Los equilibristas es el título de la exposición que presenta Luz Letts (Lima, 1961) en la Galería Lucía de la Puente. Luego de cuatro años desde su anterior entrega individual, la artista confirma en este conjunto de obras de mediano y gran formato las claves temáticas y los recursos técnicos de su ya consolidada trayectoria. La propuesta figurativa se asienta en un dibujo que, no obstante el dominio de la figura humana (aun en complicadas torsiones), se abstiene de incurrir en un verismo redundante o efectista. Mediante el empleo de una técnica mixta que combina carboncillo, acrílico y témpera, Luz Letts opta por privilegiar la creación de atmósferas profundas y sensaciones de movimiento. Evita detenerse en ciertas facetas puntuales; así, los rostros de los personajes son apenas insinuados, de manera que se consigue un anonimato concordante con la intención de fijar el mensaje en las constantes de lo humano, en su dimensión intersubjetiva.

Luz Letts. El juego de las sillas, 2008. Técnica mixta sobre lienzo. 170 x 200 cm. (66 ¾ x 78 ¾ pulgadas).

 

Estas interacciones abarcan tanto el plano intimista como el político. En el primer caso, los hombres y mujeres de Luz Letts habrán de ejecutar fintas y piruetas a fin de lidiar con las demandas cotidianas impuestas por el deseo, por las expectativas y los temores surgidos por y ante el otro. Se trata de personajes irrenunciablemente urbanos, en trance perpetuo de mantener el equilibrio a la par que asumen la precariedad como nota definitoria de su propia condición. La cuerda floja, inestables bancos o hamacas oscilantes son los únicos soportes de estos funámbulos en busca de una seguridad acaso imposible. Pese a las fuerzas igualadoras que los amenazan (la inexcusable uniformidad del vestuario, por ejemplo), lucen paradójica y dignamente individuales. Los entornos arquitectónicos son, correspondientemente, anónimos y curiosamente inestables en su rigor geométrico.

La dimensión política constituye el otro terreno al que la artista dirige su mirada penetrante e irónica. Prescindiendo de cualquier alusión literal o sesgo ideológico visible, Luz Letts sugiere una crítica a la escena pública, a la que pinta tan inestable y demandante de acrobacia como el ámbito de lo subjetivo. Los emblemas auroleados de poder, como el sillón y la banda presidenciales, son mostrados como objetos de un deseo cuya satisfacción podría, en principio, coronar cualquiera a quien asistan el talento para la contradanza política o simplemente el azar. En El juego de las sillas, se observa un cielo borrascoso poblado de paracaidistas cuyo descenso les permitirá, con mayor o menor fortuna, hacerse de un asiento en el entramado del poder. Aun cuando es evidente la jerarquía (uno será el presidente, y los demás habrán de conformarse con acolitarlo), la orientación caótica de las sillas simboliza la esencia trágica de una república en permanente adolescencia: cada uno mira para su lado. En La madre patria, la virgen-montaña hace evocar la iconografía del arte colonial y, asimismo, desliza la idea de continuidad entre lo virreinal y lo republicano en materia de carencias políticas. Esta matrona sostenida en un pie sobre bancos apilados alberga en su seno a presidentes tanto civiles como militares que parecen contemplar pasivamente desde sus cómodos sillones la secular ausencia de un proyecto nacional.

Los cuadros de Luz Letts capturan una instantánea del movimiento en que, quiéranlo o no, se encuentran envueltos sus trémulos personajes. El uso discreto del color (por lo general, gamas de grises o sepia con decididos acentos de iluminación) refuerza la sensación de equidistancia que caracteriza la posición de la artista-observadora frente a los temas materia de su escrutinio. Los destinatarios de la obra somos invitados (o seducidos) a asumir una actitud de cómplices en este ejercicio de mirada tan reflexiva y crítica como cargada de humor. En última instancia, Luz Letts hace del espectador un voyeur llamado a fascinarse ante la densidad de la trama sentimental escenificada por los personajes, los cuales devienen espejos en que todos podríamos reflejarnos. Asimismo, la artista nos invita a contemplar la realidad política que enmarca nuestras vidas, con una desdramatizada mezcla de ironía y resignación ante la realidad de un juego en que no podríamos o querríamos participar. Así, el equilibrio, siempre precario y contingente, puede encontrarse en la coexistencia o alternancia de dos estados anímicos que se nos propone asumir como complementarios: por un lado, la conciencia de la dimensión trascendente que anida en nuestra cotidianeidad individual o colectiva; por otro, el humor como tabla de salvación (o incluso vía heterodoxa de conocimiento) en el entorno movedizo donde todos habremos de poner a prueba nuestro talento para sobrevivir como buenos equilibristas.

LUIS AGUSTI