Luciana Olivares

Cuidado con los tests de personalidad. No pueden ser una sentencia absoluta de lo que somos. Son una herramienta que debe contrastarse. Lee la columna de Luciana Olivares.

Estás muy de acuerdo, de acuerdo, no tan de acuerdo, en desacuerdo o absolutamente en desacuerdo con la frase: “A veces pienso en el futuro con pesimismo”? Bueno, lo que acabo de preguntar no te debe parecer ajeno si participaste en algún proceso laboral en estos tiempos.

Puedo imaginar tu angustia, tu duda, tu estrés por responder correctamente y en el menor tiempo posible. Y la pregunta que ronda tu cabeza es: ¿cuál es la respuesta correcta? ¿Reconocer que a veces veo todo negro y mostrarme como una persona honesta, terrenal, imperfecta? ¿O, cuidado, mejor no caer en la trampa de una pregunta capciosa que en el fondo quiere descubrir si soy depresivo, negativo, intolerante al fracaso, poco arriesgado y con una salud mental vulnerable?

Me encantaría decirte cuál es la respuesta correcta, pero no la sé. Con toda honestidad, creo que ni estos tests de personalidad la tienen realmente clara y esa es la raíz del problema.

Miraba hace poco un documental llamado Persona, que explora la historia del origen de las pruebas de personalidad que hoy millones de empresas utilizan en el mundo para contratar a su personal. El documental plantea una serie de preguntas éticas y demuestra cómo algunas pruebas de personalidad pueden hacer más daño que beneficio en la vida romántica y, sin duda, laboral de las personas. Uno de los tests de personalidad más usados es el Myers Briggs, desarrollado por Katherine Briggs e Isabel Myers, madre e hija respectivamente. La historia cuenta que Katherine, una madre de familia devastada luego de haber perdido dos hijos, decidió desarrollar una serie de pruebas en su tercera hija, Isabel, guiada por algunos fundamentos del famoso psicólogo Car Jung. Isabel, ya adulta, decidió proseguir la obra de su madre y convertirla en un test que, a través de cuatro letras, puede decirte quién eres.

Las cuatro letras provienen de introversión/extroversión, sensación/intuición, pensamiento/sentimiento y juicio/percepción. De esta forma, es muy común encontrar personas que se autocatalogan como ISPJ o SPJP, entre otras combinaciones, y van por la vida buscando el trabajo perfecto –o hasta su media naranja– sobre la base de estas cuatro letras. Si bien las motivaciones de madre e hija y sus respectivos hallazgos pueden ser muy interesantes, es claro que no hay una base científica que sostenga –y sobre todo justifique– que millones de personas a diario sean aceptadas o rechazadas para un trabajo por llenar dicho test. La frustración de muchos se ha hecho tan evidente que ha motivado la creación de centros de ayuda para personas desempleadas y de bajos recursos económicos, como Hope, que se especializa en entrenarlos para conseguir trabajo y saber enfrentar las duras y sinuosas pruebas de tests de personalidad.

El test Myers Briggs no es el único que está siendo cuestionado. Unicru, otro test muy utilizado, sobre todo por grandes corporaciones, incluso ha enfrentado demandas. La más sonada es la realizada por Ronald Behn, abogado y padre de Kyle, quien aplicó para trabajar en un supermercado de su barrio en el 2012. Kyle, quien estaba diagnosticado con bipolaridad, llenó su test de personalidad como primer filtro, pero nunca obtuvo respuesta. Meses después, un amigo suyo, que ya trabajaba en dicha empresa, le confesó en confianza que su test no había salido bien porque sugería que él probablemente ignoraría a los clientes si estos estuvieran insatisfechos o manifestaran algún reclamo. Kyle había trabajado previamente en atención al cliente y tenía buenas referencias, pero un test lo puso instantáneamente en la caja de los ‘no aptos’ y, con ello, encontrar trabajo fue una verdadera odisea.

Su padre recuerda que Kyle le preguntaba: “¿Estoy dañado?”, pensando que su salud mental era una marca que lo imposibilitaba para ser elegido. Kyle murió hace poco tiempo, decidió ya no vivir, pero su papá ha tomado su causa como razón de existir. Hoy lucha legalmente para que nadie sea discriminado tan ligeramente por su salud mental.

Los test de personalidad no pueden ser una sentencia absoluta de lo que somos. Son una herramienta relativa que debe contrastarse. Las personas somos complejas y eso nos separa de los comportamientos repetitivos y en serie. Para eso están los robots.