En las últimas semanas, los retrasos en los ritmos de vacunación y la necesidad de inmunizar a la población han dado a lugar a propuestas para aliviar esa escasez que existe ante una enorme demanda. Propuestas entre las que destaca la liberalización de las patentes.

El gobierno de Estados Unidos se ha mostrado favorable a suspender temporalmente las patentes de las vacunas homologadas contra el COVID-19. Si bien se trata de una medida que deberá ser negociada con otros países, y con el sector farmacéutico, podría ser un punto de inflexión, y ya no sólo en la evolución de la pandemia, sino también en la historia de los derechos de propiedad intelectual.

Así pues, en el siguiente artículo trataremos de responder a la siguiente cuestión: ¿Qué consecuencias podría tener esta decisión?

¡Veamos!

Siguen faltando vacunas

«Aunque la producción se haya organizado con rapidez y cada día salgan de las fábricas miles de dosis, siguen siendo pocas para las más de 7.837 millones de personas que habitan en el mundo.»

Comencemos por el origen del problema: la escasez de vacunas contra el COVID.

¿Cuál es el motivo? No es la falta de respuesta del mundo científico, el cual en pocos meses ha conseguido desarrollar soluciones que hace poco se hubieran hecho esperar varios años. Tampoco es una carencia de nuestras economías, ya que las farmacéuticas han conseguido organizar la producción de millones de dosis en tiempo récord.

El problema, por tanto, no se encuentra en la oferta de vacunas, sino que lo hallamos en el lado de la demanda. Aunque la producción se haya organizado con rapidez, aunque cada día salgan de las fábricas miles de dosis, siguen siendo pocas para las más de 7.837 millones de personas que habitan en el mundo.

Es evidente, entonces, que el mercado reclama un aumento de la producción, pero no existe consenso sobre cómo conseguirlo.

Uno de los primeros recursos fue la financiación pública a farmacéuticas para diversificar las líneas de investigación. Si bien en muchos casos la mayor parte de la inversión siguió siendo privada, esto ha contribuido a que varios laboratorios hayan podido desarrollar su propia vacuna. De esta manera, se ha evitado el peligro de un monopolio, con las consecuentes ineficiencias que podría ocasionar en un mercado tan rígido y tensionado por esa demanda.

Sin embargo, ni siquiera la proliferación de vacunas alternativas ha conseguido satisfacer la demanda mundial. Por esta razón, son cada vez más los líderes políticos que se han mostrado favorables a revocar temporalmente las patentes de las vacunas con el objetivo de que más empresas puedan participar en el proceso de fabricación.

El objetivo, evidentemente, es agilizar la producción de vacunas y, de esta forma, reducir el tiempo necesario para inmunizar a la población. Los partidarios de esta idea suelen argumentar que beneficiaría especialmente a los países pobres, con frecuencia relegados en las listas de espera de las grandes farmacéuticas. Otros, también, argumentan que la urgencia humanitaria provocada por la pandemia debe estar por encima de cualquier otra consideración como la propiedad intelectual.

Por su parte, tampoco faltan quienes se oponen a la revocación de las patentes. Cabe destacar que estas opiniones no provienen solamente del sector farmacéutico e interpretan esta idea como una amenaza a la propiedad intelectual.

En cierta medida, podemos decir que esta polémica se enmarca en un debate más amplio sobre el papel de las patentes en una economía de mercado. Si bien la pandemia le ha dado más visibilidad, en realidad se trata de una controversia que divide a los economistas desde el siglo XIX. Hoy, nuevamente, podemos constatar que después de 200 años de discusiones al respecto no existe un consenso ni siquiera entre los economistas más liberales.

La polémica de las patentes

«En el caso de los bienes intangibles, la protección de la propiedad es más compleja. El motivo es que las medidas preventivas son mucho más difíciles de implementar que en el caso de los bienes físicos.»

