LUISA IDOATE

Matisse, Degas, Rodin, Monet, Van Gogh, Reynolds, Van Dyck, Picasso, Leighton, Watts, Lawrence. Son artistas con un punto en común: coleccionan arte. ¿Deformación profesional? Más que eso. Las piezas que atesoran delatan sus búsquedas, interrogantes e influencias estéticas; la curiosidad, admiración y celos por otros colegas; las vanguardias que les inquietan; los retratos de cada época; sus paraísos soñados y vivencias; y su concepto del arte. A veces intercambian unas obras por otras, también pagan favores y deudas con ellas. Las adquieren por ayudar a un amigo o, simplemente, porque admiran al autor y las desean. Son joyas doblemente valiosas: por quién las compra y quién las crea.

«Soy un egoísta, mi colección es solo para mí y unos pocos amigos. La guardo en mi habitación, alrededor de mi cama». Se lo dice Claude Monet (1840-1926) al escritor Marcel Tendron en 1924. «Durante mucho tiempo tuve que contentarme con ver esos cuadros de paso, porque no podía comprarlos», confiesa. La inicia con regalos de otros artistas y la refuerza con trueques. Cuando triunfa y tiene dinero «compra cuadros de quienes tienen las mismas preocupaciones pictóricas, aunque encuentren soluciones diferentes a las suyas», explica la comisaria Marianne Mathieu. Paga 10.000 francos por ‘La mezquita. Fiesta árabe’ de su admirado Auguste (1841-1919). Él firma su retrato y el de su esposa -los únicos que permite realizar- y varias bañistas desnudas y sentadas. No hay azules como los de Paul Cézanne (1839-1906), dice, y consigue ‘Nieve derretida en Fontainebleau’, ‘El día de pesca’ y ‘El negro Scipion’. De su amigo Édouard Manet (1832-1883) adquiere ‘Monet pintando en su atelier’ y ‘El muchacho de las flores’; de su esposa Berthe Morisot, ‘Julie Manet y su perro Laerte’ como regalo póstumo. Reúne telas de Delacroix, Corot y Signac. Con ‘Campesinas plantando ramas’, Pissarro salda el préstamo que le debe. Rodin le da ‘Fauno y ninfa’ y Caillebotte, ‘Calle de París bajo la lluvia’. Aunque su hijo vende gran parte de los fondos, sobreviven 231 piezas de arte japonés, de 36 artistas, entonces no cotizados. Hoy lo son. Hay pinturas de Hokusai, como ‘Vista de los remolinos de Naruto y Awa’ y ‘El pabellón Sazai del templo de los 500 Rakan’, e inconfundibles geishas de Utamaro y Kunisada.

'Retrato de Dora Maar'. Picasso lo regaló a Matisse. | 'Mujer desnuda'. De Renoir, lo tuvo Monet. | 'Remolinos de Naruto'. Hokusai, en poder de Monet.
‘Retrato de Dora Maar’. Picasso lo regaló a Matisse. | ‘Mujer desnuda’. De Renoir, lo tuvo Monet. | ‘Remolinos de Naruto’. Hokusai, en poder de Monet.

En la colección de Monet brilla el ‘Puente bajo la lluvia’ (1887) con que Vincent van Gogh versiona ‘Chubasco sobre el puente Atake'(1857), de Hiroshigue. Al pintor y a su hermano Theo, les apasiona la estampa japonesa. Compran 400. Las exponen en el Café Tambourin de Montmartre en 1887. Es solo el comienzo. A partir de 1868, con la era Meiji, Japón se abre a Occidente y su arte irrumpe en Europa, cautivando a Baudelaire, Zola, Whistler, Fantin-Latour, Degas y Manet, que, a veces, lo coleccionan. Pablo Picasso lo hace; no se desprende de él en toda su vida. Influencia su pintura erótica: en ‘Mujer y pulpo’ (1903) se perciben ‘Los sueños húmedos de la mujer del pescador’ (1814), de Hokusai.

