ENRIQUE PLANAS

Entró al taller de su padre, el pintor Siegfried Laske, pocos días después de su muerte. Era diciembre del 2012 y nevaba en la campiña cercana a París. Su padre, crítico feroz del mercado del arte, prefería acumular sus obras que venderlas a coleccionistas. Entonces, en lo que parecía un deshabitado y frío santuario, su hijo Karl pudo encontrar cientos de pinturas apiladas, miles de grabados y, en el sótano, las piezas realizadas en las décadas del cincuenta y sesenta.

Suele suceder que los deudos de un artista luchen por cumplir los últimos deseos del ausente. Sin embargo, lo que quería hacer Karl Laske era justamente lo contrario: traer a Lima una obra que el artista, en vida, había decidido no mostrarlas. “Mi padre decidió distanciarse del Perú. Tenía convicciones políticas muy firmes sobre los cambios que debía haber en el país y, al no verlos implementados, mantuvo una permanente amargura”, explica.

Sin embargo, para Karl es el momento para que tanto el público como los investigadores de arte redescubran la obra de uno de los pintores peruanos más originales de la segunda mitad del siglo XX, el único que supo combinar influencias tan disímiles como la de los clásicos italianos y las vanguardias de Picasso o Paul Klee. Un artista muy querido por colegas como Emilio Rodríguez Larraín, Leslie Lee o Gastón Garreaud, pero desconocido para las generaciones más jóvenes. Un creador que amó profundamente su país y que lo plasmó en paisajes que se debaten entre la figuración y la abstracción.

“Mi padre trabajaba de la misma manera que los pintores taoístas, que se ponían frente a un paisaje por horas para luego volver a su taller a fin de pintarlo de memoria. Un amigo que lo conocía muy bien, el pintor Leslie Lee, me contó que veía a mi padre mirar el mar por horas. Y el mar es un tema muy presente en su obra”, afirma Karl.