y Francia, los países más afectados, fueron los principales escenarios de aquel pensamiento utópico y Charles Fourier, entre nuestros vecinos, uno de sus principales impulsores. Entre 1820 y 1836 publicó libros en los que desarrolló su Teoría de la Unidad Universal, donde planteaba una sociedad basada en los principios de asociación y cooperación y dividió la historia de la humanidad en cinco periodos, situando el mundo contemporáneo entre el cuarto y el quinto, siendo esto último el garantismo (más o menos a medio camino entre la barbarie y la civilización). Su ciudad la concibió para el último periodo, la llamó falansterio y se traduciría en armonía social.

Socialista utópico, concebía Fourier el urbanismo como instrumento de redención colectiva y su propuesta formal se concretó en un edificio con capacidad para 1.600 personas, formado por un cuerpo central y dos alas, con ecos evidentes a Versalles. El pabellón central tendría funciones públicas (comederos comunales, templo, biblioteca) y en los extremos quedarían la escuela y los talleres, mientras que los habitantes de esta suerte de palacio social vivirían en las tres plantas superiores. Las calles interiores estarían cubiertas y conectarían los cuerpos del conjunto, completado por muchos patios.

Charles Fourier. Falansterio, 1841
Charles Fourier. Falansterio, 1841

Cualquier intención de levantar el falansterio fue, sin embargo, en vano. Lo intentó en 1832 el diputado Baudel Dulary, aunque el principal seguidor francés de Fourier fue Victor Considerant, director de un órgano de difusión de las ideas de aquel llamado La Phalange. En América, Albert Brisbane llegó a fundar más de cuarenta comunidades de seguidores. Solo Jean-Baptiste Godin, autor del familisterio, pudo materializar su proyecto: se trataba de una especie de falansterio, que mantiene la planta de Fourier e introduce pequeños cambios, como la cubrición de los patios con cristales sustituyendo a las calles interiores. Se levantó entre 1859 y 1877 e incluía guarderías, lavaderos, teatros, escuelas… aunque, a diferencia del proyecto de Fourier, incrementaba la autonomía de las familias; tenía un carácter menos comunal.

Étienne Cabet publicó en 1840 otra utopía, Viaje a Icaria, donde describía una ciudad levantada sobre un plano geométrico, atravesada en su centro por un río. Desplazaba fábricas, cementerios y hospitales a la periferia y, en el interior, los peones circularían por pasajes cubiertos y los vehículos, por carriles especiales. Proponía una suerte de modelo social colectivista, al que se accedería por la vía de la persuasión y no de la violencia. Los intentos de creación de Icarias tuvieron lugar, sobre todo, en América, pero con poco éxito.

En Reino Unido, el primer pensador utópico fue Robert Owen, primero empleado y luego patrón de una fábrica textil de New Lanark. Allí aplicó una política entonces inaudita: rebajó la jornada laboral a un máximo de diez horas e incrementó la edad de contratación a… diez años. Se preocupó, parece, de la higiene y alimentación de los trabajadores y les ofreció viviendas propias y productos de primera necesidad.

New Lanark se convirtió, así, en una ciudad obrera de 3.000 habitantes, con buenos rendimientos económicos para Owen, que en 1827 publicó este un trabajo en el que abogaba por un modelo de sociedad comunitaria, compuesta por pequeñas aldeas. Se organizaría en un cuadrado, con el edificio central acogiendo nuevamente las actividades públicas y los laterales sirviendo de residencia. También se planificaron otros espacios para viviendas especiales y el resto de construcciones quedarían para actividades productivas, como el matadero, que estaría separado de la zona de residencias por los jardines.

A diferencia de otros compatriotas suyos como Ruskin, Owen no rechazaba las máquinas, sino que pretendía rentabilizar para las personas sus avances. Llegó a adquirir, en 1824, un terreno en América para fundar su New Harmony, pero el experimento fracasó cuatro años después.

Marx y Engels criticarían duramente a estos autores por su supuesta ingenuidad y su falta de análisis de la realidad; en 1848 les dedicaron duras palabras: En lugar de la actividad social ponen la actividad de su propio ingenio; en lugar de las condiciones históricas de emancipación, condiciones fantásticas.

