Donald Trump ha perdido este viernes el pulso más importante de su presidencia. Con aire resignado, el presidente compareció por la tarde en el patio de la Casa Blanca y anunció, entre aplausos de sus ministros y asesores: «Estoy muy orgulloso de anunciar hoy que hemos alcanzado un acuerdo para acabar con el cierre y reabrir el Gobierno federal». Sin embargo, más que un acuerdo era una capitulación. El presidente cedía ante la imposición de los demócratas y aceptaba unos presupuestos provisionales que no contienen ni un sólo céntimo adicional para construir el muro con México.

«Como todo el mundo sabe, tengo a mi alcance una alternativa muy poderosa, pero no quería emplearla en este momento», dijo Trump en referencia a la posibilidad de declarar el estado de emergencia para movilizar fondos militares para acabar el muro. «Si no alcanzamos un acuerdo con el Congreso, el Gobierno volverá a cerrar el 15 de febrero de nuevo o usaré los poderes que me confieren la ley y la Constitución de EE.UU. para solucionar esta emergencia», añadió.

Lo cierto es que el peso de haber cerrado la Administración durante 35 días se le hizo a Trump insoportable: colas de funcionarios sin sueldo recibiendo comida gratuita a unos metros de la Casa Blanca, vuelos atrasados en los aeropuertos de Nueva York y Filadelfia, demoras en los trámites fiscales y, como resultado, la caída del índice de popularidad del presidente a un mínimo histórico del 34%.

El cierre comenzó el 22 de diciembre porque Trump se negó a ratificar los presupuestos del nuevo año fiscal si no incluían 5.700 millones de dólares (5.000 millones de euros) para construir el muro con México, una de sus grandes promesas de campaña. De ese muro se han construido 1.000 kilómetros. Ampliarlo hasta los 3.000 kilómetros que tiene la frontera costaría unos 20.000 millones de dólares.

El 3 de enero comenzó la nueva legislatura en el Capitolio, tras las elecciones parciales de noviembre, y los demócratas asumieron la mayoría en la Cámara de Representantes. Nancy Pelosi volvió al puesto de presidenta de la Cámara y desde ese púlpito comenzó una guerra contra Trump de la que ha ganado la primera batalla. En una humillación para el presidente, Pelosi retiró la invitación para que este se dirija a la nación en el discurso del Estado de la Unión, alegando falta de personal por el cierre.

El presidente intentó utilizar el cierre como un botón nuclear. Antes de que comenzará llegó a proclamar, en lo que resultó ser un error garrafal, que sería «el cierre de Trump». Lo que no previó es que los demócratas no tenían nada que negociar. Les bastaba con mantenerse firmes pidiendo que Trump ratificara los presupuestos. Ayer los 800.000 funcionarios suspendidos de sueldo se perdieron su segunda nómina en este cierre. El enfado ciudadano comenzó a inquietar en el Capitolio. Por ello, seis senadores republicanos votaron el jueves una ley demócrata para permitir lo que Trump acabó haciendo ayer: reabrir el Gobierno sin dedicar fondos al muro.

No benefició al presidente la falta de empatía de su Gobierno. Su secretario de comercio, el millonario Wilbur Ross, dijo el jueves en una entrevista en la cadena CNBC que no entendía por qué los funcionarios sin sueldo tenían que pedir comida. «Pueden pedir créditos», dijo, «aunque tengan que pagar algo de interés». Ni la más retorcida de las campañas de los demócratas les hubiera proporcionado mejor material para sus críticas a Trump.