El origen de la controversia radica en la evidencia de que una persona que genera valor para los demás, por esa misma razón, debe ser recompensada por ello. Éste es el pilar fundamental de las economías de mercado, el cual no deja de ser un proceso de interacción social en el que se intercambian derechos de propiedad.

En el caso de la producción de bienes físicos, este problema se resuelve fácilmente con los títulos de propiedad, que definen muy claramente los derechos de cada uno. De esta manera, si una inmobiliaria quiere hacerse con un terreno para construir una vivienda, primero deberá comprar a su dueño el título de propiedad. A su vez, cuando venda la vivienda a un tercero, la venta solamente será efectiva al traspasarle ese título.

Sin embargo, en el caso de los bienes intangibles, la protección de la propiedad es más compleja. El motivo es que las medidas preventivas son mucho más difíciles de implementar que en el caso de los bienes físicos. Volviendo al ejemplo anterior, un dispositivo de seguridad, a veces, puede ser suficiente para que una vivienda no sea ocupada ilegalmente, pero es casi imposible impedir que alguien copie fragmentos enteros de un libro y los publique por su cuenta.

Precisamente por esta imposibilidad existen las patentes, para que el autor, al menos, tenga un derecho legal para actuar a posteriori contra posibles plagios. Gracias a ellas, si alguien quiere reproducir la creación intelectual de otro solamente puede hacerlo comprando al propietario una licencia de uso. Otra opción es esperar a que caduque la patente, ya que solamente son válidas durante un periodo de tiempo determinado.

Patentes: ¿Sí o no?

«Pensemos, por ejemplo, en la revolución de los transportes en los últimos dos siglos, con la invención del automóvil, la bicicleta, el tren, etc. ¿Se habrían inventado si a día de hoy alguien siguiera teniendo la patente de la rueda?»

El principal problema de las patentes es que, a pesar de otorgar una cobertura legal al propietario, no evitan que cada año se gasten enormes recursos en pleitos judiciales. Precisamente por esta razón, algunas personas defienden la supresión de las patentes o, al menos, que se limite su vigencia a pocos años. Desde este punto de vista, el sistema actual obliga a gastar recursos en disputas legales que no generan valor, en lugar de invertirlos en innovación.

Otro argumento en contra de las patentes suele ser que al convertirse el propietario en monopolista de su idea, este no tiene incentivos para llevarla al mercado de forma eficiente porque tampoco tiene competencia. En nuestro caso, una farmacéutica podría tener mucho éxito descubriendo una vacuna, pero, a su vez, ser muy ineficiente a la hora de fabricarla, derivando esta situación en un perjuicio para los consumidores, víctimas de un mercado cautivo.

A su vez, si el monopolista es ineficiente y se niega a vender licencias de uso a terceros es posible que la sociedad no aproveche todo el valor potencial de esa idea. De hecho, en ocasiones, cuando no hay patentes es cuando más avanza la economía. Pensemos, por ejemplo, en la revolución de los transportes en los últimos dos siglos, con la invención del automóvil, la bicicleta, el tren, etc. ¿Se habrían inventado si a día de hoy alguien siguiera teniendo la patente de la rueda?

Por su parte, los defensores de las patentes argumentan que si no existiera ninguna protección de la propiedad intelectual, de la misma forma, no habría tampoco ningún incentivo para desarrollar ideas propias. Este razonamiento supone que muy pocos dedicarían tiempo y recursos a una creación intelectual si, posteriormente no pueden beneficiarse del valor económico que esta genera.

Esta situación podría afectar especialmente a aquellas personas o empresas que pueden tener capacidad para desarrollar una idea, pero no para llevarla al mercado. Este podría ser el caso, por ejemplo, de investigadores independientes o laboratorios pequeños, los cuales pueden descubrir una vacuna, pero no pueden fabricarla para millones de personas.

Por su parte, los defensores de las patentes rechazan que su existencia lleve a la falta de competencia. De hecho, suelen argumentar que, precisamente, la imposibilidad de que la competencia replique un producto es lo que la obliga a buscar alternativas propias, incentivando así el proceso de innovación.

