Jorge Chávez Álvarez
Presidente Ejecutivo de MAXIMIXE

El 86% obtenido por el Perú en el referéndum de este domingo frente al 14% rasguñado por su élite política caduca, equivale a una goleada futbolística de 6-0 a esa élite devenida en camarilla empantanada en una obstinada defensa de un estatus quo de corrupción e impunidad.

Se trata de un triunfo abrumador de la población peruana hastiada, que reclama un viraje de ciento ochenta grados en el manejo político y judicial, como también en el plano económico y social. Una población que por largos años fue un mero espectador impotente pero cada vez más predispuesto a radicalizar su protesta ante un sistema político que ya no lo representa.

Ciertamente ganó también el presidente Vizcarra, por haber sido quien lideró la iniciativa del referéndum, convirtiéndose así en directo beneficiario de un fuerte espaldarazo de legitimidad popular.

¿Quiénes perdieron? En primera instancia, la alianza Fuerza Popular (FP)-Apra. Especialmente Keiko, Alan y sus más cercanos colaboradores, jaqueados por la próxima entrega de información que hará Odebrecht, tras el acuerdo de colaboración al que ha arribado con la fiscalía que ve los procesos vinculados al presunto cobro de dinero sucio por parte de dicha empresa.

Pero también perdieron todas las demás facciones de izquierda y derecha parlamentaria, al ya no poder reelegirse, como pretendían. Perdieron figuras de la izquierda como Verónika Mendoza y Susana Villarán, quienes más allá de ser inocentes o culpables de delitos, jugaron un rol protagónico en casos de cobros de dinero sucio, similares a los de Keiko y Alan.

Contrariamente al pregón desesperado de una oposición cada vez más cercada por la creciente independencia de algunos fiscales y jueces jóvenes, el referéndum no ha sido un triunfo del socialismo ni del comunismo supuestamente encarnado en Vizcarra, ni menos aun de una cacareada ‘mafia caviar’. Antes bien ha sido el triunfo de la moral, la ética y la integridad frente a la inmoralidad, la perfidia y la perversidad para hacer política.

En este contexto, el precario fiscal de la nación, Pedro Chávarry, es también un perdedor al que seguir torpedeando la labor independiente de los fiscales del equipo especial que está viendo los procesos contra Keiko, Alan y otros, le puede costar muy caro, al desatar una ira popular incontrolable.

FP atraviesa ya por un proceso de descomposición que tenderá a agudizarse. Con sus 60 congresistas, más sus 5 aliados del Apra y uno que otro aliado circunstancial, alcanza con las justas una mayoría que más temprano que tarde se convertirá en minoría, dada la inminente posibilidad de que Salaverry encabece una facción disidente, con miras a sembrar para un futuro político más allá de 2021.

Por lo demás, la propia alianza opositora FP-Apra ha venido actuando como si ya no le importara enlodarse hasta el cuello, dándole una última ordeñada a una vaca moribunda. Como al haber aprobado sin debate una ley de financiamiento ilegal de partidos que atenúa las penas a Alan y Keiko. O con una descarada exoneración del pago de ISC a los casinos y tragamonedas, promovida nada menos que por el vocero de FP, vinculado a su estudio de abogados familiar, que asesora a buena parte de los casinos que operan en el país. O incluso el sórdido intento de blindaje a un congresista faltoso (Moisés Mamani) y otro sentenciado a prisión por robo (Edwin Donayre).

Hay quienes interpretan este referéndum como un triunfo pírrico del presidente Vizcarra, por cuanto el Congreso tendría la potestad constitucional de dar marcha atrás a las reformas aprobadas, en dos legislaturas sucesivas. Sin embargo, tal es una lectura legalista políticamente miope del resultado del referéndum. Por más potestad legal del actual Congreso para volver todo a fojas cero, tal pretensión iría en contra de la voluntad popular y, en esa medida, empantanaría aún más a la oposición en el foso de la ilegitimidad social.

Definitivamente, estamos ante una población mejor informada y más consciente que nunca antes en la historia del Perú, dada su activa interacción en las redes sociales; reminiscentes del ágora de la Grecia antigua, en la que todos pueden cuestionar, aceptar o rechazar las conductas de sus políticos.

Muy lejos ya de ser una mera manga de autómatas ante los titulares en los kioscos de periódicos u objeto pasivo de los discursos demagógicos, estamos ante una ciudadanía creciente, para la cual lo que prima no es ser de izquierda o de derecha, sino la integridad, la verdad y la verdadera independencia de los poderes del Estado, más allá de las poses y las apariencias.

Esta ciudadanía se sabe ganadora por goleada en el referéndum y, en esa medida, difícilmente se dejará estafar una vez más. Por eso defiende a capa y espada a los fiscales que por primera vez actúan independientemente, más allá de que puedan errar en algunos de sus fallos.

Vivimos una especie de ‘Primavera Árabe’ en la que lo que prima es el sentimiento popular, al cual el liderazgo político presidencial sigue; no al revés. Por ello, la responsabilidad que afronta ahora Vizcarra, tras el referéndum, es abrumadora.

Él parece ser consciente de ello. Por eso su discurso en CADE planteó una agenda muy clara, que va más allá del referéndum y que apunta tanto a completar las reformas política y judicial, como a alcanzar objetivos concretos como la mejora de la calidad educativa, la reducción de la anemia, la elevación de le eficiencia estatal, la reducción de la informalidad, la elevación de la productividad y la inversión descentralizada.

Ciertamente la herencia de déficits fiscales, pérdida de competitividad y freno de la inversión que ha recibido de los gobiernos de Humala y PPK es muy pesada. Por ello, para alcanzar sus objetivos, el presidente Vizcarra necesita a gritos implementar estrategias creativas para acortar camino, generar un shock de capacidad ejecutiva y de trabajo multisectorial singular.

En un balance, el referéndum implicará una reconfiguración profunda del escenario político inmediato y hacia las elecciones de 2021, que tenderá a favorecer la gobernabilidad del país, bajo un liderazgo nítido del Ejecutivo.

Se trata de una oportunidad histórica para hacer reformas profundas. Sin triunfalismos, buscando que transformar el favor popular en una base política convocante de los talentos más íntegros y capaces del país, podría llegarse lejos.