Picasso compró por cinco francos ‘Retrato de una mujer’ de Rousseau en 1907 y lo conservó toda la vida Edgar Degas era un comprador compulsivo y canjeaba sus cuadros por otros

Adorados rivales

«Son mis amigos». Así define Picasso (1881-1973) su colección de arte: 43 pinturas, 39 dibujos, 41 fotografías y una veintena de piezas primitivistas, hoy en su museo de París. Las admira y analiza, le inspiran. Intercambia varios de sus cuadros por ‘El mar en L’Estaque’, de Paul Cézanne; le interesan su sentido del volumen y la estructura geométrica que abre senda a los cubistas. No quiere obras impresionistas: demasiado sentimiento. Le atrae Henri Rousseau (1844-1910). En 1907 compra por cinco francos su ‘Retrato de una mujer’ y lo conserva hasta su muerte; al igual que ‘Autorretrato’ y ‘Retrato de su segunda esposa’. Le gusta cómo atrapa la poesía de lo cotidiano. Lo considera un ‘moderno primitivo’. Le homenajea dando un banquete en su honor, en marzo de 1908, en su estudio de Bateau-Lavoir. Asisten Braque, Max Jacob, Andre Salmon, Gertrude, Leo Stein, Apollinaire…

Picasso y Henri Matisse (1869-1954) se entienden como nadie. Compiten, se alaban. Se comprenden y respetan, intercambian pinturas. Para agradecer que vigile sus pertenencias durante la ocupación nazi de París, Matisse le regala un dibujo; él corresponde con el retrato de Dora Maar (1942). «Nunca nadie ha mirado tan bien como yo la pintura de Matisse. Y él, la mía», dice el autor del ‘Guernica’. Tiene composiciones de Renoir, Rousseau, Braque, Modigliani, Gauguin y Corot. Pero, al admirar sus Cézanne y Matisse, siempre pregunta: «¿Es posible hacerlo mejor?». Son estos cuadros los que primero muestra a Tápies, cuando visita su estudio; luego los de Braque y, finalmente, los suyos. «En el fondo, ¿qué es un pintor? Un coleccionista que quiere reunir una colección haciendo él mismo los cuadros que le gustan de los demás», zanja.

Más allá va su amigo Matisse: empeña el anillo de compromiso de su mujer para comprar ‘Las tres bañistas’ de Paul Cézanne. No lo recupera; pierde el comprobante. Nunca se separa del cuadro, que influencia significativamente su obra. Lo llega a conocer «bastante bien» y desea «que no del todo». Logra ‘La casa verde’ (1905) de Signac por un canje. Se hace con ‘Hombre joven con una flor’, de Paul Gauguin (1891), cuya huella se percibe en su evolución al trazo más abstracto. Se rodea de objetos eclécticos; no por su valor, sino por la emoción que le causan. Los considera «actores que pueden representar muchas obras» y los hace protagonistas de sus cuadros. Reúne máscaras del Congo, un brasero y silla moriscos, un jarrón andaluz de 1911, porcelanas chinas, biombos, teteras y una silla veneciana con respaldo de concha y brazos con delfines. Todos los pinta.

Desbocado y sin freno

Es un comprador compulsivo. «¡No puedo parar!», exclama Edgar Degas (1834-1917) en una subasta en París. Luego reconoce: «Ya tengo los cuadros conmigo… lo que no tengo es dinero ni para vestirme». Se las apaña. Canjea sus pinturas por piezas como ‘La mujer con el gato’ de Manet y ‘El bañista con el brazo extendido’ de Cézanne. Es mentor de sus colegas: paga trabajos de Camille Pissarro y Alfred Sisley. En cuanto tiene dinero, compra: El Greco, Gauguin… Sus favoritos son Ingres, Delacroix y Daumier, con docenas de lienzos. Distribuye su abultada colección en las tres plantas de su residencia. Cada noche cavila cómo pagar lo que acaba de comprar y, al día siguiente, vuelve a empezar, ironizan sus amigos. Con la misma obcecación persigue las piezas sobre ‘La ejecución del Emperador Maximiliano’, de Manet, dispersas a su muerte: tres grandes pinturas, un pequeño boceto y una litografía. Prevé hasta el responso de su funeral: «Tú, Forain, te levantas y dices: ‘Amó enormemente el dibujo. Igual que yo’. Y después te vas a casa».

Para Joshua Reynolds (1723-1792), coleccionar arte es «un gran juego». El pintor británico tiene cuadros, grabados y dibujos. «Son modelos que uno debe imitar y, a su vez, rivales que uno debe lidiar», piensa. Puja por lo que llama ‘gran arte’: ‘La agonía en el huerto’ (1465), de Giovanni Bellini; ‘Leda y el cisne’ (1530), de Miguel Ángel; ‘Lamentación sobre Cristo muerto’ (1635), de Rembrandt; y ‘Los caballos de Aquiles’ (1635), de Anton Van Dyck (1599-1641). Este último también consigue trabajos de los mejores. Tiene obras de Rafael y Tintoretto, y 19 de Tiziano, entre ellas ‘Retrato de la familia Vendramin’ (1547).