¿Puede aumentar la producción de vacunas?

«La oferta de vacunas solamente podrá crecer en la medida en que lo hagan también los factores de producción, incluyendo las materias primas

Como hemos comentado anteriormente, el caso de las vacunas contra el COVID ha vuelto a avivar esta antigua polémica, replicando los mismos argumentos de ambas partes.

De un lado, las farmacéuticas advierten que suprimir las patentes podría crear un precedente muy peligroso de inestabilidad jurídica. De esta manera, se estaría desincentivando la investigación de nuevas vacunas en el futuro.

Por el contrario, tanto políticos como diversos analistas argumentan que con los contratos millonarios firmados por los gobiernos, las farmacéuticas ya han recuperado con creces su inversión inicial. Además, la suspensión de las patentes también podría beneficiar al sector, ya que permitiría que participen las empresas dedicadas exclusivamente a la fabricación de vacunas, esto es, sin líneas de investigación propias.

En cualquier caso, también es necesario recordar que la revocación de las patentes no es una solución mágica para aumentar la producción de vacunas. Incluso si admitiéramos que es una condición necesaria, está claro que no es suficiente. Recordemos que las farmacéuticas tienen conocimientos específicos sobre cómo fabricar sus propias vacunas que otras empresas pueden no tener.

También debemos tener en cuenta que la oferta de vacunas solamente podrá crecer en la medida en que lo hagan también los factores de producción, incluyendo las materias primas. El problema es que algunas vacunas requieren insumos que no abundan en el mercado, lo cual podría impedir que aumente la producción, aunque se suspendan las patentes.

¿Diversificación o eficiencia?

«Una decisión con muy poco consenso en nuestra sociedad, pero no por ello menos relevante en nuestras vidas.«

Por último, no debemos olvidar los posibles efectos de una medida semejante sobre los incentivos y el comportamiento de los agentes del mercado.

Partamos de la base de que hoy en día muchos gobiernos siguen la política de comprar todo lo que las farmacéuticas puedan producir, y que sólo ellas pueden fabricar las vacunas que han desarrollado.

Esto significa que la única vía para las empresas que quieran participar es tener una vacuna propia, ya que las licencias de uso, en muchos casos, son difíciles de adquirir. De esta manera, se incentiva que en el mercado surjan vacunas distintas; de hecho, a día de hoy, todavía hay más en fase de investigación.

Por el contrario, en un escenario en el que se suspendieran las patentes, es posible que muchas empresas desviaran los recursos que hoy emplean en descubrir nuevas vacunas hacia la producción de las ya homologadas por otros. Dado que los principales beneficios vendrían de replicar masivamente un producto de acceso libre, se reducirían los incentivos para abrir más líneas de investigación. En otras palabras, quizás dejaría de ser rentable aportar un producto nuevo al mercado si es suficiente con copiar el que han inventado otros.

Como es natural, esta situación podría afectar gravemente a los laboratorios más pequeños, dedicados exclusivamente a la investigación. Sin embargo, también podría traer los beneficios inherentes a una mayor competencia.

Recordemos, antes de terminar, que, si bajo un sistema de patentes una empresa compite desarrollando una vacuna mejor, bajo uno de libre acceso, el foco de la competencia se encuentra en la fase de fabricación. En otras palabras, las empresas competirían por producir de forma más eficiente las mismas vacunas, lo que podría traducirse, finalmente, en un aumento de la producción.

El dilema consiste, por tanto, en elegir entre algunas empresas intentando desarrollar muchas vacunas o, por el contrario, muchas empresas compitiendo por producir, y de forma masiva, pocas vacunas. En pocas palabras, diversificar a costa de la eficiencia o producir más diversificando menos. Una decisión con muy poco consenso en nuestra sociedad, pero no por ello menos relevante en nuestras vidas.