Luis Eduardo Bacigalupo

La cultura es un universo hecho de múltiples mundos de significados. Esos nos son mundos etéreos, sino concretos, porque los significados culturales son capaces de configurar realidades visibles. ‘Cultura’ es también la disposición del ser humano a develar sentidos, a penetrar con la inteligencia en la naturaleza de las cosas, a crear libremente algo nuevo en esos mundos. Esta disposición para la creación libre de sí y del entorno es un atributo propio del ser humano y de alcance universal.

Un elemento constitutivo de la cultura, en el segundo sentido mencionado, es la moral, es decir, el conjunto de costumbres arraigadas en una sociedad determinada. Cuando la cultura se mira desde esta perspectiva moral, sobresale siempre la pregunta por los valores que esa colectividad cultiva. Con mucha más frecuencia de la deseable, uno se suele preguntar si esos valores realmente se respetan o no, si tienen vigencia en el grupo social en el que se vive. Cuando planteamos este tipo de preguntas, entramos ya en el campo de la ética.¿Qué son, pues, la ética y la moral? La moral puede ser vista como el conjunto de costumbres valiosas que se supone deben ser respetadas y que, por ello, rigen como norma de las acciones y la conducta de los individuos que pertenecen a un mismo grupo social. La ética, en cambio, es una actividad intelectual, una reflexión crítica acerca de esos mismos valores, orientada a diagnosticar su estado y a modificarlos si fuera necesario. En otras palabras, la ética es la instancia normativa de nuestra cultura que determina si los valores morales realmente lo son, si siguen vigentes o no. Esto quiere decir que siempre cabe la posibilidad de que algo pase por ser un valor moral y que, sin embargo, no lo sea. La reflexión ética, en tal sentido, es en sí misma una costumbre moral.

Pero, para normar, como es obvio, hacen falta principios y criterios generales de discernimiento. ¿Cuáles son? Ese es uno de los temas más debatidos de nuestros días. Mi posición a este respecto es que los principios y los criterios de nuestro tiempo han sido explicitados en el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. Los principios éticos allí declarados son la dignidad de la persona humana, la igualdad de todas las personas en dignidad, y lo que de ella se deriva inmediatamente: la libertad, la justicia y la paz. Desde mi lectura, los criterios para discernir qué es bueno y qué es malo tienen que ver con la convergencia en la acción de los cinco principios.

Los indicadores abstractos de esta convergencia en lo político son las garantías otorgadas a los derechos humanos de primera y segunda generación. El indicador moral abstracto, por su parte, es la confluencia simultánea de los cinco principios éticos fundamentales en la acción individual. Esto sólo se puede medir en términos de la calidad de las relaciones interpersonales cotidianas, es decir, en la medida en que las personas realmente valoren a las personas.

Dicho lo anterior, ahora pasaré a plantear el problema que nos ocupará a partir de la siguiente entrega. Hay sociedades que, en un determinado momento de su historia, se perciben a sí mismas inmersas en una grave crisis de valores. Este es el caso del Perú contemporáneo. Sabemos que algunas personas se insertan en su cultura incorporando sus valores morales, mientras que otros lo hacen sin atenderlos en absoluto.

En épocas de crisis, son muchos más los segundos que los primeros. (Habría que recordar que en el 2001, cuando redacté la versión original, todavía estaban muy frescos en la memoria de todos los graves de casos de corrupción del gobierno de Fujimori). Las preguntas que abordaré son: ¿A través de qué mecanismos se insertan las personas en sus propios contextos culturales? ¿Por qué ciertos individuos jamás logran insertarse en la vida moral y muchos más son incapaces de hacerlo en épocas de crisis? ¿Qué tipo de vínculos hay entre la persona y la cultura que lo circunda que puedan explicarnos estas diferencias?

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Para llegar a las cuestiones de fondo, empecemos con los giros más comunes del lenguaje. Todos nos damos cuenta de que cuando hablamos, por ejemplo, de ‘nuestras culturas tradicionales’ no usamos la palabra cultura en el mismo sentido que cuando nos quejamos de ‘la falta de cultura’ de algunas personas.

Estos usos muestran que con la misma palabra mentamos, en realidad, cosas distintas. De un lado está la diversidad cultural y racial del Perú, o lo que podríamos llamar las culturas objetivas. Del otro lado está la cara subjetiva de la cultura, que es esa capacidad, que las personas tienen o no, de identificarse con ciertas cosas de su entorno que no les reportan beneficios inmediatos. Ese es el terreno de los valores morales.

De hecho, todo ser humano valora lo que de algún modo lo beneficia. Nadie tiene que empujarnos a ello; pero sólo empezamos a actuar de manera moral cuando sobrepasamos el nivel primario del interés, es decir, cuando aparecen en nuestro horizonte valores a través de los cuales nos identificamos con cosas que están más allá de lo inmediato y de lo crematístico. Como se sabe, esa cultura valorativa, que tiene a las personas como uno de sus principales ‘objetos de aprecio’, es muy escasa entre los peruanos.

