Lucas Reaño

Algunas instituciones educativas publicitan sus servicios indicando que, para lograr el éxito, vale más los conocimientos o los títulos adquiridos. Otros aseguran que la experiencia es más importante. ¿Qué tan cierto es todo esto?

Generalmente, la oferta académica está ligada a la demanda del mercado. Idealmente, las empresas podrían cubrir sus vacantes con profesionales que tengan experiencia y estudios, pero no contratarán por un MBA, CV o carisma, sino por el beneficio económico que representaría el ingreso del contratado a la compañía, sustentado con sus logros profesionales perfectamente cuantificables.

Frente a dos postulantes, un profesional con MBA, y otro con 10 años de experiencia, es probable que la organización privilegie la experiencia, ¿por qué? porque esa persona ya sabe cómo hacerlo. Con esto no quiero decir que no debe invertirse en educación. Capacitarnos en diferentes áreas nos dará una visión más amplia del mundo en el que vivimos e influirá en nuestra manera de enfrentar los retos y oportunidades en cualquier trabajo. El profesional debe actualizarse constantemente, pero la formación también puede lograrse en el camino. Uno puede tecnificar o fortalecer aquella parte académica en la que se tiene deficiencias.

Sin embargo, ¿cuánto vale la experiencia y la formación académica si no hay actitud? Esa actitud arrolladora de una persona segura de sí misma y con una imagen auténtica que cautive al interlocutor. Muchas veces las decisiones de contratación se toman apenas se conoce a la persona, ¿cómo saludó? ¿cómo miró? ¿en qué tono de voz habló?

Debemos considerar que todos estos elementos, experiencia, formación académica y actitud, individualmente o en conjunto son los grandes diferenciadores, que pueden mover al mundo y contribuir al éxito laboral.