Trataron de compatibilizar ciudad y naturaleza, industria y agricultura, proyectos de fines del XIX como la Ciudad Lineal de Arturo Soria o la Ciudad Jardín de Ebenezer Howard, que también abordaron, como los socialistas utópicos, la cuestión de la propiedad y la especulación urbana.

Todas estas propuestas tienen algo en común: su renuncia a los modelos de ciudades existentes, degradadas y al servicio de una burguesía dominante; solo en las nuevas ciudades las clases menos favorecidas podrían acceder a condiciones vitales más favorables.

Infecciones y epidemias azuzaron la legislación en ese sentido: el Parlamento inglés elaboró informes sobre el estado sanitario de las ciudades entre 1840 y 1845 y la primera Ley de Salud Pública se promulgó en 1848 (le seguirían otras sobre construcción de viviendas subvencionadas, edificación popular…). A Inglaterra le tomaron el relevo otros países y, a esas leyes, pavimentaciones, sistemas de limpieza fecales, canalización de aguas, etc.

Tras la revolución de 1848 se iniciaron las grandes reformas urbanas y, en la mayoría de ellas, el proletariado quedó relegado a la periferia; en menor medida, se planificó la construcción de barrios obreros. Uno de los proyectos más influyentes fue la Société Mulhousienne des Cités Ouvrières, fundada en 1853 con una financiación pública y privada. La presentación del proyecto, del que llegaron a construirse más de mil viviendas, en la Exposición Universal de 1867 tuvo gran repercusión.

Las nuevas reformas urbanas tendieron a adaptar las ciudades a sus modernas exigencias: el control social, el incremento del tráfico rodado y el ordenamiento del espacio nuevamente social. Las dos primeras se solventaron con los planes de alineaciones y la apertura de nuevos ejes de conexión entre zonas de la ciudad; a ello hubo que añadir un nuevo fenómeno: la especulación. La administración pública gestiona y ordena mientras que los promotores privados se benefician de las plusvalías derivadas de las operaciones de reforma y ensanche emprendidas por las primeras.

Baron Haussmann. Place de l´Étoile y alrededores (Reforma urbana de París, 1854-1870)
Baron Haussmann. Place de l´Étoile y alrededores (Reforma urbana de París, 1854-1870)

Las reforma de París llevada a cabo a iniciativa de Napoleón III por el barón Haussmann, entre 1853 y 1869, es el paradigma de esas operaciones urbanísticas: se basa en el trazado de calles amplias y bulevares que requirió demoliciones de barrios enteros en la ciudad preindustrial. Su ejemplo se siguió tanto en Francia (Marsella, Toulouse, Montpellier) como en toda Europa: el caso de Viena es muy especial. Su Ring, el paseo anular que rodea la ciudad vieja, ocupará el lugar de la muralla, demolida en 1857; solo un año después, Ludwig Förster inició su construcción, dando lugar a un amplio espacio abierto en cuyos lados se insertarán edificios de gran empaque y proyección académica.

Los planes de expansión esenciales de las ciudades fueron los ensanches, tramas reticulares extendidas a partir de las urbes existentes. El proyectado por Ildefons Cerdà para Barcelona será uno de los más notables, pero hubo también otros más limitados, como los de Roma o Lisboa. En la capital italiana se planteó el mismo año de su conversión en eso, en capital (1870), un plan de reconversión que generaría un nuevo centro urbano en torno a las Termas de Diocleciano y la Estación Termini. El plan se vertebró sobre dos nuevas calles: la Via Nazionale y la Via XX Settembre, trazadas en 1871. Lisboa trazará en 1869 la Avenida de la Libertad, eje de expansión de la ciudad hacia el interior.

Ludwig Förster. Ringstrasse, Viena, 1857
Ludwig Förster. Ringstrasse, Viena, 1857

BIBLIOGRAFÍA

Juan Antonio Ramírez (dirigida). Historia del arte. El mundo contemporáneo. Alianza Editorial, 2020

R. Segre. Historia de la arquitectura y el urbanismo. Países desarrollados. Siglos XIX y XX. Madrid, 1985