No quisiera que a mis palabras les faltara la fuerza necesaria para hacer ver lo que significa carecer de cultura moral. No se trata sólo del poco cariño a lo propio, del que lamentablemente hay demasiada evidencia. Tampoco es la simple falta de aprecio por lo que no es de utilidad inmediata. El mal que llamamos “falta de cultura” es mucho más hondo. Es una incapacidad de valoración muy seria, que tiene todos los visos de ser una tara.

Desde un punto de vista ético, la culpa y la vergüenza son los sentimientos que deberían embargarnos al constar esta carencia. Sobre todo el sentimiento de culpa, que con tanto afán queremos erradicar de nuestras vidas privadas y de la vida pública, debería hacerse presente en cada persona que, habiendo percibido esa ausencia, no hiciera nada por remediarla. Y si se alega que nunca se dispuso de los medios o, peor aún, que nunca se percibió el problema, entonces lo que habría que sentir es vergüenza.

Haré una variación más del tema. El problema no es la indiferencia o la desidia frente al patrimonio cultural y natural del país, sino aquello que las produce; aquello que, por defecto, da lugar al desprecio. La dimensión moral de la cultura se expresa de manera definitiva en la vida de una persona cuando ésta es capaz de valorar lo que asume que es ajeno y cuidarlo como propio. En eso, obviamente, no ha sido educada la mayoría de los peruanos. Lo que es menos obvio es la gravedad del daño producido por esa falta de educación moral.

La indignación puede derrocar dictaduras, pero en el terreno de la cultura moral, indignarse no sirve de mucho. Allí no se trata tanto de atropellos y prepotencias escandalosos cuanto de hábitos compartidos. Sabemos que en la vida política las coyunturas álgidas pasan y que el vacío que dejan es colmado nuevamente por los viejos hábitos, instalados con firmeza en todos, y tolerados con una complicidad que se oculta. Por eso vivimos siempre bajo la amenaza del retorno de la corrupción, de la componenda, del caudillismo autoritario.

La cultura moral está llamada a romper el ciclo de las reincidencias, y así como hay individuos que llamamos sinvergüenzas porque estamos convencidos de que no hay para ellos mejor nombre, así también deberíamos tener claro que estamos ante la posibilidad de convertirnos en un pueblo incapaz de una verdadera vida moral; incapaz de sentir vergüenza frente al retardo histórico en el que ha caído por no enfrentar a tiempo las demandas de una educación que supere las barreras raciales y sociales. Vergüenza no sólo ante la omisión imperdonable de políticas públicas de equidad e integración, suficientemente respaldadas, sino sobre todo ante los sucesivos y reiterados ejemplos, a lo largo de la historia, de una radical falta de veracidad en el discurso político que las promete.

La verdad de la que hablamos aquí, cuando exigimos veracidad, no es una doctrina ni una ideología sino una forma de vida que se rige por principios éticos transparentes y la voluntad firme de honrarlos en la praxis.

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La falta de cultura moral es una falta de libertad, y sin libertad no hay creatividad cultural posible. Lo que finalmente distingue a la persona culta de la inculta, en este sentido moral, es que una posee valores superiores que la liberan de aquello que esclaviza a la otra. Una persona que no es capaz de valorar aquello que no satisfaga sus intereses primarios no es libre. Sabemos a qué nos referimos con intereses primarios, pero no está demás señalar que se trata de todo aquello que, distribuido en la vida en muy diversos grados y medidas, al final se condensa en ‘poder’ y ‘placer’. No quiero decir que el poder y el placer sean malos ni mucho menos. Sólo señalo algo que se puede constatar empíricamente: Que el poder y el placer se potencian mutuamente y suelen convertirse en fines absolutos que esclavizan a las personas.

Ahora bien, el medio por excelencia que la cultura ha puesto a nuestro alcance para obtener placer y poder es el dinero. De allí proviene la importancia que de facto otorgamos a los valores crematísticos en la vida cotidiana.

En este enfoque de las cosas, basado en la preeminencia del principio ético de la libertad, de ninguna manera se pretende denostar la racionalidad económica, como si estuviera reñida por naturaleza con la ética y la moral. Tampoco se me ocurriría juntarme con gente puritana que mira el placer con horror. Mi ánimo y mi tema son otros.

Busco caracterizar a la persona carente de principios morales como una que, en última instancia, no es capaz de colocar la dignidad (la suya y la ajena), por encima de su afán de poder y placer. Aunque esa persona se llenase la boca hablando más que nadie de ética y de valores, en el momento crucial en el que tuviera que decidir qué hacer, no podría asumir otra guía de conducta que la que incremente el placer que le causa la sensación de poder que tiene o cree tener sobre el mundo exterior. Y está claro que para ello no dudaría en usar a las demás personas como sus instrumentos. A este tipo de persona yo la llamo un HDP, siglas que pueden significar “Humano Depredador Puro” (o también otra cosa, según el humor en el que estemos).