Escultor y pintor, Frederic Leighton (1830-1896) ve el arte como símbolo de estatus. Lo resalta decorando su mansión de Londres con un espectacular salón árabe con cúpula dorada, recubierto de azulejos, mosaicos y cerámicas. En los salones del edificio -hoy museo- hay escenas de Tintoretto que denotan su gusto por el Renacimiento. Una pasión compartida por su colega y amigo George Frederick Watts (1817-1904), que se autorretrata como senador veneciano y presume, cuentan, de tener en su colección un trabajo de Girolamo Macchietti (1535-1592), el pintor de los crucifijos. Les supera en existencias Thomas Lawrence (1769-1830) con más de 4.000 piezas. Entre ellas, destacadas creaciones de la familia Carracci -Agostino, Ludovico y Annibale- y Guido Reni, de la Escuela Boloñesa.

Quinientos ‘judas’ de Diego Rivera (1886-1957) y Frida Kahlo (1907-1954) se expusieron el pasado abril en México D.C. Son muñecos de cartón que se queman el Sábado Santo en las iglesias, una tradición religiosa impuesta en el Virreynato. Unos representan a Judas Iscariote; otros a diablos con distintos atuendos; y bastantes a conocidos personajes que cuestionan. Los de Rivera y Kahlo son mayoritariamente de Carmen Caballero. El muralista la descubre en 1951 en un mercado de artesanía; la nombra «su judera de cámara» y la instala en su estudio para que los haga. Inspiran muchos de sus cuadros: ‘Sábado de Gloria’ (1937), ‘Lucila y los Judas’ (1951), ‘El estudio del pintor’ (1954) y ‘El niño Efrén José Antonio del Pozo’ (1955). Otros ‘judas’ del matrimonio llevan la seña de Pedro Linares, artesano de una saga cartonera mexicana activa desde el siglo XVIII. Para Diego Rivera, aún no se entiende «la fortaleza de ese arte» que coloca a la altura del de Picasso y considera un deber conservar. Lo hace.

Al por mayor

Es adicto a la belleza, allá donde esté. La capta con sensualidad, fuerza y movimiento. August Rodin (1840-1917) solo tiene ojos para el arte. Lo crea y colecciona. Las piezas atiborran el Hôtel Biron de París, su residencia. Lega todo al Estado francés para que lo convierta en su museo. Además de sus incontables tallas, deja 200 pinturas, 500 dibujos, 1.000 grabados y 164 esculturas de otros colegas. Hay trabajos de los naturalistas Théodule Ribot y Alfred Roll; de los simbolistas Eugène Carrière -amigo del que conserva ocho tablas por intercambio recíproco- y Charles Cottet. Les acompañan realizaciones magistrales de Van Gogh, como ‘Le père Tanguy’ (1887) y ‘Les Moissonneurs’ (1888); ‘Mujer desnuda’ (1880) de Renoir; y ‘Bella isla’ (1886) de Monet.

Apenas tiene escultura contemporánea. ¿Quién osa ofrecérsela? Conserva muchas creaciones de su discípula y amante Camile Claudel, que brilla por su talento y copa una sala del museo. Rodin adquiere trabajos de Aristide Maillol y Jules Desbois, de quien dice: «Después de mí es el mejor escultor del mundo». Intercambia obras con Medardo Rosso y Constantin Meunier. Y hasta tiene ‘El pensador de Rodin en el parque del doctor Linde en Lübeck’ (1907), de Edvard Munch. Solo es la punta del iceberg.

Desde que se instala en el palacete Biron, en 1893, colecciona arte antiguo. Vasos griegos del 470 a. C., un efebo etrusco del siglo III a. C. Piezas romanas, como una Afrodita del siglo II y las cabezas de Tucídides del 460 a. C. y la de Caius César, del 20 a. C. La efigie de un recaudador meda, de 700 a. C. Una virgen con niño, arte castellano de 1300. Para 1917, acumula más de 6.000 piezas. Le abastecen los anticuarios Ëlie Geladakis y Spiridon Castellanos. Joseph Altounian, de El Cairo, le surte de piezas egipcias: trozos de la tumba del jefe del harén de Tutankamón, la estatua del rey Ptolomeo III… No intenta copiar el pasado, sino vivir y crear con el espíritu de la Antigüedad. En 1916 cree completa la colección y la incorpora a la obra personal que dona a Francia. Son los fondos del actual Museo Rodin, en el Hôtel Biron de París. Belleza al por mayor. Como quiso.


Fuente: https://www.laverdad.es/ababol/arte/arte-coleccionar-20190629003425-ntvo.html