GERALD KNAUS

Aunque a los que no dejan de insistir en el tópico les pueda resultar sorprendente, Schengen no guarda relación con la crisis de los emigrantes que la Unión Europea ha vivido en los últimos años. Si el acuerdo no hubiese existido, la crisis se habría producido igualmente. Es fácil darse cuenta de por qué. Antes de llegar a su destino final dentro de la zona de libre circulación, los emigrantes cruzaron varias fronteras internacionales para entrar en la UE y a través de los Balcanes. Asimismo, ha habido intentos de parar los movimientos migratorios en las fronteras de la zona Schengen suspendiendo el tratado. Sin que la opinión pública europea en general se haya enterado apenas, Francia lleva años haciéndolo en su frontera con Italia, pero, en contra de lo previsto, se ha encontrado con que el número de refugiados que entraban en el país y rellenaban las solicitudes de asilo ha aumentado a pesar de los estrictos controles fronterizos y de las decenas de miles de personas devueltas a Italia. ¿Acaso Francia va a construir ahora una valla? ¿Y Suiza?

En estos momentos, en Europa nos enfrentamos a numerosos problemas urgentes. ¿Cómo podemos asegurar que los rescates en el Mediterráneo central van a continuar, y a dónde se debería llevar a los rescatados para que estén a salvo? ¿Cómo mejorar las condiciones en las islas griegas antes y después del próximo invierno? ¿De qué manera puede contribuir la UE a liberar a más personas de los terribles centros de detención de Libia? ¿Qué tiene que pasar para detener el auge de los partidos políticos que quieren eliminar totalmente el derecho al asilo? ¿Cómo puede ayudar la UE a los desplazados de países como Líbano y Jordania igual que ha hecho en Turquía?

Todas estas son preguntas para las que, hoy por hoy, no disponemos de respuestas adecuadas ni de políticas claras. El debate acerca del asilo y la emigración está dominado por la histeria y las propuestas inoperativas.

La idea de suspender Schengen y reimplantar los controles fronterizos para acabar con los desplazamientos ilegales nunca ha tenido justificación. En la frontera austroalemana se realizaron experimentos similares. Entre ambos países nunca ha habido valla, y hasta ahora nadie sensato ha pedido que se levante una que recorra la frontera de una punta a otra. E incluso aunque esa valla existiese, y suponiendo que pasásemos por alto el sufrimiento humano que causaría, solo serviría para desviar a los refugiados hacia otros países. Es lo que se ha comprobado en Hungría, cuya valla hizo que estos pusiesen rumbo a Austria y Alemania, a las que luego Orbán reprochó que los dejasen entrar.

Una política seria debe prestar atención a las fronteras exteriores, que son las primeras que cruzan los refugiados para entrar en la UE. Una coalición de países del sur de Europa ‒España, Italia, Grecia‒, además de otros como Francia, Alemania, Holanda, Austria y Suecia, que acogen a la mayoría de los refugiados llegados desde 2015, tiene que tomar la iniciativa y abrir un debate realista sobre cómo controlar conjuntamente la emigración ilegal en esas fronteras.

Las soluciones humanitarias que cuenten con el respaldo de una mayoría son posibles. Necesitamos una política común de los países afectados que se base en tres pilares: trámites de asilo ágiles en los centros de acogida de los países de la orilla europea del Mediterráneo; acuerdos de repatriación rápida desde esos centros; y reparto voluntario entre una coalición de países, financiado por la Unión Europea, de aquellos que obtengan la condición de refugiado. Quienes creen en los derechos humanos tienen que mostrar de manera concreta que existen alternativas a la situación de los últimos años y a los duros eslóganes de los populistas. Lo que necesitamos es realismo moral para combinar la salvaguarda del derecho al asilo con el control de las fronteras debe desembocar en una política capaz de concitar mayorías.

Esto significa también que no tiene sentido detener la emigración en los Balcanes, ya sea en Serbia o en Bosnia. En territorio Schengen, la verdadera frontera de la UE es la que hay entre Bulgaria y Turquía y, en el Egeo, entre esta última y Grecia. Es allí donde los responsables políticos tienen que centrar su atención y desarrollar y poner en práctica políticas responsables que garanticen los derechos de los refugiados al tiempo que se establece un control firme sobre nuestras fronteras exteriores.