La actitud frente a la vida de todo HDP es un vicio tenaz y recurrente, del que difícilmente pueden escapar, y que está profundamente enraizado en la genética humana, por lo demás. De hecho, confrontándose con esas tendencias instintivas es que ha ido evolucionando paulatinamente la cultura moral. El HDP es un cazador que embosca a su presa. Él lo sabe, lo acepta, y si no ha caído ya en el cinismo, siempre trata de embozar su narcisismo y su indecencia detrás del discurso moral vigente, que utiliza como camuflaje.

Ahora bien, si se juntan varios HDPs y se organizan para llevar a cabo una determinada actividad, lo que tenemos es una práctica depredadora colectiva. En la medida en que aún haya escrúpulos, el grupo requerirá de un discurso auto-justificador. Es interesante advertir que escrúpulos y racionalizaciones sólo aparecen cuando el grupo participa de un espacio público, en el que la decencia sigue siendo un requisito fundamental. Escrúpulos no hay en absoluto en los grupos clandestinos de HDPs, como la Mafia, por ejemplo, porque allí nadie tiene que dar la cara públicamente (Ma non é la Mafia, como bien sabe cualquier mafioso).

Por suerte, los discursos justificativos no son fáciles de construir ni son sostenibles en el tiempo sin un mínimo de evidencias empíricas que los respalden.

Con el calificativo HDP nos referimos, pues, tanto a las prácticas del ladronzuelo de esquina como a las mañas de los miembros más avezados de las organizaciones sofisticadas, ya sea clandestinas o disfrazadas de decencia. Todas esas organizaciones está abocadas, en última instancia, a convertir a las personas en presas y a los bienes y servicios en su botín. En otras palabras, el calificativo afecta a aquel que, colectiva o individualmente, de manera organizada o espontánea, posea el hábito de no vivir para otro fin que no sea lucrar, ya sea política o económicamente.

Ahora bien: ¿Existe alguna forma de distinguir con facilidad una práctica moral de una práctica depredadora a pesar del discurso encubridor que casi siempre acompaña a la última? Una sola cosa me parece a mí infalible a este respecto: Si se detecta algún ‘juego oculto de poder’, se trata con toda seguridad de una práctica depredadora.

Ganar dinero, por ejemplo, es un ‘juego’, en el sentido filosófico del término, y como tal se hace dentro de prácticas complejas que involucran ciertas habilidades personales, pero, sobretodo, reglas. Ganar dinero dentro de límites morales significa ajustarse a ese tipo de reglas de juego. Ajustarse a reglas morales, por su parte, no es otra cosa que aplicar un principio de auto-limitación. ¿Qué es lo que la ética exige como límite? Pide que los poderes y las capacidades para lucrar se auto-limiten al respeto de la dignidad humana, propia y ajena.

Toda actividad, tarde o temprano, nos faculta, nos capacita para hacer ciertas cosas, y en ese sentido, nos da un poder. El ejercicio exitoso de esa actividad inevitablemente nos producirá placer. La ética no se opone al poder y al placer, sólo ayuda a comprender que la cultura moral consiste en mantenerse libre. Vivir moralmente significa mantenerse voluntaria y críticamente libre dentro ciertos márgenes auto-impuestos.

Un HDP, en cambio, es la persona que ha perdido el principio de la dignidad humana como referente, por lo que ya no es capaz de auto-limitarse frente a las demandas de respeto que, por su sola existencia, le plantea el otro.

Desgraciadamente, en el Perú el calificativo HDP no describe comportamientos excepcionales, sino más bien el tipo más frecuente. Por eso, las personas que no están dispuestas a minar las prácticas morales que aún subsisten, sino que quieren contribuir a su fortalecimiento y su regeneración, deberían promover una cultura moral que empiece por cuestionar la responsabilidad histórica que le corresponde en este debilitamiento del ‘HDP-ísmo’ a la Sociedad Económica, al Estado, a los partidos políticos y a las organizaciones de la Sociedad Civil.

Un programa así supone una lucha firme, dentro de las propias instituciones, contra esos viejos hábitos depredadores, muy sedimentados, que no se pueden remover con facilidad y que (sería conveniente tener esto en cuenta) jamás desaparecerán por completo.

En conclusión (prometí que esta versión sería corta): La regeneración de los valores en el Perú, si ha de tener éxito alguna vez, deberá apuntar a lograr en el corto plazo los mínimos indispensables que permitan por lo menos creer que la neutralización política y social de la actitud depredadora de la mayoría de los peruanos es un proyecto viable.

La esperanza se reaviva cada vez que se constata, en todos los sectores de la sociedad, que existe una reserva moral representada por personas dispuestas a dar batalla por causas más nobles que el arribismo social y el apetito de poder.