Tere García

Con el fin de promover la cooperación internacional entre ciudades que entienden la creatividad como una fuente de desarrollo, de progreso urbano, de integración social y de preservación de diversidad cultural, la UNESCO creó en 2004 la Red de Ciudades Creativas; y desde hace más de diez años, esta iniciativa ya tiene alrededor de 116 ciudades.

Al formar parte de esta red, cada ciudad se compromete a colaborar y desarrollar alianzas entre otras ciudades del programa con el fin de promover tanto la creatividad como sus industrias artísticas, compartir buenas prácticas, reforzar la participación en la vida cultural e integrar la cultura en los planes de desarrollo económico y social.

España cuenta con un total de 6 ciudades que están incluidas en este programa: Sevilla (Música) 2006, Bilbao (Diseño) 2014, Granada (Literatura) 2014, Burgos (Gastronomía) 2015, Denia (Gastronomía) 2015 y Barcelona (Literatura) 2015. Pequeñas ciudades europeas como Bolonia (Italia), Glasgow (Reino Unido) y Gante (Bélgica) forman también parte de esta red de ciudades creativas.

Las ciudades de Latinoamérica son muy ricas a nivel artístico, muchas veces, sin tener detrás un plan estratégico de acción cultural. La espontaneidad, el color y las muestras artísticas en el entorno urbano se aprecian desde cualquier rincón ya sea con músicos de calle, murales, arquitectura, skateboarding, cine, diseño, mercados de artesanía y comida, literatura…

En 2012, Bogotá se unió a la red de Ciudades Creativas mostrando un gran esfuerzo en la creación e implementación de políticas dedicadas en posicionar la música como centro de vida de la ciudad. Uno de los planes que se implementaron fue el ‘Plan Distrital de Música’, en colaboración con distintos agentes tanto públicos como privados. Este plan se centraba en la formación de músicos, creación de rutas y circuitos musicales, la defensa de espacios para la música en vivo, etc. Tres años después, en 2015, se creó el Cluster de Música de Bogotá con el fin de reforzar los pilares que afectan la competitividad de la industria musical.

La música es también entendida como un camino para cumplir alguno de los objetivos socioeconómicos de las ciudades, además de los culturales. Austin (Texas, USA) y Adelaida (Australia) ya se han proclamado ciudades musicales y han desarrollado estrategias innovadoras y creativas para potenciar las posibilidades que el sector musical ofrece. De hecho, la ciudad australiana ha instaurado una legislación que favorece las actuaciones en directo en sus bares y locales nocturnos, a partir de los impuestos sobre el alcohol.

Otras ciudades como Ámsterdam fueron más allá y crearon la figura del alcalde nocturno, responsable de coordinar y potenciar la actividad y escena musical durante la noche de la capital holandesa. Su cometido es el de servir de puente entre los establecimientos nocturnos, la comunidad y la municipalidad.

Otro alcalde, como Bill de Blasio (Nueva York) anunció en 2015 el de construir un plan de viviendas de bajo costo para artistas y músicos en la capital estadounidense, con el fin de preservar el sector creativo, que aporta tantos beneficios a la gran manzana.

Y es que la música es vital para fortalecer lazos sociales, agrupar entre desiguales además de sensibilizar a la población. Entre los múltiples beneficios de la música, están los de generar un sentido de pertenencia en el lugar y a la vez, un diálogo intercultural superando alguno de los tantos desafíos de la ciudad, convirtiéndose en una herramienta de transformación social.

Un ejemplo de ello, sin estar enlazado a esta red de ciudades creativas, es la iniciativa ‘Play me, I’m yours’ (Tócame, soy tuyo), ideada en 2008 por Luke Jerram y que en la actualidad está presente en diferentes países del mundo.

Recientemente en Barcelona, se celebró el Concurso Internacional de Música Maria Canals volviendo a instalar pianos –a disposición de quien quisiera tocarlos- en distintos espacios públicos de la ciudad condal. El fin de la iniciativa que lleva haciéndose desde 2010 es la de romper las barreras sociales, culturales y mentales que existen en relación con la música, especialmente en instrumentos como el piano.

El Passeig de Gràcia se llenó de corros alrededor de los pianos donde pequeños y adultos, residentes y turistas, pobres y ricos tocaron piezas de cualquier género musical de una manera improvisada.

Experimentos como estos demuestran el alto grado de creatividad urbana que hay en las ciudades, emergen volúmenes de gente que sabe tocar instrumentos, así como se demuestra la gran cantidad de público que aprecia, respeta y aplaude la música. Y es que, sin creatividad, y por ende sin música, ninguna ciudad podría ser lo que es ahora.


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