José Vadillo Vila

El pintor Víctor Humareda, máxima de la plástica peruana, habitó en un cuarto del hotel Lima, a tiro de piedra de Gamarra. El 6 de marzo se cumplen 100 años de su nacimiento.

Un apostolado del arte y fetichista total de Marilyn Monroe (su odalisca de celuloide). Un pincel de los marginales que insuflaba al pálido lienzo un caudal de colores emocionantes; un carboncillo ágil –sobre mesas de bares y cafés– al que convertía en lámpara Petromax para iluminar los rostros y contornos que conformaban la cara B de Lima, escondidos tras el esmog, los chavetazos de los faites, los gritos de las ambulantes o las parejas que bailaban guarachas pegaditos en el Cinco y Medio.

Un hijo de los expresionistas franceses y españoles que vio la luz en Lampa, Puno; un descendiente de huantinos y arequipeños que daría “voz” –a pinceladas– a los migrantes que bajaban de los camiones de La Parada para remodelar los pelados cerros limeños con huainos y sueños, yaravíes y silencios.

Víctor Humareda Gallegos era del color bronce de los hijos del Ande. Fue un Peter Pan de cabellos alborotados, cuerpo breve y boca bembona. De carcajada ostentosa y rostro sudoroso.

Le aterraba por igual la muerte, no pagar el día de su hotel o que lo busquen para cobrarle impuestos. Y se convertiría en el pintor de la agreste capital. Como escribió Enrique Sánchez Hernani, Humareda era consciente “que ser mestizo y pobre en el Perú te expone a ciertos riesgos”.

Y no es exageración. A este genio del expresionismo, por su facha, aunque andaba con saco y corbata, lo botaron del Haití de Miraflores, de una galería en Camino Real y otros espacios.

Entonces el artista aprendió a posar para periodistas y fotógrafos, a ser la versión que ellos querían: el rostro extravagante, el andar chaplinesco, el sombrero de bombín, los ternos desmedidos adquiridos en Tacora. Los citaba los jueves, día de cambio de sábanas, en la habitación 283 de ese hotel sin estrellas que era atelier y morada. Se sentaba en un hambriento “sillón Sócrates”. Pero en el fondo, quienes lo conocieron, reconocían a un hombre sencillo, tímido y cariñoso.

El desaparecido narrador José Antonio Bravo, quien en 1966 se encontró en París con Humareda, en el único y corto viaje que hizo por el Viejo Mundo, tenía otra mirada: “creó alrededor de su figura marginal una leyenda sacada de la vida de los grandes artistas que él admiró; un mito simbiotizado: entre él, su obra y esa inagotable fantasía de la que hacía gala”. De su fugaz aventura europea solo quedaría un apretón de manos con Pablo Picasso y una frase “Me voy a Tacora. ¡Tacora es mejor que París!”.

Artista de a pie

Humareda daba largos paseos por Barrios Altos, por el Centro de Lima… para dar con sus toreros de octubre; sus vendedores de la calle Capón. ¿Acaso no eran objetos bellos? Solo basta la mirada de un artista talentoso para elevarlos. El fotógrafo Carlos “Chino” Domínguez lo recordaba frecuentando los lugares de bohemia, compartiendo con el resto siempre alrededor de una taza de té o manzanilla, elaborando apuntes y bocetos; se sacudía de la soledad.

A Domínguez le sorprendería ese cuarto de hotel de La Victoria –la investigación de Herman Schwarz concluye que Humareda se estableció ahí en febrero de 1954-: Había cuadros guardados debajo de la cama; dulces; tarros de pintura; imágenes de una blondísima y voluptuosa Marilyn desnuda en la pared. Y, en medio de todo, el talento de Humareda, uno de los cinco máximos de la plástica peruana.

El camino al artista

Humareda se trajo la luz andina de Lampa dispuesto a estudiar en Bellas Artes de Lima. Inició sus estudios en 1939, cuando el cajamarquino José Sabogal era el director y el indigenismo la dirección; luego abandonó los estudios por falta de recursos y pudo terminar en 1946.

En 1950, se fue becado a estudiar a la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, en Buenos Aires, donde permaneció un año. Ahí inició su adhesión irrestricta a los pintores clásicos ligados a lo dramático. Estudió, por ejemplo, las “Pinturas negras” de Francisco de Goya y desarrolló su gusto por los arlequines.

En la construcción del artista puede sentirse la huella –en personajes, de espacios, de énfasis– de Picasso, Renoir, Toulousse-Lautrec. Pero al final del camino está Humareda. Aquel que logró hacer de su pintura, como lo definió Luis Enrique Tord, “una alucinación, un sueño flamígero”. Pocos artistas lo logran.

El 16 de noviembre de 1986, Víctor Humareda comenzó a pintar Quinta Heeren de noche, su cuadro final. Ya no hablaba. Cinco días después falleció en el INEN.